Loading...

PLAY

Javier Ruescas  

0


Fragmento

images/9788484419471_CAP00101-00.jpg 542x448 (pixels)

images/9788484419471_CAP00101-01.jpg 542x448 (pixels)

I’ve got so much left to say

If every simple song I wrote to you Would take your breath away,

I’d write it all…

Plain White T’s, ‹‹Hey There Delilah››

Dalila, yo, el porche de su casa… el atardecer a nuestras espaldas pintando los tejados del vecindario, quizá algún vecino cotilla intentando escuchar parte de nuestra conversación…

Eso era todo lo que esperaba encontrarme cuando me planté en su calle listo para retomar nuestra relación donde la habíamos dejado antes del verano.

¿Cámaras? ¿Micrófonos? ¿Camiones aparcados en ambas aceras? ¿Fans enardecidos que gritaban su nombre hasta quedar afónicos? ¿Un escenario cubierto de luces y carteles en la mismísima puerta de su casa?

No, eso no.

Lo primero que pensé fue que me había confundido de calle (¿qué si no?), pero la señal en la fachada de enfrente confirmaba lo imposi

ble. El jet lag, que estaba mermando mis fuerzas como si me encontrara rodeado por una horda de dementores, no tenía nada que ver con esto: a unos veinte metros de mí, había desplegada más parafernalia que en los MTV Awards. ¡Pero si hasta tenían máquinas de humo!

Reconozco que el miedo me paralizó de pies a cabeza. Juraría que incluso el iPod dejó de funcionar unos segundos. Noté la garganta seca y tuve que obligarme a recordar cómo se respiraba para no caer fulminado allí mismo.

Me quité los auriculares y me los dejé colgando sobre el pecho para comprobar con todo lujo de detalles que no estaba alucinando: los cerca de quinientos chicos y chicas que se habían reunido a los pies del escenario eran reales y todos estaban gritando al unísono el nombre de Dalila.

Resoplé con incredulidad. Nunca imaginé que fuera tan… popular. Como si mi pensamiento las hubiera invocado, dos camionetas de las noticias entraron por el extremo opuesto de la calle y aparcaron a unos metros de las casas. Varios tipos se bajaron a toda prisa y comenzaron a montar tres cámaras en trípodes a una velocidad de infarto mientras dos reporteras, comensales habituales de nuestras cenas familiares al otro lado de la pantalla, se retocaban el maquillaje sin dejar de andar.

A lo mejor era una de esas bromas televisivas y me estaban grabando sin que me diera cuenta. Si estuviéramos en Estados Unidos, Ashton Kutcher aparecería de repente gritando «¡Punk’d!», y yo me haría el sorprendido.

Lo que veía no tenía pinta de ser una broma, y menos una preparada para sorprenderme a mí. ¿Cómo iba a saber nadie que hoy me pasaría por aquí cuando ni yo mismo lo había decidido hasta bajar del avión?

¿Y si había ocurrido algo? ¿Un robo? ¿Un homicidio múltiple? Claro, por eso había fans: para vitorear al asesino y pedirle un autógrafo.

Me reí de mi pésima broma (uno se acaba acostumbrando a no tener público) y me acerqué unos pasos. Todavía esperaba cruzarme con Grissom y su linternita azul cuando me golpearon en el costado.

—¡Cuidado! —gritó la chica que me había dado con una… ¿pancarta?

No tuve tiempo de responder siquiera. Ella, que me sonaba de la otra clase de mi curso, ya se había fundido entre la masa frente al escenario y había desplegado el mensaje gigante marcando su territorio y lanzando miradas asesinas a quienes osaran intentar apartarla.

—Da… lila… eres al… eres la… —No se me daba bien descifrar mensajes a contraluz—. Perfecta Cas…

—Disculpa, ¿podemos hacerte dos preguntas rápidas?

Un mal presentimiento se instaló entre mis pulmones, justo donde creí que estaba a punto de sufrir un ataque, mientras me daba la vuelta.

—Serán solo unos minutos…

Una de las dos reporteras se había colocado frente a mí con una cámara que me deslumbraba con un focazo de mil vatios y un escote nada discreto.

—Emmm… —No era precisamente el más locuaz de mis hermanos—. Pues… —Mis ojos iban de los suyos a la cámara y de la cámara a sus pechos. Cada vez parecía más nerviosa—. Preferiría que no.

—Serán solo dos preguntas rápidas. Vamos, enróllate. Pareces un tipo majo.

Alzó la comisura de los labios en una especie de media sonrisa y entornó los ojos. Me encogí de hombros y me metí las manos en los bolsillos, seguro de que para entonces ya me había sonrojado.

—Lo siento, yo… —Fui a añadir algo más, pero no se me ocurrió nada.

La otra periodista se encontraba a nuestras espaldas, intentando hacerse oír por encima de los chillidos mientras la horda de gente seguía uniéndose a la fiesta. Estaba a punto de disculparme de nuevo, desesperado por que me dejaran en paz, cuando la chica chasqueó la lengua y sin despedirse salió corriendo hacia el escenario.

—¡¡¡Está ahí!!! —anunció alguien en ese momento, desatando el Armagedón por toda la calle.

Los focos se apagaron entonces y la noche se abalanzó sobre nosotros. No me había dado cuenta hasta ese momento de que el cielo había terminado de oscurecerse y de que se había levantado la brisa a nuestro alrededor, meciendo con fuerza las ramas de los árboles colindantes.

Me crucé de brazos para entrar en calor y di unos pasos hacia el escenario dispuesto a enterarme de qué iba todo aquello cuando las luces volvieron a encenderse con mayor intensidad, calcinando mis retinas.

Di un traspié hacia atrás y me froté los párpados antes de volver a abrirlos. La gente estalló en aplausos y vítores y felicitaciones y gritos y más gritos y más gritos, que aumentaron todavía más (si es que eso era posible) cuando un hombre saltó al escenario. Se trataba de Maxi Tenor, actor, cantante, estrella del pasado y presen tador de los últimos cincuenta reality shows que había habido en España.

Los focos, rojos y verdes, conferían a toda aquella locura una atmósfera de pesadilla con tintes navideños que ya le hubiera gustado conseguir a Tim Burton. La música fue bajando de volumen para dar paso a la voz que animaba a los allí reunidos con entusiasmo.

—¿Cómo estáis, Castorfans? —gritó por el micrófono. Por respuesta, la gente alzó las manos y comenzó a aplaudir.

¿Castorfans? ¿Castorfans? Debía de haberlo escuchado mal. —¡Saludémonos como merece la ocasión! —dijo el tipo, y alzó un brazo hacia lo alto con la palma para abajo y colocó la otra hacia arriba. Después dio una palmada bajando de golpe la mano que estaba arriba.

El público lo imitó en un aplauso seco que reverberó en la calle. Sin entender a qué venía aquel gesto tan perturbador, me aparté unos pasos, un poco asustado, y volví a concentrarme en el esce nario.

El pelo rubio y engominado del presentador y las arrugas de su frente eran más visibles en la realidad que en la televisión. Llevaba una sudadera roja abierta con una camiseta negra debajo de «Heidi Metal» y unos vaqueros rotos que mi madre habría tirado al primer descuido.

Según me había contado Olivia, el tipo rondaba ya los cuarenta y cinco años, por mucho que se esforzase en aparentar dieciséis, y las drogas eran el menor de sus problemas. ¿Era a mí al único al que le daba mal rollo?

Pensar en Olivia me hizo pensar en David, y pensar en ellos me hizo recordar la bronca que tuvimos y lo mal que me había sentido durante todo el verano por no haber intentado solucionarlo de algún modo. Cuando menos, era irónico que me hubieran venido a la cabeza precisamente allí, justo cuando iba a ver a Dalila, la principal culpable de nuestra disputa.

No pude compadecerme mucho más tiempo, pues Maxi Tenor comenzó a hablar.

—¡Tres meses de concurso! —exclamó—. Tres meses en los que hemos podido ir conociendo a participantes de todo el mundo hasta dar con la elegida. Con la verdadera. ¡Con la única! Hemos vivido momentos divertidos, tristes, emotivos y muy, muy emocionantes.

Como si de un guión preestablecido se tratara, guardó silencio y el público enloqueció de nuevo, alzando las voces y las pancartas.

—Pero por fin hemos llegado al final. ¡Por fin tenemos a nuestra Castorfa! —Más aplausos y más desconcierto por mi parte—. A través de vuestros mensajes de texto, en las redes sociales y en nuestra página web, habéis elegido a la actriz que mejor encarnará al personaje que tanto ha significado para todos nosotros.

Castorfa.

Mi cerebro logró salir del sopor al que los gritos lo habían sumido para dar con la pieza que faltaba. No había escuchado mal. Yo sabía quién era Castorfa. ¡Todo el mundo sabía quién era Castorfa! Me había pasado mis primeros nueve años de vida dibujándola con ceras de colores y haciendo collages de su cara. Mis tíos me regalaron todos sus libros; mi madre consiguió la vajilla que daban con el periódico, y mi abuela me había cosi

Recibe antes que nadie historias como ésta