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POCOPáN

María Elena Walsh  

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Fragmento

EL CASTILLO QUE HIZO ¡PLAF!

Había una vez un señor muy rico que se llamaba Procopio. Era tan rico que en las revistas lo llamaban “Rey”.

No recuerdo si era el Rey de la Bicicleta Sonora, de la Galleta Plegadiza o del Pañuelo Redondo.

Lo cierto es que se había enriquecido a fuerza de fabricar y vender una cosa rara.

¿En qué consistía ese invento? Eso es tema de otro cuento que si se portan bien les contaré y si se portan mal, ya veré.

Procopio era bajito y gordo y no sabía reír.

Qué se le va a hacer, el que no aprende de chico es difícil que aprenda de grande.

Y Procopio, de niño, no tuvo muchas oportunidades de reírse, porque pasaba casi todo el tiempo contando y recontando las monedas de su alcancía.

Si no sabía reír, por lo menos sabía soñar, pero en lugar de inventar caprichosos sueños propios como todo el mundo, soñó nada más que con un cuento de hadas que alguien le contó, siempre el mismo.

El cuento le hizo decidir, ¡pobre Procopio, tan chiquito!, que cuando fuera grande sería rey y tendría un enorme castillo como los reyes de la época del Pericoco.

Como en tiempos de Procopio quedaban pocos reyes y como él no era uno de ellos, la única solución que le quedaba era hacerse rico, riquísimo, multi-multi-millonario.

Con no pocas angustias propias y bastante sudor ajeno lo consiguió, y cuando al fin se hizo multi-multi-multi, un montón de papanatas empezaron a decirle “Rey”.

Sus oficinas, en pleno centro de la ciudad, ocupaban como diez manzanas. Y much

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