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PODER SER

Juan Tonelli  

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Fragmento

Prólogo

El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel bosquejó una idea maravillosa: quizás la Tierra no sea más que un enorme cascote que gira alrededor del Sol, pero en ese cascote habita un ser que se pregunta por el sentido de la vida, y eso ya lo vuelve un lugar diferente. Y esos somos nosotros: criaturas que a partir del deseo y la palabra nos enfrentamos a un universo que se niega a manifestar significado alguno.

Desde el acto mismo del nacimiento, la vida nos obliga a ser guerreros en constante búsqueda. El hasta entonces protector cuerpo materno nos expulsa, nos rechaza, y unas manos firmes nos toman por la fuerza y nos arrastran hacia una existencia desconocida y todavía no deseada. El mundo entero se transforma en un lugar hostil, en un campo de batalla en el cual el cachorro humano debe empezar a librar su lucha personal para poder construir un sitio propio en el cual reconocerse a sí mismo y transformar lo que hasta ahora fue angustia y agresión en un lugar en el que pueda desarrollarse como sujeto del placer y del deseo. No obstante, asistimos con mirada perpleja a los hechos que se nos presentan, ya sea el erotismo, la sensación de abandono, la angustia o la esperanza, pues no existe en el hombre un instinto que le diga qué se espera de él, cuál es su objeto de amor natural y cuáles los comportamientos de su especie. Pero, en su reemplazo, hay una energía igualmente fuerte, aunque más compleja, a la que llamamos pulsión. Compleja porque esa fuerza de empuje tiene dos vertientes: una que moviliza a construir y otra que impulsa hacia la destrucción. Las llamamos pulsión de vida y pulsión de muerte.

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La religión plantea que el hombre nace bueno, apenas manchado por el pecado original y, en el tránsito por la vida, va contaminando esa pureza con sus actos. El psicoanálisis, en cambio, ha comprobado que el camino es el inverso, y basta con mirar a un niño para constatar las actitudes violentas que surgen en él ante los inconvenientes que le toca enfrentar: arrojan los objetos por el aire, destruyen los juguetes o les pegan a sus compañeros de juego cuando pierden. La voz de la cultura, entonces, les dice “no” y los invita a que aprendan a compartir y a entender que no siempre les toca ganar a ellos.

Lo cierto es que la agresión y la violencia son, por lo tanto, constitutivas del sujeto humano y es imposible erradicarlas por completo. De allí que la única opción para dominar ese espíritu beligerante sea el deseo. Esa construcción que aparece cuando algo del orden del amor y la vida empieza a diferenciarse en el bebé a partir de los cuidados maternos, de la estimulación afectiva, de la contención y el incentivo permanente para dominar la ansiedad y la frustración. No es esta una tarea fácil, y de cómo se haya realizado este trabajo de entrada a la cultura humana dependerá el grado de manejo que cada quien tenga sobre la propia violencia que el medio y los semejantes puedan generarle. Porque el mundo es un ámbito perturbador y los ideales sociales cumplen una función determinante, sea como motivación de los logros más nobles o como una voz que nos impone un deber ser que puede volverse intolerable: las ansias de saber o los mandatos. Y es en este lugar donde Juan Tonelli decide instalarse. Bajo la forma del cuento breve se para, abstinente de prejuicios, para cuestionar la idea de libertad, destino, infidelidad, locura o soledad. Recoge la idea borgiana de que no hay más paraísos que los perdidos y desde el inicio mismo nos señala la paradoja implícita en la vida humana. Toma el camino maravilloso y arriesgado de cuestionarlo todo y va construyendo un devenir de estímulos que movilizan al lector y lo incitan a pensar por sí mismo sobre los temas propuestos.

Este no es un libro que contenga respuestas. Muy por el contrario, y eso es lo que lo vuelve tan interesante, es un texto que invita a preguntarse, a encarnar ese ideal hegeliano de aceptarnos como sujetos sujetados a un universo que, por más cruel que fuere, jamás podrá acallar nuestro deseo de saber.

GABRIEL ROLÓN

Introducción

“La mayoría de la gente lleva una vida de callada deses­peración.” Después de semejante frase, ya no pude seguir leyendo ese libro de Thoreau. ¿Desesperados? ¿La mayoría? Y además, ¿callados?  Al leerla, sentí varias emociones contradictorias.

Angustia, casi inherente a la palabra desesperación. Como si eso fuera poco, no se trataba de cualquier desesperación, sino de una desesperación callada.

Imaginé a una persona en el instante previo a tirarse debajo de un tren. ¿Existiría mayor desesperación y aislamiento que los de un suicida? ¿Era posible que la vida tuviera tanta desesperación, y que la mayoría de las personas se sintieran aisladas, incapaces de compartir sus dolores y angustias más profundas?

La noticia de que las personas desesperadas eran mayoría y no podían ni compartirlo con alguien venía a sacudir mi idealismo. ¿Eso era lo que la vida tenía para ofrecerme?

Aun así, en ese mar de desasosiego percibí una luz. Si esa frase era cierta, el desafío sería construir puentes que nos sacaran de ese aislamiento, salvándonos de la desesperación. 

El científico y cardiólogo Dean Ornish sostenía que las enfermedades del corazón eran patologías generadas por las emociones. Según su hipótesis, el músculo se enferma más por lo que siente que por la mala comida, la falta de ejercicio o el cigarrillo. Como resultado de décadas de investigación, ese médico corroboró que la principal causa de las afecciones cardíacas son la soledad y el aislamiento. Me pregunto si acaso podrían ser la base de todas las enfermedades y no sólo las cardíacas. Según los estudios de este médico, vivimos aislados de los demás, de nosotros mismos, y de un Orden Superior (a los que muchos llaman Dios).

 Sin siquiera proponérmelo, ese sería el camino que transitaría mi vida: construir puentes que me rescataran de la propia soledad y el aislamiento. Y en ese sentido, el primero de todos los aislamientos a ser superado era el mío conmigo mismo. ¿Cómo podría conectar con los demás si era incapaz de darle lugar a lo que sentía? Con el tiempo me di cuenta de que esa no era mi dificultad, sino la de muchos.

Desestimamos las señales que nos manda nuestro corazón porque no se ajustan ...