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POR EL SENDERO DE LAS LáGRIMAS

Gloria V. Casañas  

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Fragmento

Mayo de 1838, Carolina del Norte

La niebla del amanecer aún no se había disipado cuando el ejército de milicianos al mando del general Winfield Scott arribó al claro del bosque. Un vaho azulado se desprendía de las Montañas Humeantes, impregnaba la foresta y amortiguaba el rumor del río.

Era un día aciago para el pueblo cherokee.

Ya los aguardaban, reunidos en pequeña multitud, con sus túnicas blancas, sus cintos de colores y sus turbantes aderezados con plumas. Hombres de rostro adusto, mujeres ataviadas con faldas largas de las que asomaban rostros adormilados de niños, y jóvenes guerreros con camisa de ante y mocasines blandos, el carcaj repleto de flechas y el ceño desafiante. Los ancianos, con sus espaldas cargadas de años y recuerdos, conservaban altiva la frente y los ojos acuosos, clavados en aquel montón de soldados de casacas azules y botones dorados.

El general alzó un brazo en señal de detención. Los caballos resoplaron y el aire se enturbió con los vapores de sus ollares húmedos y la polvareda que levantaban sus cascos.

Hubo un silencio extraño tras los murmullos apagados. Se observaban unos a otros, y el recelo era un muro invisible que los separaba.

En la retaguardia, un joven militar de porte refinado permitía que la lástima asomara a sus ojos azules. Era patético el esfuerzo de aquella gente por resistir lo que estaba dispuesto quizá desde mucho antes del decreto de expulsión del presidente Andrew Jackson, y aun del mismo tratado de New Echota que algunos cherokee habían firmado sin el acuerdo del Consejo Tribal. La suerte del indio estaba echada desde el instante en que el colonizador puso sus pies en la ribera del continente.

Era lo que pensaba el joven soldado en ese amanecer nublado de las montañas, cuando venían a cumplir por la fuerza lo que dos años antes se había dispuesto.

Impecable en su uniforme de la Unión, el general Scott desplegó el rollo que llevaba en su mochila y, tras aclararse la garganta, leyó el ultimátum del gobierno federal. Scott era un veterano graduado en West Point, curtido en guerras, pero cuando de los indios se trataba, siempre parecía ser la primera vez. Él no estaba de acuerdo con el traslado, sobre todo después de que el juez Marshall de la Suprema Corte había fallado en favor de la autonomía de la comunidad cherokee, pero era un subordinado, y si el presidente de los Estados Unidos quería hacer valer aquel tratado, no estaba a su alcance discutirlo.

Tampoco se alegraba de contar con los milicianos, prefería siempre al ejérc

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