Loading...

POR LA SANGRE DERRAMADA

Gabriela Exilart  

0


Fragmento

AGRADECIMIENTOS

A mis hijos, León, Alejo y Valnea, por la paciencia, por entender mis viajes y mis ausencias.

A Pablo, mi compañero, por ayudarme a conseguir “ese” libro que tanto necesitaba para la investigación de esta novela, por respaldar todos mis proyectos y acompañarme siempre.

A mis amigas, Gladis Díaz y Laura G. Miranda, las primeras lectoras de esta historia, por tomarse el tiempo, por el ojo crítico, la lectura objetiva y las sugerencias.

A mi editora, Florencia Cambariere, por seguir alentando mis sueños, por sus consejos y su sostén durante todo el camino.

A todo el grupo de trabajo de Penguin Random House, por la confianza brindada y el apoyo que me hacen sentir. Todos y cada uno de ellos merecen mi agradecimiento personal, por las correcciones, por la edición, por la fotografía, los diseños de tapa y formato, por el marketing, la prensa, la comercialización, la publicidad, las ventas… Son un gran equipo y es un placer sentirme parte.

Recibe antes que nadie historias como ésta

A Inés Maidana, el hada de Paso de los Libres, por ocuparse con tanto cariño y responsabilidad de mi página, por ser el puente entre los lectores, por sus ideas geniales y por estar siempre presente.

Al escritor marplatense Sergio Javier Giaquinta, por regalarme su libro La noche de los galeses, que terminó de ilustrarme sobre la vida de los inmigrantes galeses que poblaron nuestro sur.

A mis lectores, por su cariño y fidelidad, por hacer que esto que me gusta tanto pueda seguir siendo.

¡Gracias!

Hemos encontrado una tierra mejor

en una lejana región del Sur,

en Patagonia.

Allí viviremos en paz,

sin miedo a traidores ni espadas,

y allí Gales será rey.

Canción entonada por el primer contingente

de galeses que partió hacia la Patagonia

PRIMERA PARTE
La primera huelga, preámbulo de la muerte

CAPÍTULO 1

Patagonia argentina, 1920

—No debes temer a las ovejas, niña —la voz del abuelo, ronca, pausada, tenía el poder de sedarla—, ellas son incapaces de hacer daño, apenas saben defenderse.

—¿De verdad? —interrogó la pequeña, abriendo sus ojos con exageración—. ¿Y si alguien las ataca?

—Sólo les queda correr —replicó el veterano, incapaz de decirle que ni siquiera eso las salvaba de una muerte segura.

—De modo que si me acerco a ellas… ¿no me harán daño?

La carcajada del anciano resonó en la estancia.

—No, Juli, no te harán nada. —Acarició con su mano ruda y áspera los rizos de la pequeña—. Mañana mismo iremos al corral y buscaremos un corderito para ti.

—¿Lo dices en serio? —Los ojos hablaban más que su vocecita infantil y cantarina.

—Tu abuelo nunca miente —aseguró don Eugenio.

Quince años habían pasado desde aquella conversación; sin embargo, Julia la recordaba textualmente. Acodada sobre las maderas del cercado observaba al nuevo capataz de la estancia. Era un hombre maduro, rondaría los cuarenta años, y ella, a sus veintidós, lo veía mayor. Pese a ello, se sentía atraída por él. El mayoral había llegado hacía diez días, y ya se movía entre los peones de la cuadra como pez en el agua. No había tenido problemas a la hora de imponer su autoridad entre los antiguos jornaleros. Más de uno había fantaseado con ocupar su lugar a la muerte de Ruperto, que había estado al mando durante casi treinta años. Sin embargo, don Eugenio había traído un forastero.

Ajeno a la observación de que era objeto, Martiniano continuaba arreando las ovejas desde la manga al corral.

—¡Julia! —la voz del abuelo la sacó de su ensueño y miró en dirección a la casa principal. Tuvo que hacer sombra con su mano, había olvidado el sombrero dentro, y divisó al anciano, apoyado sobre su bastón, que le hacía señas.

Trotó hacia él y al llegar le dedicó una sonrisa.

—¿Qué ocurre? —su voz seguía siendo cantarina, aunque ya no era la de una niña.

—Debes ir al pueblo, se nos acabaron las provisiones y se viene la tormenta.

—Está bien, llevaré a Joaquín para que me ayude. —La jovencita ingresó en la casa y tomó su birrete, que estaba colgado en el perchero—. ¿Las llaves de la camioneta?

El anciano metió la mano en su bolsillo y se las entregó. A sus setenta y cuatro años, todavía conducía, pese a que sus reflejos habían menguado y la vista a menudo le jugaba bromas pesadas.

—Sabes lo que tienes que traer —gritó el anciano, pero Julia ya corría hacia los fondos, a buscar al muchacho para que la acompañara.

Don Eugenio sacudió la cabeza y avanzó hacia el establo, meditando sobre el futuro de su nieta. “¿Qué será de ella cuando no esté? Tendría que haberla enviado a la ciudad, para que estudiara y se puliera un poco”, se lamentó.

Río Gallegos distaba cincuenta kilómetros de la estancia Don Eugenio, que Julia recorría una vez al mes en busca de las provisiones. Luego de más de una hora de un viaje silencioso, dado que el peón que solía acompañarla no era amigo de las conversaciones, y menos con la nieta del patrón, arribaban a la ciudad, donde pasaban horas en La Anónima, buscando calidad y precio.

Todo el comercio pasaba a través del almacén de ramos generales, que al mismo tiempo era “hotel”, estafeta de correo y estación policial. Allí se vendía y compraba todo, desde un alfiler hasta un Ford T.

En 1920 casi todos los almacenes, desde el río Colorado hacia el Sur, pertenecían a la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia, fundada en 1908 por la fusión de las sociedades José Menéndez y Braun y Blanchard. La Anónima, como se la llamaba, fijaba los precios y las condiciones de compra y venta. A través de La Anónima llegaban los suministros, la ropa, los remedios, los alambrados, la nafta, los repuestos, los periódicos y la correspondencia. Y a través de ella se iban la lana, las pieles, las plumas y los grandes arreos para los frigoríficos.

El estanciero estaba obligado a comprar y vender al precio que La Anónima le fijaba, y también a transportar en los barcos de la compañía, dado que hacia fuera, lo único que había eran los transatlánticos a Europa y Chile, y la línea de cabotaje a Buenos Aires era servida principalmente por los barcos de La Anónima.

La camioneta Ford volvía inclinada de tantos bultos que traía, y el trayecto por los caminos polvorientos se hacía más lento. A Joaquín le extrañó el silencio de la muchacha. “Mejor así”, pensó, no tenía ganas de escuchar las mismas canciones melancólicas que la patrona entonaba en cada viaje. El muchacho había nacido desprovisto de una mínima cuota de sensibilidad, por lo tanto, que Julia cantara lo ponía de muy mal humor.

Ella conducía silenciosa, absorta en su propio mundo, ajena a la belleza del paisaje que la rodeaba. A la izquierda, el mar rumoroso y bravo se levantaba en olas de coronas blancas y el silbido del viento entonaba su propia canción. Estaba preocupada, había oído a través de las paredes una conversación entre su abuelo y Martiniano. El precio de la lana había caído estrepitosamente: de $ 9,47 a $ 3,08. Los estancieros latifundistas habían aprovechado la crisis de la Primera Guerra Mundial; sin embargo, tras el fin de la guerra, la cotización volvía a la normal en tiempos de paz, generándose una alarmante desocupación a causa de la caída de la demanda mundial. El mercado británico estaba abarrotado, habían llegado a Londres, procedentes de Australia y Nueva Zelandia, dos millones y medio de fardos. La lana patagónica no había tenido esa suerte: ni siquiera había logrado salir de los puertos argentinos.

El abuelo había mencionado la posibilidad de despedir jornaleros, de modo que la cosa era más grave de lo que Julia había supuesto en un principio. Martiniano había sugerido aguardar hasta la próxima zafra de la lana; después de todo, sólo faltaban dos meses para la primavera y tal vez la crisis se revirtiera.

Don Eugenio también estaba inquieto por el descontento de los peones, que se estaban dejando llevar por ideas traídas de afuera y reclamaban por sus derechos.

Los trabajadores organizados en estructuras sindicales estaban influenciados por la Revolución Rusa de octubre de 1917, y venían protestando contra las injusticias. El año anterior había estallado en Buenos Aires la llamada Semana Trágica. Cuando los trabajadores industriales se levantaron, el presidente Yrigoyen dejó que la oligarquía reprimiera a través del ejército y los comandos de los “niños bien”. Y cuando los trabajadores rurales del sur exigieron firmemente una serie de reivindicaciones, amenazando con salir del cauce meramente sindical, el presidente dejó que el ejército reprimiera, defendiendo los intereses de los latifundistas.

Pese a que participaba bastante de los asuntos de la estancia, Julia no sabía de las condiciones en que los patrones obligaban a los peones a trabajar. Sí era consciente de que arreaban majadas con 18 grados bajo cero, pero desconocía que los esquiladores concluían jornadas de 16 horas con los brazos agarrotados y que los obreros trabajaban 12 horas por día 27 días al mes.

El abuelo fingía darle responsabilidades cuando en verdad la tenía relegada a cuestiones domésticas, como encargarse de la compra mensual de insumos, tarea que la muchacha desempeñaba a la perfección, y la administración de la casa. A veces le pedía que lo acompañara en los arreos, dándole importancia, sólo porque quería acallar su instinto salvaje. A Julia le gustaba montar y perseguir a las ovejas descarriadas, y de tanto en tanto don Eugenio la convocaba para la tarea, así la jovencita no protestaba.

Volvía de esas excursiones con la nariz roja a causa del frío, los cabellos alborotados porque, por más que los sujetaba, en la carrera perdía el lazo y el sombrero se le volaba hacia atrás, pero era feliz. El viejo no sabía de qué manera compensarla por la vida solitaria y un poco silvestre a la que la había sometido, sin quererlo, debido a su prematura viudez y a la muerte de los padres de la niña. Salvo por la compañía de Isabel, la cocinera que servía en la casa, no existía otra mujer en los alrededores.

Ni siquiera cuando iban al pueblo Julia tenía contacto con otras damas. La Anónima era territorio masculino, y era el único sitio adonde concurría la muchacha.

De manera que su vida había transcurrido entre hombres y animales. Pese a ello, Julia sabía leer y tenía un poco de cultura general, porque don Eugenio se había preocupado por que no fuera analfabeta. Con los números era excelente, en eso el abuelo la había entrenado con especial cuidado, dado que sería la continuadora de la explotación de la estancia cuando él ya no estuviera. Aunque ahora el anciano dudaba sobre el futuro de su nieta. La crisis lo había llevado a endeudarse, cosa que Julia desconocía, y había riesgos de perder las 20.000 hectáreas que poseía.

Otros estancieros de la zona conocían de sus penurias, pero ninguno podía otorgarle un préstamo: poco más, poco menos, la caída en el precio de la lana afectaba a todos. Sólo uno de ellos le había propuesto una solución que don Eugenio había rechazado entre gritos y golpes de su bastón. El terrateniente de la estancia vecina le había ofrecido cancelar sus deudas a cambio de que le entregara a su nieta.

—Me casaré con ella, Eugenio, no la quiero de manceba —argumentó don Luis Roque Sosa, un hombre que rondaba los sesenta años.

Don Eugenio salió de allí como alma que lleva el diablo, furioso y desilusionado de quien había creído un amigo.

La situación con los trabajadores venía de mal en peor. Las inhumanas condiciones de trabajo habían detonado en actos de protesta que los latifundistas consideraban de tendencia anarquista. En Santa Cruz, el gobernador los había prohibido, y en Chile, hacía pocos días que había sido sofocada la primera huelga.

Horas más tarde y luego de su visita a la ciudad, Julia salió a galopar con la idea de despejar su mente de la preocupación que le había generado la situación económica.

La anunciada tormenta la sorprendió en pleno paseo por la costa, cabalgando, y debió regresar.

Desmontó del caballo de un salto y corrió bajo la lluvia en dirección al galpón.

El recinto estaba a oscuras a esa hora de la tarde, sólo un débil rayo de luz ingresaba por las hendijas. Julia estaba acostumbrada al olor de los animales, otra en su lugar hubiera fruncido la nariz y llevado las manos al rostro para amortiguar el aroma de las pieles de oveja que estaban colgadas a los costados.

Se quitó el sombrero y revoleó la larga cabellera color miel, único símbolo de su femineidad, dado que jamás se había puesto una falda y menos un vestido. Desconocía los afeites que engalanaban a otras muchachas de su edad, ni siquiera se le había pasado por la mente usar polvos para la piel, ni perfumes ni zapatos de mujer.

Sacudió los cabellos girando la cabeza hacia abajo, como si fuera un perro, y luego comenzó a desabrocharse la chaqueta que estaba empapada, maldiciendo como si fuera un mozuelo.

—No debería hablar así, señorita Julia. —La voz la sorprendió, creía que estaba sola en el galpón.

Giró y se encontró con Martiniano, que la observaba. La muchacha no se amilanó, sabía que el capataz no se metería con ella si deseaba conservar la cabeza en su sitio; sin embargo, le gustaba provocarlo. No era la primera vez en el corto tiempo que el sujeto estaba bajo las órdenes de don Eugenio que Julia coqueteaba con él. La joven no tenía experiencia con hombres, para ella era un juego, sin darse cuenta de las pasiones que podía despertar, aun enfundada en esas ropas masculinas que solía vestir.

—¿Le molestan mis modales, Martiniano? —susurró mientras se aflojaba el pañuelo que llevaba anudado al cuello, dejando ver su piel blanca, dándole a su voz una entonación especial.

—No juegue conmigo, señorita —agregó el hombre acercándose con paso felino, hasta quedar frente a ella.

—¿Por qué dice eso? —interrogó Julia, las manos en jarra, la mirada desafiante.

Un trueno resonó en la tarde, y la muchacha dio un respingo, ocasionando una sonora carcajada en su acompañante.

—¡No se burle! —recriminó la joven.

—Será mejor que vaya para la casa, antes de que pesque una pulmonía. —Martiniano comenzó a alejarse, pero ella lo detuvo: le gustaba y quería hablar un poco más, pese a que él intentaba mantenerse distante.

—¿Tiene algo para darme calor? —preguntó.

Martiniano volvió sobre sus pasos, la tomó por los hombros y acercó su rostro, tanto que Julia se asustó.

—Podría quemarte si quisiera —dijo—, sin embargo soy un hombre prudente.

La soltó de inmediato y salió del galpón sin darle tiempo a nada. Ese efímero contacto la estremeció y la muchacha quedó temblando, no de frío.

De inmediato se avergonzó de lo que había hecho. En su afán de mitigar la soledad que crecía dentro de sí se había comportado como una mujerzuela.

—Cuéntame del viaje —pidió Grwn.

—¿Otra vez? —interrogó Iorwerth, mientras fumaba su pipa y miraba por la ventana, distraído—. ¿No te cansas de oír siempre lo mismo? Si quieres puedo relatarte…

—No —interrumpió el niño—, quiero que me cuentes del viaje. ¿Es cierto que les cortaron el pelo a todos? —Los ojitos de color celeste pálido resaltaban en el rostro coronado por una cabellera cobriza.

—No, te he dicho más de cien veces que no —repitió incorporándose y caminando hacia el hogar, donde se agachó y agregó más leños—. La travesía en barco fue muy larga, casi dos meses debió soportar tu abuelo, conviviendo con la monotonía de la vida de a bordo, las tormentas y las carencias. —Como si él mismo lo hubiera vivido, el hombre suspiró y se sentó nuevamente, las piernas en alto, las manos debajo de la nuca, rememorando aquella historia que le había sido relatada una y otra vez por su madre—. Ante la escasez… —otra vez el niño lo detuvo:

—No, desde el principio, desde Liverpool.

—¡Grwn! —protestó Iorwerth. Pese a ello comenzó a narrar—. El Mimosa partió en mayo de 1865 desde el muelle de Liverpool. Los 150 pasajeros iban ansiosos —el tono de voz del hombre despertaba la curiosidad del pequeño—, habían esperado demasiado para viajar a la tierra donde al fin serían libres de la dominación inglesa. Muchos provenían de zonas industriales; otros eran campesinos, como tu abuelo; también había mineros, carpinteros, maestros, predicadores y un médico. Antes de zarpar se izó la bandera galesa y todos, escucha bien, todos los emigrantes entonaron el himno compuesto para la ocasión. Sin embargo, tuvieron que aguardar tres días más en el río Mersey, a la espera de vientos favorables.

—¿Y las tormentas? —preguntó el niño.

—Fueron demoledoras —Iorwerth dio al relato un tono de suspenso—, el barco se bamboleaba constantemente, los pasajeros, en su mayoría descompuestos, gritaban de angustia y temor. Fuertes vientos y enormes olas de varios metros amenazaban con darlo vuelta. —Grwn abría los ojos y la boca, imaginando la escena, pese a que había escuchado la historia infinidad de veces—. Cuando la tempestad amainó, siguieron la travesía, pero en las costas del Brasil se toparon con un nuevo vendaval. Los viajeros estaban molestos, el recorrido se hacía más largo de lo esperado, escaseaban la comida y el agua. Entonces el capitán ordenó a las mujeres afeitarse la cabeza, lo cual generó un importante conflicto.

—¿Y se afeitaron?

—Bien sabes que no: el capitán tuvo que ceder, esa turba de señoras enfurecidas amenazó con tirarlo por la borda. —Ante la idea el pequeño comenzó a reír.

—Cuéntame de los muertos…

—Grwn, ya te he contado —se quejó el hombre—; mejor te cuento de las fiestas que se hacían a bordo, cuando, ya próximos a destino, los marineros se disfrazaban y daban espectáculos.

—¿El abuelo participó de esas fiestas?

—No, Grwn, el abuelo nunca tuvo el humor suficiente… y la abuela…

—¿Qué hay con la abuela?

—A ella le estaban vedadas las demostraciones en público, de modo que era una simple espectadora —culminó Iorwerth, con pesadumbre, recordando a su madre, cuya alegría había sido sofocada por su padre, un hombre apático y dominante.

—Era muy joven, ¿cierto?

—Sí, apenas una niña… —reflexionó el galés—, sólo tenía 15 años.

—¿Es cierto que aquí había muchos indios, como el tío? ¿Y que luego los mataron? —Para el pequeño la triste realidad era como un cuento.

—Las tierras estaban ocupadas por los indios, es cierto, y la autoridad quería liquidar lo que consideraba “barbarie” y radicar población blanca, por eso la política inmigratoria para con los galeses, hijo. —Pese a su escasa edad, Grwn poseía demasiada información lograda a fuerza de preguntar y escuchar.

—Pero ellos no eran bárbaros… fíjate el tío.

—Claro que no lo eran —afirmó—, pero el gobierno creía otra cosa.

—Y por eso la Conquista del Desierto, ¿verdad? —Iorwerth se maravillaba de la memoria de su sobrino.

—Así es, pero eso fue unos años después de la llegada del barco.

—Me hubiera gustado conocer a otros indios —manifestó Grwn.

—Bueno, basta ya de historias, que es hora de dormir —sentenció Iorwerth Awstin mirando su reloj.

—Buenas noches —dijo el niño, poniéndose de pie, saludándolo y caminando hacia su habitación.

Al quedar solo Iorwerth se sirvió un trago y miró en dirección a la ventana. Era noche cerrada y el frío había empañado los vidrios. Estaba preocupado por el rumbo de los acontecimientos, justo en ese momento en que estaba por emprender un nuevo negocio.

Las huelgas de los obreros se extendían desde Chile y avanzaban por Santa Cruz. Movimientos de protesta por todos lados, una bomba a punto de estallar. El gobierno de Yrigoyen había ordenado al teniente coronel Héctor Varela utilizar la caballería y las fuerzas de la marina para ocupar puestos en Santa Cruz. Y él a punto de comprar un establecimiento ovino.

Terminó su cigarro, bebió el resto de alcohol de un trago y se fue a dormir. Al día siguiente haría una recorrida por las tierras que iba a adquirir, antes de cerrar el trato.

CAPÍTULO 2

Rara vez Julia se aventuraba a los galpones donde dormían los peones, su abuelo se lo tenía prohibido, y a pesar de su espíritu rebelde, la muchacha sabía que era mejor mantenerse alejada de esos hombres incultos.

Sin embargo esa tarde, aburrida ante tanta inactividad, dado que faltaba todavía para la zafra de la lana, decidió dar una vuelta por los alrededores de la casa principal, y sin darse cuenta llegó a los dormitorios.

Eran depósitos rectangulares y todo hacía pensar que allí vivían animales, dado que ningún signo de confort los rodeaba. Voces alteradas que venían del interior la tentaron. Sabiendo que no debía, se acercó a una de las paredes laterales y apoyó el oído. A través de las chapas se filtraban las palabras, aunque no lograba descifrar frase alguna. Sí adivinó que alguien estaba arengando, porque a cada réplica un murmullo se elevaba. Sabía de los rumores de los anarquistas, como los llamaba su abuelo, que empujaban a los peones a formular reclamos infundados, cuando tenían un techo y comida todos los días, como solía protestar don Eugenio.

La muchacha quería entender qué decían esas voces airadas, por qué aplaudían los obreros, y no se dio cuenta de que alguien se acercaba. Recién cuando sintió los brazos fuertes que la sujetaron por los hombros y la zamarrearon tomó conciencia de su imprudencia. Atinó a quejarse ante tanta rudeza, pero el hombre que la sujetaba era poderoso, más alto y había bebido, dado que su aliento fétido y caliente le dio en pleno rostro cuando él la giró para verla a la cara.

El peón la apretó contra la pared del galpón y se acercó más a ella, buscando con su boca los labios trémulos de la jovencita. Julia no alcanzó a gritar porque el borracho se abalanzó sobre ella. El asco que sintió al contacto de su atacante la enfureció, sacándola del letargo de la sorpresa, y le dio un rodillazo en la ingle, obligándolo a separarse apenas unos centímetros. La muchacha aprovechó para gritar y el sujeto escapó, no sin antes maldecirla.

Julia se recompuso y corrió alejándose de ese sitio, aunque la semilla de la duda sobre lo que los peones tramaban comenzó a crecer en ella. Sabía que si preguntaba a su abuelo él comenzaría a despotricar contra los jornaleros, que eran unos desagradecidos, chilotes de mala muerte, que las ideas anarquistas los estaban endemoniando, que tendría que echarlos a todos, pero jamás le daría una respuesta despojada de sus pasiones. De manera que la muchacha decidió recurrir a alguien que le diera otra versión de la situación, no deseaba vivir al margen de la realidad que la rodeaba. En algún momento tendría que tomar las riendas de la estancia y necesitaba saber.

El paisaje era árido, más en esa época del año, cuando el invierno aún no decidía si se retiraba o continuaba sembrando heladas sobre los campos. Apenas unos penachos amarillentos interrumpían la desolación de la llanura. Eran tierras altas, buenas para el pastoreo, aunque a su criterio estaban demasiado cerca de la costa, la brisa del mar lo humedecía.

El jinete se irguió un poco más sobre la montura y oteó la extensión que dentro de poco sería suya. Tantos años de sacrificio al fin tendrían su recompensa. Sabía que la estancia estaba en cesación de pagos, que las finanzas se le habían ido de las manos a su actual dueño, pero tenía fe que con tesón y una buena administración, austera pero justa, la situación se revertiría en poco tiempo.

Él mismo se pondría al frente de los obreros y trabajaría codo a codo con ellos, el capataz tendría un rol secundario. Sólo le preocupaba un pedido de último momento formulado por el propietario de la estancia, cuestión que todavía no había definido.

Antes de regresar a su morada decidió bajar a la playa. Trotó en dirección a las barrancas, sintiendo el frío que helaba su rostro y sus manos, aun a través de los guantes. Elevó el cuello de su chaqueta y buscó un sitio para descender. No había demasiados, el corte de la tierra era abrupto, de manera que tuvo que galopar paralelo a la costa, hasta encontrar un sitio algo más bajo, que el caballo supo encarar con sigilo y paciencia.

Una vez sobre la arena el vaquero se acercó a la orilla, sintiendo la leve dificultad del animal en el suelo mojado, oliendo el aire marino, impregnándose de su salinidad y misterio. Pensó en el niño, la próxima vez lo dejaría acompañarlo, era tiempo de ayudarlo a crecer, basta de consentirlo y mimarlo como si fuera un desvalido, ningún bien le haría minando su autoestima.

Condujo al caballo hacia arenas un poco más firmes y lo taconeó para correr. El viento gélido en pleno rostro le despejó los malos pensamientos y se dejó llevar en una carrera desbocada. Jinete y corcel eran uno. El hombre tenía la destreza suficiente.

Una mancha oscura que venía en dirección a la costa por los barrancos escarpados atrajo su atención, y desvió sus ojos un instante, intentando descifrar de qué se trataba. A medida que se acercaba supo que era un vaquero que galopaba a gran velocidad directamente hacia el vacío. ¿Quién cometería una locura semejante? El hombre detuvo a su caballo, que se resistía y corcoveaba, ansioso de libertad, y llevó una mano a su frente, porque el reflejo de los débiles rayos de sol sobre el mar le entorpecían la visión.

Advirtió que el sujeto que iba encima del caballo que se aproximaba vertiginosamente intentaba frenar al animal desbocado. Anticipó una tragedia y se preparó para prestar auxilio, dado que otra cosa no podía hacer desde donde estaba.

Todo sucedió en cuestión de segundos, las patas del animal elevándose en el aire, el sombrero del cabalgador volándose hacia atrás, la figura humana doblándose como si fuera un muñeco, la vuelta en el aire, la caída abrupta…

El hombre sólo pudo ser un espectador vigilante, y recién pudo actuar cuando ambos aterrizaron sobre la arena de manera espectacular. En cuestión de instantes estuvo en el sitio, se arrojó de su corcel y corrió hacia el cuerpo que yacía desparramado sobre el suelo. Dos cuestiones lo sorprendieron: que el sujeto estuviera vivo pese a esa caída salvaje, y que fuera mujer.

Se arrodilló a su lado y observó que tenía una herida en la cabeza, porque la sangre se le escurría por entre los cabellos color miel. Era apenas una jovencita y su cuerpo desmadejado le dio pena. No podía dejarla allí; sin embargo, tenía miedo de moverla, si había algún hueso roto… rogaba que no fuera la columna. Se puso de pie y se pasó una mano por la sien, perlada de sudor pese al frío que venía del mar y que ya no podía sentir. Miró el caballo que agonizaba a unos metros, se acercó, desenfundó su pistola y le dio un tiro de gracia; no lo dejaría sufrir.

Volvió junto a la joven, que estaba boca abajo, se arrodilló e intentó volverla en sí. Le palmeó la mejilla, le habló, pero no había signos de conciencia. Caminó hacia la orilla, recogió agua entre sus manos y la vertió lentamente sobre el rostro de la muchacha. Al sentir las gotas deslizándose por su piel, la jovencita quiso hablar, pero sólo logró emitir un gruñido; movió sus piernas, lo cual tranquilizó a su salvador.

—¿Puede moverse? —preguntó el hombre.

Sin responder, ella giró el cuerpo, emitiendo un grito de dolor ante el esfuerzo. Pese a ello, logró tenderse sobre sus espaldas.

—Mi caballo… —llegó a articular antes de desvanecerse.

Saber que la muchacha podía mover sus miembros compuso el ánimo del hombre, que de inmediato tomó la decisión de trasladarla.

Con mucho cuidado la subió sobre el caballo, sosteniéndola todo el tiempo, dado que parecía un muñeco, hasta que logró montar y sujetarla con su propio cuerpo. Tuvo que recostarla contra su pecho para que no se bamboleara e inició el trayecto de vuelta al poblado a paso tranquilo, no deseaba ocasionarle mayores daños.

Como desconocía quién era pensó que lo mejor sería llevarla a su propia casa y avisar el médico, seguramente el doctor Jones sabría de quién se trataba, él conocía a toda la gente de los alrededores.

Al despertar Julia sintió que el cuerpo entero le ardía. ¿Estaré en el infierno? Se preguntó, temiendo estar muerta y condenada al purgatorio. Todavía vagaba entre la conciencia y el delirio. Cerró los ojos, porque la escasa luz que había en el cuarto le molestaba, y rememoró los últimos instantes previos a la caída. Se dirigía hacia la playa, a galopar por la orilla como de costumbre, pero su caballo, que conocía su rutina, enloqueció en la carrera y no pudo dominarlo. Vio con ojos aterrados que se acercaba vertiginosamente a las barrancas y supo que era el fin. No se animó a arrojarse, en el último momento antes de caer, tuvo pánico. Sintió cuando el animal elevaba las patas y se lanzaba al vacío.

Luego todo fue oscuridad. Como en sueños recordaba que alguien le hablaba, pero las imágenes eran turbias y confusas. Sólo de una cosa estaba segura: que se había mirado en un par de ojos más azules que el mar.

La puerta se abrió y entró el conocido doctor Jones.

—¡Doctor! —alcanzó a balbucear.

—¡Pero si eres tú, mi niña! —El hombre se acercó mientras bamboleaba su cuerpo bajo y torpe.

Conocía a Julia desde el momento mismo de su nacimiento, cuando exhaló el primer suspiro y vio a su mamá por única vez. El hombre meneó la cabeza, espantando esa imagen recurrente del parto de la niña, la madre yéndose en sangre, el padre desencajado, don Eugenio incapaz de contener a nadie, hecho una furia, porque amaba a su nuera como si fuera su propia hija.

Se acercó al lecho donde la jovencita yacía, el rostro lleno de moretones, la piel pálida, los cabellos desordenados y la mirada asustada, inusual en ella, a la que la vida le había tallado desde sus primeros segundos la valentía de enfrentar al mundo en soledad.

—¿Cómo te sientes? —preguntó calzándose los quevedos.

—¿Mi caballo? ¿Qué ocurrió con Dante? —Julia sentía devoción por el alazán que había criado desde que era un manojito de músculos, tal vez porque había quedado guacho tan tempranamente como ella. No sería el doctor Jones quien le diera la funesta noticia.

—No lo sé, niña, ahora ocupémonos de ti. —Se sentó a su lado y comenzó a examinarla—. ¿Cómo te sientes? —repitió.

—Me duele todo —se quejó Julia.

—Y no es para menos, la caída fue desde mucha altura… estás viva de milagro.

—¿Dónde estoy? —En ese instante Julia advirtió que no estaba en su casa, que esa no era su cama sino una más confortable y mullida, que las cortinas eran menos toscas y que el mobiliario no era el de una estancia.

—En casa del señor Awstin —informó el doctor Jones mientras corría las sábanas para examinar sus miembros.

—¿Quién es el señor Awstin? —Por más que hizo memoria, Julia no logró recordar ese nombre.

—El hombre que te salvó de una muerte segura. —Culminó su examen y extrajo unos frasquitos de su maletín, que dejó sobre la mesa de noche.

—¿Mi abuelo…?

—Está afuera, muy preocupado. —El doctor Jones escribió las indicaciones en una libreta, tenía la costumbre de anotar el diagnóstico y los tratamientos de sus pacientes—. Has tenido un Dios aparte, niña, te has salvado por prodigio del Señor.

—¿Podré volver a casa? —Julia intentó sentarse; sin embargo, el dolor se lo impidió.

—Deberías quedarte aquí, al menos hasta que logres moverte —sonrió el hombre, anticipando el malhumor de la jovencita.

Julia lanzó un bufido propio de un muchachito.

—¡Julia! —reprendió con la confianza que otorgan los años—. Deberías comportarte como una dama.

—Bien sabe que no lo soy —refutó la muchacha, coronando su frase con una sonrisa desafiante.

—Mejorarás pronto, al menos ya estás en pie de guerra.

Al quedar sola en el cuarto Julia cerró los ojos y se durmió.

Mientras admiraba la belleza del paisaje a su alrededor Iorwerth recordaba. Cuando sus padres desembarcaron en esas tierras solitarias e indómitas más de cincuenta años atrás, la vida no les fue fácil. Contaban con la energía de la juventud, ninguno de ellos alcanzaba los veinte años, de modo que se adaptaron con tenacidad a las incomodidades.

Uno de los primeros desafíos que tuvieron que enfrentar los colonos fue el de la falta de agua. Luego de desmontar tenían que regar, dado que nunca llovía, lo cual para ellos era algo novedoso, porque en Gran Bretaña siempre llueve.

Los pioneros que se ubicaron cerca del río Chubut tuvieron que aceptar un río cambiante, que por épocas se secaba casi por completo, y en otras llegaba al valle con toda su furia, provocando inundaciones.

Tanto hombres como jovencitos emprendieron la construcción de canales de riego a pico y pala, necesitaban agua para sus cosechas y estaban negados al fracaso. Hicieron un pequeño dique con compuertas y dos canales, uno de cada lado del río, porque había gente en ambas márgenes.

Durante la ejecución de los mismos los hombres pasaban semanas en los campamentos, mientras las mujeres se quedaban solas con sus hijos. La mayoría era pobre, y tenía que conformarse con pan duro.

Iorwerth comprendía por qué sus padres habían esperado veinte años antes de traerlo al mundo, y cuando lo hicieron, ya no tenían ni la fuerza ni la paciencia. Pese a ello, al poco tiempo llegó Gweneira, su hermana. Ante su recuerdo una sombra apagó los ojos azules del hombre, que taconeó al caballo y emprendió el galope.

Todavía no podía asumirlo, estaba demasiado claro en su mente, la escena tantas veces revivida, los gritos, la sangre…

Llegó al caserío empapado en sudor pese a que el frío cortaba el aire. Desmontó de un salto, ató el caballo y entró en la casa.

En el rellano se cruzó con el doctor Jones.

—Buen día, señor Awstin —saludó el hombrecito.

—Doctor Jones —replicó extendiendo su mano—, ¿cómo se encuentra la señorita…?

—Julia —culminó el médico—. Está bien, sólo unos cuantos golpes, nada que no se cure con unos días de reposo. —Añadió a sus palabras un gesto que el dueño de casa no supo interpretar—. ¡Usted no conoce a esa niña! —explicó—. No puede estarse quieta, y menos aún tomarse un descanso.

Iorwerth sonrió.

—¿Su familia está al tanto? —quiso saber, dado que él había estado varias horas fuera de la casa.

—¡Oh, sí! —dijo el doctor—. Su abuelo estuvo aquí más temprano y mandará a su capataz a buscarla mañana, eso si a usted no le molesta que la niña permanezca aquí…

—De ninguna manera —afirmó el señor Awstin—. La señorita puede quedarse el tiempo que sea necesario para su recuperación.

—Sugerí a su abuelo que fuera trasladada mañana, para evitar mayores dolencias. —El doctor caminó hacia la puerta—. Pese a que ella no lo diga, los dolores deben ser muy fuertes.

Ya en la salida y antes de partir, el médico consultó:

—La niña preguntó por su caballo. —Calzó su sombrero mientras hacía un gesto de pesar.

—Doctor Jones, sabe que tuve que ajusticiarlo.

—Julia no lo soportará —balbuceó—. Ese caballo era… muy especial para ella.

—No había alternativa —replicó Iorwerth enfatizando sus palabras—, la señorita tendrá que aceptarlo.

Al despedir al doctor Iorwerth se dirigió a su dormitorio, se cambió la ropa por otra más cómoda y se encaminó hacia el cuarto de su huésped. No la había visto desde el accidente y consideraba de buena educación velar por que nada le faltase.

Golpeó la puerta y aguardó. Al no obtener respuesta abrió y se encontró con un cuadro que no esperaba.

La jovencita estaba de pie al lado de la cama, de espaldas a él, y tenía el torso desnudo. Al oír la puerta, instintivamente llevó sus brazos a sus senos y los cubrió, girando el rostro para enfrentarse a quien había osado invadir su autoridad.

Iorwerth alcanzó a ver que llevaba puestos los pantalones que tenía al momento del accidente por única prenda antes de escuchar la retahíla de reproches que salieron de la delicada boca de la jovencita.

—¿Quién le dio permiso para entrar así? ¿Acaso usted no tiene un mínimo de educación? ¡Sinvergüenza! —Sus mejillas se tiñeron de rojo al pronunciar las palabras.

Awstin tuvo que dominar la risa frente a esa fierecilla y sus ojos se poblaron de chispas que ella supo interpretar.

—¡No se burle de mí! ¡Y váyase así puedo vestirme!

—Vístase con esas ropas sucias, si es su deseo, pero no irá a ninguna parte. —Comenzó a salir de la habitación—. Le daré diez segundos y volveré a entrar.

La jovencita refunfuñó ante la intromisión; sin embargo, se vistió deprisa, porque anticipaba que ese hombre era tanto o más obstinado que ella.

Cuando Iorwerth ingresó al cuarto Julia estaba de pie frente al ventanal, los brazos en jarra y una de sus piernas algo adelantada, su postura revelaba que estaba enojada.

—Empecemos de nuevo —dijo él avanzando unos pasos—. Soy Iorwerth Awstin. —Extendió su mano, que ella dudó en aceptar, hasta que al fin lo hizo a desgano.

El contacto fue efímero; pese a ello, Julia pudo apreciar que ese hombre no era para tomar en broma.

—No se moleste en presentarse —añadió Iorwerth con sorna—, el doctor Jones ya lo hizo.

El rubor ante su falta de educación cubrió las mejillas de la muchacha.

—Veo que se siente con fuerzas —dijo el hombre—. Me alegra que sólo hayan sido unos golpes.

Ante la amabilidad, Julia no supo qué responder, y permaneció de pie contra la ventana, por donde la escasa luz que quedaba del día ingresaba confiriendo a la estancia una lúgubre calidez.

Él avanzó unos pasos y encendió el candil que había sobre la mesita. Al verlo con mayor claridad Julia recordó esos ojos azules: eran los que ella había mirado desde la inconciencia del golpe.

—¿Usted fue quien me encontró?

—Más que encontrarla, presencié su caída. Es un milagro que esté con vida, fueron varios metros.

—¿Mi caballo? ¿Él está bien? —La temida pregunta llegó, y Iorwerth decidió que era mejor decir la verdad.

—Él no tuvo tanta suerte —comenzó el hombre, observando, no sin pena, la transformación en el rostro de la muchacha. Los ojos gatunos adquirieron un brillo especial en el instante previo de las lágrimas.

La jovencita caminó por el cuarto, a pasos cortos y con dificultad, dado que le dolían los miembros y las articulaciones.

—¿Qué ocurrió con él? Quiero verlo —exigió plantándose frente a él.

—Eso no será posible, señorita… —Pero su explicación fue interrumpida.

—¡No me diga eso! ¡Es mi caballo y quiero verlo! —gritó Julia, blandiendo manos y cabellos.

—¡Pues tendrá que cavar profundo! —respondió Iorwerth sin delicadeza. Enseguida se arrepintió, había sido demasiado brusco con ella.

—¿Está diciendo que…? —No pudo terminar, el llanto la dominó y se dobló en dos, cayendo al suelo de rodillas.

Iorwerth maldijo por lo bajo, no le gustaba la situación. Sin embargo, se agachó a su lado y la tomó por los hombros, obligándola a incorporarse.

—Lo siento —susurró él.

Julia no cesaba de gemir y llorar. El hombre sintió pena por ella, parecía tan indefensa que por un momento olvidó que escondía una fierecilla y la abrazó. Ella pareció no advertirlo, se dejó envolver por sus brazos y continuó derramando lágrimas sobre su pecho, dado que era más baja y no le llegaba al hombro.

Iorwerth permaneció rígido, sosteniéndola, incómodo, dado que no correspondía que la abrazase. Sin embargo, las circunstancias lo justificaban.

Cuando la jovencita terminó de convulsionarse se separó de él y le dio la espalda.

—Será mejor que tome uno de los calmantes que dejó el doctor Jones —dijo Iorwerth—, mañana podrá volver a su casa.

Ella asintió sin girar y murmuró un “gracias”.

Al salir de la habitación Iorwerth sintió un dejo de desazón.

CAPÍTULO 3

—Queremos que se nos respete, patrón, tenemos derechos —pidió el hombre que se había erigido como jefe de aquella organización recién nacida.

Estaban en el galpón, don Eugenio había accedido a concurrir ante la insistencia de Martiniano, porque éste ya no podía contener a aquella turba apasionada, influenciada por ideas anárquicas arrastradas por el viento del sur, que había prendido como pólvora en las cabezas de los chilotes.

El viejo permanecía de pie, apoyado en su bastón y envuelto en el poncho oscuro que lo caracterizaba. El sombrero le caía sobre los ojos de un gris metálico y frío como el mar; nunca se presentaba frente a sus empleados sin él, era un signo de debilidad que pudieran ver sus cabellos ralos y plateados.

—¿Y qué derechos son esos? —gruñó el viejo con voz de trueno—. ¿No les alcanza la comida y la cama?

—La comida la pagamos, patrón —dijo un hombre pequeño y con voz temerosa—, nos cobra 30 centavos…

—Además —añadió otro— “usté” nos descuenta los peines que se rompen y eso es a cargo de “usté”.

—¿De dónde sacaron esas ideas? —bramó don Eugenio blandiendo el bastón—. ¡Fuera, fuera todos de aquí!

El viejo enloquecía ante el menor reclamo, y eso que ni siquiera le habían protestado por los vales y cheques a plazo con que les pagaba, que sólo podían canjear con un fuerte descuento. Ni hablar de las pocilgas en que vivían.

Los hombres se dispersaron, algunos atemorizados, otros protestando por lo bajo, planificando y murmurando.

Martiniano quedó de pie, erguido como un poste junto a su patrón, hasta que éste dejó de gritar y maldecir.

—¡Chilotes desagradecidos, rotosos mugrientos! ¡Sólo quieren el dinero para emborracharse y comprar regalitos a las mujerzuelas! —El viejo avanzó encolerizado y salió del galpón, donde quedó flotando un aroma a incendio.

Martiniano lo siguió a corta distancia, sabía que mejor era mantenerse lejos y no contradecir al patrón, que tenía la mano rápida para el castigo. Más de una vez en esas pocas semanas que trabajaba allí, había presenciado cómo azotaba con el rebenque a algún obrero que osaba detenerse en sus faenas.

En una ocasión había hallado a un peón en el cepo, habitual en las estancias para corregir a los descarriados.

La huelga todavía no se había mencionado en el establecimiento, pero era como la lava del volcán en erupción: nada podría detenerla.

El viejo se internó en la casa y se topó con la imagen aún convaleciente de su nieta, que yacía en la mecedora frente a la ventana, mirando sin ver la lejanía. Hacía tres días que había sufrido el accidente y todavía no se reponía de la muerte de su caballo. Apenas comía y se aseaba por obligación, su carácter alegre y en plena ebullición se había aplastado, y con él, la poca algarabía de esa casa sombría a raíz del talante de don Eugenio.

—¿Cómo te sientes hoy? —se preocupó el abuelo.

Ella se limitó a mirarlo de esa forma inexpresiva que había adquirido, para volver a fijar su mirada en un punto inexistente en la ventana.

—Vamos, niña —pidió—, tienes que salir de esta casa. —Acercó una silla y se sentó frente a ella. Todavía podía sentir el latir descontrolado de su anciano corazón a causa de los injustos reproches de sus obreros—. Mañana iremos a buscar las ovejas —comenzó con la intención de ilusionarla, hallando el vacío como respuesta—, esperaba que me acompañaras.

Julia se dignó a posar en él sus grandes ojos y abrió la boca para decir:

—No iré, abuelo, y no insistas. —Dio por finalizada la escueta conversación y bajó los párpados—. Quiero dormir ahora. —Era una forma elegante de decirle que se fuera.

Don Eugenio se puso de pie y se alejó pensando de qué manera podría recuperar a su nieta.

La reunión había sido a puertas cerradas en el despacho de Iorwerth Awstin. Ambos se habían medido con la mirada, reconociendo en el otro la misma determinación. No iba a ser fácil la convivencia, y el galés todavía se preguntaba por qué había accedido a la modificación del acuerdo inicial. Descartaba la pena, don Eugenio Montero no era un hombre que inspirara ese tipo de sentimientos, sino todo lo contrario. “Debo estar poniéndome viejo”, pensó; pese a que no llegaba a los cuarenta, la madurez se había apoderado de él hacía ya varios años.

Cuando don Montero salió de la habitación dejando tras de sí el aroma de su tabaco y el aire de superioridad que lo caracterizaba, Iorwerth se dispuso a disfrutar de su trago. Ya estaba hecho. Al día siguiente se dirigiría a su nueva estancia y se encargaría personalmente de encaminarla y levantarla.

Las dificultades económicas también habían afectado a don Eugenio Montero, uno de los poderosos latifundistas de la región, y el hombre había tenido que salir en busca de auxilio. A regañadientes y con el orgullo entre las piernas, Montero había pedido ayuda al grupo de los señores de la tierra.

No eran buenas épocas para nadie, todos estaban en similares condiciones, y la única salida había sido la venta. A raíz de la crisis muchos especuladores compraban establecimientos a precios viles, algunos los revendían, y otros, con ansias de trabajar, se dedicaban a ellos.

No era el caso de Iorwerth Awstin, quien jamás hubiera pensado en aprovecharse de la situación. Por eso había ofrecido un precio justo y razonable para comprar el 75 por ciento de la estancia Montero. Awstin aspiraba al todo, sabía que las tierras eran buenas, pero el viejo se resistía a desprenderse de sus posesiones. “Sólo es cuestión de tiempo”, se dijo. De manera que accedió a adquirir un gran porcentaje, dejando que el viejo y su familia continuaran viviendo en la estancia.

Él permanecería en su propia casa, no tenía inconveniente en trasladarse todos los días para controlar y encargarse de los asuntos rurales. Sólo le molestaba esa cuestión de mantener la venta en secreto.

—Sólo será por un tiempo, Awstin —había dicho don Eugenio Montero, negándose a decirle “señor”—, diremos que usted es el nuevo administrador y que estará al mando de todo. —Don Eugenio bebió un sorbo y saboreó la bebida chasqueando la lengua—. Mi edad es una buena excusa para ello.

Y Awstin había aceptado, después de todo él no necesitaba andar por ahí demostrando sus posesiones ni ejerciendo autoridad, le bastaba con saber que el 75 por ciento era suyo y que podía hacer lo que quería respecto de la conducción de la hacienda. Sólo ansiaba que los peones no estuvieran influenciados por las ideas huelguistas, no quería problemas. Montero le había asegurado que eran gente dócil, inculta, eso sí, pero mansa. El viejo no le había contado toda la verdad.

Los pasitos cortos y atolondrados de Grwn lo sacaron de sus pensamientos y antes de que el niño abriera irrespetuosamente la puerta, como era su costumbre, Iorwerth se anticipó y lo hizo por él. El pequeño, en su carrera, siguió de largo y estuvo a punto de caer al suelo. El hombre lanzó una carcajada que fue recibida con sonrisas por parte del niño.

—No ibas a golpear, ¿cierto? —reprochó el mayor.

—Lo siento —su voz aún no había madurado y sonó aflautada—. ¿Me llevarás a cabalgar? —Los ojitos claros, de un celeste pálido y brumoso, brillaron en su carita.

El hombre no pudo negarle el paseo, no otra vez. Hacía una semana que venía postergando esa salida tan ansiada por el niño, de manera que hizo a un lado sus obligaciones y dispuso del resto de la tarde para compartirla con él.

Pese a su corta edad Grwn montaba bien, se mantenía erguido sobre la montura y conducía al caballo con determinación. Iorwerth lo observaba y notaba el parecido físico, a menudo se veía reflejado en el rostro del pequeño, salvo que sus ojos eran de un azul intenso. Tenía su mismo color de cabello, entre rubio y rojizo, un tono especial y poco visto, heredado de su madre. Si bien Awstin lucía una piel curtida y bronceada por la exposición a las condiciones climáticas, de niño había sido más bien blancuzco, como Grwn.

—¿Bajaremos a la playa hoy? —quiso saber el jovencito.

—Veamos primero cómo está el mar, hijo —respondió el hombre adelantándose e iniciando un trote ligero.

El pequeño lo imitó y juntos se perdieron en la llanura.

Había demasiado movimiento en los alrededores, murmullos en la cocina y su abuelo no había dormido durante la noche. Julia lo había escuchado toser varias veces, costumbre que delataba que estaba nervioso, y caminar de un lado a otro de su habitación durante horas. El ruido de su bastón sobre el tablado de madera era inconfundible.

Su intriga pudo más que su angustia y sacó a la jovencita de la cama. Se vistió con las ropas masculinas de siempre y se recogió el cabello en un rodete, para que no le molestara con el sombrero. Isabel solía decirle que debería usar el pelo suelto, dejando libres sus ondas de color miel. “Es un incordio mi cabello, no lo corto porque con estas ropas pasaría por varón”, respondía la jovencita, a lo que la mujer añadía un gesto de incomprensión.

Salió del cuarto y se dirigió a la cocina para desayunar, no le gustaba hacerlo en el gran comedor, y menos sola. Sabía que su abuelo ya lo habría hecho antes del amanecer y prefería la compañía de Isabel y la calidez de las ollas. El cuerpo ya no le dolía, sólo conservaba algunos moretones y un gran vacío en el alma. Don Eugenio le había prometido un nuevo caballo, pero ella lo había rechazado.

—Dante es irreemplazable, abuelo. —Había respondido de mal modo, fulminándolo con sus ojazos verdes que echaban chispas—. ¿Tú crees que es un juguete como los que me comprabas de pequeña?

Luego se había arrepentido y le había pedido disculpas.

—¿Por qué el abuelo está tan nervioso? —interrogó a Isabel mientras se servía el desayuno y se calentaba el cuerpo acercándose a la cocina a leña.

—Tenemos nuevo administrador, niña—respondió la mujer señalando algún punto del exterior con su cabeza.

—¿Y Martiniano? —preguntó Julia—. ¿Ya lo echó? —Una sonrisita burlona alumbró sus labios.

—Nada de eso, una cosa es el administrador y otra el capataz —dijo la mujer, aunque no sabía a ciencia cierta qué los diferenciaba.

Julia quedó pensativa y bebió su desayuno cavilando qué estaría pasando para contratar más personal, cuando por lo que sabía, no estaban muy bien económicamente.

Luego se abrigó, calzó su sombrero y salió. El frío la recibió en pleno rostro ocasionándole un ligero estremecimiento. Elevó el cuello de su chaqueta y metió las manos en los bolsillos, no sin antes acariciar a uno de los perros de la estancia, grande, lanudo, que con mucha pereza se restregó contra sus piernas.

Después avanzó hacia los corrales, dado que un nuevo caballo llamó su atención. Era un animal de gran porte, elegante e imponente, y estaba suelto en el corral mayor. Al sentir su presencia el animal empezó a correr en círculos, ostentando su elegancia y su musculatura. Julia sonrió ante aquel hermoso ejemplar de color blanco impoluto, cual si perteneciera a un príncipe.

Tal vez era el caballo que había mencionado el abuelo. La joven tomó un cabezal, se agachó y pasó por entre los postes, decidida a montarlo. Julia no conocía el miedo, era intrépida y atrevida, y el animal debió notarlo, porque le permitió acercarse y acariciarlo.

Al sentir el contacto con su piel cálida y sedosa la muchacha se emocionó. Era un caballo magnífico, y aunque no fuera su Dante, ya lo quería. Sin mayores inconvenientes, olvidando por un momento la intriga que la había levantado de la cama, le colocó el cabezal y de un salto lo montó, a pelo, sin montura ni recado. Se inclinó sobre él, susurró algo en su oreja, le acarició las crines y avanzó a paso tranquilo hacia la tranquera.

Una vez pasados varios corrales, cuando jinete y caballo se encontraron libres de cercos, galoparon como si fueran uno.

Iorwerth regresó a su casa agotado luego de su primer día en la estancia que le había adquirido a Montero. Nada había salido como había esperado. El viejo se había mostrado dominante, como si él fuera otro empleado a sus órdenes. Awstin sabía que debería haberse impuesto, aclarado las cosas, pero, maldito sea, ese hombre tenía un extraño poder sobre los demás. Sin embargo, al día siguiente tendría una extensa conversación con Eugenio Montero antes de presentarse ante los hombres.

El capataz, un hombre conocedor de su trabajo y de carácter, se había mostrado poco amistoso, porque don Eugenio había aclarado que por debajo de él deberían obedecer las órdenes del señor Awstin.

Los animales, si bien eran buenos ejemplares, no estaban en su mejor momento, parecían malnutridos y la lana no era de excelencia.

Y los obreros no se quedaban atrás. De un solo vistazo Iorwerth pudo adivinar que entre ellos se gestaba la rebelión. Ni una sola mirada de sumisión vio en los ojos oscuros de los chilotes, porque en su mayoría provenían de Chile, sólo unos pocos eran argentinos. El resentimiento se palpaba en el aire, y Awstin podía comprender el porqué. La corta recorrida por las piezas destinadas a los obreros lo convenció de la necesidad de un cambio. Vivían hacinados, los cuartos medían aproximadamente cuatro por cuatro y en ellos había mínimo ocho camarotes. La ventilación era un lujo que no conocían, ni siquiera había un lavatorio, y el colchón era una quimera.

Iorwerth pensó que tendría que desembolsar algo de dinero para otorgar mayor comodidad a los hombres; si quería que rindieran, había que mejorar sus condiciones.

Luego de la presentación por parte de don Eugenio, Iorwerth había dado un pequeño discurso, manifestando qué pretendía de ellos.

Después había recorrido los galpones de esquila junto a Martiniano y don Eugenio, había revisado los peines y demás implementos, notando que la mayoría no estaba en condiciones.

Para culminar la mañana, cuando volvieron al frente de la casa, su caballo había desaparecido. La montura estaba en el mismo sitio donde él la había dejado, el corral estaba cerrado, pero ...