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POR QUE A MI?

Robin Norwood  

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Fragmento

Título original: Why me? Why this? Why now?

Traducción: Edith Zilli

1.ª edición: abril 2011

© 1994 by Robin Norwood

© Ediciones B, S. A., 2011

para el sello Vergara

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

 

www.edicionesb.com

 

Depósito Legal: B.8214-2012

ISBN EPUB:  978-84-15389-21-7

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recibe antes que nadie historias como ésta

 

 

 

Este libro está dedicado con gratitud

a todos mis maestros

Agradecimientos

 

Casi todos los libros y sus autores, como casi todos los bebés y sus madres, se benefician mucho con una ayuda especializada durante el proceso del nacimiento. Tres mujeres contribuyeron en gran medida al surgimiento de este libro. Susan Schulman, agente literaria, creyó en el mensaje del li-bro y halló en Carol Southern a la editora perfecta para que ese mensaje se comunicara con claridad. Carol, a su vez, empleó sus muy considerables dotes editoriales para asegurar que el texto proporcionara al lector una guía, en vez de un laberinto confuso. Y Robin Matthews transformó alegremente y con destreza mis resmas de material manuscrito en páginas perfectas, sin dejar de hacer comentarios alentadores sobre el trabajo en marcha.

Por la inestimable ayuda en el «alumbramiento», mi más profundo agradecimiento a cada uno de vosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TODO PROBLEMA ES UNA TAREA

IDEADA POR TU ALMA.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Cita

 

Introducción

1. ¿Por qué me ocurre esto?

2. ¿Qué trata de decirme mi cuerpo?

3. ¿Existe un cuadro más amplio que no llego a ver?

4. ¿Para qué sirve el dolor?

5. ¿Por qué mis relaciones son tan difíciles?

6. ¿Cómo vine a parar a esta familia?

7. ¿Adónde voy y cuándo llegaré?

8. ¿Cómo puedo ayudar a mi propia curación y a la de otros?

Epílogo

Introducción

 

¿Por qué a mí? ¿Por qué esto? ¿Por qué ahora? ¿Quién de nosotros no se ha visto impulsado, en tiempos difíciles, a exigir respuestas a estas preguntas? Analizamos nuestro corazón. Interpelamos a la vida. Despotricamos contra Dios. Protestamos ante quien quiera escucharnos. Y las respuestas que obtenemos, vagos paliativos generalizados que no se aproximan en absoluto a nuestro dolor y nuestra frustración personal, suenan vacuas, impersonales y hasta enfurecedoras.

«El tiempo lo cura todo.»

«Ahora estás alterado, pero ya lo superarás.»

«Es la voluntad de Dios y hay que aceptarla.»

«Es el destino.»

«Son cosas que pasan.»

Tal vez el consejo más difícil de seguir, cuando nos abruma una dificultad, es: «Trata de no pensar mucho en eso. Pensando en ello no consigues sino sentirte peor.»

Palabras ofrecidas por amigos bienintencionados, inermes ante nuestra aflicción, que nos dejan varados e inquietos en los bajíos de lo que ha salido mal, muy mal. Nos arrastramos con fatiga por los dolorosos detalles de nuestra vida hasta que, al fin, acabamos por descubrir que el tiempo cura muchas cosas, después de todo, aunque el dolor y el sufrimiento nos hayan dejado profundas e indelebles huellas en el corazón.

Aun así, las preguntas que una vez formulamos, en silencio o a gritos, permanecen sin respuesta. Cuando llegan momentos más felices se esfuma nuestra necesidad de respuesta... hasta que volvemos a enfrentarnos a la adversidad.

¿Por qué a mí? ¿Por qué esto? ¿Por qué ahora? Como terapeuta, oía estas preguntas con frecuencia y cavilaba sobre el carácter de los problemas que tenían mis clientes y la oportunidad en que se presentaban. Muchas veces yo misma he formulado esas preguntas, en el curso de una vida que ha tenido su cuota de dificultades. Pero cuando mis propios problemas pesaban mucho, mis emociones me impedían investigar objetivamente preguntas que, en verdad, eran muy profundas y tenían implicaciones enormes. Y cuando la vida era buena me sentía demasiado satisfecha como para tomarme el trabajo.

Buena parecía la vida, por cierto, tras la publicación de mi primer libro: Las mujeres que aman demasiado. Estaba casada con un hombre inteligente y triunfador, que apoyaba mi trabajo.

Ejercía con éxito mi profesión de psicoterapeuta, era la autora de un libro muy vendido y una autoridad internacional sobre la adicción a las relaciones. Había sido capaz de tomar todo el dolor de años de fracasos con los hombres y el amor y, con la ayuda de un programa espiritual, pude rescatar la sabiduría que me salvó la vida. Estaba ayudando a las mujeres de todas partes a hacer otro tanto por sí mismas. Era una época de gratitud por mi propia recuperación y de orgullo por lo que estaba logrando en el mundo. Pero ese estado no duraría mucho tiempo más.

Un día, en el otoño de 1986, cuando regresaba en avión de California, tras una conferencia, entablé una conversación casual con la mujer sentada a mi lado. Mientras charlábamos, súbitamente me miró con atención.

—¿Qué edad tiene usted? —preguntó, con voz distinta.

—En julio voy a cumplir cuarenta y dos —respondí.

Ella asintió con lentos movimientos de cabeza, sin dejar de mirarme atentamente.

—En el año próximo cambiará toda su vida —me informó, solemne.

Eso me divirtió.

—No, no, usted no comprende. Ya ha cambiado —le dije—. Todo me fue siempre muy difícil, pero ahora todo es perfecto. —Sonriente, le conté lo lejos que había llegado en unos pocos años—. Ahora tengo un esposo buenísimo y estoy triunfando de verdad, por primera vez en mi vida. Todo es absolutamente perfecto —repetí con orgullo.

—Todo eso va a cambiar —replicó ella—. Todo se irá. —Y agregó, a modo de explicación—: Tengo un don, ¿sabe usted? Veo cosas.

En ese momento llegó una azafata con la cena y la conversación jamás volvió al tema de mi futuro. Pero resultó que ella tenía toda la razón.

Por abril yo estaba en trámites de divorcio, ya no trabajaba como terapeuta y, si bien no lo sabía aún, estaba gravemente enferma y me moría lentamente.

El divorcio fue idea mía; por entonces mi única explicación fue que el matrimonio ya no era honesto para mí. Me descubría fingiendo en todo momento ser la persona feliz que me creía obligada a ser. Cada día que mantuviera esa comedia significaba vivir una mentira y eso debía cesar. Pero interrumpirlo, ¿no era defraudar a todas las mujeres que leían mis libros y me creían feliz por siempre jamás con un buen hombre, después de haberme recuperado de mi adicción a las relaciones? Sentí que había fallado ante mis lectoras.

Abandonar la carrera también fue idea mía. Después de haberla amado profundamente durante años, la pasión había desaparecido por completo; ése era otro aspecto de mi vida que ya no era honesto. Mi visión de la realidad cambiaba en forma radical; había verdades más profundas que deseaba buscar, verdades que me estaban llevando mucho más allá de la práctica de la terapia.

Lo de morir... bueno, supongo que, en cierto modo, también fue idea mía. Desde hacía varios meses, mi cuerpo luchaba contra una furiosa infección que, sin causarme grandes dolores, me debilitaba mucho. Yo me decía que ese decaimiento se debía a una gripe rebelde y que no valía la pena consultar al médico. Aunque a veces me costaba atravesar una habitación, es obvio que no deseaba enterarme de lo enferma que estaba. Tal vez pensaba en mi subconsciente que, si moría, mis lectoras defraudadas podrían perdonarme.

Cuando terminé mi segundo libro, que contenía mis palabras finales sobre la adicción a las relaciones, consideré que había hecho por mis lectoras todo lo posible. Ya bastante dolorida, me interné en el hospital. Por entonces mi amiga más íntima había desaparecido de mi vida y mis hijos ya no vivían conmigo. Como no encontraba consuelo en ninguna parte, no hablé de mi estado con nadie. No sentía el menor miedo a la muerte; sólo muchísimo cansancio, demasiado para continuar. Estaba sola y quería acabar.

A la mañana siguiente, mientras me llevaban al quirófano, me concentré en esas pocas personas que aún no había podido perdonar y bendecir del todo. Me esforcé por hacerlo, pero eso tampoco era del todo honesto; me encontraba demasiado débil y cansada para mentir, aunque fuera ante mí misma. Por eso, profundamente desilusionada de mí misma y de mi vida, me deslicé en la anestesia.

Mi desencanto fue aún mayor cuando desperté, después de la operación. Mi primer pensamiento fue: «¡Oh, no! Todavía estoy aquí. ¿Y qué voy a hacer en los próximos cuarenta y dos años?» Más tarde el anestesista me informó, con alegría, que todas las enfermeras del quirófano habían leído mis libros y rezaron para que yo saliera bien; entonces pensé, desagradecida: «¿Por qué tuvieron que entrometerse?» Toda una vida había llegado a su fin. ¿Por qué, pues, no se me permitía partir?

Lo más duro era, quizá, la sensación de estar formulando mis preguntas a un vacío. En los siete años anteriores había practicado un programa de recuperación de la adicción a las relaciones, basado en los mismos principios utilizados por los miembros de Alcohólicos Anónimos, y experimenté una y otra vez el consuelo y la guía de un Poder Superior. Ahora era como si una puerta se hubiera cerrado, dejándome al otro lado sin nada que me guiara, salvo esa misma exigencia incómoda de honestidad personal que ya me había costado la mayor parte de mi identidad. Me sentía, alternativamente, tratada como juguete, abandonada y traicionada; no comprendía aún que Dios es siempre incognoscible y que, según nos acercamos a Él, se va alejando, y nos incita a subir más y más, en tanto que buscamos y tratamos de seguirlo.

A mi convalecencia siguió un período de seis años que, a fin de cuentas, serían de aislamiento y reflexión. Al principio andaba a tontas y a locas, trataba de hallar algo que hacer, algo que diera a mi vida sentido y finalidad. Pero todos mis planes se frustraban, grandes o pequeños. Los días se estiraban, largos y vacíos, y me acosaban los remordimientos por mi inactividad.

Lo único que me interesaba era leer libros sobre temas esotéricos, en los que hasta entonces nunca había pensado siquiera: astrología, quiromancia, tarot y curaciones. Siempre había creído en la reencarnación, pero ahora buscaba una comprensión más profunda de los conceptos espirituales correspondientes. Mi casa comenzó a llenarse de libros sobre el aura humana, los diversos planos del campo energético humano, los cuerpos sutiles que impregnan el cuerpo físico, los chakras o torbellinos de energía que alimentan estos cuerpos sutiles, las formas de pensamiento, la curación psíquica, el proceso del morir, etcétera.

Me descubrí sedienta de las obras profundamente esotéricas de Alice Bailey, una teósofa que sirvió como amanuense o canal para un maestro tibetano, desde principios de la década de 1920 hasta los años cincuenta. Mi primer contacto con estas escrituras fue el Tratado del fuego cósmico, especialmente inescrutable, con el que tropecé en la sección de Religión de la biblioteca pública. Aunque el libro me resultó casi incomprensible, experimenté la mayor confianza en este Maestro de la Sabiduría, conocido simplemente como El Tibetano, y comencé a estudiar los más de veinte volúmenes que había dictado a Bailey. Descubrí que mis jornadas vacías se iban llenando, a medida que me sumergía en esos estudios que me alimentaban como ninguna otra cosa habría podido hacerlo.

Durante ese período sentí la necesidad de protegerme de influencias exteriores. La soledad se me hizo tan necesaria como el aire. Tras haber vivido diez años sin televisor, empecé a evitar también la radio, las revistas y los diarios, aislándome hasta donde era posible de las distorsiones y los conceptos errados que constituyen nuestra visión cultural compartida de la realidad. Evitaba con asiduidad todo lo que pudiera distraerme: los hombres, las fiestas, las reuniones sociales, el alcohol, la cafeína y el azúcar.

Mis dos hijos, ya adultos, se mostraban solidarios e interesados por los temas que ahora me consumían. Y gradualmente fueron apareciendo, una a una, mujeres que estaban dedicadas a búsquedas compatibles con las mías. Como refugiadas de una tierra lejana, descubrimos que compartíamos un mismo lenguaje y una misma perspectiva; así floreció un puñado de ricas amistades.

A veces, cuando describo este período de aislamiento y reflexión, la gente reacciona con envidia, ya que imaginan que debió de ser un idilio apacible y bienaventurado. En realidad, se parecía más a una tortura diaria. Me quedaba quieta y evitaba las distracciones a las que suelen recurrir las personas de esta cultura, porque no tenía alternativa. Ninguna de esas distracciones me daba ya resultado. Por la resaca que me dejaban, su empleo era demasiado caro. Aun así, sobre todo en los primeros años, vivía sin sosiego, preocupada, consumida por la necesidad de saber adónde iba (si acaso tenía rumbo) y cuál era mi finalidad (si acaso existía). Aún no me daba cuenta de que por fin disponía de tiempo, desapego, objetividad y motivación para explorar la naturaleza, la oportunidad y el propósito de la adversidad. Estaba en libertad de investigar lo que he llegado a denominar el «¿POR QUÉ?» escondido detrás del «¿por qué?».

Hoy comprendo que mis estudios en el reino de lo esotérico son resultado directo de mi trabajo en el campo de las adicciones. Yo había dedicado muchos años a explorar a fondo la adicción a las relaciones y su recuperación, rastreando sus orígenes a malos patrones de vinculación, por lo general aprendidos durante el crecimiento dentro de una familia disfuncional. Estos patrones se acarreaban hasta la vida adulta y se repetían inconscientemente en parejas que permitieran representar de nuevo los viejos dramas experimentados en la infancia.

Pero ahora deseaba saber por qué esas mujeres (y esos hombres) habían nacido en una familia disfuncional. ¿Por qué un bebé nace en un ambiente saludable y óptimo, mientras que otro viene a la vida enfrentado a condiciones que no pueden dejar de traumatizarlo? ¿Por qué las condiciones de la vida (la calidad de nuestros padres, la salud, la inteligencia, la situación económica) se reparten de modo tan poco equitativo? ¿Somos víctimas fortuitas de una Loca Cabalgata Universal? ¿O tenemos destinos que, de algún modo ordenado, se ajustan a un Plan General? Y si tal es nuestro destino, ¿cómo podemos intuir su dirección y aprovechar ese conocimiento?

Por fin estaba exploran ...