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PROFANACIóN DEL AMOR

Marcos Aguinis  

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Fragmento

PRIMERA PARTE

1

Paradójico o absurdo. No se puede volver a nacer a los cuarenta y siete años. Sin embargo, es lo que me está por ocurrir. Debo atravesar un corto y estrecho desfiladero, someterme a una breve presión, ignorar la angustia —como toda criatura en la borrasca del parto— y... ¡ya está! Presentarme en el mundo, anotarme entre los vivos. Al principio me herirá la luz, me confundirán los ruidos y las voces. Tendré una corta dificultad para llenar mis pulmones de aire. Pero en seguida triunfaré sobre los obstáculos intensos, cortos. Y celebraré mi triunfo con un grito de estilete que perforará el universo. Habrá asombro a mi alrededor. Los espectros del miedo se dispersarán en fuga desordenada. Habré nacido. Nacido de verdad. Mi año uno. Después de vegetar cuarenta y siete años o (peor) quinientos setenta y cuatro meses o (peor) dos mil quinientas treinta y ocho semanas.

Para mí la vida se llama Tesi. Voy hacia la vida. Me empujan legiones de esperanzas y fantasías. De anhelos. Ella es la aurora y el poema, la hierba perfumada, el rumor del mar, la floresta húmeda. El oxígeno, la risa, la emoción. El acunamiento de las caricias. Las convulsiones del orgasmo. La paz del sueño. Deslumbramiento del mediodía. Sugerencias del crepúsculo. Es la vida porque se parece a un arcón mitológico lleno de sorpresas. Porque me hace sentir bien cuando la tengo y me picotea la ansiedad cuando la extraño.

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No se trata de un amor adolescente. No. O tal vez, ¡qué importa! Las etiquetas anulan los encantos, reducen la magia a ecuaciones de hielo.

Mis parientes y mis amigos intentarán explicarse el fenómeno. Porque la noticia golpeará como un fenómeno. No menos que el impacto de un enorme meteorito cayendo en el centro de Buenos Aires, o el aterrizaje de un marciano en la Academia de Ciencias. Chillarán las mujeres como monas y los hombres desorbitarán los ojos. ¡Qué! ¡Cuándo! ¡Por qué! ¡No es posible!

Exclamarán “¡no es posible!” con la misma entonación y estupidez que yo hubiera usado antes de conocer a Tesi. Sus lenguas fatigarán la palabra. Discutirán horas, días, semanas. Estérilmente. No podrán resolver el enigma. El Felipe que ellos conocen, de cuarenta y siete conformistas y aburridos años, no encaja con este salto al vacío. Dirán “saltó al vacío” muchas veces. Ya los estoy oyendo. Harán el balance de mis pérdidas: abandono de una mujer leal, culta, distinguida y buena compañera como Carolina, que me dio una hija (María Elena, ya casada) y un hijo (Luis, estudiante de ingeniería, parcialmente contestatario, que gusta discutir conmigo pero me adora). Pérdidas inmensas, ya lo creo. A las que se añadirán familiares y amigos indignados. Pérdida de imagen. Pérdida moral.

En fin, para ellos el Felipe que conocían y amaban habrá muerto. En su lugar, aparecerá otro hombre con el mismo cuerpo (aunque de rostro más jovial y desarrugado) que producirá una desazón diabólica en el nivel de los sentimientos, de la estabilidad matrimonial, de los valores.

Sé que mi situación no es única. En este momento, en varias partes de nuestro ulcerado planeta, muchos hombres pueden estar compartiéndola. Quizá seamos pocos los que decidimos escribir para clarificar ideas. He dejado transcurrir —marchitar— dos tercios de mi existencia. He sido esclavo de costumbres y prejuicios que jamás impugné. Un chato en la chatura. Luciente, agradable, pero quieto e inofensivo. Una planta en maceta que puede ser transportada del living al jardín, de un centro de mesa a la ventana, que infunde cierta dicha a quienes la contemplan y se agota en su extrema impotencia, en su destino atrozmente pasivo.

Me encuentro al final de esta etapa. Vegetal, feto, casi lo mismo. Ahora estoy dispuesto a lanzarme al estrecho canal del parto y nacer. Sí, es lo que haré inmediatamente.

Las dificultades amontonadas en este corto y doliente derrotero no son simples. Lucharé contra ellas y las venceré como pueda. Lo principal es recorrerlo, aunque emerja de la lid con severas contusiones. Dará lo mismo. Adelante, esperándome con los brazos abiertos, sonríe Tesi.

2

Cuando la vi por primera vez —hace más de diez años— percibí que sus ojos eran enormes y muy verdes. Le di la mano con aparente indiferencia, como se hace en las presentaciones obligadas. Y con aparente indiferencia recorrí sus labios mórbidos, su cutis tentador. Para evitar complicaciones (porque estaba mi mujer, o por costumbre), elevé mi mirada al cielo raso y me entretuve con el dibujo de las molduras mientras se hilvanaba una conversación formal. Carolina había contratado a Tesi como profesora de inglés de nuestros hijos.

—Bastante corren de un lado al otro, y les vendría bien ahorrarse un viaje —argumentó mi esposa.

Varios meses después, cuando la hermosa profesora ya era una visita familiar, tuve la brillante (malhadada) ocurrencia de presentarla a mi amigo Rubén.

En seguida podrá verse que la maraña de vínculos fue digitada por un perverso.

—Tesi es una muchacha excelente, buenísima —dijo Carolina—. Se gana la vida dando lecciones a domicilio. Es un amor. Padeció tanto.

Bajo el aparente estímulo de sentimientos altruistas (ahora los encuentro retorcidos), perpetré la idea de casarla. Hablé con ella, hablé con mi amigo, hice gala de una sutil habilidad negociadora. Me brotaba el anhelo de esparcir felicidad, tal vez la que yo no podía alcanzar con Carolina o no me animaba a conquistar fuera del matrimonio. El entrometido proyecto cristalizó en breves y agitados meses. Abrumé a mi amigo con promesas, órdenes, burlas y conseguí poner término a su soltería. Cancelé la peligrosa libertad de Tesi (claro: peligrosa para mí).

En la boda íntima estuve contento. Bailé con Carolina, mi hija María Elena y hasta con la pintoresca y elefantiásica tía Mercedes. Y con Tesi, por supuesto. Abracé varias veces a Rubén: enhorabuena, hermano, es una muchacha admirable, si tu vieja pudiera disfrutar de este momento, y otras frases por el estilo.

Cuando regresaron del viaje de bodas se instalaron en el departamento de Rubén. Tesi continuó dando sus clases particulares aunque redujo el número de horas. En el verano venía todas las tardes a disfrutar de nuestra pileta de natación. Jugaba con mis hijos adolescentes llenando el aire de gorjeos. Tiene cuatro años menos que Carolina y parece su hija.

Yo no me hubiera atrevido a reconocer otras intenciones que las de una amistad. La calidez de su voz y la elegancia de sus piernas no atravesaban mi coraza de padre postizo, no llegaban hasta la recóndita lira de mis honduras turbias. Miraba sin ver, oía sin escuchar. Como un doble. Y esto duró poco.

3

María Elena cumplía quince años de edad y pidió un baile con orquesta. Luis le hizo burla provocando un escandalete excepcional para la historia de nuestra familia, en la que siempre imperó un distante respeto, una tácita prohibición a excederse. Carolina intervino con desleídas frases para apagar la ofensa de María Elena al tiempo que yo miraba fijamente a Luis para recordarle sus límites.

La fiesta tuvo lugar un sábado por la noche en el parque de casa. Noviembre desplegaba una primavera dulce, habían florecido los jazmines y desde la copa de los paraísos descendía una fragancia penetrante. Luis saboteaba la «formalidad» del cumpleaños, la sofisticación «burguesa» del servicio, la manera «geriátrica» de celebrar los quince, y amenazó con utilizar junto a su amigo Javier algunos chascos de grueso calibre para «actualizar» la fiesta. En la práctica se limitó a concurrir —orden inapelable de Carolina por medio— y quedarse en un rincón charlando con Javier. Miraba con desprecio lo que consideraba una murga colonizada, burguesa, alienada, según los términos que empezaba a utilizar con tanta imprecisión como insistencia.

María Elena resplandecía en su vestido tornasolado. La actitud crítica de su hermano le pintó un brillo cruel en la cara haciéndola más bonita. Cuando podía le arrojaba un zarpazo a la cabeza y dos veces consiguió tironearlo de los pelos.

La gorda y campechana tía Mercedes —apariencia de diablo y pulpa de ángel— aplaudía las represalias de María Elena, pero después elogiaba la caricaturesca seriedad de Luis.

Yo vestía remera blanca y pantalón grisáceo sobre el que resaltaba un llavero de oro que me había regalado Carolina dieciséis meses antes, en nuestro decimoquinto aniversario. Tesi lo miró asombrada, yo sonreí como un bobo y me sentí molesto; después tuve ganas de esconderlo. No lo hice, pero creo que ahí se produjo una irreparable grieta en mi muralla.

La orquesta —¡vaya nombre pomposo!— estaba integrada por tres músicos. La cabeza del batería era una roja esfera de pelos transpirados, por los que se asomaban ojos violentos que recordaban a un vikingo en la batalla. A su lado se retorcía el guitarrista, hombre flaco cuyo enorme bigote le subía y bajaba la nariz; le tiritaban las rodillas, se clavaba el instrumento en el abdomen y de golpe invertía el arco adelantando impúdicamente la bragueta; cuando hacía esto la cabeza colgaba hacia atrás, decapitada, balanceándose con desenfreno. Entre ambos un cantor estrangulaba el micrófono haciéndole todas las muecas de horror imaginables; y el pobre micrófono gemía impotente, resignado a que el cantor le hincara el colmillo, lo pulverizara y devorara en esta celebración salvaje. En la improvisada pista los danzarines recibían los brochazos generados por una rueda con ventanas de celofán rojo, verde y azul que daba vueltas delante de un reflector, y aumentaba el delirio impuesto por el trepidante conjunto.

La catarata de sonidos me rodeaba de una extraña impermeabilización. Como una lluvia muy sonora, sus goterones rebotaban en torno de mí. Presenciaba una película sin sonido. O que en vez de sonido era acompañada por un caos sonoro que nada transmitía. Ni emocionaba. En la pista, los bailarines sacudían el cuerpo y en un rincón los músicos convocaban las jaurías del éxtasis. Pero todo ocurría lejos. Yo era espectador en el sentido más despreciable del término. Enteramente pasivo. Inmune. El descontrolado baterista golpeaba con furia timbales y platillos, revolvía la bola de fuego de su cabeza y parecía sacudir con la omnipotencia de Hércules al universo íntegro, mientras guitarrista y cantor y muchos bailarines, admirados, aflojaban la mandíbula. Yo veía figuras grotescas, marionetas de triste comicidad.

Elegí un silloncito junto al roble que plantó mi padre. Crucé las piernas y apoyé la copa de ananá-fizz sobre la rodilla. Me respaldé concentrando el peso de todo mi cuerpo a la altura de los omóplatos. Así procedo cuando presiento una situación difícil: entrego mi espalda a un buen apoyo y relajo la musculatura. Hasta mis párpados caen parcialmente. Realizo un acelerado ahorro de energía con el fin —aún oscuro— de aplicarla a la lucha que se viene. Esto es habitual en mi oficina: cuando se presentan abogados, acreedores, consorcistas o delegados gremiales, los saludo a través de mi escritorio y en seguida me refugio en el sillón. A medida que empiezan a desempacar sus exigencias comienzo a relajarme. Profundamente. Los interlocutores creen enfrentar a un hombre atento y amable. No sospechan que me visto con una armadura donde todo rebota y sólo mis manos —que oculto cuidadosamente— se mantienen escondidas porque aún no he podido incorporarlas a mi relajación general.

Yo aparentaba mirar a los jóvenes que desatornillaban sus hombros, sus caderas. El movimiento perpetuo de volúmenes coloreados abría ranuras fugaces y de cuando en cuando podía identificar la cabellera bronceada de María Elena agitándose al compás de la música. Los volúmenes ocultaban con intermitencia su naricita respingada, su boca contenta, sus mejillas con adolescente arrebol. Mi curiosidad se extendía hasta Luis, quien decidió participar en el jolgorio a pesar de sus repugnancias izquierdosas.

El peligro que me llevó al crepitante silloncito de mimbre no provenía de mis hijos ni de la pista de baile, por supuesto. Al otro lado del convulsionado racimo de danzarines resplandecía el ventanal de la cocina donde Tesi (convertida en mi centro de gravedad, mientras más negado más intenso) ayudaba a Carolina y a la servicial Graciela. El luminoso recuadro me atraía como una trampa de miel. Y para defenderme, yo aflojaba más mi musculatura.

Rubén se acercó arrastrando otro silloncito y sentí que el indefinible peligro aumentaba. Su gordo bigote compensaba la progresiva calvicie que año a año le agrandaba la frente. Se acarició el incipiente desarrollo de su abdomen e hizo una observación sobre el baterista, que en el apogeo de su éxtasis había decidido reventar su instrumento. Al sentarse tropezó con el codo y se manchó un zapato con jugo de tomate. Le alcancé una servilleta, le dije ya vengo y circunvalé la pista.

Quería llenar mi vaso, tal vez probar alguno de los raros bocaditos que había inventado Graciela para esa ocasión. En realidad, quería entrar por la ventana luminosa y arrojarme a la batalla, con absoluta confusión sobre el objetivo. Lo hacía como un autómata, provisto de la paradójica armadura que era la relajación angelical de mi rostro, mi pecho, mi cuello, mi espalda (mis manos, en cambio, aumentaban la contractura). Atravesé la puerta del estar diario, que comunicaba el parque con el resto del edificio, y me dirigí hacia la cocina. Pero me detuve en el pasillo penumbroso. La fragancia vegetal del exterior se mezclaba con las densas vaharadas de la repostería.

Tesi se acercó con una bandeja marroquí comprada en un bazar de Tánger. Su vestido violeta adquirió manchones negros en la sombra. Su cabeza dorada se transformó en espectro debido a la fosforescencia del cabello iluminado por atrás. La copa vacía se quebraba entre mis dedos; mis piernas, en el máximo de relajación, empezaron a doblarse. El estrecho y oscuro pasillo nos enroscaba en tirabuzón. La bandeja ascendió para evitar el choque; el vidrio me cortaba el pulgar. Intenté sostener a Tesi absurdamente porque se me abría el vacío. Rocé su cadera, su pecho, su hombro, mi aliento la enrolló como una bufanda sin que nuestras exclamaciones de sorpresa y lejano placer pudieran sobrepasar los megavatios de los bafles.

Caímos haciendo un escandaloso desparramo. Llegaron Carolina y Graciela. ¡No se ve nada en este corredor! Estoy bien... estoy bien. Nos incorporamos aturdidos. Ella ni había llegado al suelo, protegida por el colchón de mis muslos. Graciela corrió a recoger la bandeja de bronce y rescatar canapés, Carolina condujo a Tesi hasta una banqueta. Pero estoy bien —se quejaba mirándome—. Mirándome el rostro idiota. Mirándome el cuerpo. Y, descendiendo por mi cuerpo, sus ojos verdes llegaron a mi mano. Contuvo un grito: el cordón de sangre viboreaba por mis dedos; se alargaba hacia abajo, cada vez más gorda y pesada, hasta que se desprendió. Sobre el piso se formó una estrella roja.

Olvidando alguna presunta contusión, Tesi apartó a Carolina y corrió hacia el baño. Mi mujer se arrodilló para examinar mi herida y arrancó trozos de vidrio. Tesi volvió con gasa embebida en desinfectante. Sentí el ardor del líquido quemando mi carne y el contacto tibio de Tesi. Simulé contraerme de dolor. Fue un movimiento notable, sin relación con la aparente causa. Creo que mi mujer apretó la mano afectada, pero recuerdo con nitidez que Tesi me abrazó los hombros y acercó la mejilla. Me aflojé de nuevo. Estaba en plena guerra. Una guerra muy difícil porque no tenía en claro contra quién luchaba.

Días más tarde oí que mi boca le decía a Carolina algo asombroso: “Nuestra relación con Tesi y Rubén es menos agradable que antes”. Carolina parpadeó confundida y dijo que yo había padecido una jornada desgastante. Son nuestros mejores amigos; y si alguien tiene derecho a quejarse son ellos —decretó.

(Releo estas páginas y me digo: no estoy satisfecho. Lo sabés mejor que nadie, Felipe. Tu conducta fue cobarde. Eso de elegir el pasillo oscuro para armar un accidente a tu medida no resiste el menor examen. En lugar de abordar a Tesi con franqueza, con algo de picardía, con la necesaria dosis de galantería, la derribaste como un caballo. Para tocar su cuerpo inventaste una catástrofe; no te diferenciás del adolescente excitado que aprovecha —o fabrica— empujones en el colectivo. Además, Tesi te fascina porque llegó a tus oídos perversos la noticia de que fue “usada” por su segundo marido. Entendiste confusamente que era posible disfrutarla sin recorrer el largo y penoso itinerario de una conquista, algo así como apropiarte de un tesoro muy codiciado pero inmerecido, sin dar la cara, y sin el riesgo del rechazo).

4

Apagué la luz de mi velador y dejé caer el libro sobre la alfombra. Duermo sobre la izquierda dándole la espalda a Carolina. Mi codo se adhiere al pecho y mi mano llega a mi cara, protegiéndola. Con el pulgar y el índice aprieto mis globos oculares: elimino los restos de luz, potenciales estímulos que podrían interferir en mi descanso. Desde joven asocié descanso con aislamiento.

La compresión de los ojos y el recuerdo fresco de las letras recién leídas producían manchas coloreadas. Me invadía una dulce modorra. Carolina dobló su página con un ruido familiar, lejano. Tardaba más en dormirse y leía tres o cuatro libros en el tiempo que a mí me llevaba uno. Su pie rozó el mío y se apartó en seguida, como disculpándose. Pero al minuto exacto —¿habré contado los segundos?— volvió a tocarme. Una molesta vibración se extendió desde mi rodilla hasta los ojos. Era su lenguaje de contactos evasivos, de tanteo. Sin riesgo ni compromiso. Que yo esperaba y odiaba. Nuestra actividad sexual pudo haberse marchitado en la primera semana si no hubiéramos decidido —en respetuosas pláticas— tener dos hijos, preferentemente nena y varón, cumplido lo cual se hubiera marchitado ya sin remedio si Carolina, por esa titánica sensatez que la caracterizaba, no hubiera comprendido ¡y decidido! satisfacer las necesidades biológicas que yo debía padecer seguramente, aunque no lo manifestara. Ella debía sacrificarse para ayudar al equilibrio y la salud del esposo, como mandan la ley, la religión y el sentido común. Y no debía atender a su falta de orgasmo ni a los inexplicables dolores (que se esforzaba en silenciar conmigo pero que devanaban el cerebro de su ginecóloga), ni el monto de repugnancia que la urgía a higienizarse no bien concluía el acto.

El fugaz roce quería decir que ya es tiempo de, o hace seis semanas que no, o fijate que no me olvido de tus necesidades. Gracias, querida, correspondía que yo dijera. No le contestaba con palabras, sino con su mismo lenguaje táctil y vergonzoso: desperezaba mis miembros, giraba con somnolencia, le acariciaba inocentemente el hombro o el cuello. Besos delicados, dedos corteses. Ella apagaba la luz y se disponía al sacrificio. La oscuridad absoluta nos protegía de alguna manera. Alguien —Dios, la moral, vaya uno a saber— aguzaba la pupila para controlar nuestro descenso al submundo animal. Pero mi mujer seguía digna. En todo caso el que se convertía en bestia era yo. Me golpeaba el corazón y sentía que las rutas de mi sangre confluían en un reducido sector del cuerpo. Las riquezas de la cultura se evaporaban hacia otra galaxia. Ecuaciones, modales, ideas filosóficas, pudor se deshacían en jirones. Quedaba —tiránico, irreductible— el mandato de apurar el trámite. Entregar a mi mujer la prueba de mi fidelidad, el semen acopiado, la breve convulsión obtenida a su costa. Para ello se nublaba mi mente. Y a favor de una endeble erección procedía a cumplir el rito como un sacerdote pagano que obedece la ley de introducir el puñal en el cuerpo de la víctima sin pensar en la víctima ni en sí mismo. El sacerdote ni siquiera debe preocuparse en buscar la víctima: se la traen.

O viene sola. Carolina viene sola, cabizbaja, resignada. Toca la pierna del sacerdote y le dice aquí estoy, puedes tomarme. El sacerdote sale de su letargo, levanta con pereza el cuchillo, procede. Y cuando termina su trabajo, lo inunda la tranquilidad. Limpia la hoja manchada, ha cumplido con su deber. Víctima y victimario están en paz y olvidan lo acontecido. Yo regreso a mi postura lateral, el codo junto al pecho y la mano sobre los ojos, decidido a hundirme en el sueño, algo más liviano. Miserablemente liviano.

Esa noche —tras el accidente en el corredor y mi abrazo imaginario con Tesi— el contacto de su pie generó una respuesta insólita de mi organismo. El caballeresco ritual de estirar los miembros y acariciarle el hombro para expresarle gratitud tenía poco de caballeresco y nada de gratitud. Más bien reflejaba el desborde que se produce al levantarse una restricción. Impulsos que saltan como resortes apenas se debilita el tirano. Giré como un cilindro violento y abracé a Carolina quien, asombrada, no conseguía atrapar la perilla del velador. Momento, momento —gemía. Era necesario apagar la luz, seguir el riguroso orden del rito, escapar a la pupila del inspector eterno. Pero yo acariciaba su nuca y besaba sus labios fríos; anhelaba vencer algo. No sabía qué era ese algo, ni por qué anhelaba vencerlo. Me afanaba por estimularla y recurría a mi pobre colección de recursos. Ella siguió luchando por alcanzar la perilla —¡prioritario!— y lanzaba exclamaciones descorazonantes: qué te pasa, me apretás el brazo, no me tapés el aire. La oscuridad se abalanzó como un chaleco de fuerza. Y Carolina se entregó al sacrificio; escultura resignada, muerta antes de la muerte. Le mordí el cuello y creo que brotaron lágrimas de mis párpados contraídos de furia mientras me esforzaba por no ceder a la impotencia, a esa debilidad que apuntaba a mi miembro para frustrar su cometido. Trabajé como un poseso. Otra mujer hubiera tiritado, hubiera llorado. Quien quedó tiritando fui yo, aliviado de mi semen, sí, pero otra vez abrumado de derrota.

Carolina, tras una copiosa y purificante ablución de bidé, dijo estás irreconocible, qué impulsos, por Dios, parecés un adolescente.

Se durmió satisfecha de haber contribuido —con su humillación— al bienestar del marido. Y pensando que los arrebatos anacrónicos de este marido sólo se producían (y terminaban rápidamente) gracias a ella.

Yo, en cambio, tardé en dormirme. Y después fui asaltado por los resplandores del infierno que se llaman pesadillas.

5

A la mañana, como siempre, me sirvió el desayuno. Lo ingerí con esfuerzo para no preocuparla. No portarme como un ingrato. Y no revelar mi vergüenza. Porque tal coito fue demasiado bruto, desenfrenado. Si quedaba algún atenuante, era la conducta siempre controlada de ella, que no se dejaba arrastrar por la lascivia. Mantenía una compostura irreprochable: no me rechazó ni reprobó, se limitó a expresar sorpresa. Luego, a desempeñar su rol de víctima y recibir mi descarga, como lo exige la ley.

La besé en la mejilla y me introduje en el automóvil. El olor del tapizado nuevo me asaltó evocando una escena que se esfumó al instante. Aguanté los reglamentarios tres minutos para calentar el motor (¿siempre deben ser tres minutos?). Esa mañana entristecida por nubarrones morados me vio salir de la cochera con la sonrisa que imponen los buenos modales. Sonrisas de máscara. La saludé con la mano izquierda. Carolina, apoyada en la puerta, devolvió la sonrisa y examinó el rosal plantado a un costado del porche. Encendí la radio: transmitían la cortina musical del noticioso. Las comisuras de mis labios desdibujaron la ridícula sonrisa. Detienen a policías que causan la muerte de un detenido con apremios ilegales. Extreman las medidas de seguridad en Vicente López, donde se ha instalado Juan Domingo Perón desde su regreso al país luego de diecisiete años de exilio. El tribunal de cuentas de Tucumán investigará denuncias contra el Poder Ejecutivo formuladas por tres ministros renunciantes. Me deslizaba por entre los demás coches apurados. Retornaba a mi cabeza con obstinación mi inhabitual y vergonzoso coito. Las burbujas que anoche habían ascendido por mi cuerpo, inflamándolo, ahora lo atacaban a reproche limpio: por haberme inflamado y por haber cedido, por haber deseado excitar a Carolina y por no haberlo logrado, por tratar de convertirla en una mujer vibrante y por tener esas malditas intenciones, por admirar y odiar su pureza, su abnegación, su inaguantable abnegación. Es una mujer perfecta, inmaculada (sobre todo inmaculada) y yo pretendo... Yo, que no supe qué era un cuerpo de mujer hasta los dieciocho años y aprendí con prostitutas baratas (Gloria es otra cosa). Yo, que desarrollé un noviazgo «limpio», «bieneducado», «gentil»: roces de mano, besitos tímidos, varios meses después menos tímidos, pero nunca el atrevimiento, la lujuria, la ofensa de manosearla, «aprovechándome». Prometí con mi conducta un esposo de elevados sentimientos. Eso entendió y por eso se casó conmigo. ¿Qué derecho me asiste ahora para violar un pacto iniciado en el noviazgo y afirmado por la costumbre? ¿Desde cuándo soy un hombre empujado por los apetitos inferiores, la porquería animal? ¿Por qué esta calentura de mierda? Ahora, aquí, en el auto, no siento nada, nada, nada. Bajo mi pantalón reina la anestesia. Bien podría hacerme amputar sin dolor. Ni pena. Estaría más libre. Más a gusto. Carolina no se vería forzada a repetir sus sacrificios cada tantas semanas, yo podría abrazarla con intenso cariño y asegurarle que la amo de verdad, con todo mi corazón y mi cerebro, sin la interferencia de ese órgano roñoso.

La reunión de partidos convocada por Perón elaborará un documento con exigencias al Gobierno. El presidente Lanusse ha colocado la piedra basal de Petroquímica Bahiense. Se anuncian paros en los transportes. Fuerzas policiales invadieron la Facultad de Ingeniería, en Núñez, y obligaron a los alumnos a abandonar el edificio.

Entré en la oficina con la apostura de siempre, pero elástico, cara fresca. Ojos avizores que atrapan detalles (atrapan poco pero causan esa impresión, y es lo que interesa). Deposité el maletín y me apoltroné en mi sillón de terciopelo mostaza. Irene abrió la carpeta con la correspondencia por firmar y Antonio deslizó a mi derecha la primera taza de café. El teléfono enrollado como un gato inmóvil podía soltar su gruñido en cualquier momento. Leí las cartas con rápida eficiencia y las firmé una tras otra. Irene miraba mi mano y mi frente, olía mi loción para después de afeitar. Podría excitarme también, pero para ella mi armadura no registraba grietas. Informó las novedades y recordó los compromisos del día. Es crítica la situación de la construcción. El teléfono seguía muerto; la operadora era un filtro a prueba de ataque atómico. Irene salió.

El ventanal me ofrecía un bosque de rectángulos erizados de antenas: nervioso centro de Buenos Aires. Un avión se descolgaba del techo de nubes y enfilaba hacia el aeroparque; sus pasajeros ajustaban los cinturones; por las ventanillas contemplaban el ancho río leonado y la ciudad que brota con energía por entre los globos de niebla. Oprimí el botón rosa y disqué. Separé el auricular de mi cabeza, lo miré. Una voz exclamaba ¡hola! Era Tesi: ¡hola!, ¡hola! Dejé caer la mandíbula y ningún sonido atravesó mi garganta. ¿Para qué he llamado? Colgué. No tenía nada que decirle. En el corredor Tesi había venido hacia mí como un espectro, un ángel inverosímil y esperado. Nos enroscamos deleitosamente en la penumbra. Accidente estúpido. Infantil, sí. Ultraboludo. Y peor ahora: intentando hablarle. Qué estoy buscando, por Dios.

Bebí el café caliente; la ola chicoteó mi garganta. Me distendí ligeramente reconfortado. Miré de nuevo el teléfono y sonó. La operadora pregunta, yo autorizo y la voz de Carolina me toca con su tono suave y equilibrado. Digno. Voz familiar. (Cuando tenías veintidós años, Felipe, y habías cursado unos meses de respetuoso noviazgo, ella te telefoneó por primera vez. Sí, por primera vez. Cometió el error de llamarte a la oficina de tu padre, donde te hicieron avergonzar. Ridículo, ¿no? Te blandían el tubo: ¡Felipe, una chica pregunta por vos! Papá estaba revisando un pliego de especificaciones, ni siquiera levantó los párpados, pero vos, Felipe, sabías que te miraba con recelo a través de las pestañas. Dijiste hola con fingida indiferencia. Y cada segundo se te hacía más duro proseguir con la indiferencia porque el auricular emitía sonidos de terciopelo. Te dolía la suavidad. Hubieras deseado ronquera de bruja o alaridos de sargento. Tu padre podía imaginar que hablabas con una puta, que eras un degenerado. O que te aprovechabas de una chica decente. Era tan grande tu dispersión que no registrabas las palabras de Carolina, ni advertiste que te invitaba a una fiesta de su prima. Depositaste el tubo con mano sudada y miraste a papá con deseos de justificarte: es Carolina, vos la conocés. Pero frenaste para no embarrarla peor, para no ser tan eunuco. Desde entonces reconocés la voz de Carolina y te agrada su suavidad. Es nítida, próxima a los tonos altos pero sin agudeza. Es elegante).

—Recién hablé con Tesi y hemos convenido ir al cine esta noche —dijo.

—¿Esta noche? ¿Ustedes dos? —pedía aclaraciones para ganar tiempo, aflojarme en el sillón mostaza.

—Los cuatro, querido.

—¿Los cuatro? Eh... me parece que hoy, no.

—¿Por qué? —un porqué suave, inocente.

—Y... voy a estar cansá... bueno, de acuerdo —me dio rabia haber aceptado en seguida.

—¿Vas a estar cansado? —matiz de preocupación, preocupación sincera, moderada.

—Olvidalo. Nada excepcional. Tengo un día cargadito —hundí mis dedos en la cabellera.

—Podemos suspender —otra vez la renuncia, siempre la renuncia, su testaruda abnegación.

—No hay que suspender.

—¿Seguro, querido?

—Sí, Carolina. ¿Dónde nos encontramos? —quiero cortar.

—En casa de Tesi. Comemos algo liviano allí antes de la película. ¿Te parece bien?

—Requetebién.

—Chau. Te amo —decir te amo es parte del ritual.

—Te amo.

Mis dedos permanecieron adheridos al tubo; no los despegué con precipitación como aquella primera vez, en la oficina de mi padre, cuando mis iniciales vínculos con Carolina sonaban pecaminosos. Ahora mantuve apoyada mi mano sobre el aparato negro, gozando una vibración residual. A la que yo pretendía entender. La voz de terciopelo no me emocionaba como entonces, pero tampoco era diferente. Era la voz de la legalidad conyugal. En un tiempo deseada y luego testimonio de la rutina. Y de las limitaciones. Carolina frígida, yo medio impotente (o candidato a impotente, o impotente mental... daba lo mismo).

Volvió a encenderse en mi cabeza el número de Rubén (de Rubén, no de Tesi). Disponía de una excusa para hablarle: ¿así que las mujeres arreglaron el programa de esta noche?, ¿te preguntaron, solterón caído?, ¿sabés adónde nos llevan? Comencé a discar. ¿Qué estoy haciendo? A esta hora trabaja en el hospital y me atenderá Tesi. Hablaré con Tesi, entonces. Le diré: hola, sí, habla Felipe (tosecitas para inventar lo que sigue), esta noche iremos al cine todos, ¿no es cierto?, yo estaré sentado junto a Carolina y vos junto a Rubén (más tosecitas), Carolina tomará mi mano, vos la de Rubén, la mano de Carolina me dará calor, hormigueos, incomodidad, y no sabré cómo seguir sentado (nuevas tosecitas), y miraré tu mano, sí, tu mano, Tesi, qué gracioso, ¿no?, imaginemos que Rubén siente lo mismo... (muchas tosecitas, la voz adquiere un falsete envidiable), entonces yo propondré que... que nos crucemos, ¿te das cuenta?, mi mano con la tuya y Carolina con la de Rubén (me ahoga la tos). Aparté el teléfono con odio y miré hacia Buenos Aires vibrante. Mi cabeza estaba llena de inmundicias.

Llamé a Irene; su metronómica eficacia estimulaba el reordenamiento de mis ideas. Usaba cabellera corta, artísticamente despeinada como minúscula concesión al predominio apabullante del método y la prolijidad; su vestido impecable, periódicamente renovado, modesto y hermoso, hacía juego con las delicadas fantasías que fijaba al cuello y a las orejas; su maquillaje impresionaba como ausencia de maquillaje. Era una muñeca laboriosa y afable. Pero asexuada (para mí, por supuesto).

Recogió carpetas, impartí instrucciones. Ingresé en la sala de calculistas alegrada por la luz de la mañana y fui hacia el calvo y verrugoso Benavídez (para arrebatarle su presunta alegría): debe modificar la distribución de las habitaciones; en este proyecto de hotel es necesario que quepan —holgados, perfectos— dieciocho cuartos por piso en lugar de dieciséis; no sirve lo que ha hecho. Calcule otra vez, modifique los corredores, cambie los espacios de aire y luz; ensaye, busque, devánese los sesos, caramba (transforme las verrugas de su pelada en cifras útiles). Dentro de un par de horas vuelvo. A Benavídez le giraban los ojos.

Bajé a la cochera y puse mi maletín en el asiento de atrás. Arranqué. Un par de maniobras y me deslizaba por el túnel hacia la libertad de la calle. Al asomar el paragolpes en la vereda me rajaron un insulto. Frené sorprendido. El semáforo me protegía y la chicharra sonaba como un taladro.

—¡Avance, avance! —ordenaban con fastidio.

A la izquierda sostenían a una anciana: hubiese muerto bajo mis ruedas. ¿No oyó la chicharra? La ley estaba de mi parte, no había cometido infracción, podía sentirme tranquilo (no lo estaba); pregunté si se sentía bien, si quería que la llevase al hospital. Una mujer joven chilló: ¡termine de sacar su mastodonte!, ¡¿no ve que está cerrando la vereda?! Tras ella, un hombre de pelo negro: ¿cuándo prohibirán los autos en el centro? Lo reconocí: ¡Pablo! Pablo se acercó, dobló su elástico cuerpo y a través de la ventanilla me sacudió unos golpecitos en el hombro. ¡Felipe!, conque atropellando viejitas, ¿eh?, ¿para dónde vas? A inspeccionar una obra. ¿Dónde? Cerca de Coronel Díaz y Santa Fe. ¡Llevame!

Se introdujo a mi lado, olía a Paco Rabanne y en su corbata resplandecía un discreto bordado Pierre Cardin.

—Oligarca —dije.

—Tenés razón.

Cruzó los brazos y resopló fatiga. La piel se le había oscurecido, incluso el pequeño angioma de su sien izquierda, que cubría parcialmente con el cabello.

—¿Te flechó la depre? Estás raro —dije. Sacó un paquete de Cherry-Lyptus.

—¿Y vos cómo estás?

—Sin novedades en el frente.

—¿Y en la retaguardia?

—Tendría que pensarlo, es una buena pregunta.

—No largás prenda, ¿eh?, siempre el mismo muchachito discretón —me pellizcó el muslo.

—¡Ay!

—A mí se me descompuso la calesita.

—¿Cómo es eso?

—¿No sabés? —depositó un caramelo en mis manos, desenvolvió el suyo y, mordiéndolo, añadió—: La calesita da vueltas, suena la música, los caballitos suben y bajan, y uno está de un lado, ve un cacho de paisaje y en seguida del lado contrario, frente al otro cacho de paisaje. El caballito sube y baja, uno siempre contento, la calesita gira, estás aquí y estás allá —ilustra con las manos—, de un lado y del otro. El pibe feliz mira hacia arriba y descubre los hierros que nacen del eje central, hierros seguros. Todo gira, gira, sin contratiempos ni amenazas. Es perfecto... —fija sus ojos en los míos—, ¿entendés?

—No.

—¡Se me descompuso la calesita, zanahoria!

—Beatriz y...

—¡Eso! ¡Eso mismo! Beatriz me pescó besando... fui un animal... besando a Celina.

—Pero...

—Andá, explicale. Explicale que es tu secretaria, que le estabas dando instrucciones de, de, de cómo seducir a un cliente difícil para que afloje. Que era algo estrictamente profesional. Andá. ¡Explicale! —introdujo el índice dentro del cuello para aflojarse la camisa.

—¡Qué complicación!

—Dos años de calesita apacible, tranquila y vital. Beneficiosa para todos. Un cacho de paisaje era Beatriz, el otro era Celina. No se tocaban, no se molestaban. Y yo subía y bajaba como sentado sobre un caballito con alas. En mis orejas no cesaba la divina música, de mis ojos no se apartaban las divinas luces, el mecanismo era perfecto. Beatriz contenta con su marido contento. Celina, ni te digo: nos mandábamos orgías que ni en las películas porno. Y bueno... ahora ¡el desastre!

—¡Qué complicación!

—Decí otra cosa, viejo, ¡parecés un disco rayado! ¡Qué complicación, qué complicación! Me hacés acordar a una calesita con fallas. Sos la ruina —se metió otro caramelo y empezó a triturarlo—. Imaginate: Beatriz parada frente a nosotros, la cartera colgándole como una masa de verdugo; su cara convertida en la réplica de un caníbal que no come hace una semana. Y yo, besando a Celina en ese restaurante, pasándole a su boca los restos de la mousse de chocolate que me quedó en la punta de la lengua. Hacé una arcada por favor, sos un tipo decente. Y ella prendiéndose a mis labios y a mi cuello y yo, con esa antena secreta que me vibra en la nuca intuyo a Beatriz. Primero tuerzo los ojos para corroborarlo. ¡Se me tuercen hasta las orejas! Separo disimuladamente mis piernas de las de Celina; con las manos hago discretos intentos para poner distancia: la empujo, le golpeo el hombro, como si llamara a una puerta y, por fin, Felipe, imaginate bien, consigo despegarla... Me mira con bronca. La mousse estaba rica pero mis ojos desorbitados le hacen señas: ahí está mi mujer, bobita, nos pescó justo. Ella no entiende y yo no hablo, ¡qué iba!, si mi lengua estaba más dura que el peñón de Gibraltar. Pero mi meñique le indicaba de dónde provenía el peligro. Como Celina no se daba cuenta o pretendía ignorar la catástrofe, miré yo. Miré yo ¡y no estaba Beatriz! ¿Fue una alucinación?, ¿me enoloqueció el besito con mousse de chocolate? Celina se ofendió, claro, con todo su derecho: yo era un pelafustán con bigotes, una roña de tipo. Mirá que asustarla con alucinaciones. Pero esa noche, Felipito, la alucinación se transformó en el presentido carterazo. Beatriz me había visto y hundió mi cabeza en los hombros con un golpe. Y la calesita voló. ¡Hecatombe!

—La verdad...

—La verdad que merezco lástima, ¿eh? Estoy mal, Felipe, peor que nuestro país.

—¿Creés que te puedo ayudar en algo?

—¡Qué vas a hacer! Nada. Buscame un calesitero. ¿Conocés alguno?

Miré de reojo su elegante ropa. Los únicos calesiteros que yo podría encontrar no arreglan los entuertos del amor.

—Bajo en la próxima esquina. Gracias por escucharme.

—Pablo, deberíamos vernos más seguido.

—¡Rajá, falso de mierda! Nos vemos cada muerte de obispo. O de cardenal. Pero gracias, ¿eh? Aunque hayan perdido el contenido, algunas palabras sirven —descendió y a través de la ventanilla torció la boca—: ¿Sirven?

6

Al final de la tarde empezó a llover. Cuando salí hacia lo de Tesi pareció incrementarse el temporal. Las pesadas estalactitas de agua se rompían sobre mi auto. El limpiaparabrisas empujaba las inacabables olas como brazos de un nadador en pleno océano.

Me inclinaba sobre el volante, aplastado. El coche se arrastraba igual que una bestia bajo los azotes. Las luces rojas y blancas oficiaban de guías en medio del diluvio. El tránsito se complicaba, pegoteaba. Los humillados cascarudos de metal desbordaban las calles. Multitud pesada y bruñida. Encendí la radio. Los bramidos de un trueno interrumpieron la música. Con cierta ondulación irregular, la música consiguió estabilizarse. Dibujaba una mañana de sol llena de verdes y anaranjados. Gocé el contraste. Afuera reinaba la tempestad del mar, con sus sombras y monstruos. Adentro, la paz musical de la campiña. Dos universos burdamente impostados. Como la calesita de Pablo: un paisaje y el opuesto, para él dos mujeres. (Te dejó preocupado, ¿eh, Felipe? Es un individuo versátil, amoral, tu opuesto. Te divierte su compañía porque exhibe una conducta que vos nunca podrás tener. Y que, sin embargo, tanto te gustaría).

Sintiendo que rodaba hacia un pensamiento peligroso me arrojé violentamente hacia atrás, en busca de mi sillón. ¡Relajarme!, pensar con urgencia en otra cosa. Benavídez rompió una montaña de papeles sin solucionar la distribución de habitaciones; estoy seguro de que pueden caber dieciocho. Además lo exige el grupo de inversores. Y aunque no lo exigiera, es un desafío. Pero no encontró la vuelta. Mañana trabajaré con él. Moveré todas las paredes, llevaré los ascensores a la otra punta, haré girar los pasillos. En algún lado se oculta la solución. Funcionarios y empresarios analizan la crisis de la construcción de viviendas. Mar del Plata, nuevo golpe guerrillero a un banco: se llevaron cuarenta millones. Descubren una “cárcel del pueblo” en una casa antigua de Caballito. Atentado contra policías en Córdoba.

Ingresé en avenida Las Heras, puse el guiño y me abrí paso hacia la vereda. Los bocinazos levantaban clamor. Bajé en la gruta. Cesó el tamborileo de las estalactitas. Recorrí los diez metros que me separaban del ascensor. La humedad se mezclaba con el olor a neumáticos, gases, carrocerías. La elevación al sexto piso me fue depurando. De mi mano colgaba el paraguas.

Se abrió la puerta de caoba: Carolina, Tesi y Rubén celebraron mi entrada. Rubén apoyó su mano en mi espalda y empujó fraternalmente.

—¿Qué te gustaría tomar? —mi amigo giraba las lucientes botellas.

Tesi tenía puesto un amplio vestido granate y su cabellera blonda, tras un nudo en la nuca, descendía por su costado y se derramaba sobre el hombro. Su mirada estaba húmeda; sus labios parecían húmedos también, con algunas gotitas de vermouth. A su lado contrastaba Carolina: seca la mirada, los labios, el cuerpo; era casi transparente, esfumada. Tesi predominaba como la realidad, la vida concreta, los colores. El vestido de Carolina, por el contrario, la ayudaba a identificarse con el aire; sobre el fondo claro se insinuaban manchas de un celeste indeciso, mezclado con algún parpadeo verde o rosado que huía. Tesi era el cuerpo y Carolina el alma (yo estaba casado con un alma). En mi hogar se reproducía la delicadeza de Carolina: muebles estilizados ...