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PROFANACIóN DEL AMOR

Marcos Aguinis  

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Fragmento

PRIMERA PARTE

1

Paradójico o absurdo. No se puede volver a nacer a los cuarenta y siete años. Sin embargo, es lo que me está por ocurrir. Debo atravesar un corto y estrecho desfiladero, someterme a una breve presión, ignorar la angustia —como toda criatura en la borrasca del parto— y... ¡ya está! Presentarme en el mundo, anotarme entre los vivos. Al principio me herirá la luz, me confundirán los ruidos y las voces. Tendré una corta dificultad para llenar mis pulmones de aire. Pero en seguida triunfaré sobre los obstáculos intensos, cortos. Y celebraré mi triunfo con un grito de estilete que perforará el universo. Habrá asombro a mi alrededor. Los espectros del miedo se dispersarán en fuga desordenada. Habré nacido. Nacido de verdad. Mi año uno. Después de vegetar cuarenta y siete años o (peor) quinientos setenta y cuatro meses o (peor) dos mil quinientas treinta y ocho semanas.

Para mí la vida se llama Tesi. Voy hacia la vida. Me empujan legiones de esperanzas y fantasías. De anhelos. Ella es la aurora y el poema, la hierba perfumada, el rumor del mar, la floresta húmeda. El oxígeno, la risa, la emoción. El acunamiento de las caricias. Las convulsiones del orgasmo. La paz del sueño. Deslumbramiento del mediodía. Sugerencias del crepúsculo. Es la vida porque se parece a un arcón mitológico lleno de sorpresas. Porque me hace sentir bien cuando la tengo y me picotea la ansiedad cuando la extraño.

No se trata de un amor adolescente. No. O tal vez, ¡qué importa! Las etiquetas anulan los encantos, reducen la magia a ecuaciones de hielo.

Mis parientes y mis amigos intentarán explicarse el fenómeno. Porque la noticia golpeará como un fenómeno. No menos que el impacto de un enorme meteorito cayendo en el centro de Buenos Aires, o el aterrizaje de un marciano en la Academia de Ciencias. Chillarán las mujeres como monas y los hombres desorbitarán los ojos. ¡Qué! ¡Cuándo! ¡Por qué! ¡No es posible!

Exclamarán “¡no es posible!” con la misma entonación y estupidez que yo hubiera usado antes de conocer a Tesi. Sus lenguas fatigarán la palabra. Discutirán horas, días, semanas. Estérilmente. No podrán resolver el enigma. El Felipe que ellos conocen, de cuarenta y siete conformistas y aburridos años, no encaja con este salto al vacío. Dirán “saltó al vacío” muchas veces. Ya los estoy oyendo. Harán el balance de mis pérdidas: abandono de una mujer leal, culta, distinguida y buena compañera como Carolina, que me dio una hija (María Elena, ya casada) y un hijo (Luis, estudiante de ingeniería, parcialmente contestatario, que gusta discutir conmigo pero me adora). Pérdidas inmensas, ya lo creo. A las que se añadirán familiares y amigos indignados. Pérdida de imagen. Pérdida moral.

En fin, para ellos el Felipe que conocían y amaban habrá muerto. En su lugar, aparecerá otro hombre con el mismo cuerpo (aunque de rostro más jovial y desarrugado) que producirá una desazón diabólica en el nivel de los sentimientos, de la estabilidad matrimonial, de los valores.

Sé que mi situación no es única. En este momento, en varias partes de nuestro ulcerado planeta, muchos hombres pueden estar compartiéndola. Quizá seamos pocos los que decidimos escribir para clarificar ideas. He dejado transcurrir —marchitar— dos tercios de mi existencia. He sido esclavo de costumbres y prejuicios que jamás impugné. Un chato en la chatura. Luciente, agradable, pero quieto e inofensivo. Una planta en maceta que puede ser transportada del living al jardín, de un centro de mesa a la ventana, que infunde cierta dicha a quienes la contemplan y se agota en su extrema impotencia, en su destino atrozmente pasivo.

Me encuentro al final de esta etapa. Vegetal, feto, casi lo mismo. Ahora estoy dispuesto a lanzarme al estrecho canal del parto y nacer. Sí, es lo que haré inmediatamente.

Las dificultades amontonadas en este corto y doliente derrotero no son simples. Lucharé contra ellas y las venceré como pueda. Lo principal es recorrerlo, aunque emerja de la lid con severas contusiones. Dará lo mismo. Adelante, esperándome con los brazos abiertos, sonríe Tesi.

2

Cuando la vi por primera vez —hace más de diez años— percibí que sus ojos eran enormes y muy verdes. Le di la mano con aparente indiferencia, como se hace en las presentaciones obligadas. Y con aparente indiferencia recorrí sus labios mórbidos, su cutis tentador. Para evitar complicaciones (porque estaba mi mujer, o por costumbre), elevé mi mirada al cielo raso y me entretuve con el dibujo de las molduras mientras se hilvanaba una conversación formal. Carolina había contratado a Tesi como profesora de inglés de nuestros hijos.

—Bastante corren de un lado al otro, y les vendría bien ahorrarse un viaje —argumentó mi esposa.

Varios meses después, cuando la hermosa profesora ya era una visita familiar, tuve la brillante (malhadada) ocurrencia de presentarla a mi amigo Rubén.

En seguida podrá verse que la maraña de vínculos fue digitada por un perverso.

—Tesi es una muchacha excelente, buenísima —dijo Carolina—. Se gana la vida dando lecciones a domicilio. Es un amor. Padeció tanto.

Bajo el aparente estímulo de sentimientos altruistas (ahora los encuentro retorcidos), perpetré la idea de casarla. Hablé con ella, hablé con mi amigo, hice gala de una sutil habilidad negociadora. Me brotaba el anhelo de esparcir felicidad, tal vez la que yo no podía alcanzar con Carolina o no me animaba a conquistar fuera del matrimonio. El entrometido proyecto cristalizó en breves y agitados meses. Abrumé a mi amigo con promesas, órdenes, burlas y conseguí poner término a su soltería. Cancelé la peligrosa libertad de Tesi (claro: peligrosa para mí).

En la boda íntima estuve contento. Bailé con Carolina, mi hija María Elena y hasta con la pintoresca y elefantiásica tía Mercedes. Y con Tesi, por supuesto. Abracé varias veces a Rubén: enhorabuena, hermano, es una muchacha admirable, si tu vieja pudiera disfrutar de este momento, y otras frases por el estilo.

Cuando regresaron del viaje de bodas se instalaron en el departamento de Rubén. Tesi continuó dando sus clases particulares aunque redujo el número de horas. En el verano venía todas las tardes a disfrutar de nuestra pileta de natación. Jugaba con mis hijos adolescentes llenando el aire de gorjeos. Tiene cuatro años menos que Carolina y parece su hija.

Yo no me hubiera atrevido a reconocer otras intenciones que las de una amistad. La calidez de su voz y la elegancia de sus piernas no atravesaban mi coraza de padre postizo, no llegaban hasta la recóndita lira de mis honduras turbias. Miraba sin ver, oía sin escuchar. Como un doble. Y esto duró poco.

3

María Elena cumplía quince años de edad y pidió un baile con orquesta. Luis le hizo burla provocando un escandalete excepcional para la historia de nuestra familia, en la que siempre imperó un distante respeto, una tácita prohibición a excederse. Carolina intervino con desleídas frases para apagar la ofensa de María Elena al tiempo que yo miraba fijamente a Luis para recordarle sus límites.

La fiesta tuvo lugar un sábado por la noche en el parque de casa. Noviembre desplegaba una primavera dulce, habían florecido los jazmines y desde la copa de los paraísos descendía una fragancia penetrante. Luis saboteaba la «formalidad» del cumpleaños, la sofisticación «burguesa» del servicio, la manera «geriátrica» de celebrar los quince, y amenazó con utilizar junto a su amigo Javier algunos chascos de grueso calibre para «actualizar» la fiesta. En la práctica se limitó a concurrir —orden inapelable de Carolina por medio— y quedarse en un rincón charlando con Javier. Miraba con desprecio lo que consideraba una murga colonizada, burguesa, alienada, según los términos que empezaba a utilizar con tanta imprecisión como insistencia.

María Elena resplandecía en su vestido tornasolado. La actitud crítica de su hermano le pintó un brillo cruel en la cara haciéndola más bonita. Cuando podía le arrojaba un zarpazo a la cabeza y dos veces consiguió tironearlo de los pelos.

La gorda y campechana tía Mercedes —apariencia de diablo y pulpa de ángel— aplaudía las represalias de María Elena, pero después elogiaba la caricaturesca seriedad de Luis.

Yo vestía remera blanca y pantalón grisáceo sobre el que resaltaba un llavero de oro que me había regalado Carolina dieciséis meses antes, en nuestro decimoquinto aniversario. Tesi lo miró asombrada, yo sonreí como un bobo y me sentí molesto; después tuve ganas de esconderlo. No lo hice, pero creo que ahí se produjo una irreparable grieta en mi muralla.

La orquesta —¡vaya nombre pomposo!— estaba integrada por tres músicos. La cabeza del batería era una roja esfera de pelos transpirados, por los que se asomaban ojos violentos que recordaban a un vikingo en la batalla. A su lado se retorcía el guitarrista, hombre flaco cuyo enorme bigote le subía y bajaba la nariz; le tiritaban las rodillas, se clavaba el instrumento en el abdomen y de golpe invertía el arco adelantando impúdicamente la bragueta; cuando hacía esto la cabeza colgaba hacia atrás, decapitada, balanceándose con desenfreno. Entre ambos un cantor estrangulaba el micrófono haciéndole todas las muecas de horror imaginables; y el pobre micrófono gemía impotente, resignado a que el cantor le hincara el colmillo, lo pulverizara y devorara en esta celebración salvaje. En la improvisada pista los danzarines recibían los brochazos generados por una rueda con ventanas de celofán rojo, verde y azul que daba vueltas delante de un reflector, y aumentaba el delirio impuesto por el trepidante conjunto.

La catarata de sonidos me rodeaba de una extraña impermeabilización. Como una lluvia muy sonora, sus goterones rebotaban en torno de mí. Presenciaba una película sin sonido. O que en vez de sonido era acompañada por un caos sonoro que nada transmitía. Ni emocionaba. En la pista, los bailarines sacudían el cuerpo y en un rincón los músicos convocaban las jaurías del éxtasis. Pero todo ocurría lejos. Yo era espectador en el sentido más despreciable del término. Enteramente pasivo. Inmune. El descontrolado baterista golpeaba con furia timbales y platillos, revolvía la bola de fuego de su cabeza y parecía sacudir con la omnipotencia de Hércules al universo íntegro, mientras guitarrista y cantor y muchos bailarines, admirados, aflojaban la mandíbula. Yo veía figuras grotescas, marionetas de triste comicidad.

Elegí un silloncito junto al roble que plantó mi padre. Crucé las pi

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