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PROPAGANDA DUE

Carlos Manfroni  

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Fragmento

Cómo y por qué escribí este libro

En el libro Montoneros, soldados de Massera introduje la cuestión de la logia italiana Propaganda Due y su influencia en la Argentina, pero limitada estrictamente a las motivaciones de la Contraofensiva Montonera y estudiada con el material del que disponía en aquel momento. Sin embargo, resultaba evidente que la acción de Licio Gelli, jefe de la P2, no había comenzado en los 70, sino antes, y también que había continuado después del fracaso del gobierno militar.

Era necesario, entonces, hacer un estudio más profundo de la logia, sus orígenes, sus fines y su desarrollo en Italia y en la Argentina. Resulta muy difícil comprender por qué y cómo sucedió todo si no se analiza el fenómeno en los dos países simultáneamente, ya que hay una permanente interacción entre las operaciones de la logia en Italia y en la Argentina que procuré hacer visible en todos los capítulos.

La relativamente reciente apertura de los archivos de la investigación del Parlamento Italiano sobre Propaganda Due llegó en el momento más oportuno para ese objetivo. El gobierno de Italia puso a disposición del público ciento treinta archivos de lo que se llamó la Commissione Parlamentare d’Inchiesta Sulla Loggia Massonica P2, guardados todos bajo el número de documento parlamentario “XXIII”, además de los anexos de investigaciones colaterales; como por ejemplo, la del secuestro y asesinato de Aldo Moro, que muestra una gran similitud con el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu. Se trata de más de cien mil páginas ordenadas en documentos PDF, con las posibilidades limitadas que ese formato ofrece para la búsqueda digital. Por tanto, y aunque los hallazgos fueron realmente sorprendentes, confío en que otros investigadores podrán hacer muchos otros libros con ese rico material.

Los parlamentarios italianos intuyeron que la logia había tenido un papel tanto o más importante en la Argentina que en Italia, tal como lo dejaron escrito; pero como estaban abocados a la tarea de investigar las acciones y efectos de la P2 en Italia, sus informes se centraron, como es lógico, en su propio país, y sólo rozaron a la Argentina. Sin embargo, ellos tuvieron la precaución de archivar en sus carpetas miles de documentos que no necesariamente citan en sus informes al Parlamento y que están a disposición. Por tanto, si bien leí y cité profusamente los informes parlamentarios —tanto el mayoritario del grupo encabezado por la diputada Tina Anselmi, como también los informes de minoría—, los descubrimientos más importantes procedieron de aquellos documentos que estaban desperdigados en los archivos y que los diputados y senadores no mencionaron.

Por cierto, los datos de la comisión parlamentaria fueron enriquecidos con otros que en todos los casos están citados al pie de página —libros y testimonios de protagonistas—, ya que de acuerdo con nuestra costumbre, empleamos muy pocas fuentes anónimas. Hay más de ochocientas citas de fuentes en la obra. Y además, después de la publicación de Montoneros, soldados de Massera, varios testigos de la época me escribieron y se acercaron con el deseo de hacer nuevos aportes.

Desde los años sesenta hasta la guerra de las Malvinas, con una proyección que llega hasta nuestros días, los grandes acontecimientos de la vida política y muchos de sus personajes, a uno y otro lado de la supuesta confrontación ideológica, fueron manipulados por la logia Propaganda Due, casi en un espejo de lo que sucedía en Italia.

El desprecio absoluto por el papel de las conspiraciones en la historia es tan irreal como la convicción de que todo procede de una conspiración. Y los hechos prueban que, casi siempre, quienes desprecian lo que peyorativamente denominan tesis conspirativas no tienen inconvenientes en atribuir el armado de conspiraciones a sus adversarios ideológicos. La exclusión de la conspiración en el análisis histórico actúa así como una herramienta de descalificación de lo que no conviene que se conozca.

La ventaja y, a la vez, el riesgo que tiene este trabajo es que la conspiración armada por la logia Propaganda Due abarcó a todos: izquierdas y derechas; guerrilleros y militares; masones y clérigos; comunistas y fascistas. El beneficio de esa amplitud consiste en el ejercicio de objetividad que debe hacerse para incluir a todas las partes de la historia. Debo confesar que, como católico practicante, me costó escudriñar en las maniobras en las que se involucró el banco del Vaticano y exponerlas aquí, pero decidí que si quería hacer una obra que valiera la pena debía asumir que únicamente la verdad nos liberaría de la ideología, pero por sobre todo, de la creencia en que se pueden alcanzar buenos fines con malos medios. El peligro, como siempre, deriva de la posible disconformidad de todos; pero creo que ese es el mejor riesgo que puede correr un autor.

En la Historia Universal, desde la Antigüedad hasta nuestros días, existieron muchas conspiraciones y ésta es sólo una de ellas.

El estilo de novela que procuré dar a la redacción persigue únicamente el objetivo de hacer más ameno un escrito voluminoso; pero quiero aclarar que todo lo que se narra aquí es real hasta en sus detalles. No hay algo agregado con el fin de amenizar la lectura, sino simplemente el intento de imprimir un estilo entretenido a la descripción de episodios que sucedieron tal como aparecen en el texto. Afortunadamente, la documentación fue suficientemente rica como para abrir esa posibilidad.

Finalmente, este libro no es una mera narración cronológica. Se trata de episodios que se suceden, como en los capítulos de una serie, todos los cuales son representativos de la tremenda influencia que la logia Propaganda Due ejerció sobre la realidad de fines de los 60 y su proyección hasta nuestros días.

Mi conclusión se refiere, como siempre, a la moralidad de los medios, que es lo único que define la moral de las personas, ya que en los fines todos parecemos buenos.

EL AUTOR

Noviembre de 2015

Capítulo 1
El periodista

Montoneros: un descubrimiento italiano

Cristina Nosella estaba sentada frente a la máquina de escribir, no del lado del teclado, como todos los días, sino junto a la parte posterior, observando con paciencia los movimientos rutinarios del oficial. El carabinero tomó una hoja en blanco, colocó detrás un papel carbónico, otra hoja en blanco y comenzó la redacción con la redundante formalidad con la que en todo el mundo las diligencias judiciales castigan el lenguaje: “En el año 1979, el día 22 de marzo, en Roma, en las oficinas del Reparto Operativo de los Carabineros, a la hora 10:15…”.

Cristina tenía veinte años en aquella primavera que acababa de comenzar en el hemisferio norte. A pesar de su juventud, había visto otras investigaciones; pero ahora, ella era protagonista: “Desde el mes de octubre de 1978, soy colaboradora externa del semanario O.P., mi trabajo consiste en efectuar entrevistas de varios géneros a personajes diversos, pero siempre a pedido del director, el señor Pecorelli…” —la joven reportera comenzó a dictar una breve declaración.

El semanario O.P., como se lo conocía en Roma, era el periódico Osservatore Politico, que se vendía por suscripción y era dirigido por Carmine Pecorelli, a quienes todos llamaban “Mino Pecorelli”. Había comenzado como una pequeña agencia de noticias, pero la calidad y la importancia de la información que su director conseguía, además de la velocidad con la que obtenía las novedades, generalmente antes que cualquier otra agencia, impulsaron pronto a Pecorelli a lanzar O.P., un medio al que todos leían y temían en el ambiente político italiano. Nadie —o, al menos, casi nadie, al comienzo— sabía cómo Mino Pecorelli llegaba a la información, pero él parecía cumplir con la máxima del mejor periodismo americano: publicar aquello que el poder no quiere que se sepa. Un día, debe haber publicado o haber estado a punto de publicar algo que molestó demasiado a algún sector del poder, o tal vez al verdadero poder, al que suele moverse detrás del telón, y por eso Cristina Nosella estaba allí, declarando como testigo.

“La última vez que vi a Pecorelli fue el 20 del corriente, alrededor de las 17:30, en las oficinas del diario […] El señor Pecorelli era un individuo muy tenso y parecía siempre preocupado, pero no sé precisar cuáles eran los motivos de su preocupación […] No me consta que el señor Pecorelli hubiera recibido amenazas en el pasado y, por otro lado, si las hubiese recibido, ciertamente no lo hubiera hablado conmigo”. La periodista dejaba ver la distancia que la separaba del enigmático director, con quien pocas veces trataba, porque normalmente entregaba su trabajo al jefe de redacción, Paolo Patrizi.

Los carabineros habían iniciado el caso dos días antes —justamente el 20 de marzo—, cuando un llamado de la central operativa, a las 20:50, les avisó que en la via O

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