Loading...

PROYECTO GRATITUD

Laura Szmuch  

0


Fragmento

SÍGUENOS EN
Megustaleer

Facebook @Ebooks        

Twitter @megustaleerarg  

Instagram @megustaleerarg  

Penguin Random House

A Fabián,

mi amor y compañero de vida,

Recibe antes que nadie historias como ésta

con profunda gratitud

por los momentos compartidos,

por su presencia y cuidado permanentes.

Agradecimientos

Un libro acerca de la gratitud, y me resulta un desafío importante escribir esta sección. No quiero que nadie quede afuera. Por eso este es un agradecimiento sin nombres propios, salvo algunas excepciones.

Agradezco a todos mis maestros: a los que tuve en persona y a quienes me enseñaron a través de sus escritos, los maravillosos libros.

Agradezco a mis amigos, a mis compañeros de estudio, a mis colegas.

Agradezco a quienes me ayudan a crecer con su amorosidad y también a quienes me proporcionan desafíos para seguir creciendo.

Agradezco a mis alumnos.

Agradezco a quienes cuidan mi salud.

Agradezco a mi familia.

Agradezco enormemente la confianza de quienes me han pedido que escriba este libro, y a la editora, Susana Estévez, que con dulzura me ha acompañado este último mes.

Agradezco en particular a Delia, mi mamá. Este libro es un ramo de jazmines para ella. Cada vez que aprobaba un examen le llevaba estas flores en gratitud por todo su apoyo. Julieta, mi hija, adoptó esa costumbre. Mi mamá debe ser la persona que más jazmines ha recibido en su vida. Jazmines que significan GRACIAS.

Agradezco a mi papá, por lo importante que fue y sigue siendo para mí, y por acompañarme cada día con mensajes que llegan desde donde está y que estoy abierta a recibir.

Agradezco a mi hermana Cynthia, por ser mi compañera de sueños, por compartir mi infancia y vida, y por las sobrinas maravillosas que me regaló.

Agradezco a Julieta por todo. Sencillamente por todo.

Y a Fabián, por su paciencia y apoyo incondicional, por su entrega y amor.

Agradezco la vida. Y cada uno de sus instantes.

Prólogo

En medio de un sopor consciente, en el micro de regreso de Santa Marta, la vi.

La Sierra Nevada de Santa Marta, uno de los lugares sagrados del mundo, estaba a mi izquierda, saludándome.

Inmensa, majestuosa, vibrante.

“Recién cuando llegues a Buenos Aires vas a entender el mensaje de la sierra”, me dijo una voz dulcemente al oído.

Mientras Colombia se desplegaba en mi cuerpo y mi alma, todo era sensación, movimiento, imágenes intensas, aromas, música. El calor agobiante, los viajes de un lado a otro, las visitas a gente querida, el disfrute de cada instante.

Y al regresar a casa me envolvió la nostalgia, la duda de si lo vivido realmente había sucedido, el esfuerzo inútil de tratar de recordar cada momento. Las fotos ayudaban, pero no era ahí donde debía buscar.

El lugar para encontrarme otra vez era el silencio, el descanso, y paradójicamente, renunciar al intento de recordar algo que golpeaba a la puerta para entrar a la conciencia y no sabía por dónde ingresar.

¿Cómo lograr el equilibrio entre todos los requerimientos de otras personas al regresar y las necesidades internas de quietud y calma? Correos que pregonaban que necesitaban respuestas urgentes, y mi voz interna diciendo: “Nada es urgente, salvo la vida”. Urgencias que no eran tales, sino simples llamados de atención. Me pregunté dónde estaba esa urgencia. En la sierra un maestro arhuaco me dijo: “Laura, acá no nos guiamos por la hora, acá solo tenemos tiempo”. Ese tiempo interno, eterno, donde un evento sigue al otro, o se desenvuelve en forma circular. El tiempo que no es una línea, no es un reloj, sino la conciencia de cada actividad realizada.

La imagen de la sierra vuelve una y otra vez. Su mensaje ingresa a mí por canales multidimensionales. No es una voz, no es un mensaje de texto ni un mensaje de humo. Es una espiral que envuelve, pero ni siquiera es eso. No lo podría explicar. Solo sé que me pidió que volviera a escribir. Me dijo que tenía mucho que conversar conmigo misma. Me dijo que tal vez yo no entendía, pero que mi versión sabia ya sabía todo hacía mucho tiempo.

Entonces la cita se hace obligada, con una obligación que no es más que el compromiso conmigo misma. No es impuesta desde afuera, sino decidida y pactada con la dulzura del amor que tengo hacia mí misma. Es ese amor que hace que pueda amar a otros, incondicionalmente. Ese amor que si lo cuido y lo nutro, transpira por mis poros y toca almas.

Es el compromiso conmigo misma que me lleva a cuidar mi calidad vibratoria a cada instante. El nutrirme con aire puro, pies descalzos, contacto con la vida y con la Madre Tierra. Los arhuacos dicen que nuestro cuerpo es la tierra y la tierra es nuestro cuerpo; por eso es necesario mantener ese contacto con la Madre.

Mientras meditaba al borde del río, en Nabusimaque, oyendo solo pájaros y el fluir indetenible del agua, y los animales se acercaban a beber bien cerca de donde estaba sentada, mis pies la sentían. La tierra latía, la sierra pulsaba e ingresaba en mí, contrayendo y expandiendo, acompasando el ritmo de mi propio corazón. Ya había sentido eso antes, en lugares sagrados en Bolivia. Y ahora el mensaje volvía, intangible, delicioso, embriagador. Cuando se lo conté a una persona a la tarde, me respondió como a quien se le cuenta una obviedad extrema. “Pues claro, Laura, si estamos parados en el corazón de la Tierra”. Era obvio, porque lo sentía. No era obvio, porque mi mente no lo sabía.

Porque las mentes no lo saben todo, aunque nos hayan hecho creer que es ahí donde sabemos. Sabemos de tantas otras maneras, pero son saberes dormidos, no estimulados, no desarrollados. Cuando somos pequeños tenemos los canales abiertos, pero nos dicen que miremos a otro lado, nos hipnotizan con la televisión, con distracciones inútiles, y la sensibilidad y sutileza se esfuman. Como una flor que de noche se cierra, nuestros centros energéticos se retraen y ya no conectan. Nos dijeron que tenemos cinco sentidos, pero no es así. Hay muchos más. Pero no los usamos, y nos perdemos tantas cosas que suceden alrededor de nosotros. Están ahí, y no nos llegan. Es como si hubiéramos desarrollado una película protectora. Salvo que no nos protege de nada, sino que nos impide vincularnos con la profundidad de la existencia misma.

Hemos aprendido mal, sumergidos en una cultura que nos dio una matriz de existencia limitada. Hemos confiado en quienes nos han educado, y ellos a su vez han hecho lo mismo. Hasta que un día, la tierra late bajo tus pies. Y cuando todo tu ser reconoce el latido primordial, ya nada es igual a lo que era.

“Laura, no hay que hacer mucho, solo ser tú”, me dijo una amiga una vez. “Un poquitito más”, insistió. “Tienes que olvidarte de lo que dicen los libros. La verdad es la verdad y con el contenido que tiene. Dejar, si acaso tienes, expectativas”. Es un lujo tener una amiga sabia, y lo más interesante es intentar entenderla. Ahora ya sé que no es mi mente la que entiende los verdaderos mensajes. Ahí la racionalidad no sirve, sino que distrae. Hay ciertas sabidurías que se captan respirando, abriendo, soltando, conectando, y volviendo a soltar. Son saberes que no entran en el formato aprendido. Para recibirlos hay que desarmar el molde, y dejar que se forme uno nuevo. No hay mucho que hacer, como dulcemente me susurraron. No hay nada que hacer, en realidad. Solo permitir, pedir guía, solicitar asistencia… y ella llega.

No hay apuro. No hay horario. Los relojes no existen. Los calendarios no tienen más vigencia. Para este tipo de conocimiento solo hay un mar donde sumergirse, y esperar a que los mensajes lleguen.

Mi versión sabia sabrá traducirme lo que tenga que aprender.

Voy a correrme, a dejar que ella lleve las riendas. Ya no quiero habitar mi versión pequeña.

Ya no quiero niebla en mis sentidos, ya no quiero distraerme.

Aquí estoy, toda mía, para sumergirme en estos aprendizajes que mi mente tal vez no pueda seguir. No importa. Le tendré paciencia. La trataré con amor. De eso se trata.

Y para evitar cualquier peligroso ensimismamiento, elijo, una vez más, compartir mis aprendizajes con los otros. Por eso, esta vez, el Proyecto Gratitud tiene envase de libro. Para que salga de mí y llegue a tus manos. Para que de tus manos se expanda y abra mentes y corazones. La gratitud es el estado que permite que nuestra energía fluya hacia lo que estamos reconociendo y alabando como bueno. No hace falta que me creas. Te propongo intentarlo de mi mano.

¿Comenzamos?

INTRODUCCIÓN
El origen del Proyecto Gratitud

En 2009 abrí mi perfil en Facebook. Antes de ese momento, usaba mucho Internet, pero el concepto de red social era nuevo para mí. Empecé a ver el impacto emocional que tenían las publicaciones de algunas personas y entendí la latencia de poder que un medio como ese tenía. Hasta donde yo sé, todavía no se hablaba del concepto de viralidad en las redes; sin embargo, eso fue lo que sentí.

La transmisión de pensamientos y emociones se hacía rápidamente. Prestando mucha atención a lo que ahí sucedía, noté la gran influencia que tienen los pensamientos tipo virus en la gente. Comencé a hacer seguimientos muy informales acerca de cómo un comentario triste o que denotaba impotencia, fastidio o enojo inmediatamente afectaba el contenido y la actitud de la mayoría de los contactos de esa persona. Después de unos días de pensar en eso, y de preguntarme insistentemente si esos usuarios de las redes no se daban cuenta de lo que estaban haciendo, me respondí, con un simple y lleno de aceptación: “No, no se dan cuenta”. El problema es que una vez que un pensamiento tóxico empieza a desparramarse, nos habituamos tanto a él que ya no lo notamos. Casi sin que lo percibamos, comienza a formar parte de n ...