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PUTO LINDO

Diego Scott  

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Fragmento

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A sus escuchadores

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Prólogo

Una tarde entré al cine a ver una película. Actuaba James Gandolfini, el actor que interpretaba a Tony Soprano en Los Soprano. El problema era que Gandolfini había muerto hacía pocos días y me impresionó verlo ahí, en la pantalla gigante, vivo otra vez. Pasaron unos minutos, me acomodé en la butaca y pude disfrutar de él, de la película y de su coprotagonista, la gran Julia Louis-Dreyfus. Al salir del cine, decidí que sería un buen método, cada tanto, poder ir a ver vivir a nuestros muertos. Disfrutarlos una vez más. Diego Scott nos regala con este libro visitar a Fernando Peña. Sentirlo vivo de nuevo. Traerlo un rato de la muerte para recordarnos que Fernando fue real y que todo lo que pasó y nos pasó con él fue de verdad. Es difícil de contar, de explicar. A los que trabajamos con Fernando nos preguntan cómo era Peña, cómo era trabajar con Peña, qué aprendimos con Peña, qué nos dejó Peña, qué pensaría Peña si ahora viera tal cosa o tal otra. ¡Nos preguntan si era así de verdad! Y nosotros no sabemos qué contestar, qué palabras utilizar, cómo explicar. Hay tanto para decir. Había que contarlo sin adjetivos como “impresionante”, “intenso”, “increíble”. Había que reunirlo en un libro. Y Scott lo hizo con profundidad, dolor y sin anestesia. Está bien que sea así y está bien que lo haya hecho Scott, ese rubio flaco, muy flaco, al que conocí en 2000 en El parquímetro, el programa que fue bisagra para nosotros, para los oyentes y, sepan que no exagero, para la historia de la radio. Scott era el más callado y tal vez eso fue una ventaja para observar más a Fernando. Scott lo editó, lo produjo, compartió aire de radio con Fernando, giras, viajes. Se burlaron juntos de San Isidro. Seguro que, con este libro, Scott también encontró su manera de decirse a sí mismo que todo esto fue verdad. Tomó el riesgo y con amor, paciencia, trabajo y estilo nos mete a todos en el mundo Peña y en el de sus personajes. “Criaturas”, como decía él. “Personas”, como me atrevo a decir yo. Al principio el libro va a impactar, después hay que acomodarse en el sillón de lectura y disfrutar de estas páginas que están muy bien escritas y nos van a dar una idea de cómo era trabajar con Peña, cómo era Peña, qué aprendimos con Peña, qué nos dejó Peña.

SEBASTIÁN WAINRAICH

Del otro lado del Río de la Plata

I

“Fernando no era así”, repite una y otra vez Federico, el único hermano que tuvo Fernando Peña. Tres años menor, testigo de su infancia y algo de su adolescencia. Fernando nació el 31 de agosto de 1963 a las 5 horas en Montevideo. Fue el primer hijo varón de un matrimonio neurótico: Malena Mendizábal y Pepe González Peña.

Malena era una mujer bellísima, con rasgos españoles finísimos, y educada en una escuela inglesa. “Nunca en mi vida vi a una persona pelar una mandarina con cuchillo y tenedor”, cuenta Gerardo, primo mayor de Fernando, por el lado de Pepe. “Era de esas mujeres que no despegan sus brazos del cuerpo a la hora de sentarse en una mesa: un libro en cada antebrazo y que no se vayan a caer. Así era su educación”.

Malena era la hija de una artista llamada Gloria Bayardo. Fernando sostuvo durante toda su vida que su abuela fue “la única influencia artística durante su infancia”. Su abuela Gloria fue la primera que lo vio disfrazarse, la primera persona que lo incentivó a actuar. Ella era actriz y profesora de teatro. Trabajó en más de diez películas entre la década del 30 y del 50. Años más tarde, Mirtha Legrand la recordaba en un almuerzo junto a Fernando: “Mirala a tu abuela. Ella actuó en una película llamada El tercer beso, junto a Goldie, mi hermana melliza”, le contó el 8 de agosto de 2008.

De carácter fuerte, Gloria le dio su primera lección de teatro a Fernando. Él contaba que a veces estaban sentados tomando el té y ella le decía: “Fernando, pídeme de nuevo las cosas, educadamente, con un beso en la mejilla, con un tono más formal, más serio”, y Fernando repetía, como si fuese una escena que tenía que aprender.

La última película en la que actuó Gloria fue Después del silencio, realizada en 1956 y estrenada en el medio de los festejos del primer golpe de Estado que derrocó al gobierno de Juan Domingo Perón.

Gloria había metido a Malena en un internado para hacer giras artísticas y, cuando hacía funciones en Buenos Aires, después de la obra Malena esperaba afuera del camarín a que la puerta liberara su cerrojo para ver salir al amante de turno de su madre. Enojada con su progenitora, aprovechó para desahogar su angustia con insultos, una actitud pedante y un carácter explosivo: “¡Qué vieja de mierda!”, vociferaba años después frente a su madre anciana, mientras le cerraba la tapa del piano en el chalé de Carrasco. Finalmente, Gloria falleció en 1971, cuando Fernando tenía 8 años y Federico, 5. Malena odió y culpó a su propia madre por haberla criado en un ambiente indecente y por haberla llevado a un internado desde tan pequeña, pero le agradecía la educación que había recibido. Fue en el internado donde aprendió los mejores modales que jamás se vieron en el Reino Unido.

Malena fue actriz e hizo papeles secundarios en un puñado de películas: La dama duende (1944), Mujeres casadas (1954) y Dock Sud (1953). Había heredado de su madre parte de su vida artística, que Fernando nunca destacó.

II

Su padre, Pepe Peña, fue un ícono dentro del ámbito de los medios de comunicación. Era brillante, “una de las mejores personas que se conocieron en el mundo de la radio. Inteligente, generoso, vivísimo”, contaba Betty Elizalde, amiga de Fernando.

Pepe se crio con sus hermanos, su madre de origen italiano y su padre español. Vivían todos en un edificio que tenía tres pisos. Su padre fue un gallego pobre, venía de una familia de inmigrantes de los años 20, trabajaba en el correo y había logrado tener un poco de dinero. Mantenía a su familia en el segundo piso y a su amante en el tercero.

Una noche lo vio a Pepe bajar de la ventana de ese tercer piso usando una sábana como cuerda. En ese momento Pepe tenía 17 años y se había acostado con la amante del padre. Fue esa misma noche cuando lo echó de la casa. Pepe huyó a lo de su tía Enriqueta, hermana de la madre, quien le dio hogar en Paso del Rey, provincia de Buenos Aires.

Pepe era rubio, alto, jugaba muy bien al fútbol, no iba al colegio, fue un autodidacta. Era hábil, tocaba el piano de oído y había aprendido a hablar inglés por correo. Empezó a trabajar como pianista en un night club que quedaba en avenida Córdoba y Paraná, en Capital Federal. En ese momento se llamaba José Gabriel González. No era Pepe Peña. “El Peña se lo agregó más adelante, cuando vio necesario tener un segundo apellido para pertenecer a las clases altas, a la gente que lo conocía por las noches en el night club de Recoleta en los años 40”, cuenta Gerardo. Hasta ese momento se llamaba Gaby González y tocaba el piano. Poco para lo que sería en el futuro. Pepe tenía una personalidad que podía fascinar a cualquier hombre o mujer que se le acercara.

Era grande físicamente y leal. Sabía más que nadie sobre fútbol. Empezó su carrera como periodista deportivo en la década del 60. Comenzó a escribir en El Gráfico y luego se desempeñó como periodista radial. Era un hombre seguro con cada paso que daba dentro de su carrera profesional. Sin que nadie lo esperara, en 1961 se convirtió en el entrenador de Huracán: no tenía antecedentes en el cargo y la expectativa por su nueva aventura, aun en tiempos en que los técnicos no trascendían, resultó formidable. “El fútbol argentino no lo entendió. Un día llegó a explicarle a un arquero que trazando la bisectriz achicaba el ángulo. Pero esa explicación la hacía con una soga en la mano. Era increíble”, contaba Julio Ricardo en el programa Tres en el fondo en 2006.

Pepe era un gran conocedor de jazz, de tango, fanático de Astor Piazzolla; un formador de opinión que, además, convencía con su verdad.

“Siempre me dijeron loco. La gente le tiene miedo a vivir. A dejar algo que ya conoce, desde un trabajo hasta una mujer. Como piensa en cuidar lo que consiguió, todas las actitudes son tibias. No hay quejas, no hay renuncias. Y yo era de otra manera, cada vez que algo no me gustó, me fui”, comentó Pepe en una de sus últimas entrevistas para El Gráfico.

Cuentan que tenía cierto fetiche con la cultura inglesa. Al mediodía jugaba de local en una esquina británica de la ciudad, el Lloyds Bar, en Sarmiento y Reconquista. Puede ser que Malena y Pepe se hayan conocido ahí mismo. Él le llevaba unos cuantos años, se le acercó y le dijo: “Si no me das pelota, me corto la yugular”. Malena le respondió: “Cortátela, viejo de mierda”. No se separaron jamás. “Se reían juntos y eso era amor”, le contó Fernando a Jorge Lanata en una entrevista para el programa La luna.

III

Malena y Pepe se casaron en Buenos Aires y se fueron de luna de miel a París. Fernando contó en su autobiografía, Gracias por volar conmigo, que durante el viaje se pelearon porque Pepe le fue infiel a Malena en la luna de miel. Ella escribió detrás de la única fotografía de ese viaje en la que aparecen juntos: First honeymoon in Paris. This is the whole photograph. I hit back, like it? Match box. Remember? Don’t try to hurt me. Don’t tremble over me ever, ever.

En el vuelo de regreso, Malena se enamoró del Uruguay y le pidió a Pepe que alquilara una casa en Montevideo. Así fue como Malena se quedó sola en Carrasco mientras Pepe iba y venía: trabajaba de lunes a jueves en Buenos Aires para luego cruzar el charco a las costas uruguayas y pasar ahí el fin de semana. Pepe llegaba los jueves entre las 19 y las 20 horas y se iba los lunes bien temprano.

El trato que tenían entre ellos no era algo demasiado normal. Peña una vez contó que su padre Pepe trabajó en una época para Adidas y viajaba mucho al exterior. “Un día estábamos comiendo los cuatro en el Club Hípico de Barrio Norte y mi viejo le trajo a Malena un caballo de cerámica. Ella le empezó a decir que el regalo era una mierda y se pusieron a gritar en el medio del lugar. Pepe salió mesa por mesa a preguntarle a la gente: ‘¿A vos te parece que esto es una mierda?’. Malena lo agarró y lo rompió contra el piso. De ahí salí yo”.

Vivían en la calle Santa Mónica y Damián, en el barrio de Carrasco, en un chalé californiano. Cuando su padre llegaba, Fernando salía corriendo a su encuentro. Decía que recordaba su olor, que era un perfume particular. Más tarde, Fernando sabría que ese olor era el mismo que reconocería años después dentro del avión. El olor a viaje, a ropa impregnada durante horas a cientos de metros de la tierra.

Federico nació en 1966. Eran una familia de cuatro. Fernando contaba que Malena y Pepe dormían en habitaciones separadas los fines de semana.

Pepe murió en 1982, en la misma década en la que le descubren a Malena un tumor en un pulmón. Ella se volvió a casar cuando Federico tenía 13 años y Fernando, 17. Lo hizo con un amigo de Pepe para conseguir la ciudadanía de los Estados Unidos. “No tenía tacto. Nos decía: ‘Mi nuevo marido es diez veces más hombre que tu padre’”, recuerda Federico. Pepe había fallecido dos años atrás. Sus hijos la miraban desconcertados. “Mamá, tengo 17 años, ¿cómo me vas a decir una cosa así?”, le contestaba Fernando mientras se iba por la puerta de enfrente.

Nadie recuerda a Malena como una mujer alegre o una buena madre. Todo lo contrario. Tenía un carácter fuerte y conflictivo. Era obcecadamente negadora con Fernando sobre su homosexualidad y sus inquietudes.

Durante su vida en Uruguay, los niños Peña fueron al British School de Montevideo. A Fernando le encantaba leer libros sobre aviones. Estaba fascinado con todo lo que se relacionara con ellos. En esa época vivían cerca del Aeropuerto Internacional de Carrasco. Fernando se tiraba en el césped a ver pasar los aviones como quien mira una película en la cama. Preguntaba, leía, se informaba. Y no paró hasta que logró subirse a uno. A los 5 años, ya siendo un entendido de la aviación, cumplió su sueño.

Cuando Fernando tenía 7 y Federico 4, se mudaron todos a Buenos Aires. Vivieron en La Lucila, en la esquina de Vicente López y Planes. Comenzaron las clases en el Saint Peter’s, que estaba en la calle Pacheco. Años más tarde se mudarían a la otra punta de La Lucila, a la casa de Rawson. También se cambiaron de colegio otra vez para comenzar una nueva vida en el San Andrés.

A diferencia de cualquier persona, que tendría anécdotas ...