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QUé TENíAN PUESTO

Daniel Balmaceda  

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Penguin Random House

A Silvia, Sofía y Pancho Balmaceda

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INTRODUCCIÓN

En la etapa final de la escritura de este libro, cuando era tiempo de revisar el texto y reacomodar los capítulos, con mi hija Sofía tuvimos la oportunidad de visitar un museo de Bellas Artes de otro país. Inventamos un juego: establecer los años en que se hicieron los retratos que veíamos, a partir de la ropa y el peinado.

La conclusión —más allá de los aciertos que le ganaron a los desaciertos— fue muy positiva. Sin duda, la investigación y escritura de Qué tenían puesto me dio herramientas para comprender mejor algunas escenas de la historia.

Sin embargo, sería un error suponer que la finalidad de este libro es permitirnos ubicar en el tiempo las levitas, los vestidos imperio, los peinetones, el frac, el polisón, la cloche y la minifalda. Lo más atractivo resulta ver de qué manera determinados acontecimientos históricos han tenido influencia directa en el vestuario en cada tiempo.

Hace unos cuatrocientos mil años, el Homo Sapiens abandonó la desnudez y se colocó una piel encima, como abrigo. Las agujas de coser más antiguas que se conocen pertenecen a la Edad de Piedra y fueron hechas a partir de huesos y marfiles. Aparecieron también los zapatos, concebidos como una protección de los pies. Luego, alrededor del 6500 a.C., surgieron los tejidos.

La evolución del vestuario continúa plagada de escalas fascinantes. ¡Qué enorme cambio habrá significado la utilización de botones a partir del 3000 a.C.! ¡Cuántas aventuras habrá detrás de la invención de un género!

Honoré de Balzac, en su Tratado de la vida elegante, publicado en 1830, afirmaba que la ropa era la expresión misma de la sociedad. Y agregaba que quien “quisiera investigar la indumentaria de un pueblo en cada época, conseguirá hacer la historia más pintoresca y más nacionalmente verdadera”. Profundizando este concepto, escribió:

Explicar la larga cabellera de los francos, la tonsura de los monjes, los cabellos rasurados de los siervos de la gleba, las pelucas de Popocambou, los coloretes de los aristócratas y los peinados Titus de 1790, ¿no equivale a contar las principales revoluciones de Francia?

Balzac estaba convencido de que el conocimiento de la moda era fundamental para la comprensión de la historia. Fuimos entendiéndolo a medida que avanzábamos con el libro. Veremos desfilar por sus páginas las calzas de Belgrano, el uniforme de los granaderos, el vestido federal de Manuelita, los lánguidos modelos de Alfonsina, el chambergo de Mitre, los ponchos de San Martín, la boina radical, el frac de Quiroga, los anteojos de Victoria Ocampo, el traje de baño de Marcelo T. de Alvear y los escandalosos pantalones de Lola Mora. También estarán presentes Roca, Quintana, Sáenz Peña, Gardel, Eva Perón, Esteban Echeverría, Arturo Illia y Alfredo Palacios. Abordaremos la llegada de los peinetones, el traje marinero, los guardapolvos blancos, los ponchos salteños, el jean, la minifalda y el bikini. También vamos a ocuparnos del chiripá, la bombacha gaucha, la bota de potro y las alpargatas. Además de sombreros, abrigos, chalecos y bastones. En cuanto a los peinados, también hay mucho que contar.

Textos periodísticos de diversas épocas ayudarán a comprender el contexto en que fueron generándose cambios en el vestuario de los argentinos. Asimismo, una serie de imágenes se incluyen con el fin de ayudar al lector a visualizar ciertos aspectos evidentes de la moda.

Párrafo aparte para Pancho Balmaceda, quien —buscando unificar estilos— trabajó con las imágenes que pertenecen al Archivo General de la Nación, al Museo Histórico Nacional, al Museo de la Ciudad de Buenos Aires, al Archivo del diario La Nación y, en el caso del granadero, a la colección privada de Julio Luqui Lagleyze.

La revisión exhaustiva de retratos, daguerrotipos y fotos de todas las épocas nos ha permitido establecer ciertas afinidades que no tienen por qué ser generalizadas: cada cual tendrá sus gustos. En particular, me pareció que los años veinte son el destino al cual quisiera que me llevara la máquina del tiempo, para admirar la elegancia y el desenfado de la época. De todos modos, cabe preguntarse si los gustos son tan dispares. La Ley de Laver, formulada por el historiador del arte James Laver en 1937, fijó un esquema de calificaciones que hacemos de la ropa, antes de su tiempo y después. Su conclusión fue la siguiente:

Diez años antes de su tiempo: Indecente.

Cinco años antes: Desvergonzada.

Un año antes: Atrevida.

Un año después: Pasada.

Diez años después: Horrorosa.

Veinte años después: Ridícula.

Treinta años después: Graciosa.

Cincuenta años después: Pintoresca.

Setenta años después: Encantadora.

Cien años después: Romántica.

Ciento cincuenta años después: Preciosa.

Qué tenían puesto nos habla de lejanas y recientes, tan diversas y ricas en materia de modas. Espero haber logrado transmitir los resultados de la fascinante búsqueda en los documentos, la bibliografía y los medios periodísticos, complementados con la valiosa colaboración de mi familia y de tantos buenos amigos que se han entusiasmado con este proyecto.

Los invito a meterse en este armario del tiempo. Como en las Crónicas de Narnia, hay un mundo por descubrir. En este caso, el de la moda.

DON CRISTÓBAL

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón y sus oficiales desembarcaron en la pequeña isla de Guanahani, en la zona del Caribe. ¿Qué tenía puesto el almirante? El traje de gala que se reservaba para los momentos trascendentales. Por lo tanto, podemos afirmar que esa mañana lucía, encima de la camisa (que era la ropa interior), una pechera verde oscura. Rodeándole el cuello, una gorguera blanca con pliegues. Completaban el conjunto un par de calzas de lana color violeta, una casaca carmesí por encima de todo el conjunto y puntiagudos zapatos de cuero cocido. La moda de esos años era el pelo hasta los hombros. Colón protegía su cabeza con un bonete de lana, probablemente colorado, más un sombrero de una sola ala.

Sí, una pinturita.

CAPA, JUBÓN, COLETO Y CALZONES

Cuando Juan de Garay fundó Buenos Aires en 1580, repartió las tierras entre los hombres que lo acompañaron a poblar: un cuarto de manzana en el corazón de la ciudad y un buen terreno en las afueras. Rodrigo Ortiz de Zárate, segundo de la expedición, recibió la franja que hoy corresponde al cementerio de la Recoleta, la plaza Intendente Alvear (la de la feria de los artesanos), Plaza Francia y unas doce manzanas de la misma zona. Al morir en 1593, tomó posesión su primogénito, Juan, aún adolescente.

En 1603, y con 24 años, el heredero también ocupó un cargo relevante en el gobierno. Fue nombrado alcalde, como lo había sido su padre. Pero esta tierra a orillas del Plata no terminaba de atraparlo. Dejó la administración de sus cuantiosas propiedades en manos de Juan Ramírez de Abreu y partió a Asunción. Su representante estaba encargado de vender todo.

El próximo personaje de esta historia es Francés Beaumont y Navarra (que no era oriundo de Francia: Francés era una forma de Francisco). Fue gobernador de Buenos Aires durante veinte meses, entre 1600 y 1602. Cuando terminó su mandato, resolvió quedarse en la ciudad. Se mantuvo activo en la política local y, entre las muchas operaciones inmobiliarias que realizó, figuró la compra de la chacra de los Ortiz de Zárate en Recoleta.

El 4 de agosto de 1604, Ramírez de Abreu se presentó en la casa de Beumont para realizar la transacción de acuerdo con el valor pactado. El precio de la propiedad fue: unos calzones, una capa de terciopelo, un chaleco manga larga muy de moda en esa época y una casaca bordada con hilo dorado que no solo cumplía funciones de abrigo, sino también servía como defensa: algo así como un “chaleco antiflechas”.

Sin dudas, para Juan Ortiz de Zárate sería más valiosa esa ropa que las actuales tierras del cementerio, La Biela, el sector de los artesanos, las avenidas Alvear y Quintana, el Buenos Aires Design y algunas manzanas de Barrio Norte.

¿Acaso la tierra era muy barata? ¿O la ropa era muy cara? La respuesta es sí para ambas preguntas. El vestuario tenía un valor muy superior en puertos alejados, adonde no arribaba el comercio marítimo. A su vez, el valor de la tierra caía justamente por esa lejanía de las rutas comerciales más atractivas. Tan mal andábamos de vestuario que, en cierta oportunidad, se reclamó la presencia de un representante en la Audiencia de Charcas (Alto Perú) y hubo que desistir del honor porque nuestros vecinos no disponían de dinero para pagarle el viaje ni la ropa adecuada para asistir. Incluso se daba esa situación en la propia aldea: algunos no concurrían a misa por falta de vestimenta.

De regreso a la ropa del trueque, debemos decir que el chaleco (denominado jubón) era la prenda más característica de aquel tiempo y solía ajustarse, mediante botones o cintas de cuero, con los calzones. Por encima, la casaca (su nombre era coleto) era una señal de distinción. En aquella vecindad donde el lujo emergía en cuentagotas, un buen jubón, acompañado de un distinguido coleto, marcaba la diferencia. Ni hablar si la capa corta era llevada en un hombro, como si fuera una manta. Uno podía percibir la discreta mirada de las jóvenes y la admiración de los caballeros, frente a tal despliegue.

El color de moda era el negro. La llegada de Felipe II al trono, en 1556, le imprimió al vestuario una austeridad cromática notable. En esa época, las capas —el abrigo por excelencia—, se acortaron; las mangas se ensancharon y la bragueta del hombre dejó de ser vistosa y fanfarrona.

Fuera de la vista, debajo del jubón y las calzas, se encontraba la camisa, con su doble función de ropa interior y prenda de dormir. Como su nombre lo indica, la camisa era lo que se usaba en la cama. Por ser algo tan personal, no solía formar parte de los trueques. La camisa usada se quedaba con uno para siempre.

La moda era un lujo exótico cuando nuestras ciudades comenzaban a formarse.

SEBASTIÁN DE LA VEGA, EL PRIMER SASTRE

Buenos Aires, el poblado de la gente semidesnuda y con alta demanda de ropa, tuvo la imperiosa necesidad de que se la autorizara a recibir lienzos y prendas, además de conseguirse un sastre. La suerte estuvo de su lado. Por un lado, el monarca extendió el permiso para que, durante unos pocos años, no se recargara con impuestos la ropa que se comerciaba en el lejano puerto sudamericano.

Pero aún antes de enterarse de la buena noticia, los bonaerenses recibieron con bombos y platillos al sastre portugués Sebastián de la Vega, que arribó a las costas del Plata con su vara y algunos géneros para abastecer a los más pudientes. Mucha clientela no iba a encontrar porque acá los bolsillos estaban algo vacíos (de paso, los bolsillos en los pantalones aparecieron en la Edad Media). Pero siempre habría un puñado de coquetos vecinos dispuestos a recompensar su arte.

El registro más antiguo que se tiene de su presencia en las costas del Río de la Plata corresponde al año 1602. Diseñó, cortó y cosió para las grandes figuras de la pequeña aldea, entre ellas, el gobernador Hernandarias.

Era más que el sastre preferido: era el único. No tenía competencia. Pero la restringida libertad de comercio le trajo problemas. Hubo una gran deflación y el valor de los lienzos, es decir, de los géneros, cayó en picada. Uno podría imaginar que, siendo el sastre exclusivo, podría resolverlo aumentando los costos de la mano de obra. Pero eso no iba a ser posible porque el Cabildo actuaba fijando precios para evitar que la disputa entre la oferta y la demanda fuera despareja.

Sebastián de la Vega venía vistiendo damas y caballeros cuando una denuncia sacudió a la pequeña ciudad. El fiel ejecutor Martín de Marechaga acusó al sastre de hacer trampa. Aclaremos que el fiel ejecutor era un funcionario del Cabildo que, entre otras cosas, se encargaba de lo que hoy llamaríamos defensa del consumidor.

Las autoridades detectaron que De la Vega tenía entre sus pertenecías una vara más corta para medir. Utilizando este ardid, cobraba más por menos. Por ejemplo, su vara medía diez centímetros de género, cuando en realidad eran nueve. El Cabildo recibió la denuncia y trató el asunto. La deslealtad comercial no fue tolerada y De la Vega fue condenado: se le retiró la licencia para ejercer. Por suerte para él, su principal cliente, el estricto Hernandarias, se encontraba ausente ya que había partido en misión exploradora al noreste del territorio. El sastre se salvó de la poca tolerancia del gobernador con los tramposos y los delincuentes.

El 24 de enero de 1605, De la Vega reclamó al Cabildo por la condena, pero los capitulares confirmaron el fallo, por lo que fue obligado a pagar una multa y la vara de la discordia le fue confiscada. A la semana siguiente, el 31 de enero, entregó una nueva petición al Cabildo; esta vez, para que le permitieran retomar la actividad, ya que había pagado la multa.

Tras una deliberación tan corta como la vara falsa, se acordó renovarle la licencia para actuar como sastre. La necesidad de ropa pudo más que la de justicia.

LOS TRES MOSQUETEROS DEL PLATA

Tres siluetas en un pueblo fantasma. Esa era la imagen repetida de cada medianoche de 1626 en Buenos Aires. Apenas la luna, más alguna fogata en medio de la plaza principal, ofrecían un poco de iluminación. Las calles desiertas. Nada santo podría estar ocurriendo fuera de las casas: la oscuridad actuaba como aliada del amante, del ladrón, del contrabandista o del prófugo. Además, al amparo de la negrura de la costa existía el riesgo de un desembarco invasor. Por todos estos motivos, era necesario que el paisaje se completara con las tres misteriosas siluetas.

A caballo, al paso, recorrían la zona poblada. Si se nos aparecieran en este momento, no creeríamos que esta gente patrullaba las callecitas de Buenos Aires en 1626. Más bien, nos parecerían tres mosqueteros surgidos de la pluma del novelista Alejandro Dumas. Para ser precisos, aún faltaban muy pocos años para que aparecieran en Francia, pero ya se evidenciaba ese estilo de ropa que hizo populares a estos personajes. Europa, en ese tiempo, había adoptado la moda francesa y, sobre todo, la holandesa. En España, su primer y principal promotor fue el rey Felipe IV durante una misa, el 7 de marzo de 1623.

Los mosqueteros rioplatenses vestían de negro, con sombrero de ala ancha, botas con hebilla, bigotes cuidados, barba perilla, es decir, delgada y puntiaguda, aunque no tanto como la espada que desenvainarían en cuanto fuera necesario.

¿Quiénes eran los tres jinetes? El gobernador Francisco de Céspedes, andaluz, acompañado por sus hijos, Juan y José. ¿Por qué vestían así? Porque esa era la moda. En Buenos Aires, Córdoba, Salta, Lima, Madrid, Venecia o París. Tanto los Céspedes como los mosqueteros de D’Artagnan eran hombres del barroco.

Alrededor de 1620 se generaron cambios muy específicos en el estilo de vestirse. De hecho, fue en aquel tiempo que la palabra moda comenzó a usarse, con la acepción que hoy conocemos. La interpretaban como un estilo de vida, un modus, que incluía actitudes, vestuario y conductas sociales. La mujer del barroco cambió en varios aspectos (por ejemplo, aumentó su escote, como así también el acampanado de su falda), pero no en la medida que lo hizo el hombre. Fue tan notable el contraste con el pasado inmediato, que si Juan de Garay, muerto en 1583, se hubiera levantado de la tumba, también se habría sorprendido frente a los tres “mosqueteros” bonaerenses.

¿Cuáles fueron las principales características del hombre del barroco? Repasemos. La ropa oscura, pero con volados de diversos colores. El sombrero de ala ancha algo inclinado, jamás derecho, en la cabeza. La capa más corta que las precedentes, lo que le daba mayor agilidad andando a caballo.

Si bien las botas eran de caña alta y podían alcanzar el muslo, la parte superior se doblaba por debajo de la rodilla. Para este tipo de uso, se acudió a un segundo juego de medias. Se colocaban encima de las clásicas (no tenían punta ni talón) y se plegaban por encima del doblez de la bota, para tapar el cuero. Por lo general, eran de encaje. Esto hacía que el final de la bota se convirtiera en punto fundamental de la elegancia. Pero, antes de que nos alejemos de los pies, debemos marcar la principal innovación para la época: la aparición del taco funcionando como accesorio cotidiano.

Hasta entonces, el taco era elemento exclusivo de los jinetes. Sus botas lo contenían para poder aferrarse a los estribos. A partir del barroco, pasaron a ser patrimonio de todos. Fue la época en que las mujeres iniciaron su relación con los tacos. Y ni qué hablar de los hombres. Por lo tanto, podría decirse que la población occidental aumentó su altura en esos años, aunque hay un dato aún más relevante: el uso de tacos cambió la postura de los caballeros y de las damas. Todos comenzaron a caminar más erguidos, más gallardos. Esto no quiere decir que antes todos se movían como zombies al estilo The Walking Dead, pero subieron los mentones, se alzaron los hombros y hasta la mirada pasó a ser más altiva. Es el poder de los tacos.

El auge de las botas no eclipsó la aparición de otros zapatos, también con taco y la puntera cuadrada, que tenían una lengua en la parte delantera, al igual que los clásicos de hoy, y se ataban con cintas o mediante una gran hebilla, como la de los cinturones. Una aclaración: no había zapatos o botas diferentes para el pie derecho y el izquierdo. Todavía faltaban siglos para esa innovación.

Un hombre de mediados del 1600 siempre salía con su espada. En muchos casos, más por motivos estéticos que de seguridad. La capa, que pasó a llamarse manto, también era accesorio del buen vestir, además de cumplir las funciones de abrigo y galantes. El caballero lanzaba al piso su manto para que la dama atravesara un sector embarrado. Nuestros mosqueteros de 1620 la llevaban “à la Balagny”, es decir, colgada en el hombro izquierdo. Hablamos de un tiempo en que, dentro de las posibilidades, se perfumaban, además de los pañuelos, los guantes.

Otro de los cambios notables fue el fin de la rígida gorguera, ese disco que parecía hecho de papel crepé alrededor del cuello. La misma fue reemplazada por otra más flexible, la golilla, pero más aún por la valona, que era un sobrecuello de hilo. Por otra parte, se consolidó, tanto para ellas como para ellos, el uso de lunares artificiales de terciopelo que venían apareciendo tímidamente en las últimas décadas. La moda del lunar fue más parisina que madrileña y más limeña que porteña. Sin embargo, tuvo sus cultores en nuestras tierras.

Los señores del barroco usaban melena hasta los hombros, protegidos por sombreros altos de fieltro negro de ala ancha y rígida, con una copa que, sin llegar a ser un cucurucho, era cónica, más una pluma de ñandú o avestruz, según la región.

También prestaban mucha atención al bigote y la barba perilla. En nuestras ciudades, ambos eran considerados un signo de distinción. Sobre todo, el bigote. Estaba mal visto que un vecino de la sociedad más elitista no lo usara, de la misma manera que hubiera llamado la atención que integrantes de otros grupos sociales más sencillos aparecieran con el prolijo bigote mosquetero.

Eran tiempos en los que la barba era considerada un signo de virilidad, de hombría. Incluso se tenía la idea de que los pampas, los quechuas o los restantes grupos nativos no eran tan hombres como los barbudos europeos (esto, por supuesto, lo pensaban los europeos). Además, la barba aportaba un condimento religioso. Porque Jesús tenía barba. En realidad, esa fue una convención bizantina. No existe ninguna descripción contemporánea de Jesús. Y menos, de su supuesta barba. La inconfundible imagen que hoy lo representa fue gestándose a partir de la iconografía surgida en Bizancio. Hecha las aclaraciones, volvemos a Buenos Aires.

La población menos pudiente se afeitaba con un cuchillo, de la manera más casera posible. En cambio, los distinguidos señores del vecindario pretendían un cuidado más profesional. Debido a estas cuestiones, no resultaba extraño que en el Cabildo las autoridades trataran temas referidos a la contratación de barberos, una de las actividades con mayor demanda en el tiempo en que el gobernador Céspedes y sus hijos eran los tres mosqueteros nocturnos del Plata.

PELUQUERO EN PROBLEMAS

El mayor escándalo en 1785, en tiempos del virrey Loreto, surgió con el descubrimiento de que el peluquero monsieur Levant, el preferido de Buenos Aires, era el ladrón buscado por la desaparición de objetos valiosos de varias casas de la ciudad. El hombre confesó, devolvió lo robado y fue deportado a España, previo paseo en mula por el centro del poblado, con las manos atadas, junto al pregonero que anunciaba a viva voz los delitos cometidos.

El peluquero ladrón había traicionado la confianza de las familias a las que asistía con agenda completa, ya que era muy solicitado. El oficio del peluquero requería, además de las destrezas con las tijeras, los papillotes (nudos de lino para lograr rizos) y los peines, que fuera buen confidente y leal a su clientela. Porque era una persona con entraba en los cuartos, donde se ubicaba el tocador, es decir, el mueble con espejos de tres hojas, cajones y estantes para todos los elementos del peinado y la belleza, como polvos, tinturas, esponjas, cepillos, pomadas y cremas.

Esta época fue muy particular en cuanto a tocados, ya que las damas usaban un peinado alto cuyo armado requería de técnicas que conocían muy bien los franceses como Levant.

Tanta era la familiaridad, que los dueños de las casas a las que concurría podían presentarse desarreglados sin preocuparse por el qué dirán, ya que el profesional estaba para arreglarles el aspecto. Incluso, en muchos casos actuaban de cupidos, llevando y trayendo notas entre amantes. Otra cualidad era la de la lectura. Cuando algún arreglo requería de un tiempo de espera, como era el caso de los tocados al estilo francés, el peluquero solía sacar un libro de su valija y leer en voz alta para amenizar la espera. Todos confiaban en Levant y el francés los decepcionó.

En las ciudades del virreinato era habitual que el peluquero acudiera a las casas de los clientes, por más que los negocios de atención, de caballeros, existieron desde los tiempos de la Antigua Grecia. Diferente era el caso del barbero, que sí recibía en un ambiente alquilado de alguna propiedad, aunque no era, el fin del siglo XVIII, una época de barbas y bigotes. Las cuestiones del pelo eran muy caseras y discretas. También eran solicitados en banquetes y otras actividades al aire libre. En esos casos, para tener pelucas bien peinadas para los señores. Tengamos en cuenta que en el siglo XVIII el uso era muy común, sobre todo entre los funcionarios. Es recordado el caso del soldado del cuerpo de andaluces que zamarreó en la calle al virrey Liniers, al verlo salir de la casa de una dama comprometida, y le hizo volar la peluca. Hacia 1810, aclaramos, las pelucas masculinas solo formaban parte del atuendo de los cargos judiciales de mayor jerarquía.

Partió Levant deportado y se llevó consigo los secretos del tocado estilo francés. Pero mucho no se lo extrañó. Muy pocos años después, la tendencia fue hacia un peinado menos ostentoso, denominado “a la griega”, con rizos que caían sobre la frente, que podían hacerse las chicas por su cuenta. Así de sencillas se verían las damas de la Revolución.

NUESTROS VALIENTES EN CHIRIPÁ

La falda básica que usaron los nativos en el tiempo de las misiones jesuíticas se llamó chiripá. Se trataba de un paño que se colocaba alrededor de la cintura, en el sentido contrario a las agujas del reloj, con suficiente género para dar una vuelta y media al cuerpo. Eso hacía que, mientras la parte de atrás tenía un solo pliegue, la de adelante fuera doble.

¿Atuendo precolombino? Sí, en todas las culturas tenían abrigos, pero su uso era más limitado en verano. Los jesuitas de las misiones lo implementaron en sus dominios, buscando vestir un poco a los guaraníes. Cuando la orden religiosa fue expulsada de América en 1767, estos nativos se esparcieron llevando el chiripá por diversos territorios.

Era una prenda rectangular, sencilla y cómoda que arraigó en las clases bajas, primero en el litoral y luego en otras regiones. Tapaba desde la cintura hasta la rodilla. La parte superior era ajustada por una faja (llamada tumbé o tambeó) que el paisano aprovechó como espacio para llevar dinero y tabaco apretado al cuerpo, como así también el facón, siempre en la espalda. Podría decirse que fue esta faja o cinturón ancho un antecedente de la actual riñonera.

Entonces, ¿muchos de nuestros paisanos vistieron faldas? Sí, ese fue el primer modo de uso de la prenda, sobre todo en el siglo XVIII. Pero el jinete debió adaptarlo a sus necesidades porque no resultaba cómodo andar cabalgando con ese modelo. Fue entonces cuando surgió el sistema de chiripá más conocido por nosotros, que es el que se entrecruza por las piernas y cuyas cuatro puntas se reúnen en la cintura.

Todavía persiste en la memoria de muchos el chiripá de los bebes, un lienzo de algodón que se pasaba entre las piernas del niño y se ataba a la cintura, asegurando el paño llamado pañal. La denominación de esta ropa para los más pequeños surgió del chiripá que usaban los gauchos a partir del siglo XVIII.

El original no era ajustado como el de los bebes, sino muy suelto, pero con la particularidad de que protegía el cuerpo de los jinetes.

El más común, para el trabajo, era de algodón y se lo conocía como bayo por su color marrón, similar al pelaje del caballo; en muchos casos, presentaba ribetes blancos en la parte inferior. Por su largo, uno podía distinguir con claridad el atuendo para la faena del que se empleaba en ocasiones sociales. Para salir al baile o a “dominguear”, el chiripá se llevaba largo hasta los tobillos, una extensión demasiado incómoda para las tareas del campo. Nuestro modelo de la ima ...