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QUE DE LEJOS PARECEN MOSCAS

Kike Ferrari

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Fragmento

1

El señor Machi se apoya en el respaldo del sillón, hunde su mano en la melena rubia que se mueve rítmicamente entre sus piernas y cierra los ojos. Los primeros rayos de sol de la mañana se cuelan en forma de triángulo por la ventana y avanzan sobre el escritorio iluminando a su paso la lapicera, los dos vasos semi-vacíos, la miniatura del Dodge de Fontanita, el teléfono antiguo, el papel abierto, la pila de merca, la tarjeta de crédito con los bordes blanquecinos por el uso y el cenicero sucio, para derramarse finalmente sobre el cuadro con la foto familiar en la que el señor Machi, diez años más joven, sonríe junto a sus dos hijos y su mujer en una playa del Mediterráneo. Cuando el vértice del triángulo de luz alcanza la cabellera rubia, los movimientos de esta empiezan a ser menos rítmicos y a acompañar los estertores del cuerpo del señor Machi, que cierra su mano sobre un puñado de pelo rubio y vocifera su orgasmo en un ronquido ahogado. Después se desploma en el sillón, se afloja el nudo de la corbata, saca un Dupont de oro del primer cajón del escritorio y prende un Montecristo mientras la mujer acomoda su melena, se limpia la comisura de los labios y se arma una línea.

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Querés, pregunta.

Tiene un rostro joven ligeramente avejentado y el rímel corrido bajo el ojo izquierdo, lo que le da cierto aire de dejadez, de abandono, de desesperanza.

El señor Machi piensa en sus problemas cardíacos y en la pastillita azul que tomó hace poco menos de una hora y que garantiza que su sexo, aún ahora enhiesto, tenga una retirada lenta y altiva.

No, no, contesta con el humo del tabaco en la boca, soltándolo luego para que se mezcle con el creciente triángulo de luz que ingresa por la ventana y dibujen —la luz y el humo— figuras en el aire que nadie va a mirar.

La mujer joven de pelo rubio jala —una, dos, tres veces— y putea, gustosa y engolosinada: a la calidad de la merca, a su suerte, al triángulo de luz que anuncia otro día hermoso —maldición— y al sabor del semen del señor Machi en su boca.

Me voy, Luis, anuncia.

Cerrá la puerta, yo tengo que quedarme un rato más. Que Eduardo y Pereyra se ocupen de que estén todos temprano esta noche, eh, acordate que vienen los mexicanos…

Tranquilo, arreglo todo con ellos; nos vemos esta noche, corazón, se despide la mujer joven con un beso en el cuello. El señor Machi se deja besar y sigue jugando con el humo del Montecristo, como si ella ya no existiera, como si vaciado de deseo, aquella chica de melena rubia y nariz ávida no fuera ya más que una molestia. Después, cuando ella se da vuelta y se va caminando hacia la puerta, moviendo las caderas dentro de la pollera verde, le mira el culo.

Mañana se lo rompo, piensa.

Una vez solo en la oficina va hasta el baño y se mira al espejo.

Ve éxito en el espejo, el señor Machi.

¿Qué es el éxito para él?

Sonríe al espejo y piensa que el éxito es él.

Éxito es una pendeja rubia chupándote la pija, Luisito —piensa sonriente frente al espejo—, el sabor de un Montecristo. Éxito es la pastillita azul y diez palos verdes en el banco.

Vuelve a darle fuego al tabaco que lo espera en el cenicero sobre el escritorio y marca un número en el teléfono antiguo. El triángulo de luz ya se hizo dueño de la oficina y no deja dudas sobre la llegada de la mañana.

Hola, contesta la voz somnolienta y brumosa de la mujer, acentuando la a.

Hola, recién termino, en un rato salgo para allá.

¿Recién terminás?, se burla ahora la mujer con afán de pelea, qué amable en llamar, ¿te lavaste antes, al menos?

No me rompas las pelotas, Mirta, ¿querés?, prepará algo para el desayuno que en una hora más o menos estoy en casa, retruca el señor Machi con más aburrimiento que enojo.

Bueno, le puedo pedir a Gladis que prepare algo si querés, la voz de la mujer parece desperezarse tras la malicia de la frase, ah, no, a Herminia le puedo decir…

Otra vez con eso, Mirta, se queja el señor Machi. Piensa, mientras le da una nueva pitada al Montecristo, por qué no le habrá dicho a la chica de melena rubia y pollera verde que se quedara y le rompía bien el culo, si por lo visto la pastillita todavía está trabajando.

¿Y a qué voy a deber el honor de desayunar con vos, si se puede saber?, la voz de la mujer, Mirta, pierde somnolencia y gana ira con cada palabra, puede sentirse el temblor nervioso en las vibraciones de las s, pronunciadas como un siseo de serpiente.

Es mi casa, ¿no?, replica el señor Machi, que siente que se le acaba la paciencia, sos mi mujer, ¿no? Bueno, hacé algo rico de desayunar, dale… En una hora, más o menos, llego.

Corta.

Rompepelotas, piensa.

Decide que pese a la pastillita azul y sus problemas cardíacos se va a tomar un pase antes de irse.

2

Buenos días, señor, ¿todo en orden?, pregunta el gorila de cabeza afeitada que —la mirada atenta, las manos cruzadas en la espalda, ningún gesto en el rostro impersonal— custodia la puerta del garaje, en el subsuelo de El Imperio.

Qué hacés, contesta el señor Machi con las mandíbulas tensas.

Chasquea los dedos y estira la mano.

Llaves, dice.

Llaves, repite sin dar tiempo a nada.

El gorila de cabeza afeitada se mueve rápido, con una agilidad inesperada en un cuerpo tan grande y pesado.

Señor, dice sin un gesto en el rostro cuando pone las llaves del BM en la mano estirada del señor Machi, que sigue caminando sin siquiera pensar en la palabra gracias.

Esperá que yo haya salido y en un rato andate a dormir, gordo, dice el señor Machi mirando hacia otro lado y sin dejar de caminar.

Después hace sonar dos veces la alarma del BM. Sube. Es una sensación fantástica el asiento. Él mismo eligió el tapizado.

Parece la caricia de un culo joven, piensa el señor Machi.

Se saca la corbata, la guarda en el bolsillo del saco y ajusta el espejo retrovisor para mirarse. Hace una mueca que sin cocaína hubiese sido una sonrisa. Se observa los ojos, los dientes, las encías, por último las fosas nasales buscando restos. No hay. Vuelve al espejo y a pensar en el éxito.

Este auto es el éxito, Luisito, la merca de primera que tomaste recién, papá, tu colección de corbatas de seda italiana, piensa, y hasta la rompepelotas de Mirta es el éxito.

Busca en la guantera los anteojos de sol Versace y se los pone. Ahora sí, está listo. Entonces gira la llave de contacto y el motor del BM se enciende, inaudible y poderoso. Ni bien las puertas del garaje se cierran tras las luces traseras del automóvil negro que se pierde en Balcarce a contramano hasta alcanzar Belgrano, el gorila de cabeza afeitada escupe al suelo, se afloja la corbata y, moviendo la cabeza como si negara, dictamina: Hijo de mil putas.

3

Es un rayo negro que cruza la General Paz a las siete de la mañana y va dejando miradas de asombro y envidia a su paso. El señor Machi siente como una caricia esas miradas celosas de su suerte que chocan contra la carrocería del BM que pasa como si se deslizara por el asfalto hasta alcanzar el Acceso Norte hacia Panamericana. El celular suena justo en el momento en que la curva se abre y se cierra y el rayo negro sube a la Panamericana.

Machi, responde.

Hola, pa, disculpá que te joda a esta hora pero necesito saber si el otro día no se me cayó de la cartera un libro en tu auto, lo necesito para la facu y…

El señor Machi, que ya dejó de escuchar, apoya el teléfono en el asiento del acompañante mientras conecta el manos libres y empieza a buscar con la mirada el libro de su hija. Cuando se pone el auricular ella sigue explicando la urgencia por encontrarlo.

…tengo un parcial la semana que viene y resulta que…

Un vértice anaranjado asoma apenas entre el asiento del acompañante y la puerta. El señor Machi, sin bajar la velocidad ni sacar la mano izquierda del volante, se estira y lo toma. Es el libro: Las palabras y las cosas.

Acá está, Luciana, interrumpe el señor Machi el monólogo de su hija, pasá a buscarlo por casa cuando quieras. O por El Imperio esta noche, ahora te dejo que estoy manejando, nena.

Ok, pa, pasamos esta noche con Fe, entonces. Nos vemos tipo nueve. Te dejo un beso, dice la hija, pero el señor Machi no la escucha. Cortó inmediatamente después de la palabra nena para concentrarse de lleno, ahora sí, en el placer de pilotear el rayo negro que se desliza por el asfalto de la Panamericana.

No quiere pensar en sus hijos, ni en Luciana ni, sobre todo, en Alan. Y ya no necesita preguntarse qué es el éxito, porque lo siente en el poderoso ronroneo sordo del acelerador bajo el pie derecho, en la suavidad del asiento y la docilidad de la dirección, en el reflejo del sol y las miradas de asombro y envidia que brillan contra la carrocería del BM.

No ha pasado ni un kilómetro desde el segundo peaje cuando el señor Machi siente un tironeo en el volante y que el coche, que cruzaba como un rayo negro el asfalto, se bandea hacia la izquierda.

Pinché una goma, piensa.

Piensa: delantera derecha.

Endereza el BM con una maniobra de virtuosismo casi profesional y lo acerca a la banquina.

Mierda, dice en voz alta el señor Machi.

Mierda.

Mierda.

Debe hacer veinte, veinticinco años que no pincho una goma, piensa, ¿para esto gasta uno 200 lucas en un auto?

Después, sin parar el motor, apoya la cabeza en el tapizado que él mismo eligió y cierra los ojos por un instante. Tiene que armarse de paciencia y tolerancia para salir del auto. Y sobre todo prepararse para soportar las miradas de burla que el resentimiento dibujará en aquellos que en sus viejos Duna, Quinientos Cuatro o Diecinueve, autos que valen lo que él gasta en una puta o en un almuerzo, pasen junto al BM varado al costado del camino y que hace apenas unos instantes lo vieron deslizarse como un rayo negro. Sabe que todos esos pobres diablos se van a alegrar de verlo tirado allí, con una goma en llanta.

Una pequeña victoria para sus vidas minúsculas, piensa.

Así que mientras deja pasar la primera tanda de Duna, Quinientos Cuatro y Diecinueve, antes de salir a confirmar la goma pinchada, abre el libro de su hija y lee:

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento.

Qué, se pregunta.

Mueve la cabeza, de un lado al otro. Lee un poco más y decide que lo que lee es una enumeración absurda, una estúpida lista que se le podría haber ocurrido a un nene de cinco años.

¿Para eso le pago la facultad?, piensa, ¿para que lea estas boludeces? Si por lo menos estudiara abogacía, o ingeniería, pero no.

¿Y estos tipos son a los que reverencia Luciana? ¿Así que cosos como este pelotudo, al que le causa gracia una lista que podría haber escrito un nene de cinco años, son los que con tanta devoción estudia su hija en la facultad que le sale 450 dólares por mes? ¿Estos son los filósofos, los sociólogos, los pensadores? ¿Esto le inculcan a Luciana los profesores a los que él les paga el sueldo? ¿Qué saben hacer, a ver? ¿Pueden levantar un imperio de la nada, como hizo él? ¿Pueden pagar a sus hijos caprichos universitarios de 450 dólares mensuales? ¿Eh? ¿Pueden?

La mano se crispa sobre el libro.

Este libro nació de un texto de Borges, vuelve a leer.

¿Esto escribía Borges? ¿Entonces eso es lo que hacía el gran escritor nacional? El señor Machi se felicita por no haberlo leído nunca. Vuelve al libro para aumentar su irritación.

Así, pues, ¿qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata?, lee.

Abre la ventanilla indignado, el señor Machi, y tira el libro de tapas anaranjadas al medio de la Panamericana. Mira todavía con regocijo cómo uno, dos, tres autos le pasan encima, antes de bajar del BM con la palabra vagos temblándole en la boca.

4

En sesenta minutos a más tardar va a llegar su auxilio, señor, gracias por llamar, le dice una voz amable pero impersonal desde el teléfono.

¿Sesenta minutos?, bram ...