Loading...

RANDOM

Estanislao Bachrach  

5


Fragmento

Prólogo

—¿Y? —preguntó Antonio cuando clavé los ojos en el microscopio.

Alcé la vista. El corazón me daba saltos dentro del pecho. Atónito, dije:

—No puede ser… Pasame los músculos de otro ratón inyectado.

El segundo ratón mostraba lo mismo: ni rastros de fibras enfermas. El ratón estaba completamente curado.

—No lo puedo creer —dije.

—¿Qué pasa?

—Están curados. No hay rastros de la distrofia, las fibras musculares están perfectas —grité.

Abrimos los cinco ratones que habíamos inyectado y en todos ellos encontramos lo mismo. La enfermedad había desaparecido. Habíamos encontrado la cura.

Fueron horas de excitación. Mientras abría un cadáver tras otro, en mi cabeza pasaban imágenes de mi propia consagración: “científico argentino en Harvard encuentra la cura a la distrofia muscular de Duchenne a través de la ingeniería genética, la biología molecular y la terapia celular”.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—No hay rastros de la distrofia —dije, emocionado, mirando a Antonio.

—Eureka —dijo Antonio.

—Todavía tenemos que analizar los dos grupos control, pero hoy no llegamos.

—Mañana preparamos las muestras de los ratones enfermos a los que inyectamos solución fisiológica y células enfermas no curadas, los analizamos, confirmamos estos datos y a la noche Foreman te propone en Estocolmo para el Nobel —dijo Antonio sin ironías.

Agradecí que fuera latino: y agradecí que no temiera abrazarme para mostrarme su apoyo y felicidad.

—Llamemos a Foreman —dijo.

—No, mañana después de analizar los grupos control —dije.

Pero lo cierto es que me temblaban las manos. Ya era la hora de dar clases, pero no podía pensar en nada más que en mi éxito. Desde un teléfono del bioterio llamé a un compañero de cátedra y le pedí que me reemplazara en la clase de esa noche.

Al salir del Hospital, sentía que no cabía por los pasillos. Miraba a la gente con la que me cruzaba con ganas de detenerlos y gritarles que estaban delante de un inminente premio Nobel. Llegué a mi casa y lo primero que hice fue llamar a mi mamá. Me atendió el contestador:

—Hola, señora Rach. Quiero contarle que su hijo encontró la cura para la distrofia muscular de Duchenne y dentro de poco va a ganar el Nobel. Estoy como loco ma, no lo puedo creer. Estoy feliz —dije y corté.

No sabía qué hacer. Me sentaba, encendía la tv, me incorporaba, miraba por la ventana, me servía un vaso de vino y volvía a sentarme. Lo había logrado. Al fin había conseguido algo importante para la ciencia.

PRIMERA PARTE

INCÓMODO

El día que cambió mi vida me encontraba en Juan Le Pin, un paraíso a orillas del Mediterráneo sobre la Costa Azul francesa. Llevaba tres días extrañando mi laboratorio, encerrado en un centro de convenciones delante de unos posters que yo mismo había preparado con imágenes de Western Blots, fotos de inmunofluorescencias de distintas proteínas y algunos textos de Word a la espera de que alguien se acercara y se interesara por mi trabajo. Marc, mi director de tesis de doctorado, había insistido en que viajara para exponer los logros que había conseguido al estudiar cómo el VIH entra en las células y, de esta manera, justificara ante la comunidad científica la beca que desde hacía cinco años me pagaba el CNRS, un organismo del gobierno francés. Durante esos últimos cinco años mi vida había sido perfecta: pasaba el día dedicado a mis investigaciones en los laboratorios P2 y P3, y el tiempo libre paseando en moto, participando de reuniones sociales, disfrutando la gastronomía, el clima y la vida placentera del sur de Francia. No tenía un solo motivo para quejarme. Sin embargo, mi beca estaba llegando a su final, y la posibilidad de no poder seguir haciendo lo que me apasionaba en un lugar así era un motivo suficiente como para preocuparme. Si bien estaba escribiendo mi tesis, y había publicado dos artículos importantes como primer autor y otros dos como colaborador, sabía que eso no bastaría para poder conservar mi lugar en Montpellier. Por eso había aceptado el consejo de Marc y había viajado al congreso: si la ciencia era mi pasión y yo era tan bueno en lo que hacía, necesitaba salir del laboratorio para que todos se enteraran de eso y alguien se dignara a darme una nueva beca para poder continuar.

Debía esperar que terminara la conferencia del futuro premio Nobel Eric Kandel y que los asistentes, todos científicos de menor o mayor importancia y éxito, recorrieran el círculo de poster sessions y se interesaran en lo que yo tenía para mostrarles. Mi objetivo era convencer a todos de que mi potencial era enorme, de que mis estudios aún no estaban concluidos y que sus resultados podían ser tan valiosos para el Estado francés como para el resto del mundo científico. Sólo debían darme otra beca. Aunque, en el fondo, tenía la vana ilusión de lograr un contrato profesional y un salario mejor que me convirtiera en un científico pago y me exorcizaran de la condición de eterno estudiante becado.

A mi alrededor, otros doctorandos observaban sus propios carteles con la ansiedad de un condenado a muerte. Todos estábamos incómodos por haber tenido que alejarnos de nuestras investigaciones para actuar en aquella especie de feria americana que era el congreso, pero queríamos brillar, necesitábamos brillar para poder regresar a nuestros laboratorios con un botín que nos permitiera seguir trabajando. Sin embargo, todos escondíamos algo: una cosa era brillar mostrando los avances de nuestras investigaciones y otra muy distinta era exponernos a que nos robaran las ideas y los conceptos que aún no habían sido convertidos en bronce por alguna publicación científica de renombre. Era como estar entre la espada y la pared, salvo que la espada podía ser la herramienta que nos permitiera seguir avanzando.

Nervioso, cansado de estar de pie, miraba con nostalgia el sol que entraba por la única ventana del salón sabiendo que a esa hora mis compañeros del Instituto de Genética Molecular de Montpellier debían estar dejando su trabajo para ir a almorzar a la playa. De a ratos bebía sorbos de café observando a mis colegas. Jóvenes tan instruidos, capaces de pasar días y noches enteros con los ojos fijos en un microscopio con tal de confirmar sus hipótesis y conseguir un triunfo para la ciencia. Algunos parecían haberse mimetizado con los ratones que inyectaban: se mordían las uñas, murmuraban y miraban de costado, temiendo que alguien refutara sus postulados. Otros, nerviosos, inseguros, repasaban apuntes, corregían posters y trataban de recordar las frases escritas en esos cuadernos que, por protocolo, no habían podido retirar del laboratorio. Sólo unos pocos se mostraban excitados, como si aquel congreso no fuera un simple escalón, sino la última oportunidad para ser valorados y aplaudidos por la comunidad científica. Como por ejemplo Caroline, una hermosa bióloga molecular australiana con la que había conversado en el hotel donde nos alojábamos todos los participantes del congreso. Pelirroja, de pechos grandes, piel blanca, blanquísima, Caroline estudiaba cierta aplicación de los genes de los koalas a algunas enfermedades dermatológicas. Koalas. El misterio de la ciencia me resultaba absolutamente inquietante: por azar o por insistencia, un científico como Caroline, como yo o como cualquiera de los que me rodeaban podía descubrir que una proteína, un gen o una célula madre era la respuesta para uno de los males del mundo. Sólo se necesitan humanos con ganas de encerrarse a investigar y financistas o multinacionales en busca de buen marketing que aceptaran invertir su dinero. De eso se trata el avance del siglo XXI.

Aburrido, me alejé de mi puesto y entré al salón principal a oír a Kandel. Su conferencia sobre la memoria inteligente y los mecanismos neuronales de la Aplysia estaba llegando a su fin:

—De ahí que la plasticidad neuronal implica la existencia de una causa, el aprendizaje, que produce un cambio, mientras que el cambio tiende a perdurar en el tiempo, la memoria. La práctica implica la perfección —concluyó Kandel.

De pronto, todos le dedicaron un aplauso cerrado. Apurado, regresé a mi sitio para reunirme con todos los que esperábamos recoger las migajas de Kandel. Como los demás, yo también comencé a alisarme la ropa y sonreír, como si nuestra apariencia pudiera darle más valor a nuestros logros científicos. Nos miramos brevemente, deseándonos suerte. Y entonces, nos dispusimos a jugar el juego.

Los asistentes a la conferencia fueron saliendo en grupos. Lejos de interesarse en lo que nosotros teníamos para mostrar, ellos hablaban entre sí, persiguiendo autoridades universitarias, directores de laboratorios, titulares de cátedras prestigiosas y científicos con poder. Si hay algo que se cristaliza en un congreso de profesionales de cualquier tipo es el egoísmo y la soberbia. Pero no era momento para planteos filosóficos: tenía dos horas para conseguir mi objetivo.

Hasta ese momento, si bien no había encontrado la cura del SIDA, en mi búsqueda había descubierto algo muy interesante y valioso. Así se lo hice saber al primer interesado en mi poster:

—Los virus wildtype de VIH tienen aproximadamente unas 270 glicoproteínas gp120 a lo largo de toda su cápside. Estas son las responsables de asociarse específicamente con los receptores de membrana CXCR5 y CD4 de los linfocitos T humanos para poder entrar en las células del sistema de defensa. Para que entienda, las gp120 serían algo así como las llaves que encastran perfectamente en las cerraduras CXCR5/CD4. Yo pensaba que anulando algunas llaves se podría evitar que el virus entrara a la célula, y para corroborar esto fabriqué mediante ingeniería genética vectores virales con diferentes cantidades de gp120 en su superficie, utilizando promotores inducibles por doxiciclina que cloné upstream del gen gp120. Desafortunadamente, mis vectores, que poseían tan sólo de 2 a 4 gp120 en su superficie, eran tan infecciosos como los virus wild type, es decir que el virus puede acceder a la célula solamente con una, dos o tres de sus llaves.

El hombre entornó los ojos, sopesando mis palabras. Pensó durante unas fracciones de segundo y dijo:

—Pero entonces… usted fracasó.

Pensé en Marc, y lo insulté en silencio por haberme obligado a participar en esa farsa. Respiré hondo. Resistí a mis ganas de gritarle al tipo y traté de ser más civilizado.

—No lo diría de esa forma, porque eso que usted llama “fracaso” permitió evitar que se desperdiciaran millones de dólares en investigaciones focalizadas en inhibir a la gp120 para sortear la entrada del virus a la célula. Es químicamente imposible bloquear de manera eficiente a todas las gp120 de la superficie de un virus.

El hombre se tocó la barba, sonrió y se alejó. Los minutos pasaban sin detenerse, como la gente a mi alrededor. Y no es que necesitara halagos, tan sólo quería que alguien me pagara un sueldo para poder continuar. Estaba a punto de descubrir nuevas soluciones para viejos males... ¿nadie se iba a dar cuenta de eso? Quizá sí. Un hombre regordete de rostro rosado y cabello rojo esperaba que yo lo conquistara. Le sonreí, y volví a intentarlo:

—En el camino, logré reemplazar los genes que le permiten al virus wild type del VIH reproducirse dentro de la célula: gag, pol, tat, rev, nef, vif, vpr y vpu. Los reemplacé por otro tipo de genes, como alguno de los genes de interleukinas para, así, convertir al virus en un vector viral.

El interesado bufó en inglés diciendo que no había entendido una sola palabra porque no hablaba francés.

—Puedo decírselo en inglés, si quiere —dije en inglés, pero el tipo ya se había alejado en dirección a Caroline. Ojalá ella tuviera mejor suerte.

—Rach. ¿Usted es Esteban Rach?

Bajé la vista para descubrir al anciano que estaba frente a mí. Ojos claros, gorra calada, saco a cuadros marrones y negros, camisa blanca, pañuelo con estampados búlgaros protegiéndole el cuello apergaminado y un acento francés heredado de varias generaciones. ¿Sería un científico? ¿El dueño de un laboratorio multinacional? No podía desperdiciar su interés:

—Sí. Gracias al apoyo invalorable del gobierno francés, pude realizar una investigación que me permitió…

—No se preocupe. No me interesa nada de eso —dijo el anciano, con un ademán correcto, casi afectado.

—Puede ver a los otros expositores… quizá alguna de las investigaciones le resulte más interesante —dije, a la defensiva.

—No me interesa ninguna.

Me encogí de hombros, y me dediqué a seducir con mis avances a un profesor norteamericano que parecía interesado en la utilidad de los virus manipulados genéticamente para curar otras enfermedades. Durante los diez minutos en que conversé con el profesor, tratando de conmoverlo, de mostrarme valioso, seguro y con ganas de trabajar, el anciano permaneció cerca de nosotros como si esperara el momento oportuno para opinar sobre el tema. Pero no lo hizo. El que sí se mostró interesado fue el otro:

—Si lo que usted dice es cierto, se podría manipular el VIH para que pueda acceder a todo tipo de células humanas y llevar cualquier gen…

—Exacto, cualquier gen que cumpla con ciertas restricciones de tamaño —dije, porque de eso se trataba mi único logro.

—Me interesa —dijo y, tendiéndome la mano, se presentó—: Eric Foreman, departamento de investigaciones del Hospital de Niños de la Escuela de Medicina de Harvard. Busque mis trabajos por PUBMED y escríbame a mi correo si le interesa desarrollar un vector que entre en músculos humanos enfermos.

Harvard. Harvard. Harvard. Cuando Foreman se fue, solté el aire de mis pulmones con alivio. Al menos podía anotarme un punto, aunque fuera el ínfimo interés de un posible contacto.

El aire acondicionado, la nostalgia por el laboratorio, los nervios o la indiferencia de los presentes, algo estaba secándome la garganta. Me alejé durante unos segundos y regresé con otro café. El anciano seguía allí. Entonces adelantó la cabeza y dijo:

—Usted es el nieto de Alexander Rach.

Y me volqué el café encima. Ofuscado, miré al anciano con un gesto que buscaba que se diera cuenta de dos cosas: que era el culpable de que me hubiera ensuciado la camisa y que debía dedicar ese tiempo preciado a otras cosas. Indiferente a mis intenciones, el anciano primero entornó los ojos y luego sonrió, satisfecho:

—Te parecés a Alex… la nariz, los ojos. Soy Antoine Boulard. Un amigo muy cercano de tu abuelo.

—Si me disculpa, tengo trabajo.

—Entiendo, entiendo. Los científicos son personas importantes —dijo con ironía.

Entonces introdujo una mano en el bolsillo interior de su saco y retiró una pequeña tarjeta escrita con tinta roja. Me la tendió, la leí. Su nombre y apellido, y una dirección en la ciudad de Niza.

—Tengo algunas cosas que pertenecían a tu abuelo y me gustaría entregártelas.

—¿Y por qué no me las trajo?

—Son muy íntimas. Además, preferiría entregártelas en mi casa porque tengo que explicarte varias cosas sobre lo que vas a recibir.

Boulard debía tener la misma edad que mi abuelo Alex hubiera tenido de continuar con vida, y esa intimidad que anunciaba podía ser la confirmación de años y años de especulaciones, secretos familiares y sorpresas. Definitivamente, prefería seguir apostando por mi futuro como científico y no por los secretos de mi pasado familiar.

—No tengo tiempo —dije, y no mentía.

Boulard parecía sorprendido por mi reacción.

—Vos eras su nieto preferido. ¿No querés que te cuente cosas de él?

No le contesté. El público ya comenzaba a alejarse de la poster session en dirección a las mesas donde se serviría el almuerzo. Me quedaba poco tiempo… Concentré todas mis neuronas en la doctora miope y sueca que ahora me preguntaba si podía explicarle cómo había desarrollado mi breve descubrimiento y si esos virus modificados genéticamente se podrían utilizar para algo que no logré escuchar porque Boulard había vuelto a la carga:

—A tu abuelo le hubiera gustado que vos sepas más cosas de él. Era un ser extraordinario. Pensalo. Yo mañana te voy a estar esperando a las siete para cenar.

—Estoy trabajando...

Boulard sacudió la cabeza, resignado, y al fin se marchó. El resto del día lo pasé ansiando preguntas ajenas sobre retrovirus y genes que no me hicieron y acallando preguntas personales que me hacía y no quería contestar.

Cuando llegué al hotel las migrañas ni siquiera me permitían mantener los ojos abiertos. Cerré las persianas, me quité la ropa manchada con café, tomé una pastilla con ergotamina y me acosté. Mis nervios y Boulard habían arruinado un congreso que debía ser el trampolín hacia un gran futuro profesional que cada vez se alejaba más. En lugar del éxito, lo que llegaba hasta mí era una historia familiar silenciada por mis propios padres, por el dolor, por los secretos y la ausencia de ese abuelo al que yo tanto había querido y ese padre ausente que mi propio padre había preferido olvidar.

FRUSTRADO

Esa noche, por primera vez en varios años, volví a soñar con la muerte de mi abuelo. Me desperté asustado, tan asustado como el día en que Alex murió. Me duché, me vestí y bajé al lobby del hotel para desayunar. Elegí una mesa apartada. Los demás congresistas comenzaron a llegar poco a poco. Nos deseamos los buenos días con una amabilidad esterilizada: sin tocarnos, sin mirarnos a los ojos. A ninguno le había ido mejor que a mí, y nuestras caras eran una mezcla de cansancio, frustración y nostalgia por regresar a nuestros claustros. Un grupo de españoles se ubicó en una mesa junto a la mía. Hablaban de la fiesta de cierre del congreso que se haría esa tarde en un museo de la ciudad y de la posibilidad de conseguir un poco de absenta para aliviar las tensiones de los últimos días.

Como teníamos la mañana libre, alquilé una bicicleta y decidí gastar la energía pedaleando por la ciudad. El día era perfecto: el sol calentaba sin abrasar, el viento que llegaba del mar era fresco y la gente que andaba por la calle lo hacía en autos último modelo que valían más que la beca anual de cualquier estudiante de doctorado. Durante los últimos años, los paisajes de Francia, el sol, las montañas y el mar habían sido el contrapunto perfecto para mis largos encierros en el laboratorio o en mi oficina, donde pasaba horas dedicado a escribir mi tesis. Los museos y el aire libre eran algunas de las pocas cosas que podían alejarme por un rato de mis investigaciones. Ahora, el solo hecho de que la continuidad de todo eso estuviera en peligro bastaba para deprimirme. Necesitaba ver el mar, tocar la arena y descansar un poco.

Con los años me había acostumbrado a las playas del Mediterráneo: curvas, ocultas en pequeñas calas de no más de cien metros, tan distintas a las playas argentinas en las que la línea costera es una aburrida recta que comienza al sur de Buenos Aires y termina al sur, bien al sur, pasando por la Patagonia hasta alcanzar el Cabo de Hornos. Las playas de Juan Le Pin eran tan estrechas que permitían a los bañistas ir de la barra del bar hasta el mar sin que se les calentaran los tragos y sin que se quemaran demasiado los pies. Hasta en eso Europa me resultaba tan funcional al ocio.

Aunque intentaba no pensar en eso, la visita de Boulard me había enfrentado con el silencio que había seguido a la muerte de mi abuelo Alex. Efectivamente, yo era su nieto preferido. Pasábamos mucho tiempo juntos, tanto en su casa de Palermo como en su quinta de Cardales. Mi abuela murió antes de que yo naciera, y mi padre, Goyo, apenas si tenía contacto con Alex. Amparado, o bien ocupado por su trabajo de vendedor de la empresa Union Autos, durante la infancia de Goyo, Alex había pasado largas temporadas viajando por el interior de Argentina. Mi padre se había acostumbrado a su ausencia, tanto que cuando él creció y mi abuelo dejó de trabajar, siguieron sin tener un contacto frecuente. La distancia entre ellos era algo natural. Sólo volvieron a verse cuando nací yo y mi abuelo comenzó a dedicarme todo el tiempo que no le había dedicado a su propio hijo.

Frente a mí, sobre la playa, dos hombres caminaban junto al mar tomados de la mano, vestidos con unos trajes de baño minúsculos, los cuerpos bronceados y marcados por horas y horas de ejercicio. Por un momento, envidié su despreocupación. Luego, pensé en mi abuelo. Aceptar que Alex tenía una doble vida era darle la razón a mi padre.

Regresé al hotel poco después de mediodía. En el lobby, varios congresistas bebían tragos y conversaban, excitados. Al pasar, Caroline me hizo una seña para que me acercara.

—Vas a ir a la fiesta, ¿no? —preguntó.

—Supongo que sí. Quizá sea la última oportunidad de conseguir un trabajo…

—Basta. Hoy sólo tenemos que divertirnos —dijo ella, sonriéndome.

—¿No te deprime no saber qué va a ser de nosotros y de nuestras investigaciones?

—Mañana vamos a tener tiempo para eso.

La dejé hablando sola. A veces me cuesta simular la frustración. Subí a mi habitación y llamé a Céline. El teléfono sonó dos, tres veces, hasta que ella al fin atendió.

—Hola, amor —dije, como quien repite una oración religiosa.

—¿Quién es?

—Esteban.

—Hola, ¿cómo te fue?

—Mal.

—Pero… ¿cómo? Si sos uno de los mejores genetistas…

—Justamente por eso. Soy científico, pero para que me vaya bien tendría que ser un Relaciones Públicas.

—No importa, intentalo.

—Ya es tarde. No sé para qué vine. Me hubiera quedado en Montpellier aprovechando los últimos momentos de la beca para terminar mi tesis.

—Tenés que mostrarte. Nadie va a ir a llevarte una beca o un trabajo al laboratorio.

—¿Por qué no?

—Porque no funciona así. Me lo explicaste vos.

—…

—Te quedaste callado —dijo Céline.

—Estoy un poco cansado, hoy salí a pedalear. Encima esta tarde es la fiesta de cierre y…

—Tenés que ir. Tenés que hacer lo imposible para conseguir una beca y quedarte en Francia, amor.

—Bueno, si no la consigo vos podés venirte conmigo donde yo consiga trabajo.

Esta vez, la que hizo silencio fue ella.

—Bueno, voy a prepararme para la fiesta.

—Te extraño.

—Yo también.

Me duché, me vestí y me dirigí al Château Grimaldi, donde se encontraba el Museo Picasso. Al llegar, busqué la barra donde servían tragos y pedí una cerveza fría. Me sentía extraño, pero lo peor era que llevaba veinticuatro horas tratando de matar una voz que gritaba dentro mío y me acusaba de cobarde y traidor de aquel abuelo que me había enseñado a jugar al ajedrez, que me había regalado mis primeros juegos de química y que había muerto violentamente, frente a mis ojos.

A mi alrededor, genetistas, biólogos moleculares, médicos y doctores conversaban en un tono parecido a la despreocupación. De a ratos, cuando entraba alguien importante, las sonrisas se esfumaban y todos nos poníamos nerviosos. Recorrí el museo mirando decenas de cuadros de Picasso y algunos pocos de Léger y Miró. Tres cervezas más tarde ya había aceptado dos cosas: que no iba a obtener nada positivo de la fiesta y que Boulard me había provocado una curiosidad enorme. ¿Por qué razón debía escaparme de lo que él tenía para decir?

De pronto, envalentonado por las cervezas, tomé una decisión. Salí a la calle, me dirigí a la estación de tren y saqué un boleto hacia Niza, dispuesto a escuchar lo que tenía para decir el amante de mi abuelo.

CURIOSO

Los efectos del alcohol se disiparon a medida que el tren se acercaba a Niza. Cuando se detuvo en la estación, sólo me quedaba un leve mareo y la sensación de estar cometiendo un error. Sin embargo, algo me llevó a tomar un taxi en dirección a la casa de Boulard. No era valor, tampoco el cariño hacia mi abuelo. Sólo curiosidad: ¿cómo había hecho Alex para ocultarles a todos su doble vida? ¿Cuánto había sufrido por ser rehén de una época plagada de discriminaciones, señalamientos y “buenas” costumbres?

Al bajar del taxi, en la puerta de la casa de Boulard me recibieron dos enormes dogos de Burdeos de color marrón. Estaban echados en el césped, y transpiraban por la lengua bajo los últimos rayos de sol. No me ladraron. Apenas si me enseñaron los dientes, como si ese fuera el único movimiento que les permitía el mes de junio. Les hablé en francés. Entonces cruzaron el jardín lentamente y vinieron hacia mí ladrando y moviendo sus pequeñas colas. Uno de ellos se alzó sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras sobre mi cintura para olerme de cerca, mientras el otro corría en círculos a nuestro alrededor. Tuve una agradable sensación de estar en casa, como cuando vivía entre los guajos. Después de todo, Boulard era una especie de dimensión censurada de mi abuelo.

—Marx, Engels —gritó Boulard desde la puerta. 

Sonreía, satisfecho.

Seguí a los perros hacia la casa. Boulard me estrechó la mano con fuerza y señaló la mesa preparada para dos comensales.

—Sabía que ibas a venir.

Entré.

Todo en el interior era madera, alfombras y sillones de almohadones blandos. Boulard me señaló un sillón, y me senté. Mientras él se dirigía a la cocina yo me dediqué a mirar las paredes: medallas enmarcadas, fotos en blanco y negro de grupos de hombres y mujeres fumando, Boulard de joven sosteniendo un fusil, un grupo de soldados de pi ...