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RANDOM

Estanislao Bachrach  

5


Fragmento

Prólogo

—¿Y? —preguntó Antonio cuando clavé los ojos en el microscopio.

Alcé la vista. El corazón me daba saltos dentro del pecho. Atónito, dije:

—No puede ser… Pasame los músculos de otro ratón inyectado.

El segundo ratón mostraba lo mismo: ni rastros de fibras enfermas. El ratón estaba completamente curado.

—No lo puedo creer —dije.

—¿Qué pasa?

—Están curados. No hay rastros de la distrofia, las fibras musculares están perfectas —grité.

Abrimos los cinco ratones que habíamos inyectado y en todos ellos encontramos lo mismo. La enfermedad había desaparecido. Habíamos encontrado la cura.

Fueron horas de excitación. Mientras abría un cadáver tras otro, en mi cabeza pasaban imágenes de mi propia consagración: “científico argentino en Harvard encuentra la cura a la distrofia muscular de Duchenne a través de la ingeniería genética, la biología molecular y la terapia celular”.

—No hay rastros de la distrofia —dije, emocionado, mirando a Antonio.

—Eureka —dijo Antonio.

—Todavía tenemos que analizar los dos grupos control, pero hoy no llegamos.

—Mañana preparamos las muestras de los ratones enfermos a los que inyectamos solución fisiológica y células enfermas no curadas, los analizamos, confirmamos estos datos y a la noche Foreman te propone en Estocolmo para el Nobel —dijo Antonio sin ironías.

Agradecí que fuera latino: y agradecí que no temiera abrazarme para mostrarme su apoyo y felicidad.

—Llamemos a Foreman —dijo.

—No, mañana después de analizar los grupos control —dije.

Pero lo cierto es que me temblaban las manos. Ya era la hora de dar clases, pero no podía pensar en nada más que en mi éxito. Desde un teléfono del bioterio llamé a un compañero de cátedra y le pedí que me reemplazara en la clase de esa noche.

Al salir del Hospital, sentía que no cabía por los pasillos. Miraba a la gente con la que me cruzaba con ganas de detenerlos y gritarles que estaban delante de un inminente premio Nobel. Llegué a mi casa y lo primero que hice fue llamar a mi mamá. Me atendió el contestador:

—Hola, señora Rach. Quiero contarle que su hijo encontró la cura para la distrofia muscular de Duchenne y dentro de poco va a ganar el Nobel. Estoy como loco ma, no lo puedo creer. Estoy feliz —dije y corté.

No sabía qué hacer. Me sentaba, encendía la tv, me incorporaba, miraba por la ventana, me servía un vaso de vino y volvía a sentarme. Lo había logrado. Al fin había conseguido algo importante para la ciencia.

PRIMERA PARTE

INCÓMODO

El día que cambió mi vida me encontraba en Juan Le Pin, un paraíso a orillas del Mediterráneo sobre la Costa Azul francesa. Llevaba tres días extrañando mi laboratorio, encerrado en un centro de convenciones delante de unos posters que yo mismo había preparado con imágenes de Western Blots, fotos de inmunofluorescencias de distintas proteínas y algunos textos de Word a la espera de que alguien se acercara y se interesara por mi trabajo. Marc, mi director de tesis de doctorado, había insistido en que viajara para exponer los logros que había conseguido al estudiar cómo el VIH entra en las células y, de esta manera, justificara ante la comunidad científica la beca que desde hacía cinco años me pagaba el CNRS, un organismo del gobierno francés. Durante esos últimos cinco años mi vida había sido perfecta: pasaba el día dedicado a mis investigaciones en los laboratorios P2 y P3, y el tiempo libre paseando en moto, participando de reuniones sociales, disfrutando la gastronomía, el clima y la vida placentera del sur de Francia. No tenía un solo motivo para quejarme. Sin embargo, mi beca estaba llegando a su final, y la posibilidad de no poder seguir haciendo lo que me apasionaba en un lugar así era un motivo suficiente como para preocuparme. Si bien estaba escribiendo mi tesis, y había publicado dos artículos importantes como primer autor y otros dos como colaborador, sabía que eso no bastaría para poder conservar mi lugar en Montpellier. Por eso había aceptado el consejo de Marc y había viajado al congreso: si la ciencia era mi pasión y yo era tan bueno en lo que hacía, necesitaba salir del laboratorio para que todos se enteraran de eso y alguien se dignara a darme una nueva beca para poder continuar.

Debía esperar que terminara la conferencia del futuro premio Nobel Eric Kandel y que los asistentes, todos científicos de menor o mayor importancia y éxito, recorrieran el círculo de poster sessions y se interesaran en lo que yo tenía para mostrarles. Mi objetivo era convencer a todos de que mi potencial era enorme, de que mis estudios aún no estaban concluidos y que sus resultados podían ser tan valiosos para el Estado francés como para el resto del mundo científico. Sólo debían darme otra beca. Aunque, en el fondo, tenía la vana ilusión de lograr un contrato profesional y un salario mejor que me convirtiera en un científico pago y me exorcizaran de la condición de eterno estudiante becado.

A mi alrededor, otros doctorandos observaban sus propios carteles con la ansiedad de un condenado a muerte. Todos estábamos incómodos por haber tenido que alejarnos de nuestras investigaciones para actuar en aquella especie de feria americana que era el congreso, pero queríamos brillar, necesitábamos brillar para poder regresar a nuestros laboratorios con un botín que nos permitiera seguir trabajando. Sin embargo, todos escondíamos algo: una cosa era brillar mostrando los avances de nuestras investigaciones y otra muy distinta era exponernos a que nos robaran las ideas y los conceptos que aún no habían sido convertidos en bronce por alguna publicación científica de renombre. Era como estar entre la espada y la pared, salvo que la espada podía ser la herramienta que nos permitiera seguir avanzando.

Nervioso, cansado de estar de pie, miraba con nostalgia el sol que entraba por la única ventana del salón sabiendo que a esa hora mis compañeros del Instituto de Genética Molecular de Montpellier debían estar dejando su trabajo para ir a almorzar a la playa. De a ratos bebía sorbos de café observando a mis colegas. Jóvenes tan instruidos, capaces de pasar días y noches enteros con los ojos fijos en un microscopi

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