Loading...

REC & ROLL

Mario Breuer  

0


Fragmento

Prólogo

Cumplí mis 17 años en el estudio de la calle Perú con Mario Breuer, Beto Satragni, Amílcar Gilabert y Jorge Da Silva.

Esa madrugada fuimos con Mario a comprar medialunas tibias. Tiempo después nos encontramos en una esquina de la avenida Santa Fe. Yo tenía pensado viajar a Los Ángeles con Bob Wilkison, un cantante bilingüe que había conocido en Beccar, en la casa del contrabajista Pablo Aslan. Y viajamos. Un día, mientras miraba instrumentos en un negocio de música, conocí a un guitarrista que vendía porro en Venice; entonces estacionó una limusina afuera y entró alguien de parte de Stevie Wonder para comprar una pandereta. No sé si no tocamos en un hotel Holiday Inn con Bob o con el guitarrista del porro. Mario estaba estudiando ingeniería de sonido en la Universidad de Los Ángeles y trabajaba instalando pasacasettes en West Hollywood. Ya no recuerdo si me había dejado una dirección o un teléfono, pero aparecí por donde vivía. Y allí fue donde compartimos sueños que se sueñan en voz alta y despiertos, que compaginábamos con mis habituales compras de discos —eso que ahora se llama vinilo— y las clases de Mario… Luego grabamos juntos mis primeros demos con Gringui Herrera y Julián Petrina, el primer demo, los discos de Los Abuelos de la Nada en el estudio Del Jardín y mis primeros cuatro solista. Es decir, todo; hasta que me vine a Madrid para reformularme como Los Rodríguez.

Mario es un hermano para mí. Mi madre lo quiere y siempre pregunta por él. Todo lo que hicimos juntos lo pensamos (atrevidos) alguna vez y —ahora creo— era nuestra única posibilidad (en el mundo), pero una que no se nos iba a ir de las manos. Redoblamos esfuerzos para producir buenos grupos en la segunda mitad de los 80: la sociedad funcionó perfectamente. Aún hoy los discos de Enanitos Verdes y Don Cornelio y la Zona suenan estupendamente, perfectamente actuales y poderosos, con muchos detalles y ese gran sonido que Mario ofrece porque ama la música y graba con corazón y cabeza. Se puede decir, sin exagerar, que Mario define el sonido “bueno” de los 80, el que sí suena bien. Dicho esto con mucho afecto por Amílcar y Da Silva, los maestros. Yo me fui (o me vine) a Madrid en septiembre del ’90, Mario terminó su peregrinación en los estudios de la calle Segurola y se instaló en su casa natal, estudio que después trasladó una, dos y hasta tres veces. Sin dejar de grabar, de enseñar y de sonar muy bien.

Aun a pesar de aquella juventud, que nos encontró experimentando con ácido lisérgico y probando los porros hawaianos y los primeros indoor, sentimos que no pasó el tiempo. La diferencia es que las nieves del tiempo platearon las barbas de Mario, que está más flaco, que ya no maneja aquel Chevrolet Corvair que compró de segunda mano por 300 dólares. Volvimos a grabar cuando estaba instalado en mi estudio-hogar, hicimos sonidos de conciertos en vivo importantes y conservamos una amistad que no se dobla ni se rompe.

Qué privilegio presentar a mi gran amigo y actual maestro de las grabaciones de discos.

ANDRÉS CALAMARO

Capítulo 1
Breuer por Mario

Él tenía 18 o 19 años y yo tendría unos 23. Año 1980. Estábamos en Los Ángeles, nos tomamos un ácido y fue una noche de promesas y juramentos en el baño. Dimos unas vueltas por el centro y volvimos a mi departamento. Andrés Calamaro estaba acostado en la bañera y yo sentado en la mesada. Nos pasamos la noche despiertos, haciendo planes para el futuro: que Andrés iba a grabar un disco solista, que íbamos a trabajar juntos con Charly García, que nos íbamos a ir de gira, que íbamos a invitar a Spinetta y a Lebón y a Gieco a nuestras producciones, que yo iba a grabar con Fulano, Mengano, Zutano, Perengano… Todos. No teníamos el teléfono de ninguno. No conocíamos a esa gente. No éramos nadie. Era el viaje de ácido de dos chabones en Los Ángeles.

—Bueno, pongámosle plazo a todo eso.

—¿Diez años, te parece bien?

Unas horas después salimos al balconcito de mi departamento y, en un momento, vi un destello en el cielo. Le dije a Andrés: “¿Vos viste eso?”. “Yo vi como un rayo de luz”, me respondió.<

Recibe antes que nadie historias como ésta