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RESCATE EN MANAGUA / EL PRETEXTO DE PARíS

Jorge Asís  

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Fragmento

Tristes tardes del Diario de la Argentina. Pozo inerte, cono de absurdos, simplemente la nada; la pérfida sensación de una muerte lenta, interminable. Semanas enteras de desperdicio total, las excusas eran inútiles pero transitoriamente conformaban. Porque no había espacio, por ejemplo, y los avisos se publicaban a doble página; los textos —parecía— se escribían para rellenar el espacio que dejaba libre la publicidad, o para no dejar blancos.

—Entendelo, mirá las páginas —decía Papito, cuando lo avasallaban—. No trabajés, pasala bien, ¿de qué te quejás?

Sin embargo, Papito igual lo quería ahí, en la cuadra, disponible detrás del escritorio, a mano en el buffet, pero adentro de la red. Por supuesto que no siempre los inconvenientes se limitaban a la carencia de espacio, tal vez ocurría apenas que no le daban importancia, lo mantenían relegado, desplazado, haciendo tiempo, juntando orín, en jornadas repetidas hasta la memoria; ponía una carilla en la máquina tan solo para fingir, porque le daba cierta vergüenza que los compañeros que tecleaban sin respiro lo vieran así, sin tareas, “robando” el sueldo, esperando sobre todo el apresuramiento de las infernales agujas del reloj colgante, un cable desde el techo. Opaca tierra de nadie, Rivarola, asumirse como parásito, estropearse. Llegar a las cinco de la tarde, ir a buscar el paquete de los diarios, leerlos hasta las seis, bajar a las seis al buffet con el dramático Gitano Cuevas, con el menos problemático —pero también postergado— Milutinovich. Compadecerse y confraternizar alrededor de una mesa, el Gitano dejaba enfriar su café con leche porque tampoco quería subir. Pero subir finalmente a la cuadra, a eso de las siete, para mentir con un poco de pudor. Por ejemplo Cuevas también ponía una carilla en su Lexicon (que trababa con candado), pero para responder una carta hasta al último lector que se había maravillado con las brillosas imágenes —sus floripondios, decía Papito— de alguna de sus notas editada vaya a saberse hacía cuánto, en la revista antigua de los domingos. Por su parte, el equivocado Rivarola se dedicaba a creer que con un bosquejo argumental podría iniciar una próxima novela (que nadie le editaría). ¿Cuántos bocetos de novelas habrás construido en horas de trabajo, caído Rivarola? En cambio, Milutinovich era mucho más seguro, más sólida su decadencia coyuntural, no necesitaba fingir con ninguna carilla para entregarse a la continua profundidad de su nirvana; sentado, se cruzaba de brazos, y se disponía a esperar. Podía así sorprenderlo parsimoniosamente la muerte. No obstante, en general cabía la posibilidad del comentario, o de la conversación, algunos de los tantos que desfilaban por la cuadra podían detenerse. Y no se trataba exclusivamente de Murphy, el de los artículos nacionales, en una interrupción de su persistente peregrinar de ida y de vuelta, desde Políticas a la Mesa del Pecado. Aparte, los tres redactores estrella tenían otras ventajas, por ejemplo podían hablar por teléfono. Cuando Cuevas recibía un llamado, hacía lo imposible para que su interlocutor no le cortara nunca. Ocurre que el teléfono suele ser el recurso ideal para demostrar que uno está ocupado, para que pasen los difíciles minutos, Cuevas pasaba tal vez media hora hablando, y entonces, si alguien intentaba llamar a Milutinovich o a Rivarola, debían pasarles las comunicaciones a otros internos, generalmente al del tío Repetto, del escritorio de al lado, atareado el viejo coordinador con el “mono”, y con la distribución del espacio.

¿Cuántas veces fuiste, Rivarola, hasta el baño, solamente para hacer algo? ¡Si habrás orinado sin ganas en tu vida! A lavarte la cara, a mirarte en el espejo, como diciéndote: esperá, esperá, ya vas a poder escaparte de la red, aguantá, no te vayas ahora porque sería una locura, una irresponsabilidad, aguantá hasta fin de año, qué te cuesta, el aguinaldo, las vacaciones, enseguida llega marzo y se pone en movimiento el país, a lo mejor te sale algo nuevo, mejor, una revista, tal vez la televisión, guiones de cine; pero resistí la tentación explicable de mandar el telegrama de renuncia, el Diario de la Argentina será una porquería, pero así y todo es el mejor lugar para trabajar, vas a ver que si comparás es peor, los otros sitios son todos peores, gil. Era 1979 y todavía había que esperar, saberse un desperdiciado, nadie aceptaba publicar sus libros pero después de todo aquella etapa era linda, se cargaba de justificaciones macizas, era un escritor “injustamente olvidado” que se refugiaba con un nombre falso en el periodismo, y por lo menos una vez a la semana firmaba crónicas costumbristas como “Bartolomé Rivarola”. Producía sus notas —que presuntuosamente llamaba aguafuertes— a medida que se publicaban, acostumbraba tener como tres notas en la “parrilla”, es decir, en lista de espera, de manera que también iba alejándose del periodismo (¿como de la literatura?), al divorciarse de la caliente actualidad tan olvidable; al fin y al cabo ahí adentro era una especie incierta de colaborador, pero efectivo, con aguinaldo y Médicus, que escribía textos atemporales y deterioraba su tiempo en la plácida red. Y se entregaba, también, a las mujeres, hacía grandes macanas, protagonizaba romances inocentemente terribles; se sentía un inútil, un canalla, pero protegido, la red después de todo era tibia, maternal.

Esperá. Volvía entonces al escritorio, a fumar de más; a esperar como sus compañeros, las estrellas de la sección creativa, la hora prudencial para escaparse. Vos esperá. Y el que iba a hacer de su vida una grandísima obra de arte, el inservible, el mínimo ladrón de sueldos producía tal vez otra nota, con la tranquilidad de saber que si la hacía o no era lo mismo, nadie aguardaba para editársela. Entonces no tenía la menor urgencia en entregarla, podía hacerla en tres horas y tal vez invertía tres días, la bordaba como si fuera un texto de Borges para una antología, pero al publicarse, casi seguramente un lunes, muy pocos se daban cuenta del rigor, y pasaba, creía, inadvertida. Ni escritor ni periodista, Rivarola, apenas un sobreviviente que mira el reloj. Sentía que se había acabado su ciclo, pero ¿cómo salir de la red? Vos solamente esperá. Aparte, otros le envidiaban el supuesto sitial de privilegio que le deparaba, hacia afuera, hasta cierta importancia, los profanos no tenían el menor derecho de saber que ahí adentro también era todo mentira. Largas tardes de pozo inerte, cono de absurdos, la habitualidad se había convertido en un aburrimiento cómodo, y los lunes, en días de diario muerto, eminentemente deportivo, Natalidad Infantil le sacaba, como para cumplir, algún “Rivarola” del stock, sacaba la nota del cajón de la “parrilla”, salvaba una página, para que Rivarola mantuviera el febril encanto de su escaparate, que tanto servía para amenizar la espera.

Sin embargo, de pronto podía quebrarse abruptamente la monotonía, y Rivarola por ejemplo se sentía vibrante, necesario, periodista en una palabra. Tenía demasiada energía y necesitaba, al decir de él, volcarla, porque, en caso contrario, tanta fuerza se le volvía en contra, como un búmeran, hasta deprimirse insólitamente como un estúpido del montón, convertirse en una carga o, lo que era peor, en su enemigo más cruel. En el diario uno tenía que luchar hasta lo imposible para no ser aplastado, porque, en la primera de cambio, se pasaba de la nada al todo, del desperdicio deteriorante a la utilización más feroz; después de todo, le costaba resignarse a aceptar que se trataba apenas de una pieza que Papito Aizenberg manipulaba cuándo y cómo le parecía, a su exclusivo antojo. Pero tal vez la cuestión era desmesuradamente vulgar, porque lo usaban cuando Aizenberg, en medio de tantos conflictos y tensiones, se acordaba de su existencia, o de la del Gitano Cuevas, que sufría, a su manera, mucho más. En realidad, Papito estaba tan lleno de problemas que no quería ningún otro, prefería que su elemento Rivarola se manejara solo, o sea mal, que administrara aunque sea para el demonio el ritmo de

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