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ROTH DESENCADENADO

Claudia Roth Pierpont  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Me disponía a marcharme de una concurrida fiesta de cumpleaños, en diciembre de 2002, cuando el anfitrión me detuvo en la puerta y me dijo que si me quedaba me presentaría a Philip Roth, cuya obra sabía que admiraba. La fiesta era en un club de jazz del centro —el atento anfitrión, y homenajeado, era el crítico de jazz Stanley Crouch—, y Roth estaba sentado a la barra, rodeado de gente. Con un arrojo alentado por Stanley y un par de cervezas, me acerqué a él y le espeté que creía que era uno de los grandes novelistas estadounidenses del siglo veinte. Roth sonrió y me dijo: «Pero estamos en el siglo veintiuno». Entonces se volvió hacia Stanley, a mi lado, y le dijo: «¡Me presentas mujeres y ellas van y me insultan!». Todos reímos, y yo añadí algunas cosas más con la esperanza de que no fuesen tan comprometedoras. Luego me fui. Roth no tiene el más mínimo recuerdo de que esto sucediese jamás.

Casi dos años después, recibí por correo un sobre con el nombre de Philip Roth y una dirección de Connecticut estampados en la esquina superior izquierda. Dentro iba una carta, breve y mecanografiada sobre un folio blanco, en la que se explicaba el contexto de una fotocopia también adjunta. Roth me escribía en respuesta a un artículo que yo había escrito para el New Yorker sobre el antropólogo Franz Boas, cuyo trabajo tocaba algunos de los temas planteados en la última novela de Roth, La conjura contra América: esto es, la amenaza que supuso la derecha estadounidense durante los años treinta y principios de los cuarenta, y la lucha contra el aislacionismo y la intolerancia, por exponer dichos temas muy a grandes rasgos y en unos términos que Roth no empleaba en ningún momento en su carta. En la fotocopia aparecía la portada de un periódico que llevaba mucho tiempo olvidado y que se llamaba In fact —«editado por George Seldes, una especie de inconformista de izquierdas», explicaba Roth—, con fecha del 17 de noviembre de 1941. Alguien se lo había enviado porque incluía un artículo sobre Charles Lindbergh, el cual, en la novela contrafactual de Roth, sale elegido presidente de Estados Unidos. Roth me lo enviaba porque también traía un artículo escrito por Boas, y pensó que podría interesarme. Mencionaba que su padre solía comprar In fact y también I. F. Stone’s Weekly: «Periódicos para atizar la indignación».

Los lectores de este libro descubrirán que no es extraño que Roth envíe este tipo de cartas a personas que escriben algo que despierta su interés. Yo respondí, él respondió, y acabamos quedando para tomar un café en la ciudad de Nueva York. Mi nerviosismo se disipó de inmediato. Roth es un orador brillante, pero al mismo tiempo le encanta escuchar: es tan divertido como uno esperaría leyendo sus libros, pero también hace que la gente que lo rodea sienta que es divertida; puede que sea la persona con la risa más fácil que he conocido nunca. Este resultó ser el primero de muchos encuentros y conversaciones.

Yo me dedico al periodismo, pero estudié historia del arte: hace media vida, escribí una tesis sobre el Renacimiento italiano y pasé muchísimas horas en los archivos europeos, buscando siquiera una frase que pudiese aportar una pizca de información o un matiz de significado a esos adorados temas de estudio que tan a fondo se habían investigado ya. El descubrimiento más nimio resultaba emocionante: era como entrar en contacto con la historia y con los grandes artistas universales, como descorrer un milímetro el telón del tiempo. Por eso, a pesar de la cómoda camaradería que Roth ha infundido a lo largo de unos ocho años conversando sobre libros y política y mil cosas más, no he dejado de tener presente ni por un momento que la posibilidad de hablar con Philip Roth sobre su obra era un privilegio extraordinario. En relación con este tema, al menos, intentaba tomar nota de todo cuanto decía.

No tenía en mente escribir este libro; no tenía en mente nada concreto. Reseñé una de las novelas de Roth en el New Yorker y al final acabé convirtiéndome en una de las diversas personas a las que daba a leer sus obras antes de publicarlas. (La primera vez que me pidió que leyese un manuscrito le dije que me sentía honrada. Él me respondió: «No te sientas honrada, porque entonces no me serás de ninguna ayuda».) Este libro empezó en 2011 como un ensayo pensado para formar parte de una colección sobre grandes personajes estadounidenses. Pero siguió creciendo, por dos motivos, principalmente: que Roth había escrito muchísimos libros, y que estaba dispuesto a hablar de ellos conmigo, largo y tendido.

Roth desencadenado es fundamentalmente un análisis del desarrollo de Roth como escritor, teniendo en cuenta sus temas, sus ideas y su lenguaje. Por fuerza, cubre un enorme espacio de tiempo: desde su infancia en Newark durante la Segunda Guerra Mundial y la indignación completamente inesperada con que fueron recibidos sus primeros relatos; pasando por la explosión literaria (y coloquial) de El mal de Portnoy, la autorrenovación que trajeron sus experiencias en Praga y el logro imaginativo de La visita al maestro; hasta la sucesión de obras maestras que publicó entre mediados de los ochenta y el año 2000 —La contravida, Operación Shylock, El teatro de Sabbath, Pastoral americana, La mancha humana—, para llegar, por último, a sus novelas, breves e intensas, del siglo veintiuno. Por supuesto, este resumen apenas menciona de pasada los puntos culminantes de una carrera que ha abarcado más de cincuenta años y multitud de fases distintas. En 2006, cuando la New York Times Book Review organizó una votación entre escritores, editores y críticos contemporáneos para determinar cuál era «la mejor obra estadounidense de ficción publicada en los últimos veinticinco años», ninguna novela de Roth quedó en primer lugar únicamente porque los votos destinados a su obra quedaron repartidos entre siete títulos diferentes. Nunca desde Henry James, creo yo, había habido un novelista en Estados Unidos que trabajase con un nivel tan sostenido de concentración y de logros, libro tras libro tras libro. Y luego tenemos los temas: los judíos en América, los judíos en la historia, el sexo y el amor y el sexo sin amor, la necesidad de encontrarle un sentido a la propia vida, la necesidad de cambiarla, padres e hijos, la trampa del yo y la trampa de la conciencia, los ideales americanos, la traición de Estados Unidos a los ideales americanos, la agitación de los sesenta, la presidencia de Nixon, la era Clinton, Israel, los misterios de la identidad, el cuerpo humano y su belleza, la proximidad de la muerte, el poder y las fallas de la memoria. Es un milagro que este libro no sea muchísimo más largo.

Roth terminó Némesis en el otoño de 2009, y pronto se dio cuenta, aunque el público no lo hizo, de que sería su última novela. Un estudio literario como este solo podía escribirse a partir de ese momento, con todo el arco de la obra de Roth completado. Pero esa despedida es también un prerrequisito para la forma un tanto híbrida que ha tomado este libro, debido a las considerables aportaciones que Roth ha hecho a sus páginas: recuerdos, observaciones, opiniones, consideraciones y reconsideraciones, bromas, historias, hasta canciones. Salvo cuando se indique otra fuente, todas las citas que aparecen en las páginas siguientes provienen de mis conversaciones con él. (Y, del mismo modo, los comentarios de sus diversos amigos proceden de mis conversaciones con ellos.) Por decirlo llanamente, Roth disponía de tiempo para hablar de su obra porque ya no estaba trabajando en ella. Y para él era emocionante echar la vista atrás y repasar la producción de toda una vida, una producción que ni siquiera había tenido tiempo todavía de recapitular más allá de esa cita con la que su héroe Joe Louis, campeón de los pesos pesados, se había despedido: «Hice todo lo que pude con lo que tenía».

Roth ha sido extremadamente generoso. Ha respondido a muchas, muchas preguntas. Me ha dejado husmear por entre los archivos de su desván de Connecticut. He hablado con él a lo largo del tiempo suficiente, y en circunstancias lo bastante diversas —en la salud y en la enfermedad, literalmente—, como para ver cambios de opinión, y he intentado dar cuenta también de esos cambios, consciente de los riesgos de dejar constancia de un pensamiento pasajero como si fuese el acta definitiva. Y ha hecho todo esto con el acuerdo mutuo de que no leería ni una sola palabra antes de su publicación. Por un lado, a estas alturas a Roth ya no le importa demasiado lo que diga la gente: no le queda nada por oír. Por otro, sabe mejor que nadie que la libertad es tan esencial para la escritura como para la vida. Y por eso, si bien este libro se ha beneficiado de un modo incalculable con la presencia de Roth, lo he mantenido decididamente apartado de mis pensamientos en lo que respecta a mi labor crítica.

Debería añadir que, a pesar de mi segundo nombre, no tengo ningún parentesco con mi célebre protagonista. Una vez, es cierto, estábamos los dos en una cena con un grupo de amigos y alguien preguntó sobre una posible conexión familiar; Roth se volvió hacia mí con una mirada ligeramente horrorizada, de cauto reconocimiento: «¡¿Yo he estado casado contigo?!». Por suerte, un momento de reflexión le hizo recordar que no era el caso.

En Zuckerman desencadenado, Roth establece una distinción entre el mundo no escrito y el mundo que emerge de su máquina de escribir —en lugar de entre el mundo real y el mundo de la ficción—, y lo hace distribuyendo el peso de una forma bastante más equitativa de lo que es habitual. Este libro trata del mundo escrito de Roth, pero no habría sido posible hablar de él sin hurgar también en el mundo no escrito: en la vida de la que tan a menudo se ha servido la obra. La biografía es más importante en unos períodos que en otros, y se utiliza principalmente para arrojar luz sobre ciertos aspectos. Pero, como dijo Roth en una entrevista para Le Nouvel Observateur en 1981: «El arte es vida también, ¿sabe? La soledad es vida, la meditación es vida, el fingimiento es vida, la suposición es vida, la contemplación es vida, el lenguaje es vida». Este libro, por tanto, trata de la vida del arte de Philip Roth e, inevitablemente, del arte de su vida.

LOS DEFENSORES DE LA FE

«¿Qué se está haciendo para silenciar a este hombre?» La pregunta, formulada por un prominente rabino de Nueva York en una carta dirigida a la Liga Antidifamación de la B’nai B’rith en 1959, contenía un tono de exigencia y proseguía insinuando una solución: «Los judíos de la Edad Media habrían sabido qué hacer con él». El condenado a esta justicia sangrienta era un escritor de relatos poco conocido llamado Philip Roth, de veintiséis años. Cuando Roth rememora esta historia de su primer choque público acostumbra a recordarse aún más joven, como si intentase transmitir la vulnerabilidad que sintió cuando sus mayores lo invitaron a la Liga para conocerlo y debatir el problema. En sus tiempos del instituto, Roth había querido convertirse en abogado para esta misma organización, y proteger a los judíos estadounidenses de la discriminación y los prejuicios legales, como les explicó a dos de los representantes de la Liga mientras almorzaban en Ratner’s, un restaurante judío de la Segunda Avenida en el cual, recuerda con cariño, «el camarero metía siempre el dedo en la sopa». Estaba claro que era un joven serio, y el almuerzo acabó siendo un encuentro amistoso. La Liga no podría haber controlado de ningún modo lo que escribía, por supuesto, incluso aunque sus miembros lo hubiesen intentado, cosa que no hicieron. («Un país libre, Estados Unidos», señalaba alegremente Roth relatando el incidente décadas más tarde.) Durante los años siguientes, no obstante, habló sobre su obra en encuentros patrocinados por diversas organizaciones judías, en los que podía defender con total libertad lo que la siguiente carta del rabino, esta vez dirigida directamente a Roth, tildaba con la misma total libertad de «concepciones de los judíos semejantes a las que condujeron en última instancia al asesinato de seis millones de personas en nuestros tiempos».

Uno de los relatos de Roth iba sobre un chaval de trece años, alumno de la escuela hebrea, que amenaza con saltar desde el tejado de la sinagoga a no ser que su madre, el rabino y todo el mundo qu

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