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Sé LAS MANOS Y LOS PIES DE CRISTO

Nick Vujicic  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Cristo no tiene cuerpo, sino el tuyo.

No tiene manos o pies en la Tierra, sino los tuyos.

Tuyos son los ojos con los que ve

la compasión en este mundo.

Tuyos son los pies con los que camina para hacer el bien.

Tuyas son las manos con las que bendice todo el mundo.

—ATRIBUIDO A SANTA TERESA DE ÁVILA, “CRISTO NO TIENE CUERPO”.

Probablemente, el primer pensamiento que te venga a la mente al tomar este libro en tus manos sea: “¿Cómo puede una persona que nació sin extremidades considerarse las manos y los pies de Jesús en la Tierra?”

Estoy de acuerdo, sin dudas, en que es una buena pregunta. Yo mismo me la he hecho muchas veces mientras iba creciendo. ¿Qué propósito podría tener Dios para un hombre sin extremidades?

La cita anterior de Santa Teresa de Ávila tuvo un gran impacto en mi vida, como podrás imaginar. Sus palabras sirvieron como uno de los muchos escalones que tuve que subir en la búsqueda de mi propósito como orador motivacional y ejemplo a imitar como un cristiano que transmite su fe a otros. No puedo hacer de todo, pero hago todo lo que puedo para impulsar a la gente a llenar la casa de Dios. Eso es lo que se supone que debemos hacer como cristianos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La verdad en torno a quiénes somos radica en la manera en que vivimos el día a día. Si quieres influenciar a otros, lo más importante que puedes hacer es ser un ejemplo viviente de los principios, los ideales y la fe que defiendes. Esto afecta, en especial, a los cristianos. La mejor manera de transmitir tus valores a otros es viviendo de acuerdo a tu fe cuando estás bajo presión, cuando llegan los desafíos y cuando la vida parece estar acumulando una dificultad tras otra.

Los que te rodean, miran y toman nota de cómo reaccionas en los momentos más duros de tu vida. Observan la forma en que amas y tratas a los demás. Juzgan tu sinceridad por la manera en que te conduces, y si es que, en efecto, vives lo que dices cuando los días oscuros asoman.

En parte, la sabiduría consiste en saber cuándo reaccionar con fuerza y cuándo dejar que las cosas pasen. No se trata de poner buena cara o de fingir una sonrisa de acero, o de ser positivo para aparentar. Se trata de sacar las fuerzas de lo profundo de tu ser y, en vez de andar vagando en la desesperación, dar un paso a la vez, en una dirección positiva.

He escrito y hablado muchas veces sobre los desafíos que he enfrentado en mi vida, porque en mi nacimiento falté al reparto de extremidades. Al describir mi vida, mencioné el tema de mi temprana crisis de fe, mi desesperanza y depresión —las cuales me llevaron a intentar el suicidio—, y cómo, finalmente, llegué a entender que yo no era un error de parte de Dios, sino que él, de hecho, tenía un plan y un propósito para su hijo “perfectamente imperfecto”.

La historia de mi vida ha sido bien documentada en mis libros anteriores, en el libro que escribió mi padre acerca de mi crianza, y en cientos de charlas y videos. En este libro trato sobre importantes acontecimientos más recientes —y algunos sustos— en mi vida. Pero es más sobre la obra de mi vida, cómo encontré mi llamado a ser las manos y los pies de Jesús en la Tierra, cómo algunos desafíos recientes han afirmado y fortalecido ese llamado, y cómo creo que tú y yo podemos expandir nuestra influencia y llevar más hijos a Dios, viviendo nuestra fe e inspirando, amando y sirviendo a otros.

En un principio pensé en ponerle el título Aventuras en la evangelización, pero, desafortunadamente, el término evangelización se ha teñido de una connotación negativa con el correr de los años en algunas partes del mundo. Lo sé.

Muchas personas se han visto desilusionadas por cristianos demasiado fervientes que, probablemente, tenían buenas intenciones, pero hicieron un acercamiento muy poco estratégico. Quizás se toparon con gente que los presionó o que estuvo más preocupada por llevar a cabo sus propios planes en vez de enfocarse en los sentimientos y pensamientos de aquellos a quienes se acercaban.

Yo creo que todos los cristianos tenemos la responsabilidad de compartir nuestra fe y llevar a otros a Cristo. Sus seguidores somos, después de todo, “pescadores” de hombres y mujeres. No podemos, simplemente, ser pasajeros de un barco. Tenemos que echar nuestras redes, porque hay un océano de gente que precisa el poder redentor del amor de Dios. Tengo la esperanza de que este libro te inspire a encontrar tu propia forma de hacerlo, en una manera que se adapte más a tu personalidad y sirva mejor a nuestro Padre celestial.

Hay muchos orando por avivamiento, otra palabra que en verdad se ha usado en exceso, particularmente en los Estados Unidos y otras partes del mundo occidental. Pero ¿cómo luce un avivamiento? Yo, personalmente, deseo cumplir el mandato de predicar el evangelio a toda criatura y ver a las personas llegar a Jesús, comenzar a tener una relación activa con él, ser transformados día a día y convertirse en verdaderos seguidores suyos.

Muchos esperan un movimiento, cuando, en realidad, la única cosa básica que Dios nos dijo que hiciéramos —contarles a los demás que él vive— no siempre la hacemos. Decimos: “Dios, muévete”. Pero Dios dice: “Me moveré a través de ti cuando tú te muevas”.

PRIMERA PARTE

DEJA
QUE TU
LUZ BRILLE

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LLAMADO A SERVIR

Definitivamente, no siempre pensé que fuera las manos y los pies de Dios, ni me veía como un evangelista que proclamaría las buenas nuevas. De hecho, si bien crecí en una familia con fuertes valores cristianos y con un padre que era pastor laico, debo confesar que, por un tiempo, en el colegio fui parte de los adolescentes que rehuían al “escuadrón de Dios”. Yo quería estar a la moda y ser aceptado por todos y, entonces, compartir tu fe a otros adolescentes no era algo considerado muy cool.

Tuve que llegar a sentirme cómodo conmigo mismo y con mis creencias antes de poder ser eficaz en compartir mi fe con otras personas. Aun después de aceptar a Jesús como mi Señor y Salvador, no era muy propenso a dar un paso al frente y salvar al resto del mundo. Yo quería ser un jugador de fútbol profesional, pero soy tan bajito que los directivos de la liga decían que nadie podría detenerme. Entonces tuve que buscar una carrera distinta, solo para que fuera justo para los otros muchachos.

Una vez que la opción de jugar para el Manchester United quedó eliminada, no estaba muy seguro de qué hacer con mi vida. Mi papá, un pastor laico, pensó que yo sería muy bueno como contador y, a falta de otras opiniones, le seguí la corriente.

Nunca había considerado que mi fe podría transformarse en mi profesión, porque era un aspecto de mi vida muy íntimo y personal. Nuestra familia de fe era la Iglesia cristiana apostólica del Nazareno, en Keilor Downs, en el estado de Victoria. Mis recuerdos de cuando asistía a la iglesia se centran mayormente en estar con mis padres, mi hermano y hermana, mis tías, tíos y primos. El servicio de adoración era una experiencia bastante social para mí.

Mi padre y mi tío Ivan cantaban como tenor y bajo, respectivamente, en el coro de la iglesia. Como pastores fundadores de la congregación, se sentaban en la primera fila con los otros miembros del coro. Yo me unía a ellos como el percusionista no oficial. Llevaba el ritmo golpeteando mi pie pequeño sobre el himnario, el cual sustituía a la batería. Más tarde me compraron una batería electrónica y, luego, un teclado que podía tocar con mi pie. Me encantaba la música, y esa era una de las partes favoritas de la iglesia para mí. Yo asociaba a Dios con todo lo que amaba hacer.

Mi padre siempre hablaba de Dios de una forma muy personal, y yo incorporé eso también. Parecía que conversaba con Dios todo el tiempo. Él era muy real para mí y siempre estaba cuando lo necesitaba. Dios no era una figura paterna ni un poder vengador, sino que era más como un amigo o mentor anciano y sabio.

Oraba todas las noches, pero no me veía a mí mismo como alguien religioso, ni soñaba con ser pastor. Nuestra familia simplemente vivía la fe. Para mí, ser cristiano era como ser serbio o australiano. Yo no creía que hubiera nada especial en ello y, ciertamente, no me sentía más santo que los demás.

Me sentí culpable por muchos años, porque tuve malos pensamientos cuando los amigos de nuestra familia, Victor y Elsie Schlatter, hicieron una presentación en diapositivas sobre su obra misionera en la salvaje Nueva Guinea. Ellos tradujeron la Biblia al inglés pidgin para los nativos y reclutaron a cientos de ellos al cristianismo. Me resultaba difícil creer que hubiera gente que nunca había escuchado de Jesucristo. Yo daba por sentado que todo el mundo lo conocía.

Confieso, no obstante, que lo que me produjo la mayor impresión fueron las diapositivas de las mujeres papuanas desnudas. Eso probablemente no fue lo que ellos deseaban que yo recordara acerca de su presentación, pero ¡eh!, yo era apenas un niño y me distraía con facilidad. Especialmente con la señorita Isabell, nuestra maestra de escuela dominical. Ella tenía el cabello rubio y corto, unos ojazos azules y una sonrisa encantadora. Me resultaba muy bonita, y ¡estaba perdidamente enamorado de ella!

Yo no era ningún santo, créeme. Me metí en problemas más de una vez por masticar chicle en la iglesia, y un domingo me atraganté con un caramelo justo antes de que comenzara el servicio. Como nos sentábamos al frente, toda la congregación vio que mi padre me agarró, me puso boca abajo y me palmeó la espalda para desatascar el caramelo atorado.

LA BÚSQUEDA DE RESPUESTAS

Esa no sería la última vez que fui salvado en la iglesia. Otros chicos podían liberar su energía nerviosa durante los servicios jugando con sus pies en el reclinatorio o tamborileando los dedos sobre los bancos. Cuando yo me encontraba ansioso, me iba hasta el último banco de la iglesia y refregaba mi nuca contra la pared de ladrillos. ¡Muy loco, lo sé! Gracias a ese mal hábito, por un tiempo yo fui el más joven de nuestra iglesia en tener una calva.

Era un poco tonto, y también algo ingenuo. Quedé totalmente confundido cuando un inmigrante sudamericano llamado Jesús se apareció en mi clase de primer grado de la escuela.

“¿Por qué te llaman Jesús?”, le pregunté, tratando de entender si acaso estábamos en el tiempo final cuando Jesús regresaba como Mesías.

Tenía mis sospechas, porque nuestra maestra de escuela dominical nos había enseñado que cuando el diablo se presentaba, decía que era el Cristo. Yo estaba a la caza de los impostores. ¡Pobre Jesús, mi compañero, que no entendía por qué razón continuaba interrogándolo acerca de su nombre!

Yo me tomaba muy en serio mis clases dominicales. Cuando tenía seis o siete años, después de aprender sobre la segunda venida de Jesús, tuve un sueño acerca del arrebatamiento. En ese sueño, yo visitaba la casa de mis abuelos, que estaba a la vuelta de la iglesia, y veía un montón de ángeles descendiendo y llevándose a las personas al cielo. Vi a uno de los miembros de mi familia ascender y esperé lo mismo para mí, pero nadie vino a buscarme. En mi desesperación y tristeza pensé: “¿Dónde está mi ángel?” Después me desperté, lo cual fue un alivio.

No quería quedarme atrás, así que redoblé mis esfuerzos por tratar de ser un buen niño cristiano. Cada domingo, en la iglesia, el pastor preguntaba si teníamos a Jesús en nuestros corazones, y yo siempre respondía que sí tan fuerte como podía, por si acaso los ángeles estaban escuchando. Nos habían enseñado que para ser cristianos necesitábamos a Dios en nuestras vidas cada día. Yo no tenía miedo de decirle a la gente que iba a la iglesia, pero no éramos tan valientes como para hablar de Jesús con los que no eran cristianos. Se suponía que eso era algo que debíamos guardar para nosotros mismos, mientras amáramos a los demás. No recuerdo haber orado abiertamente por amigos para que aceptaran a Jesús en sus vidas. Más bien, yo lo hacía en privado, así que ellos nunca se enteraban.

Los únicos evangelistas de los que hablábamos eran misioneros heroicos como los Schlatters, los amigos de mi familia. Victor y Elsie se convirtieron en mis mentores más adelante. Ellos fueron los primeros verdaderos soldados de Cristo en el mundo que yo conocí. Victor era como un personaje bíblico, un hombre grandote de cabello largo canoso y una barba gris más grande que mi cabeza. Ellos hacían que la obra misionera sonara grandiosa a mis oídos. Contaban historias fantásticas sobre la vida en la jungla y sobre gente que tomaba prisioneros a los cristianos porque no les agradaban.

Yo estaba asombrado con ellos. Eran tan exóticos como Indiana Jones fusionado con Billy Graham. En los días de su juventud, mis padres habían considerado ir como misioneros a Nueva Guinea junto con Victor y Elsie. En su luna de miel, incluso visitaron a los Schlatters para echar un vistazo a la obra, pero mi padre dijo que era una vida demasiado salvaje para ellos. A menudo solía imaginarme cómo hubiera sido mi vida si ellos hubieran decidido quedarse allí. Agradezco que se hayan quedado en Melbourne.

UNA VISIÓN SUPERIOR

Así que somos embajadores de Cristo,
como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros
(2 Corintios 5:20).

A decir verdad, creo que jamás podría ser misionero, porque los Schlatters eran personas especiales que lograban vivir y salir adelante bajo condiciones extremadamente duras. Aun así, ellos me inspiraron a hacer todo lo posible para ayudar a los pobres en todo el mundo.

Proyectaron sus diapositivas en la pared de la iglesia y ahí se veían todos esos niños desnudos, comiendo lo que parecía ser raíces e insectos. Oramos por ellos y vaciamos nuestras alcancías para ayudar a comprar comida y ropa para ellos. Yo realmente admiraba a Victor y Elsie por dedicar sus vidas a servir como embajadores de Dios.

Estaba en mi preadolescencia cuando escuché una historia muy impresionante sobre un misionero cuyo avión se estrelló en una isla remota en la zona de Papúa Nueva Guinea. Fue tomado cautivo, pero se escapó. Vi una entrevista que le hicieron, donde dijo que hubiera sido imposible para él salir de allí, pero Dios cerró los oídos de sus captores para que pudiera liberarse, tomar posesión de su avión y escapar. La película se llama Ee-Taow [Es verdad].

Después leí El hombre celestial, del hermano Yun, un evangelista chino, líder del movimiento cristiano de la iglesia clandestina allí. Me identifiqué con las historias del hermano Yun, que fue apresado y torturado por autoridades gubernamentales en China, porque mis padres y abuelos habían tenido que huir de Serbia por la persecución a los cristianos en ese lugar.

El libro de Yun dice que Dios siempre apareció para protegerlo en los peores momentos. Durante su estadía en prisión, el hermano Yun escapó de la muerte en varias ocasiones. Se suponía que iban a colgarlo, pero cuando llegó el momento, el verdugo dijo que estaba muy cansado y que, por alguna razón, se sentía paralizado. Luego le dijo a Yun que él le prometía que no lo matarían en la prisión.

El hermano Yun también cuenta que se escapó de una prisión de máxima seguridad porque escuchó la voz del Espíritu Santo que un día le dijo que simplemente saliera de su celda caminando. Él siguió estas instrucciones y caminó sin ser detenido por los guardias de seguridad; era como si fuera invisible. Aunque muchos alegan que esta historia no suena creíble, el gobierno chino dijo que su huida fue un “vergonzoso incidente”.

Era un adolescente cuando leí el libro del hermano Yun y los libros de otro cristiano valiente que me han servido de ejemplo, el exlíder pandillero de Nueva York, Nicky Cruz. Su libro ¡Corre! Nicky ¡Corre! es un clásico que trata sobre un problemático chico callejero que entregó su vida a Cristo y se convirtió en misionero de otros jóvenes.

La inspiradora película de la década de 1970 acerca de su vida, La cruz y el puñal, fue vista por más de cincuenta millones de personas en ciento cincuenta países. Al igual que el hermano Yun, Nicky Cruz soportó muchas tribulaciones, pero Dios intervino cada vez que sus vidas se vieron amenazadas. Él cuenta de cómo tuvo una pistola apuntando a su sien, pero cuando el tirador apretó el gatillo, el arma no disparó y él salvó su vida.

Libros como El hombre celestial y ¡Corre! Nicky ¡Corre!, junto con las historias que contaban los Schlatters, más tarde me infundieron el coraje para dejar la seguridad de mi familia y mi hogar a los diecinueve años y hacer mi primer viaje como predicador cristiano a Sudáfrica. Ellos me enseñaron que no hay otro lugar más seguro que donde Dios te lleva.

Cuando somos jóvenes, la mayoría de nosotros no podemos ver o incluso comprender lo que Dios ha planeado para nuestras vidas. Sin embargo, al repasar ahora lo sucedido —a mis treinta y pico de años y después de haber viajado millones de millas y de haber hablado con millones de personas—, es que puedo ver las influencias y experiencias que me llevaron a seguir su camino.

Tengo que reírme, en especial cuando pienso lo confundido que estaba cuando era niño y mi tío Sam me palmeaba la espalda diciendo: “Un día, Nicky, estrecharás la mano de presidentes”.

Ciertamente, no podía verlo en ese momento. Dios debe haber estado susurrando al oído de mi tío, porque he estado con más de una docena de presidentes y jefes de Estado en estos años. Ahora bien, no he estrechado sus manos por razones obvias, ¡pero he abrazado a la mayoría de ellos!

ALENTADORES Y GUÍAS

Como he escrito anteriormente, mis otras influencias siendo adolescente incluyeron al conserje de mi escuela secundaria, el señor Arnold. Por alguna razón, todos lo llamaban el señor Arnold, aunque este era su nombre y no su apellido. De hecho, nunca supe su apellido, pero él siempre estuvo presente cuando lo necesitaba yo o alguno de los estudiantes. Me alentó a hablar abiertamente sobre mis luchas con mis discapacidades y sobre mi fe: al principio, con los compañeros del grupo cristiano que él lideraba y, luego, con otros alumnos y grupos en la región.

En esos momentos, yo no creía ser un evangelista en lo absoluto. Estaba más interesado en romper las divisiones entre la gente y en compartir, únicamente, cómo yo pensaba que no había esperanzas hasta que le permití a Dios ayudarme. Con el tiempo, vi que mi historia de vida inspiraba a otros, especialmente cuando les explicaba cómo finalmente llegué a entender que yo no había sido un error de Dios y que todos somos una creación hermosa y perfecta a sus ojos.

Cuando oí al primer orador motivacional profesional en mi vida, Reggie Dabs, quien dio una charla en mi escuela, logró calmar a casi mil cuatrocientos estudiantes bulliciosos y luego inspirarlos simplemente contando la historia de su vida, que era un mensaje de esperanza: “No puedes cambiar tu pasado, pero sí puedes cambiar tu futuro”.

Reggie me mostró que podía hacer una carrera como orador motivacional. A causa de esas veces en que me sentí diferente por mi falta de brazos y piernas, siempre recalqué en mis discursos la importancia de decirles a todos que son hermosos para Dios y que él los ama. Pensaba que eso era algo que todos debían escuchar. Todos somos hermosos, ya que somos creación de Dios.

Incluso cuando comencé a creer en una carrera como orador profesional, mi enfoque se centraba más en el ámbito de la motivación y la inspiración. Sabía que mucha gente no quería oír un mensaje que estuviera basado en la fe, pero como me oían hablar sobre la vida, el amor, la esperanza y la fe en términos generales, se sentían libres de hacer preguntas sobre mis creencias. Incluso en esas situaciones, yo no me veía como un ejemplo de fe para otros cristianos o aspirantes a serlo.

Mi papá tampoco lo veía así. Él me alentaba a hacer una carrera en contabilidad y administración de empresas. Seguí su consejo, pensando que no tenía nada de malo tener un plan B por si el plan como orador no funcionaba.

ENCONTRAR UNA SENDA

Dios apareció muy silenciosamente y me dio un pequeño empujón en dirección a la senda que él había escogido para mí. Me pidieron que en mi tiempo libre fuera maestro voluntario de educación religiosa en mi antiguo colegio de la secundaria. Ellos querían que los recién graduados dieran cuatro clases por semana, hablando acerca de Dios y de la Biblia.

Me encontré frente al público adolescente en mi antiguo colegio, compartiendo mi fe y alentando a otros en sus creencias. Yo no veía este trabajo como un simple proselitismo o reclutamiento de cristianos, pero mirándolo en retrospectiva, fue un buen entrenamiento para ello. Nunca había escrito acerca de esto porque es un tema un tanto escabroso, ya que en ese tiempo había un poco de reticencia dentro de mi propia congregación porque había sido invitado a hablar en otras iglesias de la zona.

En ese entonces la familia de mi iglesia era bastante cerrada. No les gustaba que los miembros de la congregación visitaran otros templos, probablemente porque temían perderlos. Incluso mis padres y algunos parientes me decían que no debería hablar en otras iglesias.

Yo entendía por qué lo decían, pero pensaba que todos los cristianos debían abrazarse, dejar de lado sus diferencias doctrinales y enfocarse en nuestro mutuo amor por Dios. Mi misión era contar mi testimonio para animar a todos a confiar en Dios. Un amigo, Jamie Pentsa, me animó a aceptar invitaciones de toda mi zona, y él se ofreció para conducir y llevarme en su Volvo.

Al principio hablaba ante grupos de jóvenes, dando lecciones de la Biblia que me habían impactado. Esas presentaciones se hicieron tan populares que armé un boletín mensual que distribuía en una lista de correo electrónico. También pude crear mi sitio web para que la gente leyera mis escri-tos y se comunicaran conmigo si querían que hablara en algún lugar.

Enseguida comencé a recibir más de setenta invitaciones por semana para dar charlas en grupos de estudios bíblicos, eventos juveniles y congregaciones de toda la región. Esa respuesta favorable me inspiró a grabar un video de mi testimonio. Envié esos primeros DVDs de Vida sin Extremidades (Life without Limbs) a todos los que lo encargaban en mi sitio web.

Algunos de esos videos llegaron a Sudáfrica, donde un hombre llamado John Pingo lo vio. Me contactó y me ofreció armar una gira de conferencias en todo el país. Ese viaje, sobre el que mis padres tenían tantas reservas, marcó el comienzo de mi alcance internacional, el cual, hasta la fecha, me ha llevado a más de sesenta naciones del mundo. A medida que se presentaban las oportunidades, Dios tocaba a otros amigos, primos, tíos e incluso a mi hermano, para llevarme a esos lugares, sirviendo como cuidadores, ayudándome a alentar a más personas, ¡y hasta ver algunos que lograban ser salvos!

UNA EVOLUCIÓN OBSEQUIO DE DIOS

Mi carrera como referente cristiano y orador motivacional fue una bendición inesperada y —en retrospectiva—, ciertamente, fue parte del plan de Dios para mi vida. Mi pasión crecía con cada nuevo compromiso de hablar en público. Habiendo salido de una niñez en donde sentía que no había ninguna esperanza para mi futuro, ahora estaba muy emocionado al ver las respuestas a mis discursos y videos. Para un hombre que una vez no tuvo ninguna esperanza, no podía haber nada más gratificante que dar esperanza a los demás. El hecho de que, siendo un jovencito, yo pudiera expresar mis sentimientos acerca del evangelio de Jesús con grandes grupos de personas de todas las edades, me brindó un sentido de propósito en la vida. Sentía que podía hacer una contribución a este mundo, lo cual era algo muy importante para mí. Y me sentía más cerca de Dios, dado que tantas personas pasaban adelante en el llamado al altar y entregaban sus vidas a Cristo.

También vi con mis propios ojos el poder del evangelio. Para mí, el 80 % de la inspiración es contar testimonios. Mucho de lo que hallamos en la Biblia es ánimo que se encuentra en la forma de testimonios, historias que inspiran fe, relatos de la fidelidad de Dios. Al leer la Palabra, ella produce fe.

Pocas veces he contado esto, pero cuando tenía doce años, estaba saliendo de un oscuro período de depresión. Tenía esta fuerte compulsión por aprender todo lo que podía acerca de Dios y empecé a transcribir la Biblia entera en mi computadora, usando mi pequeño pie como si estuviera escribiendo con un solo dedo.

Comencé por Génesis 1, el principio, y estaba casi por la mitad de ese libro cuando mi mamá entró a mi habitación, me oyó golpeando el teclado y me preguntó qué estaba haciendo.

—Estoy escribiendo la Biblia —le respondí.

—Nicky —respondió—, la Biblia ya está escrita.

Ella tenía razón. Yo solamente podía teclear alrededor de dieciocho palabras por minuto en ese entonces. Finalmente, me di cuenta de que era una tarea mucho más grande de lo que había creído y no la iba a poder acabar. Mi compulsión terminó, pero mi amor por la Palabra de Dios nunca ha disminuido. Cada vez que leo la Biblia aprendo algo nuevo, algo más profundo y significativo. Mi reverencia por Dios y mi amor por Jesús crecen con cada nueva lectura.

TRANSMITIR LA FE

Gran parte de ser cristianos es compartir lo que Dios significa para ti de un modo que resulte relevante para los que te oyen. Así es como la fe cobra vida. Cuando yo comencé a contar mi testimonio a un número cada vez más creciente de personas, el pensamiento generalizado entre los protestantes era —según mi visión como joven— traer más personas a sus iglesias; todo lo que tenían que hacer era decirle a gente desconocida que los amaban y ser generosos con ellos.

Eso se suponía que debía convencerlos de que los seguidores de Cristo eran buenos y amables. La idea era plantar semillas de fe en ellos por el ejemplo, de manera que ellos fueran atraídos a los cristianos y quisieran saber más. El problema con esto es que hay otra gente buena y amable en el mundo, incluyendo muchos hinduistas y musulmanes.

Los seguidores de Jesús precisan ser más que buena gente. Tenemos que tener mensajes poderosos para compartir. Cuando le conté a mi papá que estaba escribiendo este libro, él me dijo: “La gente piensa que es complicado, pero evangelizar no es para nada complicado. Tenemos que estar listos para transmitir nuestra fe en todo momento, y eso puede reducirse básicamente a sentarse al lado de alguien, mirarlo a los ojos y ser uno mismo. Diles qué significa Jesús para ti. Cuéntales cómo cambió tu vida luego de conocerlo. Ser un creyente tiene que ver también con la forma en que uno vive”.

La B ...