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Sé QUE VOLVERáS

Mary Higgins Clark  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Sé que volverás

Agradecimientos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Epílogo

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

A la memoria del sacerdote

Joseph A. Kelly,

de la Compañía de Jesús,

1931-2008

Siempre un brillo en su mirada de jesuita,

siempre una sonrisa en su bello rostro,

siempre rebosante de fe y compasión su alma.

Un hombre con madera de santo,

a quien, cuando el cielo lamentó su ausencia,

el Creador llamó a su lado.

Agradecimientos

A menudo comento, más o menos en broma, que mi palabra favorita es «Fin».

En realidad, lo es. Significa que la historia ya ha sido contada, que el viaje ha terminado. Significa que los personajes que el año pasado por estas fechas ni siquiera existían en mi imaginación ya han vivido la vida que elegí para ellos o, mejor dicho, que ellos mismos eligieron para sí.

Mi editor, Michael Korda, y yo llevamos realizando este mismo viaje durante treinta y seis años, desde ese día de marzo de 1974 en el que recibí la increíble noticia de que Simon and Schuster había comprado mi primera novela por tres mil dólares. A lo largo de todo este tiempo, Michael ha sido el capitán de mi barco literario y no podría sentirme más contenta y honrada por contar con su colaboración. El año pasado por esta época me propuso: «Creo que podrías escribir un buen libro sobre la usurpación de identidad». Y aquí está.

Kathy Sagan, jefa de redacción, es amiga mía desde hace muchos años. Hace una década dirigía la Mary Higgins Clark Mystery Magazine, y es la primera vez que, junto con Michael, trabaja conmigo en una novela de suspense. Te quiero, Kathy; muchas gracias.

Gracias también al director adjunto de edición, Gypsy da Silva, y a mis lectores Irene Clark, Agnes Newton y Nadine Petry, así como a mi publicista, ya jubilada, Lisl Cade.

Una vez más, el sargento Steven Marron y el detective Richard Murphy, retirado, de la oficina del fiscal del distrito de Nueva York, han sido mis guías para presentar paso a paso y de manera ajustada el procedimiento legal que se lleva a cabo cuando se comete un delito grave.

Por supuesto, y como siempre, gracias infinitas a mi extraordinario marido, John Conheeney, y a nuestra familia de nueve hijos y diecisiete nietos.

Finalmente, gracias a vosotros, mis lectores, por todos los años que hemos compartido. «Que el camino salga a vuestro encuentro...»

1

El padre Aiden O’Brien estaba confesando en la iglesia de San Francisco de Asís, situada en la calle Treinta y uno Oeste de Manhattan. El franciscano, de setenta y ocho años, aprobaba ese modo alternativo de administrar el sacramento; es decir, sentándose junto al penitente en la sala de reconciliación en lugar de que este se arrodillara sobre la dura madera del confesionario y ocultara su identidad tras una celosía.

Las únicas veces en que tenía la sensación de que el nuevo sistema no funcionaba era cuando, sentados frente a frente, percibía que tal vez el penitente no se atrevía a decir lo que no tendría problemas en confesar a oscuras.

Eso mismo era lo que estaba sucediendo en esa tarde fría y ventosa de marzo.

Durante la primera hora que había pasado en la sala, solo había recibido la visita de dos mujeres, feligresas habituales, ambas de más de ochenta años, cuyos pecados, si alguna vez los cometieron, habían prescrito mucho tiempo atrás. Aquel día, una de ellas había confesado que cuando tenía ocho años había mentido a su madre. Se había comido dos pastelitos y había culpado a su hermano del que faltaba.

Mientras el padre Aiden rezaba el rosario antes de que llegara la hora de salir de la sala, la puerta se abrió y apareció una mujer esbelta que debía de tener poco más de treinta años. Se acercó despacio a la silla que había frente al sacerdote y se sentó con aire indeciso. La melena de color castaño rojizo le caía sobre los hombros. Llevaba un traje con cuello de piel a todas luces muy caro, como también lo eran las botas altas de cuero. Las únicas joyas que lucía eran unos pendientes de plata.

Con gesto sereno, el padre Aiden esperó. Sin embargo, como la joven no se decidía a hablar, le preguntó en tono alentador:

—¿En qué puedo ayudarla?

—No sé por dónde empezar —respondió la mujer en voz baja y agradable, sin acento alguno.

—Le aseguro que nada de lo que pueda decirme me sorprenderá —repuso el padre Aiden en tono cordial.

—Yo... —La mujer hizo una pausa y a continuación las palabras brotaron a gran velocidad—. Sé que alguien está planeando un asesinato y no puedo hacer nada para evitarlo.

Con gesto horrorizado, la mujer se llevó las manos a la boca y se levantó bruscamente.

—No debería haber venido —susurró. A continuación, con la voz temblorosa por la emoción, añadió —: Bendígame, padre, porque he pecado. Confieso que soy cómplice de un del

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