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SABER VER

Gaby Messina  

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Fragmento

DE LO SUTIL A LO PROFUNDO

Este libro, que marca el inicio de mi proyecto IDEOMA junto a Penguin Random House, es parte de un emprendimiento de Gaby Messina que incluye un libro de fotos, Maestros. El bosque y el árbol, una película documental y la exhibición de las fotografías originales en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

Durante cuatro años, Gaby Messina registró fotográficamente a ciento doce artistas plásticos y visuales argentinos de máxima relevancia. Por sus logros, su trayectoria y su calidad artística, son justamente considerados verdaderos Maestros. Si bien las fotos que los retratan en su lugar de trabajo son el motivo principal de esta empresa, las conversaciones con esos artistas nos permiten completar lo que necesitamos disciplinariamente para poder entender de manera integral las motivaciones y las personalidades que se encuentran detrás de sus respectivas obras. Sus inquietudes, dudas y certezas. Sus profundas y simples observaciones sobre la vida y la muerte. Su poética del tiempo, la candidez cotidiana con la que una charla informal permite entrar en cada uno de sus universos de manera orgánica, sin esfuerzos. Son grandes, pero no solo por los años que tienen sino también por lo que han dado y representan.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Cada una de estas conversaciones constituye un simple y dichoso acto de homenaje de parte de Messina.

A medida que las palabras se van decantando y el lector va absorbiendo las frases, comienza a vislumbrar lo sutil y lo profundo. Las conversaciones, así, ratifican que el contenido de la obra de estos grandes artistas es absolutamente vital, y que nos nutre con algo que es mucho más que alimento para los ojos.

GUSTAVO SANTAOLALLA

Buenos Aires, junio de 2016

AMPLIACIÓN DEL CAMPO VITAL Y ARTÍSTICO

Entre 2012 y 2016 visité a los artistas visuales y plásticos más destacados de la Argentina. Sus trabajos abarcan diversas disciplinas: pintura, escultura, grabado, fotografía, videoarte, instalaciones, performances…

Todos tienen más de 65 años, son dueños de una poderosa voz interna y sus herramientas para observar la realidad no se limitan a los cinco sentidos: también usan el de la amistad, el equilibrio, la confianza, el entusiasmo, la entrega, la gratitud y la generosidad.

Los creadores que entrevisté abrieron sin reservas las puertas de sus casas y de sus talleres, y también las de sus vidas, para embarcarse en un diálogo íntimo y estimulante sobre su obra, el arte, el amor, la muerte, las creencias, el futuro y muchos otros asuntos que la charla espontánea fue trayendo.

Estos ciento doce encuentros fueron para mí como haberme transportado ciento doce días a la gran Machu Picchu, recibiendo junto a ellos y en cada jornada toneladas de energía y aire fresco.

Quiero hacer una breve salvedad y recordar las conversaciones con el amable León Ferrari durante el proceso de producción. Esperábamos el día en el que se sintiera mejor, pero ese día nunca llegó. Agradezco su calidez y atención; agradezco a Alicia, su fiel compañera.

El trabajo de estos maestros mantiene su vitalidad y es capaz de despertar en nosotros múltiples sensaciones y emociones. Sus palabras, recogidas en este libro, replican, reproducen y amplían esa experiencia artística y vital, y abren caminos que nos acercan al ser humano que se expresa en su obra.

Los siempre alegres encuentros con los artistas en sus casas o talleres comenzaron con la realización de un retrato fotográfico, para después filmar ese diálogo que surgía de manera espontánea, desde un punto de partida, muchas veces, inimaginable.

Incluso, en algunas oportunidades, la fotografía debía esperar para activar el setting de grabado —en el intento desesperado de que las palabras no se escaparan para permanecer impresas por siempre en este libro—.

Saber ver nace del deseo de rescatar el pensamiento y la emoción de estas almas.

GABY MESSINA

Buenos Aires, junio de 2016

EL ARTE POR SÍ ES COMO COMER PAN CON PAN

Enio Iommi

Escultor, docente, miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes

Rosario, Santa Fe, 1926 - San Justo, Buenos Aires, 2013

Creo que antes de nacer ya sabía que quería ser artista…

Mi padre era escultor, un escultor clásico, y cuando me metía en su taller yo hacía cosas… desde chico me gustaba componer cosas raras, creo que empecé viendo otra clase de escultura respecto de lo que hacía mi padre. Y a medida que fui creciendo tuve discusiones con él, que, lógicamente, era un escultor clásico y no entendía muy bien lo que yo quería hacer. Me crié en un ambiente de artistas, en mi familia hay escritores, poetas y escultores; para mí es una cosa natural hablar de arte.

Si supiera qué es el arte, te lo diría…

Siempre traté de no hacer escultura, sino un concepto, una idea, un pensamiento espacial. El escultor todavía trabaja con el criterio de la masa y el volumen; además, la palabra “escultura” proviene de “esculpir”; yo no esculpo, ni tallo madera ni barro… uso lo que encuentre, lo que me llame la atención y sienta que eso lo puedo transformar en algo viviente…

Sigo soñando, buscando algo que todavía no encontré. Eso para mí es el misterio, porque el arte es un misterio, no existe, hay que hacerlo existir, y eso es todo un pensamiento, un idealismo, incluso una utopía. Pero bienvenidas todas esas sensibilidades para poder lograr la obra de arte. Por ejemplo, tenemos a Marta Minujín. Cuando ella dice: “¡Arte, arte, arte!”, yo le preguntaría: “¿Qué es para vos el arte?”, porque también puedo decir “¡martillo, martillo, martillo!”, puedo decir “¡chorizo, chorizo, chorizo!”, pero con eso no decimos nada. Lo que vale en el arte es lo que vas a llevar, es tu pensamiento, son tus ideales. El arte por sí es como comer pan con pan.

Hay distintos caminos del amor: el amor humano, el amor al trabajo, el amor a la vida, el amor a encontrar mi ambiente, un ambiente en el cual me sienta cómodo, me sienta feliz trabajando; y, bueno, creo que… el amor es todo. Sin amor a algo, no sé para qué vivir.

Cuando puedo lograr una obra que saqué de adentro, de mí mismo, es una gran satisfacción. Muchas veces no es así, pero no me rindo, empiezo de vuelta.

Una gran satisfacción para mí es haber preparado más o menos a unas treinta personas, a quienes introduje en el arte. Espero que tengan éxito, no comercial sino espiritual, para seguir adelante. Le pido a la juventud, no solamente a la interesada en el arte, que produzca cultura; no automóviles, ni engaños, ni un idealismo falso. Creo que el trabajo nunca ha matado a nadie. El trabajo es amor, es esperanza positiva.

Poder vivir en la Piazza Navona, en Roma, sería para mí una delicia… Me imagino sentado en un bar, todo el día mirando esa maravilla. No solamente por la plaza misma, sino por la historia, por lo que ha ocurrido allí. Esa plaza viene de la vieja época de los romanos, cuando era como una gran pileta y hacían pequeñas batallas ahí adentro. Lógicamente, después se fue transformando y se convirtió en lo que es hoy, pero los restos todavía están. Italia me alimentó muchísimo, en el sentido espiritual y de cómo comprender lo que se hizo en el pasado para entender el presente.

Si es artista, siga adelante con sus ideales. No se doble, siga adelante.

UN DEAMBULAR EN TORNO A LAS PLANTAS Y LAS PIEDRAS

Luis Felipe “Yuyo” Noé

Artista, pintor

Ciudad de Buenos Aires, 1933

Uno sabe lo que va diciendo a medida que lo va diciendo. Para mí pasa lo mismo con la pintura. Yo sé lo que estoy haciendo a medida que lo estoy haciendo. Al comenzar a hacer un cuadro, en realidad nunca sé bien lo que voy a hacer. Cuando lo estoy promediando, generalmente me nace el título, que es como una flecha para saber cómo terminarlo. Por eso no creo mucho en los bocetos. Los bocetos sirven para tener una vaga idea, algunas veces.

En Europa vi unos estudios de cuadros románticos con un caballo saltando hecho con pocas pinceladas, ¡fantástico!, pero después ves el caballo en grande y parece totalmente paralítico. Por eso no creo mucho en las formulaciones anteriores a la propia consciencia de lo que se está haciendo.

En la vida cotidiana, creer es una suposición. “Creo que fulano me va a pagar la deuda”, o “tengo fe en que fulano me va a pagar la deuda”. Creer es una suposición. Pero en el campo religioso se ha convertido en una formulación absoluta: “Creo en Dios”. Si alguien me pregunta si creo en Dios como suposición, puedo decir: “Tal vez”; pero no como una certeza. En ese sentido, tanto los ateos como los teólogos parten de un absurdo. Afirman categóricamente algo que en realidad es una conjetura y nada más que una conjetura. Entonces, no puedo decir que no creo en Dios, eso sería ser ateo. Tampoco puedo decir “creo en Dios” en el sentido afirmativo. Ahora, en el sentido de la duda… puede ser que crea en Dios.

Creo que los artistas tienen que hacer lo que se les dé la gana. Justamente, en ese sentido, lo que menos se puede hacer con un artista es aconsejarlo o darle pautas. Pienso que todo se suscita. Las mejores didactas son las maestras de jardín de infantes, que les suscitan juegos a los chicos, que van sabiendo lo que hacen a medida que lo van haciendo.

La gran diferencia que existe entre los hombres y los animales es que los animales deambulan en torno a las plantas y a las piedras reconociéndolas, pero nunca nombrándolas. No les dan nombres a las cosas. Y una de las características de los hombres es nombrar las cosas; tienen la necesidad de reinventar simbólicamente las cosas. Ahora, en el lenguaje habitual no inventan casi nada, porque siempre utilizan códigos hechos por otros. En cambio, el artista reivindica esa función de nominar, y cuando digo nominar no me refiero solamente a palabras. También puede ser la nominación que da una imagen, incluso la nominación que da la sensación de un gesto, o la danza. Nominar como una forma de relacionarse con el mundo, recreándolo. Por eso no se les puede dar consejos a los artistas. Los artistas tienen que cumplir esa función.

No pienso en la vida después de la muerte. No puedo hablar de lo que ignoro. Bastante poco puedo hablar de este mundo como para meterme a macanear sobre el otro mundo. Acabo de perder a mi mujer, y no sé si está en otro mundo o no, pero desde ya que no iría a una mesa de tres patas para tratar de comunicarme con ella…

Un día de gran significado para mí fue el 5 de octubre de 1959, el día de mi primera exposición. Ahí nació mi amistad con Jorge de la Vega, con Alberto Greco y con Rómulo Macció. Al poco tiempo, mi padre me dijo que podía usar el taller de la fábrica de sombreros que era de mi abuelo, que estaban liquidando. Era un lugar enorme. Fui, y también vinieron ellos a trabajar conmigo. Así empezó toda la dinámica de mi existencia.

Mi tema es el caos. Cuando hablo del caos no me refiero al desorden, sino a lo impredecible, lo que está en permanente mutación. Porque los conceptos de orden y desorden son estáticos, en cambio el caos es totalmente dinámico. Es el ritmo de la vida que se va transformando en algo, por eso todos los sistemas de orden son reemplazados continuamente por otros sistemas de orden.

ACEPTARSE

Margarita Paksa

Artista visual

Ciudad de Buenos Aires, 1933

¡Qué ocurrencia vivir del arte! Yo vivo de todo lo que produzco, pero nunca pensé en vivir del arte. Si la cuestión viene artística, mejor, y si no, será vivir de alguna otra cosa… ¡haciendo cubanitos rellenos, por ejemplo! Tengo hijos y he vivido dando clases en la Facultad de Bellas Artes, siempre relacionada con el arte, obviamente, pero con otro tipo de actividades, como la docencia.

Tengo bastantes años en mis espaldas y varios momentos felices. Lo difícil es elegir uno; es más: lo difícil es darse cuenta de que son momentos felices, porque se viven muchas cosas, y tiempo más tarde, mirando hacia atrás, las ordenás como felices o infelices.

Si tuviera que recomendarles algo a los artistas jóvenes, les diría que hagan todo lo que quieran, que produzcan obra o que no la produzcan. Que produzcan lo que quieran ser, sin pensar en el arte o en una disciplina, sino tomando la actividad artística y la vida como una sola vivencia. Sin necesidad de rotularse, sino tomando todo como viene, eso se va metamorfoseando y ahí es donde todo se vuelve mucho más interesante.

Creo que la única forma de ser feliz es la más habitual de todas: vivir en paz con uno mismo.

Las propias pasiones se van entendiendo con el tiempo; al principio, aparecen más desdibujadas y de pronto empiezan a tomar cuerpo.

Creo que siempre hice arte. Desde el día en que desperté a la vida —me parece que fue a los 14 años— me decidí por el arte. Hice la carrera de arte y desde entonces nunca la dejé.

Comprender que es tu único lugar, es importante. Podría fantasear diciendo “viviría de otra manera, viviría viajando”, u otra circunstancia, pero no, me quedo haciendo esto aunque permanezca quieta y en un solo lugar, sin viajar, sin ganar mucho, pero sigo haciendo exactamente lo mismo, porque es lo que me gusta.

Durante mucho tiempo se puede creer que uno vive y que está lleno de máscaras, de posturas o de maneras de ser, que en realidad son imposiciones que uno mismo se ha fijado. En cambio, cuando uno comprende que está viviendo, y viviendo lo que le gusta y lo único que sabe hacer, es más fácil.

Aceptarse.

LOS ARTISTAS ASUMIMOS LA LOCURA DEL MUNDO

Osvaldo Romberg

Artista visual, escultor, curador

Ciudad de Buenos Aires, 1938

A los 6 años fui a comprar óleo a la esquina de mi casa, en la calle Warnes, y con un pedazo de madera que encontré empecé a pintar. Y nunca paré de pintar, y nunca tuve una duda. O sea que desde ese momento mi vida ya estaba definida.

Mi papá trató de que no fuera pintor sino arquitecto. Y cuando terminé el Nacional Buenos Aires entré a la Facultad de Arquitectura por influencia de mi padre, porque decía que un arquitecto se puede ganar la vida. Lo triste es que nunca ejercí como arquitecto, ni siquiera rendí las últimas materias, pero sí enseñé en la Facultad de Arquitectura con Jorge de la Vega. Después me fue tan bien con la obra, que hice dos o tres casas por placer.

Nunca tuve dudas con respecto a la vocación. Nunca tuve dudas con respecto a casi nada, y por eso pagué un precio, por supuesto: el precio de ser independiente. No concibo otra forma de ser. Es una forma de vivir, es una filosofía de vida.

El arte también es una forma de vivir, es una especie de juego espiritual, casi religioso, en un sentido universal. Porque a donde vayas —he estado en África, en Corea, en Rusia—, si sos artista y te encontrás con otro artista, a los diez minutos tenés una comunicación, es como una relación implícita de la cual no se habla, pero que existe.

En el fondo, creo que el pago más grande que tiene un artista es la obra que hace, porque es la existencia. Es una forma de medir quién sos, quién fuiste y quién vas a ser.

Un mundo sin artistas sería un mundo con mucha gente enferma. Creo que los artistas tienen una tendencia esquizofrénica. ¿Qué quiero decir con esto? No que son esquizofrénicos, sino que hay una tendencia, porque tendemos a zafar del significado. A veces hablás con un artista y parece que no entendiera el significado de lo que decís, porque enseguida metaforiza. El esquizofrénico también metaforiza continuamente lo que se le dice. Los artistas tienen una tendencia a que los mensajes se les vayan para otro lado. Lo que quiero decir es que de alguna manera los artistas asumimos la locura del mundo. Como forma colectiva, el mundo necesita a los locos —no creo que sean locos, sino que hay liberaciones de la conducta “normal”—; hay una función para el arte, que no es la de ilustrar la Biblia, como en la época del Renacimiento o Prerrenacimiento. La función va cambiando según el contexto del artista.

En última instancia, y muy por encima de cualquier cosa que me pase en el mundo, mientras yo pueda ir a mi estudio y trabajar… voy a sobrevivir. Creo que con eso dije todo.

El arte es la búsqueda de la gracia, esa gracia que tienen los animales porque son inocentes. Nunca vas a ver a un tigre que camina mal; camina con gracia. O el vuelo de un ave.

El hombre, en cambio, es un mono peludo, pero con menos pelo. Posiblemente, para el hombre, para ciertos hombres, la búsqueda de la gracia tenga que ver con encontrar un buen balance entre los elementos conscientes e inconscientes. Mucha gente a veces busca de manera artificial esa sensación de acercar el consciente al inconsciente. Creo que las drogas tienen que ver con eso.

Esa sensación de balancearse entre el consciente y el inconsciente implica completar el ciclo cerebral o sensible que conforma todo el ser. Pienso que la gente que no tiene otro sistema para llegar a eso usa la droga. Pero un artista puede llegar a eso sin necesidad de otros estímulos.

La idea del hombre y la mujer viviendo en el mismo hogar, en la misma habitación… Me pregunto a veces si esa es la manera más feliz de relacionarse…

Es difícil estar muchos años con la misma persona, a menos que te renueves, a menos que hagan cosas juntos; no me refiero a trabajar juntos sino a disfrutar de las mismas cosas.

No sé qué pensar del matrimonio. Me casé dos veces y no fue ni para bien ni para mal. Pero hay un problema económico también, que no se puede negar: si estás casado, la mitad es de tu mujer, y no importa quién gane la guita. Hay que aceptarlo o no casarse.

Es muy difícil vivir en pareja y es muy difícil vivir sin pareja. Bueno, otra vez: paradojas en donde el arte tiene tanto que ver…

HE CORREGIDO AL AZAR, EN LAS OBRAS Y EN LA VIDA

Gyula Kosice

Escultor, artista plástico, poeta

Eslovaquia, Checoslovaquia, 1924 - Ciudad de Buenos Aires, 2016

Para mí el arte es la moneda de lo absoluto. Me han retratado y creo que salí bien, pero considero que, sobre todas las cosas, son las obras las que deben hablar por mí. Eso es todo. Son las obras mismas las que tienen que entablar un diálogo con el espectador. Así de simple.

El origen de la vida es el agua. Sabemos que nuestro cuerpo tiene un setenta y cinco por ciento de agua; sabemos que el planeta en el que vivimos es más bien planeta de agua. He trabajado con el agua en movimiento a través de ciertos mecanismos y he tratado de conciliar esa forma de vida trasladándola a una superestructura artística que vaya más allá del juicio de cada uno. Lo integra, lo envuelve, lo llega a tomar como una fuente de energía más.

Permanentemente descubro mis pasiones; el día que vengo al taller, y cuando no vengo, también.

He corregido al azar, tanto en las obras como, algunas veces, en la vida. Es en serio eso, eh. Pero no es un problema de ego, no trato de alimentar mi ego, simplemente es porque tengo una buena estima de mí mismo.

Dos cosas signaron mi vida: el amor y el humor. Desgraciadamente, hace cinco años que mi mujer ya no está. Pero el amor a la mujer —o las mujeres— que uno tiene, el amor a los hijos, el amor a los nietos, el amor a la familia, el amor a los amigos, el amor a la humanidad, eso es lo principal. Después viene lo otro. Con el tiempo, lo que vale es el humor. Sin humor te convertís en un jovato. ¡Brrrr!

Creo en el sentir-mental. Cuando sentís, pensás; y cuando pensás, sentís. Eso lo integro a una fe determinada y en eso creo; y en mis obras.

El amor se alimenta con más amor.

UN BARRIO DE BARRO, LLENO DE CASITAS

Juan Stoppani

Artista plástico, escultor, diseñador

Ciudad de Buenos Aires, 1935

Con el tiempo he descubierto que cuando uno es joven el amor está mezclado con la pasión y el deseo; pero a medida que va pasando el tiempo el amor se convierte en una cosa que es a la vez amistad e inteligencia. La gente que ha vivido en pareja toda la vida, lo logra con inteligencia. Ahí ya no hay pasión. No sé si es la fórmula, y explicarle a la gente que hay que ser inteligente para amar es pretender mucho porque también está la experiencia, la vida. Además, cuando digo “inteligencia” también estoy hablando de aceptar a la persona que uno ama tal como es y no querer cambiarla, esa es mi fórmula: no cambies a la persona a la que amás, dejala tal como la conociste. Y ahí va a durar.

Nunca tuve la ilusión de ser artista. Solo me gustaba hacer las cosas. A los cinco años me hice un barrio de barro, lleno de casitas. Había tierra y barro donde yo vivía, en Ramos Mejía, y lo hice con eso. La cosa manual siempre me gustó. Con el tiempo, llegué a ser arquitecto, y cuando me recibí me di cuenta de que iba a pasar mucho tiempo antes de que pudiera construir. Entonces volví a la tierra, a la cerámica.

Pero cuando me preguntan si soy un artista, digo que no. Soy Juan Stoppani, y eso es más importante: es más importante ser lo que uno es que tener un título al lado. Es decir, sé que soy un artista, pero nunca me preocupé por serlo.

Tengo un problema con la nueva concepción y la explicación del arte. No lo puedo explicar, no puedo. Soy medio salvaje, por eso soy de la tierra y la cerámica: es un trabajo directo con las cosas. Cuando pinto o hago algo, lo hago porque me gusta y tengo ganas de hacerlo. No me pongo a pensar en mensajes, no doy mensajes, no sé darlos. Sé que al final hay uno, pero el mío es un mensaje de artista: no es filosófico o profundo ni va a sacudir a las multitudes. No pretendo eso.

En realidad, cuando nos asignaron el título de “artistas pop” me gustó porque quiere decir artista popular. Y me he dado cuenta de que muchos artistas argentinos que yo quiero tienen eso de popular: corresponden al mundo argentino, tienen esa cosa que… Por ejemplo, ahora que vivo en La Boca —nunca pensé que iba a vivir allí—, me doy cuenta de que mi pintura tiene que ver con ese barrio, y si ahora está perdida es porque La Boca está descolorida. Pero en la época en la que estaba toda coloreada, mi pintura era eso.

Hay cosas que me sucedieron de casualidad, casi como en broma. Por ejemplo, yo quería viajar a Francia y me gané una beca para ir, pero resultó casi como un chiste, porque la gané con una obra que era un auto. Lo planteé y dije: “Con esto me voy a ir a Europa”. Pero lo dije en broma, no estaba seguro. Lo que pasa es que nunca estuve por los premios. He ganado premios, pero nunca estuve por eso. Lo que interesa es lo que has hecho, lo que vas a hacer. Yo estoy permanentemente en el hacer. A mí los artistas me interesan cuando hacen, y también cuando se equivocan.

Trato de aceptar las frustraciones, porque hay cosas peores en la vida, cosas mucho peores que no se pueden evitar, como una enfermedad, por ejemplo. A veces no sabés por qué llega y no podés hacer nada. Trato de pensar eso cuando las cosas no me salen como quiero; creo que hay gente que tiene problemas mucho más graves. Siempre pensé así.

También acepto los errores: sé bien en qué me equivoqué. Pero me acepto a mí mismo y a mis errores. Porque estoy seguro de que cometí errores y de que voy a seguir cometiéndolos. No soy perfecto, y nunca me ha interesado serlo.

Conocí a alcohólicos y a drogadictos que eran inteligentes y han hecho grandes obras. Y también están los otros, los que no hacen nada: ahí está el problema. Un drogadicto que de pronto compone una música genial o escribe algo único hace que uno se olvide de que él es drogadicto. Pero la droga es una cuestión social, desgraciadamente. No creo que uno se tenga que drogar para hacer algo. Si uno es inteligente y sabe para qué lo hace, es perfecto. Yo también me he drogado, y he vivido mi vida. Me he drogado con ácido, que creo que es una buena droga para el cerebro. He dado cursos drogado, y nadie se dio cuenta. Nunca me he drogado para mal, siempre fue para hacer más.

No busco la inspiración. En general, es algo que aparece. Me puede ocurrir a la salida de un lugar, si vengo de ver algo que me interesa: una película, una imagen o cualquier otra cosa. Es así, es nada más que eso: de golpe miro cosas y se da así. Creo un poco en el azar de la creación. De pronto, algo que oí o que me interesó me sirve de disparador y sobre eso invento.

Hace poco vi una venta que se hizo en Estados Unidos, un cuadro de Mark Rothko que se pagó ochenta y siete millones de dólares y pensé: “¡Qué genial!”, pero yo no quisiera eso. A mí me bastaría con un millón, ¿para qué ochenta y seis más? Cuando vendo, pienso que voy a poder seguir haciendo algo, de manera que el arte pueda seguir existiendo. Hay momentos en que sufrís porque no tenés el material que necesitás y hay que aprender a usar otras cosas, o si no, esperar. Es toda una filosofía de vida.

LA MÚSICA DEL COLOR

Leandro Katz

Artista visual, poeta, docente

Ciudad de Buenos Aires, 1938

No miro el color desde la perspectiva de un pintor sino más bien como un músico, desde un lenguaje, es decir, el lenguaje del color. Para mí es como estar haciendo música. Cuando vine a la Argentina quería trabajar con color, no me paraba nadie. La gente que sabía que yo trabajaba fotografía en blanco y negro y que todas mis obras eran muy sobrias, me veían usar todos los colores y me preguntaban: “¿Ahora sos pintor?”. Y yo no lo hacía desde el oficio de pintor sino que lo veía como música, como si fuera compositor.

El color tiene un ritmo, una voz, y un tono. Estaba haciendo un trabajo con rojos y quería que todos fueran rojos y me puse a hacer el himno nacional argentino en rojos. Hacía las letras de “Oíd, mortales, el grito sagrado”, y cada letra tenía que tener un tono de rojo distinto —arbitrariamente—, más oscuro, más claro, más ladrillo, más amarillo, qué se yo. Tuve que buscar rojos para hacer todas las letras, desde “Oíd mortales…” hasta “Libertad, libertad, libertad”.

Todavía no mostré esa obra. Me gustaría mostrarla con una serie de fotografías que estuve haciendo de las marchas en Congreso y en Avenida de Mayo. La mezcla del rojo con el azul del cielo es muy, muy linda…

A veces la comunicación puede prescindir de las palabras.

Hace poco escribí un poema de un jinete que llega a un pueblo abandonado y se da cuenta de que está vacío porque hubo una masacre. Había nobleza en la mirada, en el cruce de miradas entre el jinete y el caballo…

La muerte nos acompaña. Don Juan dice que la muerte se le sienta en un hombro, siempre acompañándolo. Pero prefiero pensar en la fotografía, que es un deseo de vencer y perdurar.

Pienso en lo trascendental en mis obras, pero siempre con sarcasmo. Por ejemplo, Picasso era un gran artista, se murió y ¿qué queda de Picasso ? ¿Y cuál es el sentido de trabajar? Sin embargo, siempre llego a conclusiones optimistas, creo que eso es muy bueno. Soy así. Trato de no dejar entrar a la angustia. Creo que es algo que hay que enseñarle a la gente, y a los chicos cuando empiezan a aburrirse o bajonearse.

Trabajé en el arte toda mi vida. Comencé como poeta y seguí como artista, como fotógrafo, como realizador de cine, de todo… Tuve una carrera muy rica y hago muestras constantemente, pero no vendí obras hasta que cumplí 70 años. Me pasó algo parecido a lo que le sucedió a León Ferrari. Él no vendía su obra; algunos amigos le compraban para apoyarlo. Yo también regalaba obras, y ahora, de repente, hay interés. Pero recién empecé a tener éxito, en el sentido de que museos o coleccionistas comenzaron a demostrar interés, cuando ya era bastante grande.

Trabajar en mi obra era una manera de volver a mi cordura. Si tenía que dar clase toda la semana, y el viernes y el sábado no podía dedicarlos a mi trabajo, para mí era un problema muy serio, porque el domingo tenía que preparar las clases y la semana era muy intensa, con muchos deberes académicos. Pero, por suerte, pude incorporar las dos cosas.

No separaba la vida creativa de la vida como maestro, y creo que en ese sentido me volví un maestro más interesante. Porque yo incorporaba la obra que realizaba en lo que pensaba. Y lo que quería hacer creativamente lo incorporaba en las clases, es decir, resolvía en la enseñanza problemas creativos personales, digamos, no los separaba, no era un gremio aparte. Entonces, en ese sentido, creo que al haber mantenido esa coherencia pude sobrevivir tanto como artista como maestro.

Me gusta mucho la Argentina, el único problema es que está lleno de argentinos, de la misma manera que hay muchos americanos en Estados Unidos. Nosotros tendemos a generalizar: los gringos, los americanos y qué sé yo. Viví muchos años, dos tercios de mi vida, en Estados Unidos, y tengo una comunidad de amigos maravillosos. Gente inteligente, con ideas, con sentimientos, con fuerza, creadores… Y luego está el resto de Estados Unidos. Pero me parece que así son todos los países, ¿no? No podés hablar de la Argentina sin hablar de la maravillosa gente que vive en este país y también del resto. Y bueno, la variedad es enriquecedora… por eso volví a vivir a la Argentina.

LAS ESTRUCTURAS COMO FORMA DE AUTODEFENSA

Alejandro Puente< ...