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SABRA

Marcos Aguinis   Gustavo Perednik  

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Fragmento

Cubierta Portada Primera Parte. Elcaná Capítulo 1. La tumba y el enigma Capítulo 2. Visita al pasado Capítulo 3. La tierra prometida Capítulo 4. El primer disparo Segunda Parte. Absalom Capítulo 5. De Hadera a Guedera Capítulo 6. La patria soñada Capítulo 7. El imperio otomano Capítulo 8. El yugo del zar Capítulo 9. La ciudad de las luces Capítulo 10. Filosofía y política Tercera Parte. Lolik Capítulo 11. El hijo errante Capítulo 12. Feinberg y Aaronsohn Capítulo 13. Sara y Rivka Capítulo 14. Guidoním Cuarta Parte. Yosef Capítulo 15. El frente oriental Capítulo 16. El escudo Capítulo 17. Nace el Nili Capítulo 18. El Nili en guerra Quinta Parte. Aarón Capítulo 19. La senda del patriarca Capítulo 20. Desde Londres Capítulo 21. Aliados de circunstancias Capítulo 22. El rastro en el desierto Sexta Parte. Sara Capítulo 23. Colores fúnebres Capítulo 24. Como una novia Capítulo 25. El precio de la libertad Capítulo 26. Vencedores anónimos Séptima Parte. Rivka Capítulo 27. Dátiles Capítulo 28. Lealtades y traiciones Capítulo 29. Perfume de jacinto Capítulo 30. Se cierra el círculo Nota de los autores. Historia y ficción en Sabra Créditos

PRIMERA PARTE

ELCANÁ

Capítulo 1

LA TUMBA Y EL ENIGMA

“Deja las cosas como están, Elcaná; no permitas que tu ambición de fama te encandile.”

Mi sospecha era que quien estaba enviándome las cartas anónimas merodeaba entre la gente cercana. Probablemente un envidioso que recelaba de mi trabajo y se proponía malograrlo. Ese bromista tendrá que pagarla, rechiné los dientes. Y miré de reojo a mi contradictorio joven asistente Uriel, que conducía el jeep.

Aunque el volante desobedecía, Uriel no tenía intenciones de aminorar la velocidad: sabía que yo estaba apurado. Los arenales se extendían hostiles con sus espinosas matas oscuras y sus traicioneras ondulaciones. Cada vez que viajábamos al desierto —lo hacíamos con creciente frecuencia—, Uriel dejaba que el vehículo se balancease con rabia en los badenes de la ruta como una fiera tras su objetivo. Por lo general me molesta que acelere tanto, y quizás lo sabe. Pero ese martes no iba a frenarlo: ansiaba terminar de una buena vez la misión que me había impuesto.

Íbamos a excavar una vieja sepultura para solucionar el misterio que mantenía inquieta a mucha gente. Nos habíamos levantado antes del alba, cuando el cielo adquiere un color de arpillera que torna hacia el ceniza y luego se convierte en una chapa de cinc. Me había cepillado los dientes, afeitado y duchado. Calculo que llevó un minuto adicional tragar una taza de café amargo y vestir mi uniforme de mayor. Una fugaz mirada por la ventanita del improvisado cuartel permitió cerciorarme de que Uriel ya había cargado las mochilas con armas, agua y víveres. Le había advertido que ese martes mi habitual exigencia de puntualidad sería inflexible.

No había alcanzado a subir a mi jeep cuando, para mi sorpresa, emergió del vehículo la figura de Yosi Harel, con rostro imperturbable.

Harel ya debía rondar los sesenta años de edad, aunque su legendaria energía lo mostraba mucho más joven. Algo calvo y canoso, tenía penetrantes ojos azules, hombros anchos y piel bronceada. Veinte años antes había sido el comandante del célebre barco Éxodo que transportó casi cinco mil sobrevivientes del Holocausto desde Europa a las costas de Israel. Luego cumplió con muchas misiones intrincadas del Mossad.

—¿Yosi? —pregunté, sin dismular mi desconcierto—. ¿Qué hace aquí?

—Hola, Elcaná. Suerte en la misión —se limitó a responder, como si no me hubiera debido explicaciones por haber estado revisando el jeep.

Harel, a esa hora y en ese momento, fortaleció mi sensación de que el Mossad había decidido controlarme de cerca. Partió sin siquiera despedirse.

Contuve mi irritación. Quizás me seguían de forma rutinaria por haber solicitado que me reclutasen para servir en el espionaje. Tenían que probarme, desde luego. Aunque los engreídos examinadores se tomaban demasiado tiempo —pensé— sin reconocer mis logros.

Mi nombre completo es Shlomo Ben-Elcaná, pero suelen llamarme Elcaná a secas. Seco también soy yo. Vo

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