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SAECULUM

Ursula Poznanski  

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Fragmento

—¡Oh, Dios mío, tanta sangre!

—Se va a morir. Creo que se va a morir.

—¿Dónde está la espada?

—En las escaleras.

—Ahí no se puede quedar.

—Oh, Dios, quiero salir de aquí de una buena vez.

—No vamos a decir ni una palabra de lo que ha ocurrido en este lugar, ¿está claro?

—Pero, si él… quiero decir, si…

—De eso ya me ocuparé yo. No hay problema.

Bastian oyó el tintineo de las espadas a lo lejos. Procedía de la fortaleza, allí donde el gentío era mayor. Sandra debía de haberse evaporado entre la muchedumbre mientras él se distraía viendo hierbas medicinales.

Se subió los lentes a la cabeza y se frotó los ojos. La noche anterior tendría que haber dormido en lugar de estudiar. Y en aquel mercado medieval no había café por ningún sitio. Solo hidromiel, cerveza y jugos de frutas. Ah, y no había que olvidar las pociones de amor. Hizo una mueca irónica. En el puesto de accesorios para brujas Sandra le había puesto un frasco debajo de la nariz, tenía un penetrante aroma a vainilla.

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—Un sorbito y te tendré a mis pies por el resto de los días —le susurró mirándolo de reojo. Poco después se volatilizó sumergida en la riada de visitantes que acudían a la demostración de lucha medieval.

Bastian se puso los lentes sobre la nariz y trató de descubrir los rizos rubios de Sandra entre las masas.

—¿Buscas algo? —una chica gruesa, de pelo oscuro, se cruzó en su camino; su vestido largo, negro, resplandecía al sol. Bastian pensó que tendría veintidós o veintitrés años, pero la línea negra que bordeaba sus ojos era como de un dedo de ancha y la hacía parecer mayor de lo que probablemente era—. ¿Quieres saber lo que te depara el destino y el futuro? —tomó su mano sin demasiados miramientos y la giró con la palma hacia arriba.

—No, quiero saber dónde se ha metido mi amiga —respondió mientras la chica recorría las líneas de su mano con una uña corta y quebrada.

—¿Cómo se ve?

—Más o menos como tú de alta, delgada, lleva un vestido medieval, con corpiño. Rojo y marrón.

—Ah. Espera… Veo algo… Tienes la línea del corazón muy marcada… La persona que buscas tiene el pelo rizado, rubio oscuro, ¿me equivoco? Ojos verdes. Y… se llama Sandra.

Bastian retiró la mano, desconcertado.

—¿Cómo lo supiste?

La chica lo miró con seriedad.

—Nada de magia. La conozco. Estuvo aquí y luego se fue a la explanada del torneo, las luchas ya han empezado. Cuando llegues al murete de ahí enfrente, tienes que ir a la izquierda —le tomó la mano de nuevo y la examinó minuciosamente. Bastian descubrió en sus nudillos signos azul oscuro, pintados o tatuados.

—Algo nuevo avanza hacia ti, algo grande —murmuró ella—. Si no te andas con cuidado, acabará desestabilizándote y sepultándote.

Él retiró la mano y sonrió.

—Mi examen de Fisio. La palabra adecuada no es precisamente grande.

La chica no le devolvió la sonrisa.

—No es broma. Cuando digo algo grande es que lo creo. Tendrías que andarte con cuidado. Si quieres te echo las runas, aclaran cosas.

Sí, seguro.

—Gracias, pero creo que ya tengo las cosas bastante claras.

—Como quieras. En el caso de que te lo pienses mejor, pregunta por mí; aquí me conocen todos —volvió a tomar su mano, pero esta vez para saludarlo—. Soy Doro.

—Bastian.

—Ya lo sé.

El chico sonrió por dentro. Doro era una bruja de feria perfecta con su voz ronca, sus ojos profundos y las cejas que se curvaban sobre ellos como orugas demasiado alimentadas. De todas formas, apartó la mano; el apretón había sido algo fuerte para resultar agradable. Ella asintió como si no hubiera esperado otra cosa.

Tras aquel encuentro, Bastian agradeció cruzarse con gente risueña entre la muchedumbre. Por lo menos uno de los consejos de Doro sí que iba a seguirlo, torcer por el murete y dirigirse a la explanada del torneo. Se abrió camino entre un tropel de hombres con falda escocesa y pecho descubierto. ¿Eso también era medieval? Como fuera, con aquel sol primaveral iban a terminar con una insolación de miedo. Felicidades.

Respiró profundamente y apartó el pensamiento de su cabeza. La premisa era desconectar. No pensar en nada relacionado con sus estudios de medicina. Se lo merecía de verdad.

Se le cruzó un grupo de mujeres ataviadas de damas de la corte, las adelantó y dobló por el último puesto. Eso tenía que ser la explanada del torneo. Bastian parpadeó a causa del sol y, en ese mismo instante, un niño rubio chocó contra sus piernas; debía de estar huyendo de su madre que trataba de quitarle una espada de madera recién robada de un puesto.

Era increíble la cantidad de gente que atraía aquel mercado.

Curiosamente los que no iban disfrazados, como el propio Bastian, parecían de lo más extraños con sus pantalones de mezclilla, sus camisetas y sus calzado deportivo en medio de tantos caballeros, damas de la nobleza, vikingos y amazonas.

La plaza del torneo estaba delimitada por una valla hecha de tablas. De ella colgaban racimos de niños gritones, muchos armados con lanzas o espadas de madera, algunos con hondas. A Bastian le pasaron por la cabeza las distintas lesiones de ojos que un arma podría producir, pero enseguida se contuvo. Hoy no, demonios.

En medio de la plaza, una lucha de espadas se hallaba en su momento álgido. Un robusto caballero ataviado de azul se las veía con un enemigo mucho más menudo, pero vivaracho, que lo atacaba combinando estocadas con patadas. Muy cerca de donde sucedían los hechos, Bastian descubrió a Sandra. Volvió a caer en cuenta de lo guapa que era justo cuando no se sentía observada por nadie. Nunca le había parecido tan resuelta como en aquella feria; pertenecía a aquel lugar, allí, en la primera fila, ligeramente inclinada sobre la valla, viendo la pelea. Era como si se sintiera en casa.

De vez en cuando intercambiaba algunas palabras con el espectador que tenía a su lado, que era como un tonel con piernas, barbón y de pelo largo. ¿Sería también uno de los luchadores? La espada que colgaba de su ancho cinto así lo daba a entender, pero el diámetro de su cuerpo indicaba lo contrario.

El caballero azul derrumbó a su contrario y se tiró sobre él con el arma en alto, pero su pequeño enemigo salió rodando, como el rayo, de la zona de peligro y se puso en pie de un salto. El público vitoreaba.

—¡Bastian! ¡Estamos aquí! —Sandra lo había visto y le hacía gestos—. ¡Ven! ¡Georg y Nathan están a punto de terminar!

Fue pidiendo perdón a izquierda y derecha mientras avanzaba entre las filas.

—¿Dónde estabas? —Sandra lo rodeó con un brazo. Te vi en el puesto de los jabones de aceite y, al instante siguiente, habías desaparecido.

—Al lado vendían hierbas medicinales, tenía que verlas.

Ella entrecerró los ojos simulando enfado.

—Debía haberlo supuesto —se dio la vuelta hacia el que tenía cuerpo de tonel, que había seguido la conversación con una sonrisa—. Este es Bastian, ya te he hablado de él. Bastian, te presento a Piedrecita.

¿Piedrecita? Bastian no pudo evitar hacer una mueca irónica. Pensó que Bloque habría sido mucho más adecuado.

—Se os saluda, noble extranjero —dijo el coloso—. No os sorprendáis por un nombre tan extraño, pues de todos es bien sabido que mi nombre real es Christian Piedra. Pero ni Dios me llama así.

¿Noble extranjero? ¿De todos es bien sabido? Bastian intercambió una mirada con Sandra. ¿Esperaba ella que él también hablara así?

Al momento siguiente, la mano de Piedrecita aterrizó pesadamente sobre su hombro.

—De acuerdo, no dejes que mi parloteo sin fin te saque de tus casillas.

—Okey, gracias —dijo Bastian aliviado—. No estoy muy familiarizado con el español antiguo, lo siento.

—No pasa nada, se aprende rápido, todo es dedicarse. ¿No te ha dicho Sandra que en la feria te ahorras la entrada si traes el atuendo adecuado?

Atuendo, otra de esas palabras.

—Sí, pero no tenía ningún… atuendo. Y, en serio, me habría costado más que la entrada.

—Un tipo listo, a fe mía —murmuró Piedrecita pasando la mirada del uno al otro—. ¿Cuánto hace que os conocéis? —guiñó un ojo dando a entender que le encantaría entrar en detalles.

Bastian se pasó la mano por el pelo con timidez.

—No mucho —dijo—. Unas cuantas semanas.

—Seis. Nos hemos visto… unas cuatro veces —explicó Sandra con alegría—. Nos conocimos en la Universidad, casi el único sitio donde puedes encontrar a Bastian. Se pasa la mayor parte del tiempo sumergido en los libros, estudiando. Tiene poco tiempo para salir.

—Tú, en cambio, tienes mucho, por lo que yo sé —bromeó Piedrecita—. Confiésalo, te fuiste a dar vueltas por Medicina para pescar a un futuro especialista.

Sandra simuló darle un empujón.

—Jamás haría nada parecido —sonrió a Bastian—. Pero míralo: ¿No es una pena que se la pese enclaustrado en su casa? Creo que toma poco aire puro y he decidido que eso tiene que cambiar.

Bastian confió en que se sonrojaba solo interiormente. Lo que había dicho sonaba como si ya fueran pareja… No es que tuviera nada en contra… Por favor, al contrario. Pero… todavía no era así.

—¿Aire puro? —pregunto Piedrecita sonriendo—. ¿Te refieres a mucho aire puro?

Sandra fijó la vista en Bastian, divertida—. Mucho, mucho. Todo el que se pueda.

Los dos se rieron. Estaba claro que Bastian se había perdido algo. Seguramente una broma de frikis medievales.

—Bueno, pues estará por verse si es que aguanta el aire puro —opinó Piedrecita entre risas.

A su alrededor la gente aplaudía, la lucha había terminado. El caballero de jubón azul —¿Georg?— corrió hacia Sandra y Piedrecita.

—¿Dónde está? —jadeó. Su mirada escrutó a todos los presentes—. ¿No está con ustedes?

—No, lo siento —respondió Sandra—. Por cierto, este es Bastian, te he hablado de él —añadió, empujándolo hacia Georg.

—Un gusto —dijo sin mirarlo apenas—. Disculpen, pero ¿de verdad no saben dónde está Lisbeth?

—Nooo —respondió Piedrecita y su mirada también comenzó a vagar entre el público.

—¿No estaba aquí durante la representación?

—No que yo sepa. En todo caso, no con nosotros.

En la expresión de Georg apareció un cierto malestar.

—¿Dónde la vieron por última vez?

—Hace dos horas estaba en el puesto de las ballestas, le enseñaba a los niños cómo se colocan las saetas —dijo Piedrecita—. Luego no la he visto más.

—Quería venir a ver la pelea. No lo entiendo —con los ojos entornados Georg escudriñó en todas direcciones y salió corriendo sin decir una palabra más.

—¿Qué pasa? —Bastian miró confundido a Sandra y a Piedrecita—. ¿Por qué está tan nervioso?

Sandra se encogió de hombros.

—Así es Georg. Cuando se trata de Lisbeth, necesita tenerlo todo controlado.

—No es de extrañar —comentó Piedrecita, mordió un trozo de pan negro y sacudió unas migajas de su hábito de monje—. Ya lo entenderás en cuanto veas a Lisbeth. Creo que tiene miedo permanente de que alguien pueda robársela —se rio—. ¡Vaya estrés! A la gente como nosotros nos va mejor, ¿no es cierto, Sandra?

La sombra que cruzó el rostro de Sandra desapareció tan rápido que Bastian no supo si había visto bien.

—De cualquier manera, no quisiera parecerme a Lisbeth, si es eso lo que insinúas —dijo tirándose el pelo hacia atrás.

Dos nuevos luchadores salieron a la explanada. El más alto de los dos saludaba ceremoniosamente al público, mientras el más bajo tomaba vuelo para soltarle una patada en el trasero. El alto se cayó de narices en la arena y los espectadores festejaron la escena.

—Lars y Verruga —explicó Sandra—. Ya verás, ¡esto se pone interesante!

—¿Los conoces a todos? —preguntó Bastian—. ¿A todos los que llevan cotas de malla?

—Claro. Son todos de mi grupo.

—¿Grupo?

—Mi grupo de juego de rol. Saeculum.

Un estruendo colectivo interrumpió la conversación. Al alto —Verruga, ¡vaya nombre!— acababa de caérsele la espada. Se agachó aparatosamente y de esa manera evitó el golpe que Lars le asestó con un movimiento circular del arma, el embate fue tan impetuoso que el propio atacante comenzó a tambalearse girando sobre sí mismo por toda la explanada. El público se carcajeaba a más no poder. Los dos caballeros erraban el blanco continuamente y por cuestión de milímetros, escapaban corriendo hacia la valla, se pegaban entre ellos con los yelmos, y acabaron aterrizando ambos de espaldas en el suelo. El aplauso fue enorme.

—Saeculum quiere decir siglo, ¿no? —preguntó Bastian retomando el hilo.

—Sí. El nuestro es el catorce. Establece el límite para lo que se permite en nuestras convenciones.

—¿A qué te refieres con permitir?

Ella lo observó de arriba abajo, con mirada escrutadora, se fijó en cada una de sus prendas de vestir.

—Somos jugadores de rol. Buscamos lugares aislados y allí… bueno, pues allí jugamos. Tus tenis, por ejemplo, estarían absolutamente prohibidos. El velcro no se había inventado en el siglo XIV y tampoco había suelas de material sintético. Y… déjame ver… ¡pantalones de mezclilla! Imposible, tendrías que quitártelos de inmediato —torció la cabeza, cruzó los brazos sobre el pecho y guiñó un ojo como si estuviera esperando verdaderamente que se quitara los pantalones y los zapatos.

Bastian se rio, medio divertido medio avergonzado, y Sandra se unió a su risa.

—Durante unos días es agradable, eso de prescindir de los adelantos de los tiempos actuales, y una convención no suele durar más —lo tomó de la mano, la sostuvo por un segundo y luego le quitó el reloj de pulsera.

—Para ponerte a tono vas a comenzar dejando a un lado la hora y el estrés —dijo en voz baja mientras recorría con las puntas de los dedos el lugar donde antes estaba el reloj—. Es de día. Brilla el sol. No tienes que saber nada más —con esa luz el cabello de Sandra era un mar de olas color miel. Sus ojos no se soltaban de Bastian.

¿Si intento besarla, se dejará?

El pensamiento se desvaneció con el aplauso de los espectadores, que reclamó la atención de Sandra de nuevo hacia el espectáculo.

—Ahora viene la ordalía, luego podemos ir a comer algo.

Bastian no estaba muy seguro de haber entendido la palabra.

—La ¿qué? —preguntó.

—La ordalía, el juicio de Dios. En la Edad Media era muy normal cuando la gente no se ponía de acuerdo en un juicio. Lo mejor entonces era guiarse por signos sobrenaturales.

Un tipo rechoncho y sudoroso con un elegante jubón con bordados dorados salió a la pista. Desplegó un rollo, fijó la vista en el público y comenzó a leer.

—Se culpa a la doncella aquí presente, Mathilda, de robar un preciado anillo de los aposentos de su ama. No hay testigos que pudieran corroborar su declaración, por eso Mathilda busca un guerrero que participe en un duelo para probar su inocencia —el rechoncho señaló a una muchacha de unos dieciocho años con largas trenzas rubias, que estaba unos pasos por detrás de él—. ¿Quién quiere luchar por Mathilda? —gritó al público.

—Listos —murmuró Piedrecita—. Aparten a las chicas, que ya está aquí.

Un hombre alto salió de la muchedumbre y se colocó en medio de la pista. Se cubría con una capa oscura cuya capucha dejaba su rostro en sombras. Se quedó allí unos instantes, como si estuviera sumido en sus pensamientos, luego se arrancó la capa del cuerpo con un solo movimiento de la mano. Fue como si todos los espectadores respiraran al unísono.

El defensor de Mathilda, de algo más de veinte años, miró al público con una leve sonrisa y comenzó a dibujar pequeñas circunferencias con la punta de su espada. Como el grupo de escoceses, también él mostraba el torso desnudo al sol, pero la diferencia no podía ser más grande. Pensar que a él los rayos pudieran hacerle daño era completamente absurdo. Se apartó con la mano izquierda un mechón largo y claro de la cara mientras que con un movimiento de la espada invitaba a sus contrincantes a comenzar la pelea.

—¿Y ese quién es? —murmuró Bastian— ¿Sigfrido, el aniquilador de dragones?

Sandra rió divertida y respondió:

—No del todo. No, es Paul, el espadachín rompecorazones.

—Vaya maldad por tu parte —afirmó Piedrecita—. Siempre ese tipo de prejuicios con unos chicos tan encantadores como nosotros…

Sandra volvió a asestarle un codazo cariñoso sin dejar de fijar la vista en Paul.

—Se ha untado aceite para que se le marquen los músculos. Eso no tiene nada que ver con los prejuicios, es vanidad pura y dura.

—Lucho por Mathilda, en cuya inocencia creo firmemente —pronunció Paul con voz potente—. Lucharé contra todos los contrincantes que se pongan a mi alcance.

Ningún otro espadachín dio un paso al frente.

—Si no hay nadie que esté dispuesto a la lucha os tomaré como abatidos y derrotados, tal como establece la tradición.

Aguardó, sin ningún signo de impaciencia, hasta que Verruga y Nathan se adelantaron.

—¡Nos batiremos contigo! —gritó Verruga—. Si nos vences, la inocencia de la muchacha quedará demostrada.

—De acuerdo —no había acabado de hablar cuando sus dos contrincantes comenzaron a atacarlo con golpes rápidos e impetuosos, que él evitaba con agilidad o paraba con su escudo. Estaba muy claro quién contaba con las simpatías del público.

Los tres tenían la pelea perfectamente estudiada. Cada golpe encajaba, cada paso era el adecuado, y cuando Paul tropezó hacia atrás, escenificó una voltereta tan perfecta fuera de la zona de peligro que el público rompió en aplausos. Inmediatamente después acabó con Verruga y Nathan se rindió. Tras la ronda de saludos final, el show terminó.

Esperaron hasta que la mayor parte de los espectadores se dispersaron, lo que duró un buen rato porque una fila de jovencitas rodeaba a Paul y quería fotografiarse con él, a solas por supuesto.

Verruga, una vez “revivido”, se unió a ellos.

—Dadme de beber, colegas —vociferó.

Piedrecita sacó una cantimplora de su cinturón y dijo:

—Solo agua, amigo mío. Sé bueno y rellénala cuando te la trinques toda.

—Por supuesto —Verruga se apartó el pelo sudoroso de la frente. Y Bastian comprendió a qué venía su apodo: justo sobre el puente de la nariz lucía una especie de tercer ojo, un fibroma de más de un centímetro de diámetro. Circular. Tuvo que esforzarse para no clavar la vista en él, aquella cosa atraía su mirada como un imán. Con láser o un escalpelo se podría hacer un buen trabajo.

Maldición. Tanto estudiar lo estaba volviendo completamente idiota. ¿Por qué se empeñaba en sentar en el sillón de la consulta a cada persona con la que se encontraba?

—¡Se acabó! —se ordenó a sí mismo y por las miradas sorprendidas de los demás se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta.

—Se acabó ¿qué? —preguntó Sandra.

—Ah, nada. Solo que tengo que quitarme, para variar, la maldita medicina de la cabeza, eso es todo.

—¿Lo ves? —Sandra sonrió a Piedrecita y añadió con voz de triunfo— Yo tenía razón. Vendrá.

—¿Adónde voy a ir?

Antes de que Sandra pudiera responder, Piedrecita la agarró por el brazo y la apartó hacia un lado.

—Perdónanos un momento, querido amigo —y comenzó a hablar con Sandra, por desgracia no lo suficientemente alto como para que Bastian pudiera enterarse de qué iba la cosa. Solo escuchaba retazos de algunas frases—: … hablarlo con los otros —oyó que decía Piedrecita—. Creía que lo decías en broma.

Sandra contestó, pero también en voz baja, y el ajetreo de la feria se tragó sus palabras.

Ahí estaba Bastian, mirándose las agujetas de sus zapatos y sintiéndose de más. Intercambió una sonrisa tímida con Verruga, quien ya casi había vaciado la cantimplora y se tiró el resto del contenido por la cabeza.

—… esta vez supermeticuloso —le llegaron unas cuantas palabras más de Piedrecita—. Nunca estarán de acuerdo. Hasta Ben y Pia han renunciado. Nadie sabe nada concreto. No le prometas demasiado, si no…

El resto se lo volvió a comer el ruido del mercado, los gritos arreciaron porque Paul se despedía de sus fans. Cruzó lentamente la pista en diagonal hacia ellos mientras iba saludando a diestra y siniestra.

“Algo grande avanza hacia ti”, pensó Bastian sonriendo para sus adentros. Así de rápido podían cumplirse las profecías cuando se las interpretaba correctamente.

Paul se abrió camino hacia ellos, palmeó a Verruga en la espalda y le quitó la cantimplora con la otra mano.

—¡Vacía! —suspiró, miró el pelo mojado de Verruga mientras arqueaba las cejas y sacudía la cabeza—. Vaya desperdicio de agua. Sé bueno y llénala otra vez, ¿sí? —dijo pasándole la cantimplora y su mirada se encontró con la de Bastian—. Hola. Deberíamos conocernos, ¿no?

¿Deberíamos? Mientras Bastian pensaba todavía si la expresión le resultaba agradable o extraña, el otro le tendió la mano.

—Soy Paul, y si tú eres Bastian, Sandra me ha contado unas cuantas cosas de ti.

¿De verdad?

—¿Lo ha hecho?

—Sí —Paul clavó sus ojos brillantes en él y no dejó de mirarlo ni cuando Verruga trajo de nuevo la cantimplora llena y se la pasó. Su mirada era demasiado intensa para el gusto de Bastian.

—¿Me imagino que en realidad te llamas Sebastian?

—No, mis padres eligieron desde el principio la versión reducida. Les parecía que iba mejor con el resto.

—A ver, dime el resto.

—Steffenberg.

Paul repitió el nombre casi saboreándolo:

—Bastian Steffenberg. Tus padres tienen razón. Suena bien. Suena como si tuvieras que tener un escudo de familia, que se pudiera pintar en un cuadro.

“Buena idea. Un escalpelo dorado sobre un billete verde”, pensó Bastian con amargura.

—Mejor no —dijo.

—Sandra mencionó que estudiabas medicina. ¿Eres bueno?

Nunca le habían hecho esa pregunta en relación con sus estudios. ¿Es cansando? ¿Es difícil? ¿Es interesante?… eso sí. Pero: ¿Eres bueno?

—Me esfuerzo —respondió con cautela. Había algo en el estilo de Paul, en sus preguntas, que obligaba a Bastian a quedarse un paso más atrás.

—Cuéntame. ¿Hay alguna materia en la que te quieras especializar?

—Todavía es muy pronto —se dio cuenta de que Paul no iba a contentarse con esa respuesta—. Probablemente cirugía. Ya veremos cómo se desarrollan las cosas.

A Paul eso pareció hacerle gracia.

—¿En tu vida las cosas se desarrollan así, sin más? En la mía, no —se puso un jubón de piel marrón claro y lo anudó por el frente—. Pero no pasa nada. A mí me gustan los desafíos.

Bastian le creyó al instante. Paul era uno de esos tipos que casi estallan de la energía que despliegan.

—Perdona que te haga tantas preguntas —por fin debía de haber notado el malestar de Bastian—. No es mera curiosidad, tengo mis razones. Pronto lo entenderás —bebió un buen trago de la botella—. ¿Te ha hablado Sandra de nuestra convención?

Como si hubiera esperado a oír su nombre, Sandra se acercó a ellos con Piedrecita a su lado.

—¡Este es! —gritó—. Es Bastian.

—Ya nos hemos presentado —dijo Paul—. Quisiera saber lo bueno que es tu amigo curando heridas de espada…

No hubo manera de entender el final de la frase porque los gaiteros pasaron justo por su lado; el ruido hacía imposible cualquier conversación. Paul simuló con gracia algunos pasos de una danza escocesa. Cuando la comitiva estuvo lo suficientemente lejos y el volumen de la música bajó, tomó de nuevo la palabra.

—Es preciso que continuemos hablando, pero me muero de hambre. ¿Qué les parece si nos vamos a buscar unas costillas de esas de ahí enfrente?

A Bastian le pareció una idea magnífica.

Cruzaron la pradera dejando atrás tiendas de colores, puestos de armas y pacas de heno apiladas, por las que los niños trepaban encantados. Aquí y allá colgaban pucheros sobre hogueras humeantes, olía a estofado, salchichas y cerveza. Piedrecita conocía a la mujer que estaba dando vueltas al asador en el puesto de comida tirolesa medieval, así se ahorraron la cola formada por visitantes sudorosos y niños llorones, cargaron con platos de cartón llenos de aromáticas piezas de carne y se sentaron a la sombra de un haya.

—¿Qué es lo que te llevó a estudiar medicina, Bastian? — preguntó Paul, retomando la conversación anterior. El interés que mostraban de nuevo sus ojos dejó atónito al chico. ¿Sus estudios le fascinaban tanto realmente o se trataba solo de un exceso de amabilidad? Paul lo miraba como si quisiera traspasarlo. Miradas así ya había visto suficientes en su niñez, no tenía ganas de volver a la carga otra vez.

—Si quieres una razón original, vas a decepcionarte —respondió—. Estudio lo que más me ha interesado siempre.

Paul pareció contentarse con la respuesta, no siguió escarbando más.

—Y tú, Paul, ¿qué haces en la vida real? —Bastian también podía hacer preguntas inquisitivas.

—En la vida real —repitió Paul pensativo—. ¿Qué quieres decir con eso? Ahora mismo estoy tumbado en la hierba, tomando el sol, disfrutando de la comida y de la bebida… No me imagino una vida más real ni mejor.

Muy listo, con qué elegancia había eludido la pregunta. Pero Paul no había terminado.

—Si quieres decir si estudio o trabajo… sí, de alguna manera, sí. Exploro, viajo por ahí y busco huellas del pasado. Alguien me dijo una vez que el que comprende el pasado domina el futuro —miró alrededor y señaló a un grupo de hombres con cotas de malla que pasaban por su lado—. Por eso me encuentro tan bien aquí. Se mire por donde se mire, nada más que pasado.

—Entiendo —lo que era una mentira pura y dura. A Bastian la explicación de Paul lo había dejado en las mismas—. ¿Y tú, Piedrecita?

—A mí me pasa algo parecido, en realidad tengo menos que ver con la exploración y más con la cocina —Piedrecita se golpeó divertido su panza redonda—. ¡Y con el disfrute! Pero en ocasiones trabajo como ilustrador, para llenar la bolsa.

—Dibuja increíblemente bien —dijo Sandra. Estaba sentada tan cerca de Bastian que sus hombros se rozaron—. El escudo de Saeculum es de él.

Cierto, el asunto del juego de rol. Saeculum.

—Cuéntenme otra vez de qué va —pidió Bastian mientras buscaba inútilmente algo con lo que limpiarse la boca—. ¿Organizan juegos de aventura y prescinden de inventos modernos? Relojes, celulares y esas cosas, ¿no?

—Exacto —afirmó Piedrecita y levantó el hueso que estaba royendo como si fuera a dar una clase magistral—. Pero no solo eso. En nuestras convenciones no encontrarás ningún cerillo, ni tabaco o papas.

—¿Y eso?

—Paul, explícaselo, al fin y al cabo eres el jefe de la organización.

Esta vez pasó un tiempo hasta que Paul respondió, ya que estaba cosumiendo un muslo de pollo con evidente deleite.

—Es así: papas, maíz, tabaco… todo eso nos llegó hacia el 1500. Pero nosotros nos hemos empeñado en emplear en nuestros juegos únicamente cosas que ya se conocían en el siglo XIV. Saeculum quartum decimum. La vida no era muy agradable entonces. Peste, guerras, incluso un pequeño periodo glaciar. A nuestra edad a muchos les quedaba solo la mitad de los dientes —levantó la cabeza y guiñó un ojo a Bastian—. ¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

—Yo también. Pronto cumpliré veintiuno. La edad en la que te nombraban caballero —Paul le quitó a Piedrecita un trozo de carne y le hincó el diente—. Si se pertenecía a la clase alta, claro —añadió masticando—. De todas maneras en nuestras convenciones no se producen tantas vicisitudes como en la auténtica Edad Media. Una epidemia de peste está prácticamente descartada y nunca jugamos en invierno. Somos algo más extremistas que otros grupos pero no estamos locos.

Del rincón donde estaba Verruga les llegó un bufido.

—Conozco un montón de gente que opina diferente —balbuceó entre dos bocados—. Y a más de dos que preferirían sentarse con el culo al aire sobre un montón de cristales antes que pasar de nuevo cinco días en el bosque con nosotros.

No sonó muy alentador. Bastian sintió que aumentaba la presión del hombro de Sandra sobre el suyo.

—No le hagas caso a Verruga—murmuró la chica muy cerca de su oído—. A alguien que no lo ha vivido en persona difícilmente se le puede describir, es como un viaje a otro mundo. Tiene que gustarte. Estás lejos de la ciudad más próxima, en medio del bosque. Lo que olvidaste en casa, no puedes ir a comprarlo, así que igual pasas frío o hambre. Es posible que duermas a la intemperie, sin cabaña ni tienda, sobre ti solo un cielo lleno de estrellas…

—…debajo de ti un trasero asquerosamente mojado —una voz de mujer, algo grave, sonó justo detrás de ellos.

Sandra suspiró.

—Hola, Iris —dijo.

—Me manda Georg. Quiere saber si alguien puede sustituir a Lisbeth en el tiro de la ballesta.

—¿Por qué no vas tú?

—Porque le prometí a Doro tocar música de fondo mientras ella lee las manos.

Verruga levantó la mano con la que seguía sujetando la costilla medio roída.

—Ya iré yo a ayudar a Lisbeth. Pero primero terminaré de comer.

—Queda claro —Iris miró deprisa a la derecha y a la izquierda antes de sentarse junto a Piedrecita en la hierba. El joven le pasó un trozo de pan y ella se aplicó a él como si no hubiera comido en días.

Bastian observó a Iris con el mismo interés que le hubiera dedicado a una extraña erupción cutánea. ¿Qué le pasaba a su cabello? Era como si un niño pequeño e irascible se hubiera lanzado sobre él con unas tijeras en las manos. Algunos mechones le llegaban hasta los hombros, otros parecía que se los hubieran rasurado. A eso había que añadir varias capas de tinte de resultados realmente infructuosos… Del rojo, pasando por el castaño, hasta el negro, todos los colores habían sido reemplazados por otros en determinados lugares. En combinación con las pecas de su cara y unos ojos ligeramente oblicuos, la impresión general era que se trataba de una elfa desplumada.

Cuando se dio cuenta de que la chica le devolvía la mirada con una mezcla de diversión y desdén, ya era tarde para simular que la había mirado solo por casualidad.

—Todavía no nos conocemos, soy Bastian —dijo tratando de contrarrestar con una presentación amable el haberla taladrado con los ojos—. Vine con Sandra.

—Ah.

—Bastian estudia medicina —explicó Piedrecita.

—Ah —Iris lo examinó con la mirada, arriba y abajo, luego echó un vistazo rápido a Sandra y, finalmente, a las hordas de visitantes—. Me voy con Doro —dijo, le quitó a Piedrecita otra rebanada de pan y se sumergió en la muchedumbre.

—Bueno, pues ya conoces a Iris —era difícil hacer caso omiso al tono de desprecio en la voz de Sandra.

—¿Hay algo malo en ella? Su pelo es muy… original.

—Entre nosotros… bueno, sí, no quiero hablar mal de ella, pero está medio loca y es una maleducada. Hasta hace un año tenía un aspecto normal. Pero no se deja aconsejar. Cuando se lo dije, casi se me tiró a la yugular.

Piedrecita se dio unos golpes en su panza llena.

—Así es. Eso que fuiste tan diplomática…

Volvieron a pasar los gaiteros escoceses, esta vez acompañados por dos tamborileros.

—¡Me voy con ellos! —gritó Verruga, se sacudió las migajas de su jubón y desapareció entre el gentío.

Bastian guiñó los ojos al sol, saciado y a gusto. Sintió la cabeza de Sandra sobre su hombro y la rodeó con el brazo, en plan de prueba. Ella no se retiró, se apoyó en él y comenzó a canturrear una melodía. En el prado, frente a ellos, Paul se desperezó como un depredador, se giró a un lado y sonrió.

—Hacen muy buena pareja.

La risita de Sandra fue una ligera vibración en el hombro de Bastian.

—Preocúpate de tus propios asuntos, querido Paulito —le dijo la chica.

—Ah, lo hago siempre —respondió él con una mueca.

Hacía mucho tiempo que Bastian no se sentía tan relajado. Su mecanismo interno, que estaba siempre activado como un motor, se hallaba ahora en standby. “Gracias, Sandra.” La apretó un poco más contra su cuerpo. Sandra le sopló un mechón de cabello de sus lentes.

—¿Qué te parece —dijo— si vamos otra vez al puesto de las hierbas y aprendemos un poco? Es bueno saber de eso cuando se está en el campo y quién sabe qué rumbo tomarás en los próximos días…

Se pasaron toda la tarde yendo de un puesto a otro, vieron a artesanos trabajando, trataron de bailar una danza medieval y huyeron de los gaiteros que estaban en todas partes. El aire se fue haciendo más fresco, camino ya del atardecer. Sandra miró a Bastian.

—Te gusta, ¿no?

Él asintió.

—Hacía tiempo que no desconectaba como hoy —respondió.

—¿Tienes planes para las vacaciones de Pascua?

—Lo típico, estudiar seguramente —dijo Bastian. Pensar en ello quebró dolorosamente su buen humor.

—¿Por qué te estresas tanto por tus estudios? ¿Quieres superar algún récord?

—Bah, tiene que ver con mis padres. Una larga historia y no vale la pena estropearnos este hermoso día.

Caminaron un rato en silencio; Bastian se esforzó en apartar el rostro de su padre de sus pensamientos, pero tampoco lo logró en esa ocasión.

—No pongas esa cara —Sandra le dio un codazo cariñoso.

—¿Qué cara pongo? Oh… Así que… Pascua. ¿Según tu opinión qué plan podría tener, en vez de estudiar?

—Viajar conmigo.

Bastian se quedo quieto. ¿Era eso de lo que hablaban todo el rato? ¿Lo del aire puro y eso?

—Una idea interesante. ¿A dónde?

—No lo sé —rodeó su cuello y se abrazó a su cuerpo—. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero será un lugar apartado, lejos de pueblos, carreteras y coches —levantó la mirada hacia él y la mantuvo fija en sus ojos.

—No quieres viajar conmigo solamente —comprobó él—. Sino llevarme a tu convención de Saeculum, ¿es eso?

—Ajá. Pero tendremos tiempo para estar juntos. Ven, ¿sí? ¡Me encantaría que estuvieras allí!

Sintió que los dedos de Sandra acariciaban su nuca, eso lo convenció mucho más rápido que todas sus palabras. Unos cuantos días sin celular resultarían fáciles de soportar, bueno, sería todo un deleite. Y unos días sin libros, todavía mejor. Y junto a la chica que no le quitaba de encima aquellos ojos verdes…

—De acuerdo. Bueno, quiero decir… quizá. Tal vez. Si me encierro a estudiar en serio, luego me podré tomar cuatro días libres.

—Cinco —lo corrigió ella—. Pero valdrá la pena, ya lo verás. No te puedes hacer ni idea de la experiencia que supone. Nada es como en la vida normal. A veces tengo un miedo terrorífico, pero… contigo será distinto, estoy convencida. No hay ninguna red de seguridad, ¿comprendes? —miró hacia arriba, clavó la vista en sus ojos, directamente—. Uno se siente tan vivo que hasta duele.

Los últimos rayos de sol relucían rojos, bajo su luz, el mercado parecía todavía más medieval. Tal vez porque los que quedaban llevaban todos atuendos de época, los demás visitantes hacía tiempo que estaban de nuevo en sus casas frente a sus televisores.

Bastian respiró hondo. Había llegado el momento de hacer algo distinto.

—¿Sandra?

—¿Sí?

—Creo que necesito ropa apropiada.

Iris contó el dinero de su cartera. 23 euros con 48 por ponerle música de fondo a Doro, vender durante una hora amuletos en el puesto de Alma y cuidar niños en la fortaleza de pacas de heno. Maldita sea, ganaba más una tarde lluviosa en cualquiera de las zonas peatonales. Pero daba lo mismo. Le bastaba. En cuatro semanas tendría ahorrado el dinero para la convención y todavía le sobraría para mantenerse diez días a flote. Así que si se había quedado encargada del puesto de ropa para que Nadja pudiera ir a la hoguera a comerse unas costillas, lo había hecho pura y simplemente por amabilidad. Lo cierto es que también habría podido cerrar el puesto porque a esa hora ya no iba a aparecer nadie por allí.

Dirigió su mirada escrutadora a la izquierda y la derecha, hasta donde llegaba su vista todo estaba en orden. La masa de gente que se había congregado durante todo el día en el recinto, tanto adentro como afuera del castillo, le resultaba tranquilizadora e inquietante al mismo tiempo. Tranquilizadora porque uno se la podía poner como un traje de camuflaje y desaparecer dentro de ella. Inquietante porque lo mismo podrían hacer todos los demás y, entonces, sería imposible ver llegar el peligro desde la distancia.

Ahora era la oscuridad la que proporcionaba protección y amenaza. Iris escrutó a su alrededor una vez más: visualizó cada grupo, cada parejita en las proximidades y no pudo ver nada sospechoso. Bien. ¿Por qué no ganarse, entonces, unos cuantos euros más con un poco de música?

Sacó su arpa de la funda y empezó a afinarla. Ensayar todos los días, aprender una nueva pieza cada dos semanas. Por un lado, para ampliar el repertorio que tocaba en las calles peatonales. Por otro, para cuando llegara el tiempo de que todo terminara.

Iris apoyó la espalda en el respaldo, colocó los dedos sobre las cuerdas y tocó los primeros compases de Greensleeves. Con el público de la calle esa pieza siempre funcionaba de maravilla porque todos sabían tararearla, mal que bien. En el momento había introducido unas cuantas variaciones que necesitaban bastante práctica. Pero… se quedaban. ¡Genial! Como esperaba, la melodía atrajo a la gente; Iris oyó sus pasos y se forzó a mantener la mirada baja, fija en el instrumento. Las personas peligrosas no se reían en voz baja, sino que se aproximaban sin hacer ruido, sus golpes venían de la nada, de un silencio engañoso.

—Eh, Iris. ¿Dónde está Nadja?

Ah, Sandra y su amiguito el cuatrojos superdotado.

—Comiendo —respondió mientras dejaba que se apagara el acorde en la menor y suspiró exasperada. Aquellos dos no eran del tipo de público que dejaba unas monedas.

—¿Sabes cuándo va a volver?

—Ni idea. Cuando no tenga más hambre, imagino.

El de lentes agarró unos pantalones de piel con un cordón a la cintura y una camisa que se abrochaba con cintas.

—¿Podemos mirar mientras? —preguntó—. Me gustaría probarme unas cosas.

La menor. Do bemol mayor.

—Claro. Atrás, en la tienda, hay un espejo si lo necesitas.

—Gracias.

Iris comenzó con sus variaciones de la Brian Boru’s March procurando tapar la voz de Sandra.

—Esos pantalones no te los puedes llevar, necesitas unos calzones y unas calzas.

—¿Unos qué? —la voz del estudiante modelo sonaba desconcertada.

—Calzones. Unos calzoncillos de la edad media. Las calzas se abrochan a ellos. Muy práctico.

Soplido divertido.

—Por mí que no quede. Pero la cosa esa me recuerda a unos pañales.

—Luego te pondrás la camisa o la túnica por encima. No te preocupes.

Iris echó un vistazo por encima del hombro y vio que ¿Bernhard? ¿Bert? ¿Balduin? desaparecía en la tienda con las consabidas calzas, tres pares de calzones, cinco camisas, una guerrera y varios cintos. Ahora solo estaba allí Sandra, simulando que no la veía. Vaya idiota.

Iris dejó el arpa con cuidado sobre el mostrador.

—¿Cómo dices que se llama tu amigo?

Suspiro profundo.

—Bastian.

Eso era. Como el chico de La historia sin fin, así se acordaría.

—¿Quiere comprar algo o solo tiene intención de probarse?

Otro suspiro.

—Comprar. Si encuentra lo adecuado.

—Lo adecuado ¿para?

La expresión en el rostro de Sandra indicaba un “métete en tus asuntos” con toda claridad, la cosa se ponía divertida. Normalmente disimulaba mejor su odio. Pero hoy o no estaba en plenas facultades o le daba exactamente igual.

—¿Es cosa tuya? —respondió.

—Claro que no —dijo Iris acariciando el marco de resonancia de su arpa y se levantó despacio, sin dejar de mirar a Sandra—. ¿Puedo ayudarte, Bastian? —gritó en dirección a la tienda—. ¿Necesitas zapatos? Hay algunos modelos que Nadja quiere quitarse de encima, si tienes suerte puedes encontrar algo.

Él salió en ese momento, con una mueca en el rostro.

—No estaría mal un par de zapatos. ¿Qué me aconsejas? Sandra dice que el terreno de sus convenciones a veces es agreste o lodozo…

Así que era eso.

Iris se volvió hacia Sandra.

—¿Quieres llevártelo a la próxima convención?

—Sí. ¿Y?

—¿Y? Nadie lo conoce, quién sabe si podrá soportarlo. Si es un jugador útil —se aproximó más a Sandra y bajó la voz—. Si podemos confiar en él. ¿Cómo sabes que tu querido estudiante modelo no va a salir corriendo para denunciarnos a la policía? ¿Qué dicen Carina y Paul?

Sandra no le dirigió ni media palabra, la empujó para pasar por su lado y poder ayudar a Bastian a atarse la camisa.

—Te sienta bien —dijo—. Las calzas también, y, si me preguntas, me llevaría el cinto con la hebilla en forma de dragón.

Él se lo colocó en la cintura, puso las manos en la cintura y miró a Iris con las cejas arqueadas.

—¿Te parece adecuado para un mi estilo de nerd? —le preguntó.

Demonios.

—Sí, aceptable. Pero si realmente estás pensando en venir a nuestra convención, yo en tu lugar me llevaría unas cuantas cosas más. Otra camisa, un jubón, dos pares de calzones. Un cuchillo bueno. Una riñonera de piel y un saco grande de lino. Una cantimplora… pero que no sea de plástico o incumplirá el reglamento; platos y una manta de lana que abrigue.

Bastian la miró con los ojos muy abiertos.

—La riñonera la encontrarás aquí, para todo lo demás tienes que mirar por ahí. Vas a encontrar casi todo en este mercado.

Asintió despacio. No paraba de pasar la vista de Sandra a ella como si esperara algo. Claro, había oído lo de la policía y se estaba arrepintiendo. Mejor así.

—Cuando sepas lo que quieres comprar… te espero allá al frente, en la caja —Iris los dejó a los dos frente a la tienda, regresó a donde estaba su arpa y se la puso sobre las rodillas. El contacto con la madera lisa y las cuerdas tensadas le hizo bien, siempre le sucedía así. Cuando los primeros tonos de Tourdion se expandieron por el aire de la tarde, ya había recuperado parte de su equilibrio. Ese Bastian era inofensivo. Podía ir con ellos sin problemas. Ni él ni Sandra iban a fastidiarle los cinco días del año en los que se encontraba más segura.

Su música atrajo a algunos espectadores y pensó en si valía la pena poner un plato para monedas. No. Así estaba bien, no quería interrupciones, solo seguir tocando y observar a aquella niña pequeña que se reía con la música mientras daba vueltas sobre sí misma ondeando su falda.

Tres piezas después, Bastian y Sandra salieron de la tienda y dejaron un montón de ropa sobre la mesa de la caja. Iris buscó las etiquetas que tenían los precios escritos a mano y empezó a sumar. No era poca cosa… El chico debía andar sobrado de dinero. Nadja se alegraría.

—¿Es tuya? —preguntó Bastian y rozó el arpa con los dedos abiertos. A Iris la sacó de sus casillas y eso hizo que se distrajera.

—¿De quién va a ser? —respondió en un tono que sonó enfadado, incluso a sus propios oídos. Pero ¿qué clase de pregunta era esa? Se habría estrujado las meninges con ella…—. Y si no te importa, no toques mi instrumento —vio que la mano de Bastian retrocedía y volvió a equivocarse al sumar.

—Perdón. En realidad solo quería decirte que tocas de maravilla. Se te da muy bien.

Lo que sea, imbécil.

—Gracias.

Volvió a la carga de nuevo:

—Es un arpa, ¿verdad? Es que como es tan pequeña…

Iris suspiró y dejó el lápiz.

—Es un arpa bárdica, las mayores no son muy adecuadas si se viaja mucho. Es manejable y tiene todo lo que se necesita. ¿Tienes más preguntas o puedo seguir?

En cuanto Iris terminó con la cuenta, Sandra se quedó con el recibo y comprobó que estaba correcto.

Paguen de una buena vez y piérdanse.

Iris miró su arpa con ganas. No deseaba nada más que seguir tocando, pero sin tener que darles a aquellos dos tortolitos una función privada. Por suerte Sandra tenía otros planes.

—Tenemos que darnos prisa, de otro modo se nos pasará la hora del espectáculo de los juglares y sería una pena.

Durante unos segundos le entraron ganas de devolverle el cambio muy despacio y con las monedas más pequeñas que encontrara, pero enseguida venció su deseo de recuperar la calma muy por encima del ansia de hacer enojar a Sandra. Aunque…

—¿Ya se terminaron los bailes? —le preguntó a Bastian mientras sacaba de la caja monedas de diez centavos—. Habrás visto a Lisbeth. ¿No es maravillosa?

—¿Bailes? No, nos los pedimos. Todavía no conozco a Lisbeth.

—¿De verdad? No lo entiendo. Sandra, tú te pasas el día colgada de ella.

—Yo no me cuelgo de nadie. ¿Qué pasa? ¿Tienes ya el cambio? No queremos perder aquí toda la tarde.

—De nada —veinte euros en monedas pequeñas fueron a parar de la mano de Iris a la de Bastian. Él no hizo ni un gesto de extrañeza, se los puso en el bolsillo e hizo una señal a Sandra.

—¿Vamos?

La mirada de ella resplandeció, lo agarró del brazo y se lo llevó de nuevo hacia la pradera. Iris les ofreció una mueca, entonces el estudiante modelo se volvió otra vez para decir:

—¡Gracias y hasta luego!

Y desaparecieron los dos tras una de las casetas.

Iris levantó el arpa del mostrador, probó si estaba todavía afinada y empezó a tocar de nuevo. A través de sus dedos Carolan’s Dream llegó a las cuerdas… Otra hermosa melodía para bailar. ¿Estaba la niña todavía por ahí?

Levantó la vista, captó un reflejo rojo claro, un movimiento breve, rápido, y se quedó helada. Sus dedos se engarrotaron, produjeron un acorde disonante.

Estaba ahí. La vigilaba. Al descubrir la mirada de ella, se había escondido inmediatamente detrás del puesto con los trompos de madera.

Iris se agachó tras el mostrador, guardó con manos temblorosas el arpa en el estuche. ¡Irse de aquí, ya! Su corazón se había acelerado, respiraba demasiado rápido, se iba a marear. No. Tranquila. Tienes que pensar.

Pero no podía. El pánico se había adueñado de ella como si fuera un pájaro aprisionado. Correr era lo único que podía ayudarla, correr lo más rápido de lo que fuera capaz. Estar en movimiento. Se puso de pie de un salto y salió corriendo, por delante de los pocos espectadores, que se quedaron perplejos.

Algo la agarró del brazo. Gritó, se rebeló, pateó…

—¡Iris!

La voz no se correspondía. El olor tampoco. Levantó la vista.

—¿Paul?

La miró aturdido.

—¿Qué te ocurre?

No iba a confiar en él, aunque fuera encantador. No iba a confiar en nadie.

—Nada. Solo… nada.

Los pliegues de preocupación se hicieron más evidentes en la frente del chico.

—Parece que has visto un fantasma.

Un fantasma sería maravilloso.

—No. Mira, viene Nadja. Tengo que hacer corte de caja con ella, ¿sí?

Él asintió con la cabeza.

—¿Vendrás luego a la hoguera? —preguntó.

—Ya veremos.

Inevitablemente, su mirada se dirigió de nuevo a la zona de penumbra tras la caseta. Algo en su interior le indicaba que debía huir. Pero ...