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SAECULUM

Ursula Poznanski  

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Fragmento

—¡Oh, Dios mío, tanta sangre!

—Se va a morir. Creo que se va a morir.

—¿Dónde está la espada?

—En las escaleras.

—Ahí no se puede quedar.

—Oh, Dios, quiero salir de aquí de una buena vez.

—No vamos a decir ni una palabra de lo que ha ocurrido en este lugar, ¿está claro?

—Pero, si él… quiero decir, si…

—De eso ya me ocuparé yo. No hay problema.

Bastian oyó el tintineo de las espadas a lo lejos. Procedía de la fortaleza, allí donde el gentío era mayor. Sandra debía de haberse evaporado entre la muchedumbre mientras él se distraía viendo hierbas medicinales.

Se subió los lentes a la cabeza y se frotó los ojos. La noche anterior tendría que haber dormido en lugar de estudiar. Y en aquel mercado medieval no había café por ningún sitio. Solo hidromiel, cerveza y jugos de frutas. Ah, y no había que olvidar las pociones de amor. Hizo una mueca irónica. En el puesto de accesorios para brujas Sandra le había puesto un frasco debajo de la nariz, tenía un penetrante aroma a vainilla.

—Un sorbito y te tendré a mis pies por el resto de los días —le susurró mirándolo de reojo. Poco después se volatilizó sumergida en la riada de visitantes que acudían a la demostración de lucha medieval.

Bastian se puso los lentes sobre la nariz y trató de descubrir los rizos rubios de Sandra entre las masas.

—¿Buscas algo? —una chica gruesa, de pelo oscuro, se cruzó en su camino; su vestido largo, negro, resplandecía al sol. Bastian pensó que tendría veintidós o veintitrés años, pero la línea negra que bordeaba sus ojos era como de un dedo de ancha y la hacía parecer mayor de lo que probablemente era—. ¿Quieres saber lo que te depara el destino y el futuro? —tomó su mano sin demasiados miramientos y la giró con la palma hacia arriba.

—No, quiero saber dónde se ha metido mi amiga —respondió mientras la chica recorría las líneas de su mano con una uña corta y quebrada.

—¿Cómo se ve?

—Más o menos como tú de alta, delgada, lleva un vestido medieval, con corpiño. Rojo y marrón.

—Ah. Espera… Veo algo… Tienes la línea del corazón muy marcada… La persona que buscas tiene el pelo rizado, rubio oscuro, ¿me equivoco? Ojos verdes. Y… se llama Sandra.

Bastian retiró la mano, desconcertado.

—¿Cómo lo supiste?

La chica lo miró con seriedad.

—Nada de magia. La conozco. Estuvo aquí y luego se fue a la explanada del torneo, las luchas ya han empezado. Cuando llegues al murete de ahí enfrente, tienes que ir a la izquierda —le tomó la mano de nuevo y la examinó minuciosamente. Bastian descubrió en sus nudillos signos azul oscuro, pintados o tatuados.

—Algo nuevo avanza hacia ti, algo grande —murmuró ella—. Si no te andas con cuidado, acabará desestabilizándote y sepultándote.

Él retiró la mano y sonrió.

—Mi examen de Fisio. La palabra adecuada no es precisamente grande.

La chica no le devolvió la sonrisa.

—No es broma. Cuando digo algo grande es que lo creo. Tendrías que andarte con cuidado. Si quieres te echo las runas, aclaran cosas.

Sí, seguro.

—Gracias, pero creo que ya tengo las cosas bastante claras.

—Como quieras. En el caso de que te lo pienses mejor, pregunta por mí; aquí me conocen todos —volvió a tomar su mano, pero esta vez para saludarlo—. Soy Doro.

—Bastian.

—Ya lo sé.

El chico sonrió por dentro. Doro era una bruja de feria perfecta con su voz ronca, sus ojos profundos y las cejas que se curvaban sobre ellos como orugas demasiado alimentadas. De todas formas, apartó la mano; el apretón había sido algo fuerte para resultar agradable. Ella asintió como si no hubiera esperado otra cosa.

Tras aquel encuentro, Bastian agradeció cruzarse con gente risueña entre la muchedumbre. Por lo menos uno de los consejos de Doro sí que iba a seguirlo, torcer por el murete y dirigirse a la explanada del torneo. Se abrió camino entre un tropel de hombres con falda escocesa y pecho descubierto. ¿Eso también era medieval? Como fuera, con aquel sol primaveral iban a terminar con una insolación de miedo. Felicidades.

Respiró profundamente y apartó el pensamiento de su cabeza. La premisa era desconectar. No pensar en nada relacionado con sus estudios de medicina. Se lo merecía de verdad.

Se le cruzó un grupo de mujeres ataviadas de damas de la corte, las adelantó y dobló por el último puesto. Eso tenía que ser la explanada del torneo. Bastian parpadeó a causa del sol y, en ese mismo instante, un niño rubio chocó contra sus piernas; debía de estar huyendo de su madre que trataba de quitarle una espada de madera recién robada de un puesto.

Era increíble la cantidad de gente que atraía aquel mercado.

Curiosamente los que no iban disfrazados, como el propio Bastian, parecían de lo más extraños con sus pantalones de mezclilla, sus camisetas y sus calzado deportivo en medio de tantos caballeros, damas de la nobleza, vikingos y amazonas.

La plaza del torneo estaba delimitada por una valla hecha de tablas. De ella colgaban racimos de niños gritones, muchos armados con lanzas o espadas de madera, algunos con hondas. A Bastian le pasaron por la cabeza las distintas lesiones de ojos que un arma podría producir, pero enseguida se contuvo. Hoy no, demonios.

En medio de la plaza, una lucha de espadas se hallaba en su momento álgido. Un robusto caballero ataviado de azul se las veía con un enemigo mucho más menudo, pero vivaracho, que lo atacaba combinando estocadas con patadas. Muy cerca de donde sucedían los hechos, Bastian descubrió a Sandra. Volvió a caer en cuenta de lo guapa que era justo cuando no se sentía observada por nadie. Nunca le había parecido tan resuelta como en aquella feria; pertenecía a aquel lugar, allí, en la primera fila, ligeramente inclinada sobre la valla, viendo la pelea. Era como si se sintiera en casa.

De vez en cuando intercambiaba algunas palabras con el espectador que tenía a su lado, que era como un tonel con piernas, barbón y de pelo largo. ¿Sería también uno de los luchadores? La espada que colgaba de su ancho cinto así lo daba a entender, pero el diámetro de su cuerpo indicaba lo contrario.

El caballero azul derrumbó a su contrario y se tiró sobre él con el arma en alto, pero su pequeño enemigo salió rodando, como el rayo, de la zona de peligro y se puso en pie de un salto. El público vitoreaba.

—¡Bastian! ¡Estamos aquí! —Sandra lo había visto y le hacía gestos—. ¡Ven! ¡Georg y Nathan están a punto de terminar!

Fue pidiendo perdón a izquierda y derecha mientras avanzaba entre las filas.

—¿Dónde estabas? —Sandra lo rodeó con un brazo. Te vi en el puesto de los jabones de aceite y, al instante siguiente, habías desaparecido.

—Al lado vendían hierbas medicinales, tenía que verlas.

Ella entrecerró los ojos simulando enfado.

—Debía haberlo supuesto —se dio la vuelta hacia el que tenía cuerpo de tonel, que había seguido la conversación con una sonrisa—. Este es Bastian, ya te he hablado de él. Bastian, te presento a Piedrecita.

¿Piedrecita? Bastian no pudo evitar hacer una mueca irónica. Pensó que Bloque habría sido mucho más adecuado.

—Se os saluda, noble extranjero —dijo el coloso—. No os sorprendáis por un nombre tan extraño, pues de todos es bien sabido que mi nombre real es Christian Piedra. Pero ni Dios me llama así.

¿Noble extranjero? ¿De todos es bien sabido? Bastian intercambió una mirada con Sandra. ¿Esperaba ella que él también hablara así?

Al momento siguiente, la mano de Piedrecita aterrizó pesadamente sobre su hombro.

—De acuerdo, no dejes que mi parloteo sin fin te saque de tus casillas.

—Okey, gracias —dijo Bastian aliviado—. No estoy muy familiarizado con el español antiguo, lo siento.

—No pasa nada, se aprende rápido, todo es dedicarse. ¿No te ha dicho Sandra que en la feria te ahorras la entrada si traes el atuendo adecuado?

Atuendo, otra de esas palabras.

—Sí, pero no tenía ningún… atuendo. Y, en serio, me habría costado más que la entrada.

—Un tipo listo, a fe mía —murmuró Piedrecita pasando la mirada del uno al otro—. ¿Cuánto hace que os conocéis? —guiñó un ojo dando a entender que le encantaría entrar en detalles.

Bastian se pasó la mano por el pelo con timidez.

—No mucho —dijo—. Unas cuantas semanas.

—Seis. Nos hemos visto… unas cuatro veces —explicó Sandra con alegría—. Nos conocimos en la Universidad, casi el único sitio donde puedes encontrar a Bastian. Se pasa la mayor parte del tiempo sumergido en los libros, estudiando. Tiene poco tiempo para salir.

—Tú, en cambio, tienes mucho, por lo que yo sé —bromeó Piedrecita—. Confiésalo, te fuiste a dar vueltas por Medicina para pescar a un futuro especialista.

Sandra simuló darle un empujón.

—Jamás haría nada parecido —sonrió a Bastian—. Pero míralo: ¿No es una pena que se la pese enclaustrado en su casa? Creo que toma poco aire puro y he decidido que eso tiene que cambiar.

Bastian confió en que se sonrojaba solo interiormente. Lo que había dicho sonaba como si ya fueran pareja… No es que tuviera nada en contra… Por favor, al contrario. Pero… todavía no era así.

—¿Aire puro? —pregunto Piedrecita sonriendo—. ¿Te refieres a mucho aire puro?

Sandra fijó la vista en Bastian, divertida—. Mucho, mucho. Todo el que se pueda.

Los dos se rieron. Estaba claro que Bastian se había perdido algo. Seguramente una broma de frikis medievales.

—Bueno, pues estará por verse si es que aguanta el aire puro —opinó Piedrecita entre risas.

A su alrededor la gente aplaudía, la lucha había terminado. El caballero de jubón azul —¿Georg?— corrió hacia Sandra y Piedrecita.

—¿Dónde está? —jadeó. Su mirada escrutó a todos los presentes—. ¿No está con ustedes?

—No, lo siento —respondió Sandra—. Por cierto, este es Bastian, te he hablado de él —añadió, empujándolo hacia Georg.

—Un gusto —dijo sin mirarlo apenas—. Disculpen, pero ¿de verdad no saben dónde está Lisbeth?

—Nooo —respondió Piedrecita y su mirada también comenzó a vagar entre el público.

—¿No estaba aquí durante la representación?

—No que yo sepa. En todo caso, no con nosotros.

En la expresión de Georg apareció un cierto malestar.

—¿Dónde la vieron por última vez?

—Hace dos horas estaba en el puesto de las ballestas, le enseñaba a los niños cómo se colocan las saetas —dijo Piedrecita—. Luego no la he visto más.

—Quería venir a ver la pelea. No lo entiendo —con los ojos entornados Georg escudriñó en todas direcciones y salió corriendo sin decir una palabra más.

—¿Qué pasa? —Bastian miró confundido a Sandra y a Piedrecita—. ¿Por qué está tan nervioso?

Sandra se encogió de hombros.

—Así es Georg. Cuando se trata de Lisbeth, necesita tenerlo todo controlado.

—No es de extrañar —comentó Piedrecita, mordió un trozo de pan negro y sacudió unas migajas de su hábito de monje—. Ya lo entenderás en cuanto veas a Lisbeth. Creo que tiene miedo permanente de que alguien pueda robársela —se rio—. ¡Vaya estrés! A la gente como nosotros nos va mejor, ¿no es cierto, Sandra?

La sombra que cruzó el rostro de Sandra desapareció tan rápido que Bastian no supo si había visto bien.

—De cualquier manera, no quisiera parecerme a Lisbeth, si es eso lo que insinúas —dijo tirándose el pelo hacia atrás.

Dos nuevos luchadores salieron a la explanada. El más alto de los dos saludaba ceremoniosamente al público, mientras el más bajo tomaba vuelo para soltarle una patada en el trasero. El alto se cayó de narices en la arena y los espectadores festejaron la escena.

—Lars y Verruga —explicó Sandra—. Ya verás, ¡esto se pone interes

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