Loading...

SALAMANDRAS (SERIE ELEMENTALES)

Liliana Bodoc  

0


Fragmento

Brujas inocentes

Homenaje a Salem

Abigaíl y Títuba fueron amigas antes de nacer.

Sus madres, que estaban gestando al mismo tiempo, se detenían a conversar de tanto en tanto. Entonces, dos panzas de ocho meses se miraban con atención y se prometían jugar a la ronda.

Títuba nació antes. Su madre solía decir que, durante un tiempo, la pequeña apenas respiraba; como si estuviese esperando algo. Y eso fue, sin duda alguna, el nacimiento de Abigaíl, una semana más tarde. Ese día, Títuba mamó por primera vez con verdadero apetito… Ahora todo estaba bien.

Las dos niñas se hicieron inseparables. Abigaíl creció más bella, pero poco importaba. A cambio, Títuba era más valiente, andaba descalza por el bosque y tenía el don de entenderse con los gorriones.

Todo en el rostro de Títuba era excesivo. Los ojos, la boca, los pómulos y la nariz compitiendo por la máxima importancia; de modo que el resultado parecía un dibujo infantil.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Abigaíl era en blanco y negro. Blanquísima la piel, negro el cabello y los ojos. Su cintura cabía en un collar.

La Inquisición no existía para ellas. O en todo caso, era solamente el comentario de los mayores, que se persignaban en exceso. Todos lo hacían en ese tiempo, en ese pueblo, en otros, en las ciudades… Las personas se persignaban con grandes ademanes para hacerse ver y que nadie sospechara de su piedad.

Con Inquisición o sin ella, Títuba andaba descalza. Y con solo extender sus manos, convocaba a los pequeños gorriones.

—¿Adónde vas, Títuba?

—Adonde Abigaíl.

—¿Adónde vas, Abigaíl?

—Adonde Títuba.

Y nadie se extrañaba, porque ni dos hermanas se hubieran querido tanto.

Cuando ambas cumplieron trece años, una nueva familia de granjeros llegó a vivir al pueblo, donde había adquirido un pedazo de tierra. Tenían dos caballos, varios hijos. Y entre ellos, Jeremías.

Las dos jovencitas iban camino al río. Jeremías regresaba de su primera ronda de reconocimiento. Como si hubiesen tropezado a la distancia, Jeremías y Abigaíl se detuvieron al mismo tiempo. Fue en ese instante que Títuba sintió una madeja de hilo enredada entre los pies. Pero no dijo nada.

—Me llamo Jeremías.

—Me llamo Abigaíl.

—Y tú, ¿quién eres?

—Títuba.

—¡Voy a regalarte un par de zapatos, Títuba! —se rio Jeremías.

Títuba se miró los pies. Recién entonces vio que la madeja de hilo era de color rojo.

—Estuve en el río —dijo Jeremías para que la conversación no acabara.

—Allí vamos nosotras.

—Si no les molesta, puedo acompañarlas. Me gustó el lugar.

Abigaíl miró a su amiga. Aunque habían nacido con pocos días de diferencia, Títuba tenía cierta autoridad y solía actuar como hermana mayor.

—Si quieres, puede venir.

En el camino, Abigaíl y Jeremías conversaron sin parar y con cierto nerviosismo. Títuba mantuvo silencio y distancia. Luego vio un grupo de gorriones y fue hacia ellos.

—¿Qué hace tu amiga?

—Va a jugar con los gorriones —respondió Abigaíl con sencillez.

—Pero los gorriones son ariscos.

—No con ella.

Jeremías se detuvo a mirar. Títuba llegó junto a los pájaros, que enseguida fueron a posarse en sus manos y en sus pies.

—¿Lo ves? —dijo Abigaíl, orgullosa de su amiga.

—Lo veo, sí. ¡Pero ojalá nunca la vea la Inquisición!

Abigaíl no comprendió, no tenía cómo hacerlo. Los tribunales estaban lejos. Si de verdad encendían hogueras, ellas no las veían. Si cazaban brujas, brujas no había en el pueblo.

—En la ciudad donde vivía hubo juicios. Y condenas.

—¿Brujas?

—Eso dijeron —murmuró Jeremías.

—¿Las viste arder?

—No las vi… Pero todo tenía olor a carne quemada, y hasta la comida se llenó de cenizas.

Un escalofrió subió desde la tierra por la espalda de Abigaíl.

—¡Vamos, Títuba! —llamó.

A partir de entonces, los días se atropellaron en la madrugada y los atardeceres rodaron por las cuestas de pasto húmedo. Para Abigaíl, el tiempo fue espeso y dulce. La amistad de las dos jóvenes se transformó en la mejor excusa.

—¿Adónde vas, Abigaíl?

—Adonde Títuba.

Pero no era cierto del todo. Las amigas se reunían para separarse de inmediato.

—No voy a demorar —prometía Abigaíl.

Y Títuba se encogía de hombros.

—Después estaremos juntas un buen rato y vas a contarme sobre tus cosas —insistía Abigaíl.

Títuba miraba salir las palabras de la boca de su amiga y desvanecerse como el aliento invernal. Y antes de marcharse corriendo hacia el sitio donde Jeremías la esperaba, Abigaíl siempre abrazaba a Títuba.

A veces, muy de tanto en tanto, andaban los tres juntos. Eran largas caminatas al sol que los alejaban del pueblo. Tardes apacibles en las que conversaban y reían por cualquier cosa. Sin embargo, cuando la tarde se ponía sombrero, Abigaíl y Jeremías se marchaban juntos. Títuba regresaba sola, con sus gorriones.

—¿Adónde dejaste a Títuba?

—Adonde se bifurca el camino —respondía Abigaíl.

Fue justo después de la siega que comenzaron a llegar las primeras noticias. Al principio, nadie les dio crédito. Pero a medida que el centeno se apilaba, los rumores crecían.

¿Por qué un tribunal de la Inquisición estaría galopando hacia el pueblo?

¡Allí no había brujas! ¡No, señor!

¡Allí la gente se conocía bien!

¿Por qué galopaban hacia el pueblo?

¿Una bruja entre los vecinos?

Como si aquellas voces le hubiesen dado el atrevimiento necesario, Jeremías tomó una decisión. Era una de esas tardes en que él y Abigaíl caminaban solos.

—¿Es cierto que la comida tenía cenizas? —preguntó de pronto Abigaíl.

—No debes tener miedo.

—Todos lo tienen.

Jeremías aceptó que así era. Los implacables dedos de Dios tamborileaban en los vidrios de las ventanas para que todos repasaran sus pecados.

—Dice mi padre —continuó Abigaíl— que ellos nunca se van con las manos vacías. Y que si vienen hasta aquí es por algo.

—Quién sabe… —murmuró Jeremías.

Los dos siguieron en silencio hasta unas grandes piedras donde acostumbraban sentarse. Una vez allí, Jeremías supo que era momento de decirle a Abigaíl lo que guardaba en el corazón desde hacía varios meses.

Mientras tanto, en el pueblo, la gente revisaba sus casas para deshacerse de cualquier cosa que pudiese despertar sospechas: patas de conejo, cintas rojas, mechones de cabello… Los gatos negros fueron ...