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SANA SANA

Mónica Müller  

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Fragmento

I. REFLEXIONES DE UN BICHO RARO

“Los gatos se visten como señoras y las señoras como gatos.” La frase pertenece al playboy y agudo observador de la sociedad fiestera de Buenos Aires, Poli Armentano, asesinado de un balazo en 1994. Pero Poli sólo llegó a ver el principio. Veinte años después, es normal que una chica decente muestre en primer plano los glúteos, los labios mayores y si se lo piden, el Papanicolaou.

Describir por televisión sus orgasmos y su debilidad por el sexo anal no enturbia la imagen de una animadora adorada por las señoras argentinas. Tampoco se lesiona la popularidad de un galán maduro por confesar en un programa de espectáculos que toma Viagra.

Los sexólogos ya no son profesionales circunspectos que hablan desde su consultorio con cara de pocos amigos: los consejos para una buena vida erótica brotan de la boca de una mujer hermosa que se pone como ejemplo entre risotadas y miradas cómplices de los entrevistadores.

Se accede sin dificultad y sin pudor a la pornografía dura por los canales de cable y, salvo los de economía doméstica y algunos de política, todo programa de televisión puede tener una estética de teatro de revistas sin que a nadie se le mueva un pelo.

Con el mismo entusiasmo se exhibe lo que puede el dinero. Casas de fin de semana y departamentos donde Donald Trump se sentiría a gusto, guardarropas que envidiaría Imelda Marcos, liftings y lipoaspiraciones que dejan chiquito a Berlusconi, estancias, barcos, hoteles, museos, negocios, vacaciones y autos escandalosamente caros y misteriosamente habidos son el tópico exclusivo de las revistas de mayor circulación.

En nuestra cultura satisfecha los conceptos de discreción y obscenidad vienen cambiando con la velocidad de un gordo que patina barranca abajo.

Por lo pronto, es lícito mostrar todo, siempre que sea una representación, porque nos hemos habituado a tratar más con interpretaciones de lo real que con la realidad misma. El universo paralelo de internet, la fotografía y la filmación digitales en la mano de todos, los dispositivos móviles y las pantallas portátiles, las redes sociales y los programas de creación, simulación e intervención de imágenes, son el contexto virtual que ya hemos asimilado y naturalizado hasta la indiferencia.

Mientras la mayor parte de la Humanidad nace, vive y muere sin salir de la cruda realidad de la Edad Media, con frío, barro, contaminación y enfermedades contagiosas como única perspectiva, los privilegiados del siglo XXI circulamos entre la representación, la exhibición y el artificio. Pero un tramposo mecanismo compensatorio nos obliga a silenciar las expresiones naturales de nuestro cuerpo y a consumir las drogas que el negocio de la enfermedad diseña para lograrlo.

¿Alguien conoce un animador que comente sus diarreas, las características de sus gases o el color de sus mocos? ¿Una modelo que eructe o sude en cámara?

Nos sentimos molestos con sólo imaginarlo, pero toleramos sin problemas el espectáculo de las personas modificadas hasta la plastificación. Las cirugías no se hacen únicamente para satisfacer la ilusión de volver a ser joven: en los medios ya es un rubro la exhibición de orientales operados para asemejarse a occidentales, de chicas intervenidas para parecerse a Barbie, de cuerpos alterados que se confunden con muñecos de algún material sintético.

Mientras nada artificial parece bizarro, un nuevo pudor se ha apoderado de los cuerpos ocultando su lenguaje natural. Todo lo que el organismo produce sin auxilio de la técnica es exiliado del espacio público y reprimido en el ámbito privado.

Nuestra sociedad aprecia como valor el ser muy humano, entendiendo por eso sentirse ajeno a la naturaleza animal. Aunque la exhibición frontal de un culo de modelo en primer plano es tan similar a la de un mono en su jaula, hay que reconocer que un celoso trabajo de gimnasio, maquillaje, lustrado e intervención con Photoshop de las nalgas humanas hace olvidar en gran medida su animalidad. El concepto de lo que significa un trasero fue mutando en forma tan radical que las revistas de chismes argentinas incluyen en cada producción de fotos sobre el veraneo de los famosos, además de la clásica toma de la familia remojándose en el mar, una de la mamá de espaldas mostrando con orgullo los cachetes hipertrofiados circunscriptos por un hilo divisorio.

Bestia, animal, bruto, inhumano, son términos básicos de nuestro repertorio de agravios, porque nos sentimos superiores a los seres vivos que no hablan. Sin embargo, nuestros cuerpos siguen siendo mamíferos y mientras están vivos emiten obstinados sus señales naturales, aunque la presión social nos obligue a suprimirlas o negarlas.

Es en ese campo donde la industria médica desarrolla su rol disciplinador administrando moléculas químicas dirigidas a silenciar las voces del cuerpo.

Cuando pienso en la salud y la enfermedad no puedo dejar de ser lo que soy: una médica clínica con dieciocho años de práctica en homeopatía unicista, experiencia que superpone a la formación convencional un entrenamiento intensivo en la observación de la totalidad del paciente, incluyendo sus emociones.

Esa llave de oro terapéutica no es privativa de los homeópatas, y ser homeópata no garantiza que se la tenga. Es probable que entre nosotros haya algunos tan ajenos al lenguaje del alma que harían y se harían un bien atendiendo un taller mecánico en lugar de un consultorio. Y, sin duda, hay infinidad de médicos no homeópatas dotados de la capacidad de percibir los matices de los sentimientos, aunque las presiones del sistema médico no les permitan dedicar más de diez minutos a cada consulta.

Pero cuando un homeópata puede y además quiere, es decir, si es capaz de entregar su atención consciente y flotante al relato del paciente, que circula con los meandros y despeños naturales de un curso de agua, y además practica la doctrina como está prescripto, goza de una situación privilegiada en relación con los médicos convencionales. A diferencia de ellos, puede entender la complejidad de cada enfermo como un universo, sin dejar de interpretar las señales de sus órganos. Experiencia opuesta a la del especialista, obligado a dejar en manos de otros las partes del paciente que le son ajenas (la mente incluida), de forma que cada uno trata una pieza averiada de ese artefacto con drogas que producen daños colaterales en otros sectores, los que una vez examinados por nuevos expertos merecen más drogas que impactan en otras dos o tres partes hasta ese momento indemnes, lo que hace necesario agregar varias drogas más que terminan de confundir el cuadro y desequilibrar la totalidad.

A pesar de ser así deconstruido y obligado a trasegar todos los días seis o siete medicamentos, uno para cada nuevo síntoma

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