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SANDRA, LA TRAPERA

Jorge Asís  

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Fragmento

I

Era una mañana ideal para comenzar una historia. Tónica, limpia y sensual, inicios de un noviembre caliente que anticipaba un verano conmovedor, para una ciudad necesitada de luz. Se trataba de Buenos Aires, una ciudad de gente cansada, hasta el hartazgo, de su propia declinación, su vertiginosa caída en espiral y cíclica carencia de fe.

Durante una mañana semejante de 1988 fue que Sandra Cardoso llegó por primera vez al viejo y destartalado departamento “tipo casa”, de la arbolada calle Loria, casi esquina Don Bosco, a cincuenta metros de la Avenida Rivadavia. Una típica zona porteña de frontera, entre los barrios del Once y Almagro.

Sandra Cardoso era una mujer con experiencia en la esforzada profesión de golpear puertas, a pesar de su desbordante juventud. Tocó el timbre, vulgar ruido de campanilla; notó que al lado había un local sin importancia ni utilidad, ineludiblemente vacío, otro proyecto trunco que tenía las persianas bajas, con cáscaras de una antigua pintura que pudo haber sido verde alguna vez. Mientras aguardaba, Sandra imaginó que detrás de esa puerta cerrada había un pequeño zaguán, una entrada estrecha, rectangular, especial para los escenarios funcionales de amores furtivos, sesiones de besos y manoseos de novios clásicos de antaño, con franelas excitantes y eyaculaciones rápidas. Imaginó además que luego del zaguán surgía una escalera, probablemente flaca y ladeada, que conducía a las habitaciones amplias, de paredes gruesas y techos lejanos.

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Era alta Sandra, blanca, formidablemente plantada la muchacha, disponía de buenos muslos dibujados y pechos suficientes y firmes. De rasgos pronunciados, notorios; el pelo castaño y corto, que permitía el lucimiento de su cuello ideal para ser acariciado. Acaso era más atractiva que bella, pero se imponía por su presencia, una estampa que se convertía en un desafío permanente. Por su porte, casi de pavo real, por cierta altivez próxima a la soberbia que sin embargo no desagradaba. En todo caso se trataba siempre de una apariencia inquietante, ella tenía un rostro perfecto que bastaba verlo solamente una vez para distinguirlo entre cien. Los ojos grandes, gravitantes, usualmente marrones, de muchacha al acecho que no ocultaba el brillo de su astucia. Los labios preparados por lo general para una sonrisa accesible, cuidadosamente espontánea. Que resultaba además eficaz para la obvia explotación de una simpatía indispensable en su oficio, para entrar y convencer. Su aspecto transmitía, en definitiva, la seguridad anticipada, en cierto modo la defensiva arrogancia de una mujer joven que pretendía, precipitadamente, abrirse un camino. Como con rencor, con una incierta rabia. La piba estaba apurada por demostrar que había que tenerla en cuenta, que se destacaba en el montón y quería probar que valía la pena ayudarla. Por lo tanto, a Sandra Cardoso le costaba ocultar su desesperación, porque estaba desconforme con su limitada actualidad de promotora domiciliaria.

En un momento político de tristeza económica generalizada, de lamento colectivo y especulación sin riesgos, sin aperturas para nuevos juegos ni ideas originales, donde lo aconsejable era guardar y esperar situaciones propicias, Sandra Cardoso pretendía evolucionar, pasar al frente, a pesar de todo. Era demasiado inteligente para adaptarse a los rigores de la mediocridad justificada. Si el país carecía de un futuro que no fuera sombrío, de todos modos ella iba a construir el suyo propio. Un futuro venturoso, intransferible y personal, por lo tanto buscaba afanosamente algo para salir del paso, que pudiera resultar más efectivo y utilitario, en primer lugar para ella, a lo sumo también para su madre y su hermana menor. El resto, es decir el semejante, no era su problema. Había aprendido muy pronto acerca de la crueldad, así que no debía confiar en la solidaridad de nadie, de manera que tampoco figuraba entre sus planes el convertirse en una mujer solidaria, cualquier día. Deambulaba entonces necesariamente endurecida por las calles, a los timbrazos, en la tensa persecución de una punta, un recodo o camino para colarse y escalar. La altivez se convertía en todo caso en un recurso para estimularse, descontaba por intuición que en cualquier momento iba a encontrar su espacio, desde donde se le permitiera construir su  propia plataforma de lanzamiento. Necesitaba una soga para prosperar, una mano que la rescatara del precipicio pueril de la resignación. A lo mejor, Sandra Cardoso solamente tocaba timbres con la perspectiva de toparse, de una vez por todas, detrás de alguna puerta, por Dios, con la oportunidad que febrilmente esperaba para demostrarse quién podía llegar a ser y que se encontraba para desafíos mayores.

Abrió Ezra Saad. El gran cantante libanés fue entonces el primero en ver a quien posteriormente todos llamarían “la trapera”. O también, con cierta cáustica ironía, La novia del Toto. O la señora de Goldenstein.

El departamento tipo casa de la calle Loria era un desordenado depósito de ropa vieja, llamado también “la trapería”. Aunque eventualmente también guardaban y vendían ropa nueva, correctamente ensobrada en plástico, lotes sobrantes y restos cuantiosos de liquidaciones. Había, también, montañas de ropa fallada de fábrica, que pasaba sin inconvenientes como mercadería normal, ya que las fallas eran imperceptibles para los profanos.

“Prendas”, así llamaban a los trapos el Toto y Anwar, los propietarios de la trapería, especialización del ramo textil que era presentada a veces en sociedad como una “Gran Feria Americana”. O el gran mercado de la ropa usada, el emporio del rebusque, pase y revuelva, empílchese por monedas.

Ellos trataban de comprar prendas por kilo, para venderlas después, de ser posible, por unidad.

“O también por kilo, depende”, trataba de explicar Anwar, sin mayor suerte, acosado cuando le preguntaban. Les resultaba difícil explicar en qué consistía la racionalidad del negocio. Nathán, o sea el Toto, prefería en cambio jamás explicar, porque, a su criterio, era inconducente “avivar a los giles”.

El sistema de compras y ventas dependía, en definitiva, de la visión aguda y casi inexplicable de los propietarios, a quienes las chicas, que reclutaban en cantidad, llamaban “los patrones”. Se trataba de un dúo de amigos que trajinaban comercialmente juntos desde hacía varios lustros. Para ser precisos, desde hacía treinta años, cuando eran adolescentes sin derecho a la ingenuidad.

El Toto y Anwar eran muy conocidos en el ambiente comercial del Once y de Villa Crespo, entre otros motivos porque los inseparables socios y amigos eran un claro ejemplo de tolerancia e integración.

Ocurría que Nathán Goldenstein, alias el Toto, era judío, y Anwar Srur, alias Rafael, era árabe, hijo de sirios en realidad. La fraternal sociedad había soportado ya dos guerras, y les costaba a veces convencer a los otros que en el ánimo de ellos no influía, para la relación personal ni comercial, el conflicto de Medio Oriente. Y ni siquiera soportaban las precarias burlas de absoluto mal gusto, de los tantos ingeniosos que parecían no admitir que ellos continuaran, a pesar del viejo conflicto, siempre juntos y unidos. Y que aparte de socios fueran, sobre todo, indestructibles amigos. Era una amistad irritante que les generaba, por separado, severas desconfianzas, tanto entre los árabes sensibles, paisanos maniqueos de Anwar, como entre los judíos prejuiciosos que merodeaban el círculo social y familiar de Nathán, asiduos de la Sociedad Hebraica y del Macabi.

El Toto y Rafael solían entenderse y comunicarse con la mirada, el afecto y la cómplice lealtad eran más intensos que un pacto de sangre. Por otra parte, a todo aquel comedido que intentara establecer una cuña en la relación, con un comentario malicioso o una injuria, lo detenían de entrada, secamente, con una advertencia firme y la certeza de no ser recibido nunca más.

“No hay que hacer bromas aquí con eso de árabe o judío. Estos paisanos son bravos. Te cortan la cara”, advertía Ezra, por las dudas, a cualquier ingenioso potencial que pretendiera instalar una chicana.

Hasta tocar aquel histórico timbre de la trapería de Loria, Sandra Cardoso trabajaba como promotora de la Clínica Primera Junta, que pretendía expandirse y disputar así la hegemonía del Sanatorio Antártida. El renovado establecimiento clínico proponía planes ventajosos para nuevos clientes hipotéticos.

Ahora, a pesar de su arrogancia sin motivos, de la sobria impertinencia de su juventud, la muchacha intentaba interesarlo a Ezra Saad con la magia de las transfusiones. Con análisis clínicos y curas de primeros auxilios, siempre indispensables en todo hogar. Servicios de ambulancias veloces y terapias intensivas completas o visitas al traumatólogo por cualquier achaque tortuoso. Si los mortales se inscribían en la clínica con ambiciones, a cambio de una cuota mensual, podrían apaciguarse con los beneficios de la ilusoria seguridad.

Ezra, por su parte, la escuchaba con su natural bonhomía, cierta solidaridad de viejo vendedor de calle, de hombre acostumbrado a la valija cargada de jabones y perfumes o folletos de terrenos, seguros de muerte o peines y espejitos, esperanzas diversas y rifas de la cooperadora policial o medias de ocasión. El gran cantante libanés entonces la escuchaba con más resignación que ternura, porque estaba lo suficientemente acostumbrado a las negaciones, los rechazos y portazos. De manera que siempre Ezra trataba con respeto a cualquier vendedor domiciliario. Ahora intentaba decirle a la muchacha que no tenía interés, pero era muy difícil interrumpirla, imposible en realidad porque ella avasallaba con su vigor. E insistía, con las ventajas del servicio de gastroenterología, de obstetricia y neonatología, otorrinolaringología, etcétera.

Sin embargo la piba era agradable, a pesar de las terapias, jeringas descartables e internaciones. Tenía una pollerita corta de jean azul, que acentuaba sus muslos dibujados que Ezra, sin poder disimularlo, admiraba. Mientras tanto, con persuasivo dramatismo, ella hablaba ahora de casos especiales de cirugía mayor, operaciones de úlceras o próstatas, extirpaciones de fibromas, casos de divertículos y envolturas meticulosas de intestinos, extraños conflictos del corazón y otras cuestiones del miocardio.

Inútilmente, como si invocara al aire o le hablara a los pájaros, Ezra trataba de decirle que no, mientras también podía contemplar sus sandalias baratas, que contenían dedos que —árabe al fin— lo excitaban, con sus uñas pintadas de carmesí. De todas maneras, los dedos de los pies de Sandra Cardoso presentaban los atributos del cansancio, por tantas cuadras caminadas. A pesar del excitante color carmesí podían percibirse los bordes impuros y oscuros de los dedos, huellas inevitables de transpiración, aunque la piba ahora atropellaba, con entusiasmo poco convincente, con los servicios mágicos de pediatría, ginecología y los efectivos médicos de urgencias por cualquier malestar imprevisto, con el objetivo de asociarlo a la algarabía científica de la Clínica Primera Junta, seguridad en las internaciones, pulmotores a voluntad, enfermeras competentes para aplicar inyecciones o sueros y drenajes a discreción.

Téngase en cuenta que Ezra —el gran cantante libanés— continuaba en su tarea de excusarse, diciéndole a la promotora, con cierta ternura, que no tenía interés en asociarse, porque no necesitaba tales servicios. Lo cual era en el fondo una gigantesca mentira, de tan piadosa. Porque Ezra carecía de la menor protección social, y cuando el gran artista enfermaba, debía someterse a las humillaciones del hospital municipal. O simplemente se dejaba vencer, se acostaba en su cuarto de pensión hasta morir o curarse, naturalmente, con ginebra y con mucho sueño, hasta tener fuerzas para salir de una vez del cuarto sombrío y sentir con alegría y alivio que otra vez zafaba de la posible muerte.

Para salir del paso, Ezra le dijo que era sólo un empleado. Era, para colmo, la verdad. La muchacha insistió entonces en ofrecer sus servicios promocionales a los patrones, con tanta simpatía que finalmente Ezra accedió y le permitió pasar.

El departamento era tal cual Sandra Cardoso lo había imaginado. Se accedía primero al pequeño zaguán ideal para el manoseo nocturno de los amantes furtivos. Y después era el turno de la escalera, sinuosa, de madera, que conducía a las habitaciones, si podían todavía llamarse así.

Sandra subía entonces por primera vez. La pollerita de jean tenía los botones adelante, el último de abajo estaba sin abrochar, lo cual daba a sus muslos dibujados un tramo mayor de generosidad. Tenía una blusita blanca y una bijou de plástico azul, pero sobre todo tenía veinte años, imprescindibles para subirse atropelladamente todas las escaleras flacas que fueran necesarias.

A Anwar lo llamaban también Rafael y nadie sabía el motivo. Él era muy serio y estricto, categórico y sin matices aparentes, moreno y de ojos brillantes como los beduinos, la barba le crecía con tanta rapidez que para estar presentable debía afeitarse dos veces por día. Tenía el pelo negro en habitual desorden, las cejas anchas casi sin interrupción, como si una espesa línea de pelos surcara su rostro. Solía recortarse las cejas con tijera, Ezra ironizaba diciéndole que Anwar le pedía al peluquero un servicio de pelo y cejas.

Continuamente se encontraba envuelto en el humo de los Kent o Jockey, cigarrillos que prendía uno detrás de otro, hasta vaciar tres cajetillas diarias. Había momentos en que Anwar mantenía encendidos de a dos cigarrillos a la vez, aunque sostenía que fumaba tranquilo porque el “faso no le hacía mal”, si total él “no tragaba el humo”. Eran “los nervios”, decía, los malditos nervios que lo instigaban a fumar, porque necesitaba saber que el cigarrillo estaba ahí, a mano, aunque estuviera apagado entre sus dedos, tal vez para darle apoyo moral a su constante timidez o inseguridad.

(A propósito, Anwar era tan inexpresivo como responsable, pero en cuanto Sandra Cardoso comenzó a desempeñarse en la trapería le señalaría, con todo respeto, que tanto cigarrillo se contradecía fuertemente con la tan mentada responsabilidad. Porque, de continuar así con la humareda, de caerse un pucho, todos los que trabajaban podrían sucumbir entre las cenizas. Podían formar parte de ellas, téngase en cuenta que vivían entre los trapos, rodeados de montañas de trapos peligrosamente inflamables con facilidad. “Pendeja de mierda”, pensó entonces el patrón, pero como tenía razón, en adelante Anwar se cuidaría de fumar entre los trapos).

De todos modos, el sentido de la responsabilidad de Anwar era igualmente excesivo. Si tenía compromisos, los que fueran, casi no podía dormir hasta cumplirlos. Se tomaba la vida al pie del rigor y tenía dificultades para expresarse, tantas que en ocasiones prefería el silencio porque no encontraba las palabras justas para hacerse entender.

Nathán, en cambio, era exactamente lo contrario. Su opuesto, porque a su socio le sobraban las palabras, desbordaba recursos y simpatía y se caracterizaba por una admirable locuacidad que todos reconocían. Ezra sostenía que al Toto jamás lo iban a fusilar si lo dejaban hablar. Si le daban tiempo para explicarse, siempre según Ezra, el Toto se encontraba capacitado para “venderte un tren”. Y en todo caso, si era posible, ¿por qué no vender un tren?

Anwar clasificaba trapos cuando registró que Ezra caminaba hacia la habitación principal, que llamaban la oficina. Era la única donde imperaba algo parecido al orden, pero sin exagerar. Tal vez porque carecía de las montañas de trapos, de las hileras de bolsas de plástico. Ezra entraba, pero seguido por una muchacha estupenda, que había mirado, en su breve trayecto, sin perderse un detalle del panorama. Ella en apariencia registraba todo, incluso también había detenido su mirada en el propio Anwar, quien continuaba con su clasificación. Sin embargo, después que ella pasó hacia la oficina, se decidió a mirarla, desde atrás.

“Linda pendeja”, se dijo Anwar. “Muy bien de gambas”, agregó Anwar, en su pensamiento. “Buena potra, un buen lomo”. Y siguió clasificando.

Porque Anwar prefería terminar la clasificación, atrasada desde hacía dos semanas. Además, la nueva partida de trapos había entrado hacía una media hora y se agregaba a las pilas de trapos acumuladas para clasificar.

Los últimos trapos habían sido comprados por él mismo durante la tarde anterior, a la compungida esposa de un muerto fresco, apenas enterrado dos días atrás. La transacción, obtenida gracias al aviso semanal de Segunda Mano, había tenido su cuota considerable de dramatismo, pero Anwar ya estaba habituado a escenas similares, perfectamente adiestrado por su maestro y socio Nathán. Ocurría que en su oficio era ante todo prioritario, como oportunamente le había indicado Nathán, saber escuchar. Anwar entonces se había convertido en el operador ideal porque hablaba apenas lo estrictamente necesario.

La viuda del desgraciado, un tal Cortiñas, era una gallega provisoriamente inconsolable, lloraba y hablaba con una simultaneidad patética, mientras Anwar comenzaba a apilar las prendas que le compraba por kilo, pertenecientes, por lo menos en su gran parte, al gallego muerto, el tal Cortiñas. Se trataba de esa cantidad de prendas que se amontonaban en los roperos, por el simple y temible paso del tiempo. Pasaban las modas y los años, y por más que se renovaran los vestuarios generalmente costaba desprenderse de un saco, o tirar a la basura o regalar a un ciruja un sobretodo de piel de camello. Porque difícilmente en vida de un hombre de clase media una esposa iba a atreverse a liquidar los trajes que estuvieran en buen estado y que su héroe, por algún motivo, había dejado de usar. Siempre cabía la esperanza de que la moda tuviera una regresión, y las anquilosadas prendas volvieran a ser utilizadas.

Por lo tanto, cuando Anwar amontonaba los trapos de Cortiñas, la escena adquiría para la viuda sensible ciertos ribetes de particular intensidad, puesto que cada prenda producía varios recuerdos en la señora que quería, por otra parte, arrojar con las prendas todos esos recuerdos a la basura. Por ejemplo, un saco jaspeado, gris y entallado, cuero bordado en los codos, había merecido más de un comentario lacrimógeno. Con aquel saco jaspeado, en apariencia, el desdichado Cortiñas habría pasado momentos de plenitud, acaso de felicidad compartida con la pobre gallega.

Aparte de recuerdos, las ropas solían por lo general mantener acumuladas las vibraciones negativas de los muertos. Tal concepto había sido inculcado a Anwar por la Hilda Sesín. Ella era una bruja de base, vocacional, pero, por si no bastara, era también su esposa. Por lo tanto, su bruja absorbente le prohibía que usara ninguna prenda de muerto, aunque estuviera casi nueva, puesta quizá tan sólo la noche del estreno.

Según la Hilda Sesín de Srur, se trataba de ropa usada que apenas mantenía los efluvios especialmente perjudiciales y negativos del muerto. Porque lo positivo, en todo caso, efectivamente se desvanecía, sólo lo peor resistía en los trapos el paso del tiempo.

De todos modos, la Hilda Sesín estaba casi feliz, aunque la pobre se sentía disminuida desde que la habían operado de un pecho. Por “problemas de mujeres”, a la pobre Hilda se “lo habían vaciado”.

Sin embargo ahora estaba por lo menos contenta, vivía sin urgencias porque últimamente su marido ganaba mucho dinero con aquellos trapos usados. Quién iba a decirlo, con tantos intentos, que finalmente con ese negocio el bueno de Anwar iba a pasar al frente.

Y entonces resultaba positivo, hasta importante para la familia, aunque la Hilda Sesín tuviera que aguantarse que su marido trabajara el día entero al lado del “judío ese”, que no la quería. De ese Nathán que, concretamente, la despreciaba, lo cual era tan evidente que hasta motivó, en su oportunidad, que Anwar decidiera casarse con ella directamente sin avisarle a su socio, que estaba de viaje de negocios por el Brasil. Como si Anwar hubiera temido que, en caso de decirle como correspondía, Nathán pudiera convencerlo que cometía, con el casorio, una equivocación.

De todos modos, la Hilda Sesín tampoco toleraba al Toto, al que prefería llamar Nathán, para despojarlo de familiaridad y confianza. Sin embargo, el rencor obedecía más a una cuestión de celos y torpe competencia que al antisemitismo precario. Ocurría que la Hilda Sesín notaba que su marido prefería estar más con el socio que con ella, lo cual era en todo caso razonable, porque la bruja era tan absorbente y cargosa que a veces le hacía problemas a Anwar por cualquier estupidez, como si necesitara hacerlo sentir cotidianamente culpable.

La Hilda Sesín prefería entonces recibir todo el dinero y de ser posible ni quería escuchar comentarios acerca de la manera de ganarlo. Era conveniente ignorar las adquisiciones de vestuarios de muertos y los pormenores de su socio, el judío solterón, que seguramente lo tentaría a su marido con presentarle otras mujeres, aunque desconfiaba que quizá los socios cómplices se enredaban en la misma trapería, con esas chicas que trabajaban, calificadas, invariablemente, por la bruja enceguecida por los celos, como “esas negras”.

Había que compadecerla, porque la Hilda Sesín sufría. A la pobre bruja disminuida le hacía daño con sólo pensar que su marido estaba el día entero predispuesto a conocer otras mujeres por la calle, acaso más jóvenes y con los dos pechos completos. O con las manos puestas en colecciones de ropas de ...