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SANTA MARíA DE IQUIQUE

Carlos Tromben  

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Fragmento

Oficina Santa Ana, Tarapacá,

17 de abril de 1906, 8 AM

Amanecía en el desierto más árido del mundo y el mecánico José Briggs sintió que alguien golpeaba a su puerta. Era la señora Hilaria Chanca, que venía cada dos días para lavarle ropa y hacerle almuerzo. Briggs se lavó la cara en una batea y, detrás de la silueta voluminosa de la señora Hilaria, vio asomarse los rayos del sol.

—Buenos días, don José.

—Buenos días, señora Hilaria, ¿cómo está?

La señora Hilaria encendió el fuego y puso agua a calentar. Traía pan y huevos frescos para freír.

José Briggs terminó de vestirse, desayunó en silencio y, luego de despedirse de la señora Hilaria, se dirigió a la faena.

Decenas de hombres salían como él de sus modestas viviendas, con sus libretas en la mano para que el administrador marcara el día y la hora de ingreso.

José Briggs reconoció a Samuel Toro, un fornido desripiador que había llegado el año anterior desde Taltal.

—¿Qué cuentas, gringo?

—Aquí estamos —respondió Briggs.

—Mírate la cara, hombre —bromeó Samuel Toro imitando su respuesta desganada—. Lo que a ti te falta es una novia.

—Tonto, ándate a trabajar.

—Nos vemos, gringo.

El joven mecánico entró en el galpón de las calderas y comprobó la hora en el gran reloj control. Comenzó a revisar los medidores y a asegurarse de que los serpentines no filtraran antes de juntar presión.

Santa Ana despertaba y en toda su extensión comenzaban a repicar las palas y las picotas, a colocarse las primeras cargas de dinamita. Los barreteros rompían la costra, los muleros acicateaban a los animales y las ruedas de las chancadoras comenzaban a girar. El caliche triturado viajaba en carros, subía terraplenes y bajaba hacia un sistema de piscinas conocidas como cachuchos, elevadas sobre estructuras de hierro o de cemento, en donde el caliche se transformaba en un caldo hirviente. Y en una trampa mortal.

Tras varias horas de evaporación, José Briggs comenzaría a bajar la presión hasta reducirla del todo. En los cachuchos quedaría una suerte de torta caliente y, en ese momento, entrarían en acción Samuel Toro y los desripiadores. Con el torso desnudo para soportar el calor, calzando calamorros de doble suela para protegerse los pies, abrirían una compuerta en el fondo del cachucho y comenzarían a vaciar la costra caliente.

Luego vendría el proceso de cristalización cuyo resultado sería un material blancuzco, con vetas rojizas y anaranjadas: la sal de la tierra, la sal que hacía la tierra germinar en todo el mundo menos allí, en el desierto.

José Briggs observó los penachos negros que brotaban de las chimeneas dispersándose en el cielo matutino.

* * *

Doce kilómetros más hacia el este, en la oficina Democracia, un piquete de obreros trataba de levantar un carro volcado al pie de una rampa. Lo intentaron una vez, dos veces, hasta lograrlo a la tercera. Colocarlo nuevamente sobre los rieles tardó varios minutos más.

Luis Gallardo tenía 53 años y era el más viejo de aquel grupo de pampinos curtidos. Su fuerza era inversamente proporcional a sus reflejos. Se estaba quedando sordo. Exhausto por el esfuerzo de levantar el carro, permaneció sobre los rieles recuperando el aliento por un período superior a lo prudente.

Sus compañeros llevaban varios segundos gritando cuando los oyó. Vio que algunos corrían y se dio vuelta para saber qué los ahuyentaba. Un carro descontrolado bajaba a toda velocidad. Sus pies no obedecieron y en una fracción de segundo Luis Gallardo vio correr su vida entera: su infancia en Copiapó, su paso por los campos de batalla de Dolores, Tacna y Arica, donde vio morir a sus amigos y de donde se trajo de recuerdo un trozo de plomo alojado en el antebrazo.

El sonido le llegó antes que el impacto.

Con sus doscientos kilos de inercia, el carro le hundió cuatro costillas y el esternón.

Despedido como un muñeco en el aire, Luis Gallardo no oyó el crujido de sus huesos sino un sonido que llevaba 27 años alojado en su cerebro: el estallido de un obús, el petardeo de la fusilería peruana en lo alto del morro de Arica. La lucha cuerpo a cuerpo y el hedor de la muerte.

Tras describir una parábola en el aire, el obrero cayó como un bulto y sus compañeros corrieron a socorrerlo.

Cuando lo llevaron a la administración botaba sangre por la boca. Manuel Barile, el administrador, cogió el teléfono y llamó al doctor Quintana que se encontraba en la oficina Agua Santa, a 15 kilómetros de distancia. Una hora pasó antes de que el facultativo pudiera llegar, examinar a Gallardo y suministrarle opio para aliviar su viaje hacia el Creador.

Luis Gallardo agonizó algunos minutos más, que para él fueron horas. Horas de éxtasis, pues dejó de sentir su cuerpo, el cuerpo que había escamoteado antes a las balas, a la enfermedad y al azar. Pidió que le avisaran a Carlos Gallardo, su hijo, que trabajaba en la oficina Rosario, y a Pascuala Aguilar, su esposa, que vivía en Iquique. Los vio a cada uno resplandeciendo con luz propia.

—Si mi hijo Carlos llega después de que yo deje este mundo, díganle que le pido perdón por lo que él sabe —dijo con dificultad—. Y a la Pascuala díganle lo mismo…

El doctor Quintana, el administrador Barile y los obreros presentes se miraron.

—Díganle que les pido perdón ante la Virgen y ante la memoria del presidente don José Manuel Balmaceda.

La voz de Luis Gallardo se iba extinguiendo. El doctor Quintana, tras tomarle el pulso, anotó la hora de muerte: 10.40.

Carlos Gallardo recibió la noticia a mediodía. La administración le extendió una licencia para que pudiera ausentarse de la faena. Tardó otras dos horas en recorrer en carreta la distancia que separaba a las oficinas Rosario y Democracia. Su padre ya no tenía los ojos abiertos, le habían cerrado la quijada y cruzado sus brazos sobre el pecho. Sus fosas nasales estaban taponeadas con trozos de algodón.

—Ayudándolo a sentir —le dijo el administrador Roberto Barile.

Dos días más tarde, el diario La Patria de Iquique publicó la siguiente nota:

El señor Administrador, con filantropía altamente jenerosa i digna de todo elojio, dispuso que el extinto fuera velado i sepultado por cuenta de la oficina, corriendo él con todas las diligencias del caso.

San Francisco, California,

miércoles 18 de abril, 5.12 AM

Los faroles a gas aún no se apagaban, los chinos ya calentaban sus grandes fogones, los panaderos italianos horneaban las primeras ciabattas y los trabajadores irlandeses y alemanes de la United Railroads acudían a las maestranzas para dar inicio al servicio regular de tranvías.

Richard Cornelius era uno de ellos, pero se encontraba en su cama, durmiendo cómodamente. Era el presidente del sindicato y hacía años que no manejaba un tranvía.

De pronto un rumor comenzó a elevarse desde el subsuelo. Cornelius lo sintió, pero no reaccionó de tan dormido que estaba. Recién cuando la casa empezó a oscilar sobre sus bases Cornelius se levantó, asustado; su mujer chillaba. Las murallas se estaban resquebrajando y las ventanas vibraban a un ritmo enloquecido.

El primer movimiento duró 25 segundos. Después de una pausa vino otro, de casi un minuto.

Richard Cornelius logró salir con su esposa y sus dos hijos poco antes de que la casa se derrumbara. No pudieron siquiera mantenerse de pie. El pavimento se sacudía como olas de un mar encrespado.

Amanecía cuando una nube de escombros se formó sobre la ciudad. El humo de decenas de incendios comenzó a subir hacia el cielo. Los vecinos salían de las casas maltrechas, sin fachadas, algunos por sí solos y otros con ayuda, se echaban a correr despavoridos o se sentaban a observar la hecatombe con ojos desorbitados. Terminado el movimiento, en los barrios burgueses y en las ranchas de los mexicanos, en los conventillos de los judíos y en los fumaderos de opio de los chinos, se oía lo mismo: los llantos de la muerte.

A las siete de la mañana todo el plan de la ciudad ardía.

Los bomberos pasaban por las calles agrietadas haciendo sonar las campanas de sus carros arrastrados por caballos. Partidas de vecinos se organizaban para rescatar a las víctimas. Los cadáveres se apilaban en filas y se cubrían con mantas.

Richard Cornelius, un gigantón de origen danés, era uno de los responsables de que San Francisco fuese la única ciudad importante de Norteamérica donde no gobernaban ni demócratas ni republicanos. San Francisco, gracias a Richard Cornelius, era gobernado por un partido político exclusivo de la ciudad, el partido laborista-sindical.

Junto con los edificios del centro, se desmoronó el gobierno de la ciudad. A las ocho comenzaron los saqueos. Edificios, bancos y comercios, mansiones enteras ardían o eran apedreadas y atacadas por individuos desesperados. El alcalde laborista Schmitz pidió el ingreso del ejército para restablecer el orden.

A las nueve de la mañana el general Frederick Funston, héroe de las guerras de Cuba y las Filipinas, desplegó sus tropas en la ciudad. Los soldados trabajaron todo el día reprimiendo los saqueos, o entregándose a ellos.

Hubo también escenas de comicidad. En las calles altas como Sacramento Street, los vecinos sacaron sillas y se sentaron para ver el incendio, comentándolo como si se tratara de un espectáculo de linterna mágica.

En el frontis de la Universidad de Stanford la estatua del biólogo Louis Agassiz, pionero en estudios genéticos, se cayó de su pedestal y quedó enterrada de cabeza en los adoquines, con los pies mirando al cielo.

Cuando cayó la tarde la mitad de los incendios seguían activos. El viento repartió las cenizas por toda la bahía.

* * *

El padre Peter Yorke contempló con desolación su imprenta, sepultada por cinco toneladas de escombros. Era el trabajo de muchos años como editor del boletín oficial de la Arquidiócesis. Pero no se quedó parado llorando la pérdida. Salió a ayudar. El padre Peter Yorke, sacerdote católico irlandés, era un dirigente sindical de facto y durante toda la mañana organizó una red de socorro.

Peter Cornelius logró llegar al cuartel de la red de tranvías a sumarse a las tareas de emergencia. No quedaba ningún carro operativo y los cables ardían con los incendios.

La onda expansiva del terremoto no se limitó a viviendas, edificios y vidas en San Francisco de California.

Cuando los bomberos terminaron de controlar el fuego en el distrito financiero, las cajas fuertes de los bancos parecían trozos de asteroides caídos del espacio exterior. La ciudad quedó prácticamente sin circulante.

Durante los días posteriores, las réplicas y la dinamita terminaron de botar lo poco que quedaba parado. Miles de personas huían en carretas, a ca

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