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Ana Punset  

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Fragmento

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A Lucía se le cerraban los ojos por momentos. Tenía que concentrarse en abrirlos cada vez que notaba que se cernía la oscuridad para que no la pillara Morticia. Como mucho, dejaba que permaneciesen cerrados unos segundos antes de frotárselos y abrirlos casi pestaña a pestaña. ¡Cómo le estaba costando mantenerse despierta! Y es que... era como si hubiera pasado una eternidad desde las vacaciones de Navidad. Al menos desde la última parte (una vez acabada la fase del comedor social y de vuelta de Berlín), cuando no tenía que madrugar y remoloneaba en la cama hasta las once, incluso, momento en el que su madre entraba en la habitación para asegurarse de que seguía respirando.

—¿Cómo puedes dormir tanto? ¡Casi doce horas! —exclamaba María mientras levantaba las persianas de manera ruidosa.

A veces ni por esas conseguía sacarla de la cama. Pero es que se estaba tan a gusto así, sin prisas... Y se merecía el descanso, después de haberse pasado una semana trabajando sin parar en plenas vacaciones...

La voz de Morticia la devolvió al presente. Contuvo un bostezo y se frotó la cara entera con las manos. ¡Uf! ¡Qué sacrificio! ¡Parecía mentira que el colegio hubiese empezado ese mismo lunes! De hecho... ¡no llevaba ni una hora entera de clase! ¿Cómo podía ser? La mente le jugaba malas pasadas...

—Bien... Para finalizar, os hablaré de un nuevo proyecto —anunció Morticia de pronto con esa manera de hablar tan pausada al tiempo que sacudía su oscura y larga melena.

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Lucía apenas había escuchado la voz meliflua de la tutora en toda la hora. Pero las palabras

«nuevo proyecto»

le entraron por los oídos y fueron directas al sistema de alarma central de su cabeza pelirroja, de forma que se irguió rápidamente. Sus ojos dejaron de intentar cerrarse para siempre (al menos esa mañana). Cada vez que Morticia anunciaba una novedad, podía temblar la Tierra entera...

—Vaya... Veo que he captado vuestra atención. Al fin —dijo Morticia con los ojos clavados en Lucía. Sus cejas arqueadas le resultaban amenazantes. A continuación, se puso a buscar unos papeles por su mesa.

Lucía tragó saliva: sus cabezadas debían de haber sido más largas de lo que a ella le parecía. Miró a Frida, que se encontraba al otro lado de la clase y se burló de ella haciendo que estaba dormida: cerró los ojos, apoyó la cabeza en las manos y se puso a roncar. Con lo alta que era, no pasaba desapercibida, pero le daba igual. Después, Lucía desvió la vista unas sillas más al centro, hasta Susana, con el pelo negro corto revuelto de tanto reírse abiertamente mientras señalaba a Frida, que seguía haciendo el payaso, para variar. Lucía tampoco pudo aguantarse y acabó por escapársele la risa.

—Parece que os hace gracia la idea. ¡Estupendo! Espero que os apliquéis, entonces... —soltó la tutora e hizo una mueca con la boca que daba miedo.

Lucía borró su sonrisa.

—No era por eso, profe. Es que...

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