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SEDUCCIóN AL AMANECER

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Seduce me at sunrise

Traducción: Mª José Losada Rey y Rufina Moreno Ceballos

1.ª edición: febrero 2010

© 2008 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2010

para el sello Vergara

Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

 

Depósito legal: B.8246-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-000-5

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

Para Sheila Clover English, una mujer buena,
 maravillosa, poseedora de un enorme talento.
 Gracias por transformar mis palabras en pequeñas obras de
 vídeoarte, y todavía más, por ser una magnífica amiga.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Epílogo

Otros títulos de esta colección

Una Navidad inolvidable

Seducción a medianoche

La hechicera del sol

1

 

Londres, 1848

Invierno

 

Win siempre había pensado que Kev Merripen era hermoso, de la misma manera que podía ser hermoso un paisaje austero o un día de invierno. Era un hombre corpulento, imponente y absolutamente intransigente. Las líneas exóticas de sus rasgos eran el marco perfecto para unos ojos tan oscuros que era imposible distinguir la pupila del iris. Su pelo era espeso y tan negro como el ala de un cuervo, con las cejas pobladas y rectas. Y su ancha boca casi siempre mostraba una curva amenazadora que Win encontraba irresistible.

Merripen. Su amor, pero nunca su amante. Se conocían desde la infancia, cuando él había sido acogido por la familia de Win. Aunque los Hathaway siempre lo habían tratado como a uno de los suyos, Merripen siempre había actuado como si fuera un sirviente. Un protector. Un extraño.

El objeto de sus pensamientos había acudido al dormitorio de Win y se había detenido en el umbral para observar cómo ella guardaba en una pequeña maleta de mano algunos artículos personales de su tocador. Un cepillo de pelo, un alfiletero, un puñado de pañuelos que su hermana Poppy había bordado para ella. Mientras metía los objetos en la maleta de piel, Win fue intensamente consciente de la forma inmóvil de Merripen. Sabía lo que acechaba bajo esa quietud porque ella sentía la misma corriente de anhelo.

Sólo de pensar en tener que dejarlo se le rompía el corazón. Y no tenía elección. Siempre había estado enferma, desde que, hacía dos años, había sufrido la escarlatina. Estaba delgada y débil, y se fatigaba y desvanecía con facilidad. Tenía los pulmones débiles según la experta opinión de todos los médicos que la habían visto. Para ellos no había nada que se pudiera hacer. Le esperaba una vida de reposo en cama seguida de una muerte prematura.

Win no estaba dispuesta a aceptar tal destino.

Ella deseaba mejorar para poder disfrutar de las cosas que la mayoría de la gente daba por supuestas. Para poder bailar, reírse, pasear por el campo. Quería tener la libertad de amar... de casarse... de formar una familia algún día.

Pero debido a su lamentable estado de salud, no existía la posibilidad de hacer ninguna de esas cosas. Sin embargo, eso estaba a punto de cambiar. Ese mismo día partiría a una clínica francesa, donde el dinámico y joven doctor Julian Harrow había logrado extraordinarios resultados para pacientes que se encontraban en su misma situación. Sus tratamientos eran poco ortodoxos y controvertidos, pero a Win no le importaba. Habría hecho cualquier cosa para curarse. Porque hasta que llegara ese día, no podría tener a Merripen.

—No te vayas —le dijo él con un tono de voz tan bajo que apenas lo oyó.

Win luchó con todas sus fuerzas para mantener una actitud serena al mismo tiempo que un helado escalofrío le bajaba por la espalda.

—Por favor, cierra la puerta —logró decir. Necesitaban privacidad para la conversación que estaban a punto de tener.

Merripen no se movió. El rubor inundaba su cara atezada y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad y una ferocidad nada propias en él. Era todo un romaní en ese momento, sus emociones estaban más a flor de piel de lo que se permitía normalmente.

Win se acercó para cerrar la puerta, y él se apartó a un lado como si cualquier contacto entre ellos pudiera causar un daño irreparable.

—¿Por qué no quieres que me vaya, Kev? —le preguntó con suavidad.

—No estarás a salvo allí.

—Estaré perfectamente a salvo —dijo ella—. Confío en el doctor Harrow. Sus tratamientos me parecen muy razonables y ha obtenido un alto índice de éxitos...

—Ha tenido tantos fracasos como éxitos. Hay mejores médicos aquí en Londres. Deberías probar antes con ellos.

—Creo que tengo más probabilidades de ponerme bien con el doctor Harrow. —Win sonrió, clavando la mirada en los duros ojos negros de Merripen, consciente de lo que él no quería decir—. Regresaré. Te lo prometo.

Él la ignoró. Cualquier intento que ella hiciera para que reconociera sus sentimientos siempre se había topado con una resistencia tan dura como una roca.

Él jamás admitiría que se preocupaba por ella de una manera que no fuera la de cuidar a una enferma frágil que necesitaba su protección. Como si fuera una mariposa dentro de una burbuja de cristal.

Mientras él continuaba con sus pasatiempos privados.

A pesar de la discreción con la que Merripen se conducía en sus relaciones personales, Win tenía la certeza de que habían sido muchas las mujeres que le habían ofrecido sus cuerpos y que él los había utilizado a placer. En lo más profundo de su alma sentía desolación y un enojo creciente ante el pensamiento de Merripen con otra mujer. Escandalizaría a todos los que la conocían si conocieran la intensidad de su deseo por él. Incluso era probable que escandalizara más que a nadie al propio Merripen.

Observando el inexpresivo rostro masculino, Win pensó: «Está bien, Kev, si es esto lo que quieres, me comportaré con estoicismo. Nos despediremos de la manera más fría y apacible posible.»

Ya sufriría más tarde en privado sabiendo que pasaría una eternidad antes de volver a verlo de nuevo. Pero eso era mejor que vivir así, siempre juntos y eternamente separados, con su enfermedad interponiéndose siempre entre ellos.

—Bien —dijo Win enérgicamente—, me iré pronto. Y no tienes por qué preocuparte, Kev. Leo cuidará de mí durante el viaje a Francia, y...

—Tu hermano ni siquiera sabe cuidar de sí mismo —dijo Merripen con severidad—. No te vayas. Quédate aquí donde yo podré...

Él se interrumpió bruscamente.

Pero Win había alcanzado a oír una nota de algo parecido a la furia, la angustia o la desesperación, enterrado en lo más profundo de su voz.

Esto empezaba a ponerse interesante.

Su corazón comenzó a latirle con fuerza.

—Hay... —Tuvo que interrumpirse un momento para recobrar el aliento—. Sólo hay una cosa que podría impedir que me marchara.

Él le dirigió una mirada atenta.

—¿Qué?

A Win le llevó un largo momento reunir el valor necesario para hablar.

—Dime que me amas. Dímelo, y me quedaré.

Los ojos negros se agrandaron. El sonido de la respiración contenida de Merripen hendió el aire como el golpe cortante de un hacha.

Él guardó silencio, totalmente paralizado.

Una curiosa mezcla de diversión y desesperación atravesó a Win mientras esperaba su respuesta.

—Quiero... quiero a toda la familia...

—No. Sabes que no es a eso a lo que me refiero. —Win se movió hacia él y le deslizó sus pálidas manos por el pecho, apoyando las palmas sobre la extensión de esos músculos duros e inflexibles. Sintió la involuntaria respuesta de él—. Por favor —le dijo, odiando la desesperación que asomaba en su voz—, no me importaría morir mañana si pudiera oírtelo decir una sola vez...

—No lo hagas —gruñó él, retrocediendo.

Arrojando a un lado toda cautela, Win continuó. Extendió una mano para agarrar los pliegues sueltos de la camisa de Merripen.

—Dímelo. Deja que la verdad salga finalmente a la luz.

—Cállate, estás enferma.

A Win le enfureció que él tuviera raz

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