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SEDUCCIóN AL AMANECER

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Seduce me at sunrise

Traducción: Mª José Losada Rey y Rufina Moreno Ceballos

1.ª edición: febrero 2010

© 2008 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2010

para el sello Vergara

Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

 

Depósito legal: B.8246-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-000-5

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

Para Sheila Clover English, una mujer buena,
 maravillosa, poseedora de un enorme talento.
 Gracias por transformar mis palabras en pequeñas obras de
 vídeoarte, y todavía más, por ser una magnífica amiga.

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

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Epílogo

Otros títulos de esta colección

Una Navidad inolvidable

Seducción a medianoche

La hechicera del sol

1

 

Londres, 1848

Invierno

 

Win siempre había pensado que Kev Merripen era hermoso, de la misma manera que podía ser hermoso un paisaje austero o un día de invierno. Era un hombre corpulento, imponente y absolutamente intransigente. Las líneas exóticas de sus rasgos eran el marco perfecto para unos ojos tan oscuros que era imposible distinguir la pupila del iris. Su pelo era espeso y tan negro como el ala de un cuervo, con las cejas pobladas y rectas. Y su ancha boca casi siempre mostraba una curva amenazadora que Win encontraba irresistible.

Merripen. Su amor, pero nunca su amante. Se conocían desde la infancia, cuando él había sido acogido por la familia de Win. Aunque los Hathaway siempre lo habían tratado como a uno de los suyos, Merripen siempre había actuado como si fuera un sirviente. Un protector. Un extraño.

El objeto de sus pensamientos había acudido al dormitorio de Win y se había detenido en el umbral para observar cómo ella guardaba en una pequeña maleta de mano algunos artículos personales de su tocador. Un cepillo de pelo, un alfiletero, un puñado de pañuelos que su hermana Poppy había bordado para ella. Mientras metía los objetos en la maleta de piel, Win fue intensamente consciente de la forma inmóvil de Merripen. Sabía lo que acechaba bajo esa quietud porque ella sentía la misma corriente de anhelo.

Sólo de pensar en tener que dejarlo se le rompía el corazón. Y no tenía elección. Siempre había estado enferma, desde que, hacía dos años, había sufrido la escarlatina. Estaba delgada y débil, y se fatigaba y desvanecía con facilidad. Tenía los pulmones débiles según la experta opinión de todos los médicos que la habían visto. Para ellos no había nada que se pudiera hacer. Le esperaba una vida de reposo en cama seguida de una muerte prematura.

Win no estaba dispuesta a aceptar tal destino.

Ella deseaba mejorar para poder disfrutar de las cosas que la mayoría de la gente daba por supuestas. Para poder bailar, reírse, pasear por el campo. Quería tener la libertad de amar... de casarse... de formar una familia algún día.

Pero debido a su lamentable estado de salud, no existía la posibilidad de hacer ninguna de esas cosas. Sin embargo, eso estaba a punto de cambiar. Ese mismo día partiría a una clínica francesa, donde el dinámico y joven doctor Julian Harrow había logrado extraordinarios resultados para pacientes que se encontraban en su misma situación. Sus tratamientos eran poco ortodoxos y controvertidos, pero a Win no le importaba. Habría hecho cualquier cosa para curarse. Porque hasta que llegara ese día, no podría tener a Merripen.

—No te vayas —le dijo él con un tono de voz tan bajo que apenas lo oyó.

Win luchó con todas sus fuerzas para mantener una actitud serena al mismo tiempo que un helado escalofrío le bajaba por la espalda.

—Por favor, cierra la puerta —logró decir. Necesitaban privacidad para la conversación que estaban a punto de tener.

Merripen no se movió. El rubor inundaba su cara atezada y sus ojos oscuros brillaban con una intensidad y una ferocidad nada propias en él. Era todo un romaní en ese momento, sus emociones estaban más a flor de piel de lo que se permitía normalmente.

Win se acercó para cerrar la puerta, y él se apartó a un lado como si cualquier contacto entre ellos pudiera causar un daño irreparable.

—¿Por qué no quieres que me vaya, Kev? —le preguntó con suavidad.

—No estarás a salvo allí.

—Estaré perfectamente a salvo —dijo ella—. Confío en el doctor Harrow. Sus tratamientos me parecen muy razonables y ha obtenido un alto índice de éxitos...

—Ha tenido tantos fracasos como éxitos. Hay mejores médicos aquí en Londres. Deberías probar antes con ellos.

—Creo que tengo más probabilidades de ponerme bien con el doctor Harrow. —Win sonrió, clavando la mirada en los duros ojos negros de Merripen, consciente de lo que él no quería decir—. Regresaré. Te lo prometo.

Él la ignoró. Cualquier intento que ella hiciera para que reconociera sus sentimientos siempre se había topado con una resistencia tan dura como una roca.

Él jamás admitiría que se preocupaba por ella de una manera que no fuera la de cuidar a una enferma frágil que necesitaba su protección. Como si fuera una mariposa dentro de una burbuja de cristal.

Mientras él continuaba con sus pasatiempos privados.

A pesar de la discreción con la que Merripen se conducía en sus relaciones personales, Win tenía la certeza de que habían sido muchas las mujeres que le habían ofrecido sus cuerpos y que él los había utilizado a placer. En lo más profundo de su alma sentía desolación y un enojo creciente ante el pensamiento de Merripen con otra mujer. Escandalizaría a todos los que la conocían si conocieran la intensidad de su deseo por él. Incluso era probable que escandalizara más que a nadie al propio Merripen.

Observando el inexpresivo rostro masculino, Win pensó: «Está bien, Kev, si es esto lo que quieres, me comportaré con estoicismo. Nos despediremos de la manera más fría y apacible posible.»

Ya sufriría más tarde en privado sabiendo que pasaría una eternidad antes de volver a verlo de nuevo. Pero eso era mejor que vivir así, siempre juntos y eternamente separados, con su enfermedad interponiéndose siempre entre ellos.

—Bien —dijo Win enérgicamente—, me iré pronto. Y no tienes por qué preocuparte, Kev. Leo cuidará de mí durante el viaje a Francia, y...

—Tu hermano ni siquiera sabe cuidar de sí mismo —dijo Merripen con severidad—. No te vayas. Quédate aquí donde yo podré...

Él se interrumpió bruscamente.

Pero Win había alcanzado a oír una nota de algo parecido a la furia, la angustia o la desesperación, enterrado en lo más profundo de su voz.

Esto empezaba a ponerse interesante.

Su corazón comenzó a latirle con fuerza.

—Hay... —Tuvo que interrumpirse un momento para recobrar el aliento—. Sólo hay una cosa que podría impedir que me marchara.

Él le dirigió una mirada atenta.

—¿Qué?

A Win le llevó un largo momento reunir el valor necesario para hablar.

—Dime que me amas. Dímelo, y me quedaré.

Los ojos negros se agrandaron. El sonido de la respiración contenida de Merripen hendió el aire como el golpe cortante de un hacha.

Él guardó silencio, totalmente paralizado.

Una curiosa mezcla de diversión y desesperación atravesó a Win mientras esperaba su respuesta.

—Quiero... quiero a toda la familia...

—No. Sabes que no es a eso a lo que me refiero. —Win se movió hacia él y le deslizó sus pálidas manos por el pecho, apoyando las palmas sobre la extensión de esos músculos duros e inflexibles. Sintió la involuntaria respuesta de él—. Por favor —le dijo, odiando la desesperación que asomaba en su voz—, no me importaría morir mañana si pudiera oírtelo decir una sola vez...

—No lo hagas —gruñó él, retrocediendo.

Arrojando a un lado toda cautela, Win continuó. Extendió una mano para agarrar los pliegues sueltos de la camisa de Merripen.

—Dímelo. Deja que la verdad salga finalmente a la luz.

—Cállate, estás enferma.

A Win le enfureció que él tuviera razón. Podía sentir la acostumbrada debilidad: el mareo que acompañaba a los apurados latidos de su corazón y el trabajo que le costaba llenar los pulmones de aire. Maldijo su cuerpo desfalleciente.

—Te amo —dijo desconsolada—. Y si estuviera sana, ningún poder en la tierra podría mantenerme alejada de ti. Si estuviera bien, te llevaría a mi cama y te mostraría cuán apasionada puedo ser, más que ninguna otra mujer que...

—No. —Merripen llevó su mano a la boca de Win con la intención de silenciarla, pero la apartó con rapidez al sentir el calor de sus labios.

—Si a mí no me da miedo admitirlo, ¿por qué temes admitirlo tú? —El placer de estar tan cerca de él, de tocarle, casi la volvía loca. Con una audacia temeraria se amoldó al cuerpo masculino. Él intentó apartarla sin hacerle daño, pero ella se aferró a él con todas sus fuerzas—. ¿Y si éste fuera el último momento que estuvieras conmigo? ¿No lamentarías no decirme lo que sientes? ¿No preferirías...?

Merripen le cubrió la boca con la suya, desesperado por hallar una manera de hacerla callar. Los dos se quedaron jadeantes y en silencio, absortos en aquellas tumultuosas sensaciones. El aliento del hombre en la mejilla de Win era como una cálida corriente.

Merripen la rodeó con los brazos, envolviéndola con su fuerza, sujetándola contra su duro cuerpo. Y en ese momento ambos comenzaron a arder, los dos se perdieron en una necesidad furiosa y apremiante.

Win pudo saborear la dulzura de las manzanas en su aliento, el toque amargo del café, pero por encima de todo eso percibió la rica esencia de él, y quiso más; deseándolo con ardor, se apretó contra él. Merripen aceptó su inocente ofrenda con un sonido ronco y salvaje.

Win sintió el roce de su lengua y se abrió para él, dejándolo acceder a su boca, primero con vacilación, luego lo atrajo más profundamente, usando su lengua con sedosa aceptación. Él se estremeció y jadeó, y la abrazó con más fuerza.

Una nueva debilidad la inundó, y sus sentidos suspiraron por las caricias de esas manos, esa boca, ese cuerpo... el poderoso peso de Merripen que casi la aplastaba. Oh, cuánto lo deseaba, quería tanto...

Merripen la besó con un hambre salvaje, moviendo su boca sobre la de ella con ásperas y lujuriosas caricias. Win se sintió consumida por el placer y se retorció para agarrarlo, deseando tenerlo más cerca aún.

Incluso a través de las capas de tela, sintió la forma en que él movía sus caderas contra las de ella, con un ritmo sutil y apremiante. Instintivamente, Win bajó la mano para sentirlo, para apaciguarle, y sus dedos temblorosos encontraron la dura forma de su deseo.

Merripen emitió un angustiado gemido en su boca. Durante un febril momento él bajó la mano y apretó la de ella con fuerza sobre su miembro. Win abrió repentinamente los ojos cuando sintió la presión pulsante, el calor y la tensión que parecían a punto de estallar.

—Kev... la cama... —murmuró ella, ruborizándose de pies a cabeza. Lo deseaba con tanta desesperación, desde hacía tanto tiempo, y ahora, por fin, iba a tenerlo—. Tómame...

Merripen maldijo y la apartó de un empujón, girándose hacia un lado. Jadeaba de manera incontrolada.

Win se movió hacia él.

—Kev...

—No te muevas de ahí —le dijo él con tal fuerza que ella dio un respingo sobresaltada.

Durante un minuto, no hubo ningún sonido ni movimiento salvo el áspero jadeo de sus respiraciones.

Merripen fue el primero en hablar. Su voz estaba llena de cólera y disgusto, aunque si era a causa de ella o de él mismo era imposible saberlo.

—Esto no volverá a ocurrir.

—¿Por qué tienes miedo de hacerme daño?

—Porque no te quiero de esa manera.

Ella se envaró indignada y soltó una risita incrédula.

—Has respondido a mí. Lo he sentido.

Merripen se ruborizó.

—Eso habría ocurrido con cualquier mujer.

—¿Tratas... tratas de hacerme creer que no despierto en ti ningún interés especial?

—Sólo el deseo de protegerte como al resto de la familia.

Win sabía que eso era mentira, lo sabía. Pero su cruel rechazo hacía que su partida fuera un poco más fácil.

—Yo... —Le resultaba difícil encontrar las palabras—. ¡Qué noble de tu parte! —Su intento de ironía quedó arruinado por su dificultad para respirar. Sus débiles pulmones estaban al borde del colapso.

—Estás fatigada —dijo Merripen moviéndose hacia ella—. Necesitas descansar...

—Estoy bien —dijo Win con ferocidad, acercándose al aguamanil y agarrándose a él para recuperar el equilibrio. Cuando lo consiguió, humedeció un paño de lino en el agua y se lo aplicó en las ruborizadas mejillas. Mirándose al espejo, se obligó a recomponer su máscara serena de costumbre. De alguna manera logró hablar con voz calmada—. Lo quiero todo o nada —dijo—. Sabes cuáles son las palabras que harán que me quede. Si no las dices, me iré.

En la habitación se palpaba la emoción. Los nervios de Win gritaron en protesta cuando se prolongó el silencio en la estancia. Miró sin ver el espejo, vislumbrando sólo la ancha silueta del hombro y el brazo de Merripen. Y luego, él se movió, abrió la puerta y se marchó.

Win continuó dándose toquecitos en la cara con el paño húmedo y frío, usándolo para borrar las huellas de las lágrimas. Dejando a un lado la tela, sintió que la palma de su mano, la misma que había utilizado para ahuecar la íntima forma de él, retenía todavía el recuerdo de su carne. Y los labios aún le hormigueaban por los dulces y duros besos, y su pecho todavía estaba lleno de ese dolor profundo por un amor desesperado.

—Bien —se dijo con excitada reflexión—, ahora estás mucho más motivada. —Y se rio temblorosamente hasta que tuvo que volver a enjugarse las lágrimas.

 

 

Mientras supervisaba la carga del carruaje que pronto partiría hacia los muelles londinenses, Cam Rohan no pudo evitar preguntarse si no estaría cometiendo un error. Le había prometido a su nueva esposa que cuidaría de su familia política. Pero menos de dos meses después de haberse casado con Amelia, enviaba a una de sus hermanas a Francia.

—Podemos esperar —le había dicho a Amelia la noche anterior, apretándola contra su hombro mientras le acariciaba el espeso pelo castaño que caía como una cascada sobre su propio pecho—. Si deseas disfrutar de la compañía de Win un poco más, podemos enviarla a la clínica en primavera.

—No, debe ir allí tan pronto como sea posible. El doctor Harrow dejó bien claro que ya habíamos perdido bastante tiempo. Las esperanzas de mejoría de Win aumentarán si comienza el tratamiento de inmediato.

Cam había sonreído ante el tono pragmático de Amelia. Su esposa era muy buena ocultando sus emociones, mantenía una fachada tan firme que muy pocas personas percibían la vulnerabilidad que escondía debajo. Cam era el único con el que bajaba la guardia.

—Debemos actuar con sensatez —había añadido Amelia.

Cam la había hecho rodar sobre la cama y se había quedado mirando su cara menuda y hermosa bajo la luz de la lámpara. Esos ojos redondos y azules, tan oscuros como el corazón de la medianoche.

—Sí —le respondió con suavidad—. Pero no siempre es fácil hacer lo correcto, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

Cam le acarició la mejilla con la yema de los dedos.

—Pobre colibrí —murmuró él—. Has soportado muchos cambios en los últimos meses, el menor de los cuales ha sido casarte conmigo. Y ahora envío lejos a tu hermana.

—A una clínica. Para que se cure —había dicho Amelia—. Sé que es lo mejor para ella. Es sólo que... la echaré de menos. Win es la más cariñosa, la más tranquila de la familia. La conciliadora. Lo más probable es que los demás nos asesinemos unos a otros en su ausencia. —Lo miró con el ceño fruncido—. No se te ocurra decirle a nadie que he estado llorando o me enfadaré contigo.

—No, monisha —le había asegurado él, abrazándola con más fuerza mientras ella sorbía por la nariz—. Todos tus secretos están a salvo conmigo. Ya lo sabes.

Y luego le había enjugado las lágrimas con besos y le había quitado el camisón muy lentamente para hacer el amor con ella, con mayor lentitud que nunca si cabe.

—Cariño... —había susurrado mientras ella se estremecía bajo él—. Déjame hacerte sentir mejor...

Y cuando tomó posesión de su cuerpo con suavidad le dijo, en la antigua lengua, que ella lo complacía de todas las maneras posibles, que le gustaba estar en su interior, y que jamás la dejaría.

Aunque Amelia no había entendido las palabras, el sonido de las mismas sí que la había excitado, y le había arañado la espalda como una gata salvaje mientras elevaba las caderas bajo su peso. Cam le había dado placer y había tomado el suyo hasta que su esposa se había sumido en un sueño profundo, totalmente saciada.

Durante mucho tiempo, Cam la había sostenido acurrucada contra él, con el peso de su cabeza en el hombro. Ahora él era el responsable de Amelia, y de toda su familia.

Los Hathaway eran una familia de inadaptados que incluía a cuatro hermanas, a un hermano y a Merripen, que era un romaní como él. Nadie parecía saber demasiado sobre Merripen, salvo que había sido acogido en el seno de la familia Hathaway cuando era niño tras haber sido dado por muerto en una cacería de gitanos. Era algo más que un sirviente, pero tampoco se consideraba exactamente parte de la familia.

No se podía predecir qué tal llevaría Merripen la ausencia de Win, pero Cam tenía el presentimiento de que no iba a gustarle. Ambos no podían haber sido más opuestos, la pálida y enfermiza rubia y el enorme romaní. Una tan refinada y etérea, el otro moreno, tosco y apenas civilizado. Pero el vínculo estaba allí, como un halcón que siempre regresaba al mismo bosque siguiendo la guía de un mapa invisible grabado en su propia naturaleza.

Cuando el carruaje estuvo debidamente cargado y el equipaje asegurado con correas de cuero, Cam entró en la suite del hotel donde se alojaba la familia. Se habían reunido en la sala de recepción para despedirse.

Merripen brillaba por su ausencia.

Las cuatro hermanas y su hermano, Leo, que iba a Francia como acompañante y escolta de Win, abarrotaban la estancia.

—Bueno, ya está —dijo Leo con brusquedad, dándole una palmadita en la espalda a su hermana pequeña, Beatrix, que acababa de cumplir los dieciséis años—. No hay ninguna necesidad de montar una escena.

Ella le dio un fuerte abrazo.

—Vais a estar muy solos tan lejos de casa. ¿No queréis llevaros una de mis mascotas para que os haga compañía?

—No, querida. Tendré que contentarme con la compañía humana que encuentre a bordo. —Se volvió hacia Poppy, una hermosa muchacha de dieciocho años con el pelo castaño rojizo—. Adiós, hermanita. Disfruta de tu primera temporada en Londres. E intenta no aceptar al primer tipo que se te declare.

Poppy se adelantó para abrazarle.

—Querido Leo —le dijo, con la voz ahogada contra su hombro—, intenta comportarte bien mientras estés en Francia.

—Nadie se porta bien en Francia —le dijo Leo—. Es por eso por lo que le gusta a todo el mundo. —Miró a Amelia. Fue entonces cuando la fachada de hombre seguro de sí mismo comenzó a resquebrajarse. Inhaló entrecortadamente. De todos los hermanos Hathaway, Leo y Amelia habían sido los que habían discutido con más frecuencia, y con más fiereza. Sin embargo, ella era sin lugar a dudas su favorita. Habían pasado por muchas cosas juntos, además de tener que hacerse cargo de sus hermanas menores después de la muerte de sus padres. Amelia había visto cómo un joven y prometedor arquitecto se convertía en una ruina de hombre. Ser el heredero de un vizcondado no había ayudado en nada. De hecho, el título recién adquirido y la nueva posición social sólo habían contribuido a la decadencia de Leo. Eso no había impedido que Amelia luchara por él, que intentara salvarle siempre. Algo que a él le había fastidiado considerablemente.

Amelia se acercó y apoyó la cabeza en su pecho.

—Leo —le dijo con un sollozo—. Si le ocurre algo a Win, te mataré.

Él le acarició el pelo suavemente.

—Hace años que me haces esa amenaza, y jamás la has cumplido.

—Estaba e-esperando el motivo adecuado.

Leo sonrió, le apartó la cabeza de su pecho y la besó en la frente.

—La traeré de vuelta sana y salva.

—¿Eso te incluye a ti?

—Eso me incluye a mí.

Amelia le alisó el abrigo con los labios temblando.

—Entonces deja de llevar la vida de despilfarro y embriaguez —dijo.

Leo le dirigió una amplia sonrisa.

—Pero siempre he creído que lo mejor es cultivar los talentos naturales. —Inclinó la cabeza para que ella pudiera besarle en la mejilla—. Deberías mirarte a ti misma —le dijo—. Tú, que acabas de casarte con un hombre al que apenas conoces.

—Ha sido lo mejor que he hecho nunca —dijo Amelia.

—Y puesto que es él quien paga mi viaje a Francia, supongo que no puedo disentir. —Leo extendió el brazo para estrechar la mano de Cam. Después de un mal comienzo, ambos hombres habían llegado a llevarse bien en poco tiempo—. Adiós, phral —dijo utilizando la palabra gitana que Cam le había enseñado y que significaba «hermano»—. No me cabe la menor duda de que harás un excelente trabajo como cabeza de familia. Ya te has deshecho de mí, lo cual es un comienzo prometedor.

—Cuando regreses tendrás la casa reconstruida y una hacienda próspera, milord.

Leo soltó una risita.

—No puedo esperar a verlo. Ya sabes lo que se dice, no todo el mundo confiaría sus asuntos a un par de gitanos.

—Diría sin temor a equivocarme —contestó Cam—, que eres el único.

 

 

Después de que Win se hubiera despedido de sus hermanas, Leo la ayudó a subir al carruaje y se sentó a su lado. Sintieron una suave sacudida cuando el vehículo se puso en marcha, y se dirigieron a los muelles londinenses.

Leo estudió el perfil de Win. Como siempre, ella no dejaba exteriorizar sus sentimientos, su rostro de huesos finos estaba sereno y compuesto. Pero él vio el rubor que le inundaba las pálidas mejillas, y cómo sus dedos apretaban con fuerza un pañuelo bordado en su regazo. No se le había pasado por alto que Merripen no había estado allí para despedirse. Leo se preguntó si Win y él habrían discutido.

Suspirando, rodeó los hombros de su hermana con un brazo. Ella se puso rígida, pero no se apartó. Tras un momento, Win levantó el pañuelo, y él vio que se enjugaba las lágrimas de sus ojos. Estaba asustada, enferma y triste.

Y él era todo lo que tenía.

Qué Dios la ayudara.

Intentó aliviar la situación con un poco de humor.

—No habrás dejado que Beatrix te diera una de sus mascotas, ¿no? Te lo advierto, si has traído un erizo o una rata contigo, será arrojado por la borda tan pronto como pisemos el barco.

Win negó con la cabeza y se sonó la nariz.

—¿Sabes? —dijo Leo, en tono familiar sin dejar de sostenerla contra su brazo—, eres la menos divertida de mis hermanas. No puedo creer que acabe yéndome a Francia contigo.

—Créeme —fue la acuosa respuesta—, conmigo no vas a aburrirte. En cuanto esté mejor, tengo la intención de comportarme realmente mal.

—Bueno, eso es algo que espero con anhelo. —Descansó la mejilla sobre su suave pelo rubio.

—Leo —le preguntó ella tras un momento—, ¿por qué te ofreciste a ir a la clínica conmigo? ¿Es porque tú también quieres mejorar?

Leo se sintió emocionado y molesto a la vez por la inocente pregunta. Win, al igual que el resto de la familia, consideraba que sus excesos con la bebida eran una enfermedad que se curaba con una larga abstinencia y costumbres saludables. Pero su vicio por la bebida era sólo un síntoma de su auténtica enfermedad... una pena tan profunda que a veces amenazaba con detener los latidos de su corazón.

No había cura para la pérdida de Laura.

—No —le respondió—. No tengo intención de mejorar. Sólo quiero continuar mi decadencia en un nuevo lugar. —Se vio recompensado con una risita ahogada—. Win... ¿has discutido con Merripen? ¿Es por eso que no ha venido a despedirse? —Ante el prolongado silencio, Leo puso los ojos en blanco—. Si insistes en guardar silencio, hermanita, éste será, ciertamente, un viaje muy largo.

—Sí, discutimos.

—¿Sobre qué? ¿Sobre la clínica de Harrow?

—No, realmente. En parte fue por eso, pero... —Win encogió los hombros con inquietud—. Es demasiado complicado. Sería muy largo de explicar.

—Estamos a punto de cruzar el océano y la mitad de Francia. Créeme, tenemos tiempo.

 

 

Después de que el carruaje partiera, Cam se dirigió a los establos, un pulcro edificio situado en la parte trasera del hotel, con establos y cochera en la planta baja y las habitaciones de los sirvientes ubicadas arriba. Como había esperado, Merripen estaba almohazando a los caballos. Los establos del hotel se regían por un sistema libre, lo que quería decir que algunas de las tareas debían ser asumidas por los propietarios de los caballos. En ese momento, Merripen estaba ocupándose del castrado negro de Cam, un ejemplar de tres años que se llamaba Pooka.

Los movimientos de Merripen eran suaves, rápidos y metódicos mientras pasaba el cepillo por los brillantes flancos del caballo.

Cam lo observó durante un rato, apreciando la destreza del romaní. Las historias que decían que los gitanos eran muy buenos con los caballos no eran un mito. Un romaní consideraba que los caballos eran sus compañeros, unos animales con instintos poéticos y heroicos. Y Pooka admitía la presencia de Merripen con una tranquila deferencia que mostraba ante muy pocas personas.

—¿Qué quieres? —le preguntó Merripen sin dirigirle la mirada.

Cam se dirigió sin ninguna prisa hacia el establo abierto, sonriendo cuando Pooka inclinó la cabeza y le dio un golpecito en el pecho.

—No, chico... no tengo terrones de azúcar. —Le palmeó el musculoso cuello. Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, dejando a la vista el alado caballito negro de su antebrazo. Cam no recordaba cuándo le habían hecho el tatuaje... Estaba ahí desde siempre, por razones que su abuela nunca llegaría a explicarle.

Era un diseño irlandés, un caballo de pesadilla llamado pooka, una criatura mítica que alternaba entre la maldad y la bondad, que hablaba con una profunda voz humana y que volaba por la noche con las alas extendidas. Según la leyenda, el pooka llamaba a la puerta de los confiados humanos a medianoche, y los llevaba a dar un paseo que cambiaría su vida para siempre.

Cam jamás había visto un tatuaje similar en ninguna otra persona.

Hasta que conoció a Merripen.

Por caprichos del destino, Merripen había resultado herido en el incendio de la casa. Y mientras le curaban la herida, los Hathaway habían descubierto el tatuaje en el hombro de Merripen.

Un tatuaje que había hecho que Cam se planteara unas cuantas preguntas.

Vio que Merripen le miraba el tatuaje del brazo.

—¿Qué hace un romaní como tú con un tatuaje de diseño irlandés? —preguntó Cam.

—No es nada especial. Hay romaníes en Irlanda.

—Hay algo inusual en ese tatuaje —dijo Cam serenamente—. Jamás había visto uno igual con anterioridad. Y puesto que los Hathaway se sorprendieron al verlo, es evidente que te esforzaste mucho en ocultarlo. ¿Por qué, mi phral?

—No me llames así.

—Has formado parte de la familia Hathaway desde la infancia —dijo Cam—. Y yo soy ahora parte de la familia. Eso nos convierte en hermanos, ¿no?

Una mirada desdeñosa fue la única respuesta.

Cam encontraba una perversa diversión en comportarse de manera amistosa con un romaní que claramente lo despreciaba. Entendía a la perfección qué era lo que suscitaba la hostilidad de Merripen. La llegada de otro hombre a la tribu familiar, o vitsa, no era nunca una situación fácil, y, por lo general, su lugar estaría más abajo en la jerarquía.

Que Cam, un desconocido, llegara y actuara como cabeza de familia no era algo fácil de asimilar. No ayudaba nada que él fuera un poshram, un mestizo nacido de madre gitana y padre irlandés, un gadjo. Y por si eso fuera poco, Cam disfrutaba de una buena situación económica, un hecho vergonzoso a los ojos de los romaníes.

—¿Por qué siempre lo has mantenido en secreto? —insistió Cam.

Merripen dejó de cepillar el caballo y le dirigió a Cam una oscura y fría mirada.

—Me dijeron que el tatuaje era la marca de una maldición. Que el día que descubriera lo que quería decir, y por qué me lo habían hecho, yo o alguien cercano a mí estaría predestinado a morir.

Cam no mostró reacción alguna, pero sintió unas punzadas de inquietud en la nuca.

—¿Quién eres, Merripen? —le preguntó suavemente.

El enorme romaní continuó con su labor.

—Nadie.

—Formaste parte de una tribu una vez. Debes de haber tenido familia.

—No recuerdo a mi padre. Mi madre murió en el parto.

—Igual que la mía. Me crio mi abuela.

El cepillo se detuvo en medio de una pasada. Ninguno de los dos mostró reacción alguna. Sobre el establo había caído un silencio sepulcral excepto por los resoplidos y los movimientos inquietos de los caballos.

—A mí me crio mi tío. Para ser un asharibe.

—Ah. —Cam borró cualquier indicio de piedad en su expresión, pero para sus adentros pensó: «Pobre desgraciado.»

No era extraño que Merripen luchara tan bien. Algunas tribus gitanas cogían a sus niños más fuertes y los convertían en luchadores, enfrentándolos unos contra otros en ferias, tabernas y reuniones donde se hacían apuestas. Algunos de los niños acababan desfigurados o muertos. Los que sobrevivían se convertían en duros combatientes capaces de hacer cualquier cosa, y eran nombrados los guerreros de la tribu.

—Bueno, eso explica ese carácter tan dulce que tienes —dijo Cam—. ¿Fue por eso por lo que elegiste quedarte con los Hathaway después de que te recogieran? ¿Porque ya no querías ser un asharibe?

—Sí.

—Mientes, phral —dijo Cam, observándolo atentamente—. Te quedaste por otra razón. —Y supo por el rubor que tiñó la cara del romaní que había acertado de lleno.

Cam añadió quedamente:

—Te quedaste por ella.

2

 

Doce años antes

 

No había bondad en él. Ni debilidad. Se había criado durmiendo en suelos duros, comiendo comida sencilla, bebiendo agua fría y peleando contra otros niños. Si alguna vez se negaba a luchar, su tío, Rom Baro, el gran guerrero de la tribu, le golpeaba. No tenía madre que intercediera por él, ni padre que lo defendiera de los rudos castigos de Rom Baro. Nadie que le tocara a no ser con violencia. Sólo existía para pelear, para robar, para ir contra los gadjos.

La mayoría de los gitanos no odiaban a los blancos, a los valientes ingleses que vivían en casas ordenadas, que llevaban reloj en el bolsillo y leían libros ante el hogar de la chimenea. Sólo desconfiaban de ellos. Pero la tribu de Kev despreciaba a los gadjos, y los despreciaban porque eso era lo que hacía Rom Baro. Y cualquier cosa que el líder opinara, que se le antojara o por la que se inclinara, era lo que los demás acataban sin rechistar.

Al final, hartos del daño y la miseria que la tribu de Rom Baro infligía allí donde establecía su campamento, los gadjos habían decidido exterminarlos de la faz de la tierra.

Los ingleses habían llegado con caballos y armas. Había habido disparos, golpes; habían atacado a los romaníes en sus camas, con mujeres y niños llorando y gritando. Habían arrasado el campamento y todos habían salido huyendo, abandonando los vardos en llamas y los caballos robados a los gadjos.

Kev había intentado luchar contra ellos para defender la vitsa, pero lo habían golpeado en la cabeza con la culata de una pistola. Otro inglés le había clavado una bayoneta en la espalda. La tribu lo había dado por muerto y lo había abandonado. Durante una noche había yacido medio inconsciente al lado del río, escuchando el rumor del agua oscura, sintiendo la tierra dura y mojada bajo su cuerpo, vagamente consciente de la sangre que manaba de las heridas de su cuerpo. Había esperado sin temor a que la oscuridad se lo llevara. No tenía razones ni deseos de vivir.

Pero cuando la noche dio paso al amanecer, Kev se encontró siendo trasladado en una pequeña y rústica carreta. Un gadjo lo había encontrado, y con la ayuda de un niño había llevado al moribundo romaní a su casa.

Era la primera vez que Kev había estado bajo un techo que no fuera de un vardo. Se encontró dividido entre la curiosidad que sentía hacia el extraño entorno que lo rodeaba y la furia ante la indignidad de tener que morir bajo los cuidados de un gadjo. Pero estaba demasiado débil y dolorido para poder defenderse por sí mismo.

La habitación que ocupaba no era mucho más grande que un establo, y en ella sólo había una cama y una silla. Había cojines, almohadas, cuadros bordados a mano en las paredes y una lámpara. Si no hubiese estado tan enfermo, se habría vuelto loco en una estancia tan pequeña.

El gadjo que lo había llevado allí, Hathaway, era un hombre alto, delgado y con el pelo rubio muy claro. Sus modales corteses y su timidez pusieron a Kev en su contra. ¿Por qué lo había salvado Hathaway? ¿Qué podía querer de un niño romaní? Kev se negó a hablar con el gadjo y a tomar sus medicinas. Rechazó cualquier gesto de bondad. No quería deberle nada a ese tal Hathaway. No había querido salvarse, no había querido vivir. Así que permaneció allí, estremeciéndose en silencio cada vez que el hombre le cambiaba el vendaje de la espalda.

Sólo una vez había hablado Kev, y fue cuando Hathaway le había preguntado sobre el tatuaje.

—¿Qué significa esta marca?

—Es una maldición —había dicho Kev con los dientes apretados—. No le hables a nadie de ella, o la maldición caerá también sobre ti.

—Ya veo. —La voz del hombre había sido amable—. Guardaré tu secreto. Pero te diré que como racionalista que soy no creo en las supersticiones. Una maldición sólo tiene el poder que tú quieras darle.

«Gadjo insensato», había pensado Kev. Todo el mundo sabía que negar una maldición traía mala suerte.

Era una familia ruidosa, llena de niños. Kev podía oírlos detrás de la puerta cerrada de la habitación en la que lo habían metido. Pero había algo más... una débil, dulce y cercana presencia. La sintió revoloteando fuera de la habitación y, por lo tanto, fuera de su alcance. Y la anheló, sediento como estaba de algo que le aliviara la oscuridad, la fiebre y el dolor.

En medio del clamor de niños que discutían, reían o cantaban, oyó un murmullo que le erizaba cada pelo del cuerpo. La voz de una niña, hermosa y suave. Quería que viniera a él. Y la llamó mientras yacía allí, sintiendo que las heridas curaban con una torturante lentitud. «Ven a mí...»

Pero ella jamás apareció. Los únicos que entraban en la habitación eran Hathaway y su esposa, una mujer agradable pero recelosa que lo miraba como si fuera un animal salvaje que hubiera encontrado la entrada a su civilizada casa. Y Kev se comportó en consonancia, chasqueando y gruñendo cada vez que se acercaban a él. Tan pronto como pudo moverse por sí mismo, se ...