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SER FELIZ ERA ESTO

Eduardo Sacheri  

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Fragmento

Índice

Portada

Dedicatoria

Budín de naranja

Veinticinco de Mayo 183, piso 11, departamento F

Un vaso de soda

Kilómetros de agua

Hincarse de rodillas

Gotas grandes y gotas chicas

Pensar en nada

Perra bóxer

La estatua del Pensador

Fideos a la boloñesa

Sin batería

Cincuenta por ciento de sonrisa

Lunares

Aviones

Gol

Radio

Incendio

Expreso de medianoche

Tienda Vocación

Escritor

Basquetbolistas

Belonefobia

Los amigos de un lado

Los amigos del otro

“Federico’s Nightmare”

Blancanieves

Rocky

Febrero de 1999

La Jirafa Azul

La humedad que deja el mar

El mar para nosotras

Letra de imprenta mayúscula

Derrota

Ni sola ni quieta

Miedo

Instinto

El traje del rey

Las siete diferencias

Mañana será otro día

Algo importante que decirte

Dentro de unos años

Segundo cajón

Robinson Crusoe

Biografía

Otros títulos del autor

Créditos

Alfaguara

Para Clara.
Por algunas cosas nuestras.

Budín de naranja

Si hay algo que Sofía odia es que le tengan lástima. Esa miradita de la gente cuando se les nota que están pensando “Pobre chica, mirá lo que le pasó”. Lo odia. Los odia. Le dan ganas de decirles, de gritarles, “¡¿Por qué no mirás para otro lado?! ¡Si te doy lástima pensá en otra cosa y listo!”. Pero no lo hace. Se queda callada o cambia de tema o pregunta algo para distraerlos de esa compasión que ella no quiere, que no le sirve, que no le interesa.

Ahora mismo, por ejemplo, la señora que tiene sentada al lado, en el micro que va a Buenos Aires. Se nota que se muere de ganas de sacarle conversación desde que salieron de Villa Gesell. Pero como Sofía se pasó toda la primera mitad del viaje con los auriculares puestos, con la cabeza apoyada en el vidrio y los ojos en la ruta, no le dio mucha opción de ponerse a charlar. Pero las señoras chusmas no se desaniman así nomás. Insisten. Son pacientes. Recién cuando llevan cuatro horas de viaje, sentadas a treinta centímetros una al lado de la otra, Sofía contra la ventanilla, la otra junto al pasillo, la señora se anima a preguntarle por qué viaja sola. No se lo pregunta de frente. No. Las señoras chusmas, cuando son chusmas profesionales, nunca preguntan de entrada lo que quieren saber. Dan rodeos. Arrancan con una excusa cualquiera.

El primer error es de Sofía, porque cuando su Ipod se queda sin batería lo guarda en la mochila junto con los auriculares. Mal hecho. Debería haber fingido que el aparato seguía funcionando. Pero se distrajo, pensando en que la batería esa dura un suspiro. ¿Son todos así o el suyo es el único que es una porquería? Da lo mismo, porque la señora chusma ha visto su gesto de guardar las cosas. Y entonces aprovecha su oportunidad.

Primero comenta algo del aire acondicionado y que tiene frío. Y Sofía, que sabe para dónde apunta, contesta apenas “Claro, claro” y sigue mirando por la ventanilla. Pero después la mujer saca un táper y le ofrece budín de naranja. Sofía duda. Está a punto de negarse, pero la mezcla del olorcito del budín con el hambre que tiene le hace decirle que sí.

Y mientras mastica y disfruta cómo la masa se le desgrana en la boca (Sofía tiene la teoría de que, en general, las señoras chusmas cocinan como los dioses, sobre todo cosas dulces), entiende que el precio del budín es empezar una conversación. Tampoco va a entregar su derrota tan fácil. No, señor. Por eso, para ponerle las cosas un poco más difíciles, se mantiene mirando por la ventanilla, haciendo durar todo lo que puede el último bocado de budín. Claro que llega un momento en que es más saliva que budín, y prefiere tragárselo.

—Y decime, nena… ¿Por qué estás viajando sola?

Sofía la mira. De reojo, observa también el táper que la señora mantiene abierto, como una tentación, casi como un soborno, sobre la falda. Una conversación larga puede significar que le toque alguna de las tres rodajas de budín de naranja que quedan todavía.

Entonces acepta hablar. Improvisa. Le dice que sus papás están separados, y que ella vive con su mamá, que es maestra, en Villa Gesell. Pero que todos los años, dos veces al año, viaja a Buenos Aires a visitar a su papá. En febrero y en vacaciones de invierno. Que su papá es empresario. Que tiene una fábrica de… ventanas, dice, porque la señora —a la que se nota que le gustan los pormenores— se lo pregunta de repente y el cuento que Sofía va redactando en su cabeza no había llegado hasta ahí. Una fábrica de ventanas de aluminio, aclara, porque justo clava los ojos en el costado del mic

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