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SI NUESTROS CUERPOS HABLARAN (COLECCIóN VITAL)

James Hamblin  

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Fragmento

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Prólogo

Mi compañero de cuarto en la escuela de medicina se volvió oftalmólogo y se fue vivir a Texas. Me pidió que hablara aquí de la pregunta más común que la gente le hace en una conversación cuando se entera de su trabajo:

Si se me pierde un lente de contacto en el ojo,
¿me puede llegar al cerebro?

Yo me reí. Él no. La pregunta ya no le hace gracia.

Existen enfermedades comunes1 y debilitantes de los ojos sobre las que podrían estarle preguntando: como la degeneración macular, o la ceguera nocturna o el glaucoma, que afectarán a 112 millones de personas para el 2040, causando que muchas pierdan la vista.

Puedo identificarme con la última porque yo la padezco. La presión dentro de mi globo ocular es más alta de lo que debería ser. Mi ojo no va a estallar —aunque esa imagen me atormenta absurdamente—. El deterioro en la mayoría de los glaucomas es más bien insidioso. Me dicen que ni siquiera notaré cuando mis ojos empiecen a “fallar” —un término que los doctores usamos comúnmente, sin pensar, hasta que empiezan a fallar nuestros propios cuerpos—. Más precisamente lo que sucederá es que la presión dentro de mis ojos irá dañando gradualmente el denso centro de nervios en la retina, detrás del ojo. Estoy en riesgo de ir perdiendo lentamente la vista en la periferia de mi campo visual, y después por completo.

Para eso faltan años.

Todo esto para decir que tenemos motivos para preocuparnos por nuestros ojos y otras partes. Estas preocupaciones son válidas. A veces ayuda ponerlas en el contexto de los problemas de otra gente: lo grave que puede llegar a ser. Pero a veces no ayuda. Entonces, la pregunta que nos ocupa: el espacio bajo nuestros párpados no se conecta con nuestro cerebro. Es un callejón sin salida que termina como a mitad de camino sobre nuestros ojos. Nuestro cerebro está a salvo de los lentes de contacto.

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Quizá hayas visto este rasgo anatómico si fuiste una de las 40 millones de personas que experimentaron la exposición itinerante más exitosa de todos los tiempos: Body Worlds. Aunque quizá te hayas perdido los cortes transversales de cabezas humanas si estabas muy distraído con los cadáveres acomodados en posiciones sexuales. Este elemento de la exposición escandalizó a muchos asistentes, al igual que los rumores sobre la dudosa procedencia de los cuerpos. Pero quizá quien más se escandalizó fue el mundo del arte, por el hecho mismo de la inmensa y duradera popularidad de una exposición que también podría haberse titulado Cadáveres Verdaderos.

De todo el arte que nos ha sido legado a través de la historia, ¿por qué resulta tan exitoso y fascinante lo que esencialmente es un laboratorio de biología con pretensiones? Sobre todo cuando la mayoría somos por lo demás adversos a hablar de gran parte de lo que hace nuestro cuerpo, y de pensar en la muerte de manera realista.

Body Worlds es la creación del anatomista alemán Gunther von Hagens, quien inventó el proceso de “plastinación” que permite preservar los cuerpos sin que se descompongan. Mientras que la mayoría de las exposiciones van y vienen, Body Worlds lleva más de dos décadas ininterrumpidas presentándose por todo el mundo. Incluso permanece abierta los viernes en la noche especialmente para las parejas que quieren visitarla en plan cita romántica.

Kent Drummond, profesor de mercadotecnia en la Universidad de Wyoming, conjetura que Body Worlds le llega a la gente porque logra yuxtaponer nuestra aversión por lo abyecto con nuestro deseo de vivir para siempre. Las piezas aluden a lo sublime de nuestra propia mortalidad sin dejar que nos consuma. Drummond llegó a entender esto estudiando no sólo los cadáveres sino también a los vivos cuando recorren la exposición. Escribe en una nota de campo: “en un patrón recurrente2 de interacción,

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