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SIETE VIDAS

John Grisham  

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Fragmento

Campaña de donación

Para cuando la noticia del accidente de Bailey se difundió por todo el asentamiento rural de Box Hill, corrían diversas versiones de lo ocurrido. Alguien de la constructora había telefoneado a la madre y le había contado que Bailey se había herido al caerse un andamio en una obra del centro de Memphis, que estaban operándolo, que se encontraba estable y que confiaban en que viviría. La madre, una inválida de más de 180 kilos que, era cosa sabida, se alteraba enseguida, pasó por alto parte de la información y rompió a llorar sin parar. Llamó a amigos y vecinos y, con cada réplica a la trágica noticia, se fueron alterando y exageraron varios detalles. La mujer no apuntó el número de teléfono de la persona de la constructora, de modo que no había a quién telefonear para verificar o descartar los rumores que iban aumentando por minutos.

Uno de los compañeros de Bailey, otro chico de Ford County, llamó a su novia a Box Hill y le dio una versión un tanto diferente: a Bailey lo había atropellado un buldócer situado cerca del andamio y prácticamente lo había matado. Los cirujanos estaban en ello, pero la cosa pintaba mal.

Luego un administrador de un hospital de Memphis telefoneó a casa de Bailey, pidió hablar con la madre y le informaron de que estaba acostada, demasiado alterada para conversar e incapaz de atender al teléfono. La vecina que contestó a la llamada exprimió al administrador en busca de detalles, pero no sacó gran cosa. Algo se había desmoronado en la obra, tal vez la zanja donde el joven estaba trabajando, o alguna otra variante por el estilo. Sí, estaba en el quirófano, y el hospital necesitaba algunas informaciones básicas.

La casita de ladrillos de la madre de Bailey enseguida se convirtió en un lugar muy concurrido. Las visitas empezaron a llegar a última hora de la tarde: amigos, parientes y varios pastores de las pequeñas parroquias desperdigadas por Box Hill. Las mujeres se reunieron en la cocina y el cuarto de estar y cotillearon sin freno mientras el teléfono no dejaba de sonar. Los hombres se agruparon fuera y fumaron. Empezaron a aparecer cazuelas y pasteles.

Con poco que hacer y con escasa información acerca de las heridas de Bailey, los visitantes se aferraban al dato más nimio, lo analizaban, lo diseccionaban y luego lo pasaban a las mujeres de dentro o a los hombres de fuera. Bailey tenía una pierna destrozada y probablemente habría que amputarla. Tenía daños cerebrales graves. Había caído del andamio desde una altura de cuatro pisos, o quizá ocho. Se había aplastado el pecho. Algunos de los datos y teorías se creaban sobre la marcha. Se realizaron incluso algunas sombrías indagaciones sobre los preparativos para el funeral.

Bailey tenía diecinueve años y en su breve vida jamás había congregado a tantos amigos y admiradores. A medida que pasaban las horas, la comunidad en pleno iba queriéndolo más. Era un buen chico, bien educado, mucho mejor persona que su pobre padre, al que nadie veía desde hacía años.

La ex novia de Bailey se presentó en la casa y pronto se convirtió en el centro de atención. Estaba consternada y abrumada, y lloraba con facilidad, sobre todo cuando hablaban de su querido Bailey. Sin embargo, cuando la información se filtró hasta el dormitorio y la madre se enteró de que la muy fulana estaba en su casa, mandó que la echaran. Entonces la muy fulana se juntó con los hombres de fuera a coquetear y fumar. Al final se marchó, prometiendo que conduciría directamente hacia Memphis para ver a su Bailey.

El primo de un vecino vivía en Memphis y, de mala gana, aceptó ir al hospital a seguir los acontecimientos. Con la primera llamada informó de que efectivamente estaban operando al joven de heridas múltiples pero que parecía que se mantenía estable. Había perdido mucha sangre. En la segunda llamada, el primo aclaró algunos datos. Había hablado con el capataz de la obra y Bailey se había herido al chocar un buldócer con el andamio, derribarlo y tirar al pobre chico a una especie de pozo desde cuatro metros y medio de altura. Estaban levantando las paredes de ladrillo de un edificio de oficinas de seis plantas en Memphis y Bailey trabajaba allí de peón de albañil. El hospital no permitiría las visitas hasta pasadas al menos veinticuatro horas y se necesitaban donaciones de sangre.

¿Peón de albañil? Su madre había alardeado de que Bailey había ascendido rápidamente en la empresa y ya era ayudante de capataz de obra. Sin embargo, dadas las circunstancias, nadie le preguntó por semejante discrepancia.

Al anochecer se presentó un hombre trajeado y explicó que venía a ser algo así como un investigador. Lo pasaron con un tío, el hermano menor de la madre de Bailey, y, en conversación privada en el patio de atrás, entregó la tarjeta de visita de un abogado de Clanton. «El mejor abogado del condado —aseveró—. Y ya estamos trabajando en el caso.»

El tío quedó impresionado y prometió rechazar a los otros abogados —«una panda de cazaambulancias»— y maldecir a cualquier liquidador de seguros que apareciera por allí.

Con el tiempo se habló de organizar un viaje a Memphis. Aunque estaba a solo un par de horas en coche, lo mismo podrían haber sido cinco. En Box Hill, ir a la gran ciudad significaba conducir una hora hasta Tupelo, población de cincuenta mil habitantes. Memphis estaba en otro estado, en otro mundo, y además los delincuentes campaban a sus anchas. La tasa de asesinatos estaba a la altura de la de Detroit. Veían la carnicería todas las noches en el Canal 5.

La madre de Bailey iba incapacitándose por momentos y saltaba a la vista que no estaba en condiciones de viajar, mucho menos de donar sangre. La hermana vivía en Clanton, pero no podía dejar a los niños solos. Al día siguiente era viernes, un día laborable, y en general se consideraba que un viaje semejante, de ida y vuelta a Memphis, sumado a lo de la sangre, llevaría muchas horas y, en fin, a saber cuándo podrían regresar a Ford County los donantes.

Otra llamada desde Memphis informó de que el chico había salido del quirófano, aferrándose a la vida, y seguía necesitando sangre desesperadamente. Para cuando la noticia llegó al grupo de hombres que holgazaneaba en la entrada sonó a que el pobre Bailey moriría en cualquier momento a menos que sus seres queridos corrieran al hospital y se abrieran las venas.

Enseguida apareció un héroe. Se llamaba Wayne Agnor, un supuesto amigo íntimo de Bailey al que desde su nacimiento llamaban Aggie. Regentaba un garaje con su padre y, por tanto, disfrutaba de la flexibilidad horaria necesaria para un viaje rápido a Memphis. Además tenía camioneta propia, una Dodge último modelo, y aseguraba conocerse Memphis como la palma de la mano.

—Puedo salir ahora mismo —dijo Aggie al grupo, con orgullo, y se corrió la voz por la casa de que estaba organizándose un viaje.

Una de las mujeres calmó las cosas cuando explicó que se necesitaban varios donantes puesto que el hospital solo extraería medio litro de cada uno. «No puedes donar a litros», explicó. Muy pocos habían donado sangre alguna vez y pensar en agujas y tubos asustaba a muchos de ellos. La casa y el jardín delantero quedaron en silencio. Vecinos preocupados que hacía solo unos instantes eran íntimos de Bailey en ese momento empezaban a marcar distancias.

—Yo también voy —anunció por fin otro joven, y lo felicitaron de inmediato.

Se llamaba Calvin Marr y su horario también era flexible, pero por razones diferentes: Calvin había sido despedido de la fábrica de zapatos de Clanton y cobraba el paro. Le aterraban las agujas pero le intrigaba la aventura de ver Memphis por primera vez. Sería un honor donar sangre.

La idea de un compañero de viaje envalentonó a Aggie, que lanzó el reto:

—¿Alguien más?

Se oyó un murmullo generalizado mientras la mayoría de los hombres se miraba las botas.

—Iremos en mi camioneta y yo pagaré la gasolina —continuó Aggie.

—¿Cuándo salimos? —preguntó Calvin.

—Ahora mismo —contestó Aggie—. Es una urgencia.

—Eso es —añadió alguien.

—Mandaré a Roger —se ofreció un anciano caballero, y el comentario fue acogido con callado escepticismo. Roger, que no estaba presente, no tenía trabajo del que preocuparse porque era incapaz de conservar uno. Había abandonado la secundaria y tenía un vistoso historial de alcohol y drogas. Desde luego las agujas no le intimidaban.

Aunque e

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