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SIRIUS

Jonathan Crown  

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Fragmento

1

Todas las mañanas, a las diez en punto, el profesor Liliencron sale de su casa, y entonces siempre ocurre lo mismo: inspira hondo, como si estuviera en la cumbre de una montaña en los Alpes y respirara ese clima tan sano. También su ropa revela ganas de caminar. Gorra de visera, chaqueta loden, pantalones hasta la rodilla. Junto a él espera ya su fox terrier. Mueve la cola lleno de expectativas y piensa: ¡Ya salimos!

Luego los dos bajan por la Klamtstrasse, una callecita lateral a la Kurfürstendamm. Se detienen al llegar al primer árbol. El perro olfatea. El señor Liliencron saca un libro del bolsillo del abrigo y se pone a leer. No pierde la calma por nada. Los vecinos le saludan. El señor Liliencron devuelve amablemente el saludo y se sumerge de nuevo en el libro. Entretanto el perro da vueltas al árbol, lo más rápido que puede, con el morro siempre pegado al tronco, donde crecen unas briznas de hierba. A veces ladra al árbol y le gruñe desafiante, como si quisiera jugar con él. Luego levanta la pata.

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Pueden estar así media hora larga. En algún momento el señor Liliencron cierra el libro, se lo guarda en el bolsillo del abrigo y se dispone a emprender el camino de vuelta a casa. El perro no piensa hacer tal cosa. Quiere jugar más, mucho más, con el árbol. Entonces el señor Liliencron lo llama por su nombre, en voz baja pero severa:

—¡Levi!

Levi sabe que se dirige a él. En consecuencia, siempre intenta poner una cara que —cree él— debe tener un efecto desgarrador. Al mismo tiempo aúlla lastimoso, mete el rabo entre las piernas y se pega al árbol, signo de su profunda incapacidad de separarse de él.

El señor Liliencron procede. Saca, en apariencia como de pasada, un trozo de chocolate. El crujido del papel hace vacilar a Levi. El árbol seguirá aquí mañana, se dice. Volveremos a vernos. Todo lo que es perecedero debe gozar de prioridad.

El profesor y su perro. Siempre a la misma hora, siempre en el mismo árbol. En el corazón de Berlín.

La familia Liliencron vive en un palacete urbano que la Academia Leopoldina de las Ciencias Naturales pone a disposición de su miembro honorario.

El profesor Carl Liliencron disfruta de ese honor desde que se le concedió la medalla Cothenius de oro. Poco después se mudó a la espléndida casa con su esposa Rahel y sus dos hijos, Georg y Else.

—Esta casa necesita un perro —declaró solemnemente.

Así llegó Levi a la vida de la familia.

Ahora es primavera. Del año 1938.

Liliencron es el dignatario más joven en la larga historia de la Leopoldina. Cuarenta y dos años. Aun así, ya tiene el cabello blanco, que se le encrespa a los lados del cráneo pelado, como corresponde a un agraciado con la medalla Cothenius. A veces la naturaleza de un ser humano ya sabe de antemano lo que la cultura va a hacer con él.

La especialidad de Liliencron es la microscopía. En su instituto investiga las relaciones entre el plancton ártico y el antártico.

—Todo lo que mide más de cuatro micras no me interesa —le gusta decir.

Así fundamenta también su desinterés por Adolf Hitler. O por la política. O por el futuro.

—Todo eso es demasiado grande —opina al respecto.

Precisamente ese hombre que afirma que todo lo visible solo con el ojo carece de importancia tiene una esposa cuya belleza salta a la vista desde el primer momento. ¿No es curioso?

La belleza de Rahel siempre ha sido tema de conversación en Berlín. Tenía admiradores famosos; Wilhelm Furtwängler, por ejemplo, o Peter Lorre. Pero eligió al hombre del microscopio.

—Él ve lo invisible, y eso es divertido, ¿no?

Rahel Liliencron se toma la vida con alegre optimismo. Desde la mañana, mientras se viste y se peina, en el gramófono suena música ligera, los discos que se bailan en ese momento en Berlín.

—Ven, Carl —llama a su marido—, ¡baila conmigo!

Él niega con la cabeza. Demasiado joven para la medalla Cothenius, demasiado viejo para el presente, piensa. Es extraño.

Aun así, a veces baila con ella.

A Rahel le gusta ir a la moda. Su hermana, que vive en París, le envía las revistas ilustradas del momento, y Rahel hace que le confeccionen los vestidos a partir de esos modelos. ¡Deprisa! Quiere ser la primera que cause sensación en Berlín con los últimos modelos de la temporada.

Hasta la fecha, Rahel sigue sin saber exactamente qué es el plancton.

—Lo importante es que tú lo sepas —le dice a Carl.

Le enseña el vestido rosa que la modista acaba de confeccionarle. Un diseño de Coco Chanel.

—Tu plancton no es capaz de esto.

—Te equivocas, querida —responde Carl—. Las algas verdes cambian de color cada temporada. Según la longitud de onda de la luz que absorben sus membranas. —Sonríe, cariñoso—. Te remito a mi obra de referencia Fitoplancton y fotosíntesis. Puedes leerlo ahí.

Rahel conoce el libro. Es uno de los gruesos tomos que saca de la biblioteca cuando Carl está en el instituto durante el día. Apila los libros en el suelo.

—¡Levi! —grita—. ¡Salta!

Levi es un perro listo. Después de tres o cuatro intentos ya sabe lo que le piden. A veces salta por encima del obstáculo, otras se sube encima y levanta las patitas.

O, al oír la orden «¡Levi, lee!», hace como si hojeara el libro con las patas. Luego se desploma teatralmente, cierra los ojos y ronca.

Le encantan esas pequeñas representaciones.

Entrada la tarde, Carl suele llegar a casa de la Academia con un par de colegas, se retiran a la biblioteca, beben coñac y hablan de sus asuntos. Entre ellos están el profesor Hertz, el Premio Nobel de Física, y Rafael Honigstein, el famoso paleontólogo. En los últimos tiempos las conversaciones cada vez se desplazan más a menudo de las ciencias naturales a la política. A las leyes raciales. A la quema de libros. A las humillaciones a eruditos y estudiantes judíos. Tiempos sombríos. ¿Qué se puede hacer?

Levi escucha con atención.

Enseguida vuelve a llegar el momento en que Liliencron va a la estantería, coge con gesto furioso el libro Mi lucha y luego lo enseña en alto.

Levi se levanta, ladra varias veces y alza la pata derecha en el saludo romano. Otra gracia que le ha enseñado Rahel.

El círculo académico aplaude. Saben que esa es la señal de marcharse.

—Tienes que enseñarle a hacerse sus cosas encima del libro —dice Carl a su esposa, que acompaña a los huéspedes a la puerta.

En la casa Liliencron las noches están dedicadas a la vida familiar. Putti, la criada suiza, sirve la cena en el mirador que da al jardín. Luego Else ofrece un pequeño concierto al piano.

—Tiene talento —había dicho el director Fritz Mahler, también amigo de la familia, que a veces tocaba con Else a cuatro manos—. Pero dudo mucho que nuestro Führer tenga oído para esto.

Hace dos años que Mahler emigró y quería llevarse a Else a Nueva York. Pero a sus padres les pareció que era demasiado joven para algo así. Por aquel entonces tenía trece años.

El negro piano Bechstein está en el salón. Else toca el segundo movimiento de la Sonata en si bemol mayor de Schubert. Un nostálgico andante que se vuelve cada vez más delicado, cada vez más suave, hasta que en las teclas no queda más que el soplo de un contacto. El enorme piano susurra de pronto sonidos ya casi inaudibles.

Else parece ahogarse en la música. Sus rojos cabellos caen como olas sobre las teclas, su pálida piel se refleja en el piano como si este fuera un mar oscuro y profundo. Los últimos acordes: La muerte y la doncella.

Else siente en ese momento la impaciencia de su corazón. La nostalgia del primer gran amor. ¿Cuándo llegará por fin el momento?

Georg es su hermano mayor. Está a punto de terminar el bachillerato en el instituto Fichte. Es el último alumno «no ario» del último curso. Quiere ser médico. Pero la universidad está vedada a los estudiantes judíos.

Su padre se mantiene inamovible:

—Ya sabes que Sauerbruch ha prometido interceder por ti.

Georg ya disecaba gatos a la edad de seis años, y los cráneos de los animalitos siguen en su escritorio, conservados en formol.

Siempre va al instituto con traje y corbata. A menudo, cuando vuelve a casa, lleva la ropa fuera de sitio.

—Defensa propia —comenta encogiéndose de hombros. Se ríe con malicia al pensar en las nuevas magulladuras de sus agresores.

Georg es miembro de la Agrupación Deportiva de Berlín Este. Su entrenador es Werner Seelenbinder, el campeón alemán de lucha libre de peso medio que en los Juegos Olímpicos de 1936 se negó a hacer el saludo hitleriano en el podio de los campeones.

¿Negativa? ¿Resistencia? ¿Resignación? ¿Huida?

Los pensamientos de Georg giran en círculo, pero los círculos son cada vez más pequeños, y sabe que ya no queda mucho tiempo. El futuro, ese monstruo imprevisible, marcha hacia los Liliencron con la bandera levantada... Y luego ¿qué?

—¡Mirad qué cielo! —exclama Rahel, y sale a la terraza—. Totalmente despejado.

La familia Liliencron se congrega bajo el firmamento. Hay luna nueva.

—Ahí está Sirio, Sirius en su nombre en latín —se alegra papá Liliencron—. ¿Lo veis?

Su dedo señala la oscuridad, allá donde al final del universo sigue habiendo luz.

—Esa constelación se llama Can Mayor.

Levi alza la cabeza. Su mirada sigue el dedo hacia la negra noche. Can Mayor. De pronto se siente triste, porque se acuerda de cuando era pequeño. Muy pequeño.

Por aquel entonces, cuando los Liliencron estaban buscando el perro adecuado, el teckel Kuno von Schwertberg, abreviado Kurwenal, protagonizaba titulares.

Pertenecía a Mathilde Freiin von Freytag-Loringhoven, una representante de la «nueva psicología animal» de Weimar.

Kurwenal sabía leer y hablar. Se expresaba ladrando, con toda precisión, tantas veces como correspondían a la cifra del alfabeto numerado que manejaba.

El famoso psicólogo animal William McKenzie vino expresamente de Génova y le puso al perro su tarjeta de visita delante de las narices. Kurwenal leyó y ladró: «Magnzi» y «Gnova». Seguía la ortografía fonética al hacerlo.

McKenzie se marchó fascinado.

Dos investigadoras británicas visitaron a Kurwenal y lo sorprendieron con la pregunta de qué llevaban en la cabeza. Kurwenal respondió enseguida: «Bonitos sombreros».

No pasó mucho tiempo antes de que una delegación de la Liga Nacionalsocialista de Protección Animal se interesara por el genial teckel, aunque con siniestras intenciones. Si hay animales que hablan y piensan, entonces también había personas —judíos, gitanos, polacos— que podían ser animales parlantes y pensantes, es decir, infrahumanos.

Todo eso sacó a la palestra a Isidor Reich.

Isidor Reich era un joven zoólogo con aspiraciones que no quería seguir contemplando cómo la nueva psicología animal amenazaba con caer en manos de los nacionalsocialistas. Tenía en mente un «Kurwenal judío». Así que empezó a criar fox terriers en Berlín-Grunewald.

El árbol genealógico de sus perros no presentaba títulos de nobleza alemanes de tan altos vuelos como Kuno von Schwertberg, sino nombres judíos, en orden alfabético, a los que se sumaban el número de camada y el nombre de cría «Reich».

El primer Reich estaba formado por cinco cachorros, llamados Ariel, Benjamin, Chajm, David y Esther. Reich eligió al perro con más ansias por aprender, que era Benjamin, y lo sometió a un adiestramiento obsesivo.

De la mañana a la noche, el perro se sentaba ante la máquina de escribir y tecleaba fielmente con las patas las letras que Reich le gritaba. Al cabo de un año, Benjamin estaba en condiciones de transcribir sin problemas una conferencia al dictado.

Entretanto había llegado el segundo Reich. Gidon, Hadassah, Irit y Jakob. Esta vez, Jakob era el más dotado. Era hijo de Benjamin, así que no sorprendió —o, naturalmente, sí que lo hizo, a pesar de lo anterior— que llevara la escritura en la sangre. A la edad de seis meses compuso su primer poema:

cad a baf

bdd af dff

art ad

abd ad arrli

bed a ccat

Los versos se publicaron en la revista Tierseele («Alma animal»), órgano de la nueva psicología animal. Un triunfo.

Luego vino al mundo el tercer Reich: Levi, Mirjam, Natan, Oz y Ruth.

Pero ese también fue el final. Una mañana la Gestapo echó la puerta abajo, e Isidor Reich fue detenido y deportado. Mataron a todos los perros a tiros.

Menos a uno. El pequeño Levi.

Se había puesto a salvo a tiempo. Una vecina encontró un ovillo tembloroso en el rincón más recóndito de la cocina, donde sin duda lo había tomado por un cojín o algo parecido.

El último superviviente del tercer Reich. Entonces Levi aún no sospechaba que aquello a lo que había escapado no era más que la antesala del infierno.

El profesor Liliencron nunca lee periódicos. Normalmente. Su curiosidad se dirige a los seres vivos con más de tres mil quinientos millones de años de antigüedad. Estos raras veces salen en los periódicos, y por eso, en su opinión, no merece la pena leerlos.

Hoy sí lee el periódico.

Se sienta a la mesa del desayuno. Todavía en bata. Ha renunciado al paseo que sale a dar con Levi a las diez en punto. Putti ha sacado al perro en su lugar y ha traído panecillos recién hechos.

Rahel tiembla al servir el café. Sabe que su marido solo lee el periódico cuando los malos presagios le obligan a hacerlo.

—¡Novedades! —dice papá Liliencron—. Interesantes novedades. Me temo que nos atañen.

—¿Qué sucede? —pregunta Else.

Él lee en voz alta:

—«Segundo decreto de ejecución de la Ley de Modificación de Nombres y Apellidos de 17 de agosto de 1938».

Su voz imita el tono oficial de una lectura ante un tribunal.

—«Parágrafo 1. Los judíos solo podrán tener los nombres que recogen las directrices sobre estos del Ministerio del Interior del Reich.»

Da un atronador puñetazo en la mesa.

—«Quien infrinja esta norma será castigado con una pena de prisión de hasta seis meses.»

El ruido despierta a Levi. Hasta ese momento ha estado sesteando complacido sobre su manta de perro, debajo de la mesa. Suele despertarse de sus sueños con suavidad, por ejemplo, al notar el delicioso aroma de la loncha de queso que le tienden para que se sienta miembro de pleno derecho del desayuno familiar. Pero hoy no es un día normal.

¿Ha hecho algo mal? ¿El ruido es por él? Articula su incertidumbre en forma de leve gemido.

—¿La ley también se aplica a los perros? —pregunta Else—. ¿Hay que cambiarle el nombre a Levi?

—¡No me sorprendería! —responde papá Liliencron con amargura, y se pone las gafas doradas de lectura—. Leamos la letra pequeña.

La familia le mira en estado de tensión.

—Espantoso —murmura él—. A partir de ahora habrá que tener cuidado.

—¿Ahora, de pronto? —pregunta sarcástico Georg—. Yo voy con ojo desde hace mucho, créeme.

—Lo sé —asiente Liliencron—, lo sé. Por desgracia, no podemos escoger en qué tiempos vivimos.

—Tú sí lo has hecho —replica Georg—. Vives en el pasado.

Rahel le interrumpe:

—Deja a tu padre en paz, Georg.

Levi hace notar su presencia con un carraspeo.

Liliencron se agacha ante él.

—No entiendes nada de esto. ¿O sí?

Levi se yergue y mece melancólico la cabeza al ritmo de la mano que le acaricia.

—Es peligroso ir por la calle con un nombre judío —explica Liliencron a su perro.

Deja a un lado el periódico y se levanta.

—Por eso dejarás de llamarte Levi —afirma.

El perro frunce el ceño.

—Vamos a escogerte un precioso nombre nuevo —dice Liliencron—. Para que puedas embaucar a los arios.

Cierra los ojos y piensa. Can Mayor. Le viene a la mente la constelación. La noche en la terraza. Mientras tanto, su perro ya se ha hecho mayor, ¿no?

—¡Sirius! —exclama de pronto.

Mira los rostros asombrados de su familia.

—¡Sirius! —repite solemnemente—. De ahora en adelante te llamarás Sirius.

Levi se siente halagado. Can Mayor. En cualquier caso, siente también la responsabilidad que pesa sobre la estrella y sobre él mismo.... Ser un punto de luz en la oscuridad. Los perros que se llaman Golfi lo tienen más fácil.

—¡Sirius, ven!

Liliencron coge la correa y, juntos, salen de la casa.

Los transeúntes no dan crédito a sus ojos. El señor profesor, todavía en bata y mucho más tarde que de costumbre, se dirige calle abajo perdido en sus pensamientos. Llama a su perro «Sirius».

—¡Vamos, Sirius!

La señora Zinke, la esposa del portero Zinke, de la casa de al lado, que a veces charla con el profesor durante su paseo, pregunta:

—¿No es este Levi?

Liliencron responde:

—No, este es nuestro Sirius.

Sirius trota con las orejas gachas. Cuando llega al árbol, a su árbol, no ladra, sino que se recuesta pensativo contra él.

—¿Es otro perro? —pregunta la señora Zinke.

—Sí y no —contesta Liliencron.

La señora Zinke mueve la cabeza, sorprendida.

El palacete en el que viven los Liliencron es un edificio impresionante.

La entrada está enmarcada por dos columnas, y encima del portal hay un friso que reproduce la famosa escena del techo de la capilla Sixtina, La creación de Adán, de Miguel Ángel.

Circula la historia de que la casa la construyó un descendiente de Miguel Ángel, un tal Manfred Buonarroti que a mediados del siglo XIX abrió un despacho de arquitectura en Berlín. Liliencron ha investigado esa historia, pero no ha podido completar de manera concluyente la línea genealógica que va de Miguel Ángel a Manfred. Tan solo topó con un escultor llamado Manfred Hosemann, de Leipzig, que en el año 1821 pasó un mes en Florencia.

En el porche de la casa es imposible pasar por alto otra cita de Miguel Ángel: una hornacina en la pared en la que hay una reproducción en miniatura del David. Debajo está grabado ECCE HOMO.

El profesor Liliencron lleva tiempo dándole vueltas a la idea de sustituir el David por un busto de su perro. El plan le pone de buen humor. Naturalmente, mantendría la inscripción ECCE HOMO, piensa.

Sirius —entretanto han pasado unas cuantas semanas— ha aceptado su nueva identidad. Ya casi ha olvidado que se llamaba Levi. Así de deprisa van las cosas.

—Probablemente también hace mucho que Hitler ha olvidado que antes se llamaba Schicklgruber —dice Liliencron.

Desde luego, la señora Zinke lo ha olvidado. Grita «¡Hola, Sirius!» cuando ve al perro. Y dice «Heil Hitler!» cuando ve al señor Liliencron.

No obstante, la vida sigue; todas las mañanas, a las diez en punto, el profesor Liliencron sale de su casa, seguido de Sirius, y bajan juntos por la Klamtstrasse.

Al llegar a la esquina, el perro empieza a jugar con el árbol y Liliencron se pone a leer su libro.

El chocolate, que en el pasado fue un truco para atraer al perro hacia casa, ya no es necesario. Ahora Sirius conoce el camino. Conoce todo el barrio.

A veces incluso sale él solo.

Ha descubierto un agujero en la valla del jardín y se ha colado por él. Su primera parada es el café Hoffmann de la Clausewitzstrasse. Expectante, toma asiento delante de la puerta, ladra y menea la cola.

—Bueno, enséñanos los nuevos trucos que has aprendido —dice el señor Hoffmann.

Sirius levanta la patita.

—¿Cómo? ¿Eso es todo? —dice decepcionado el señor Hoffmann—. ¿Nada más?

Sirius salta, da una voltereta y aterriza sobre las patas delanteras.

—¡Síii, mucho mejor! —ensalza el señor Hoffmann, y le da un trozo de pastel.

Ahora le toca a Sirius expresar su decepción. Teatralmente, agacha las orejas y hace como si fuera a marcharse, deprimido.

—Está bien —dice el señor Hoffmann—. Dos trozos.

Sirius ladra feliz, atrapa la recompensa y sigue su camino. Baja con curiosidad por la Kantstrasse. Todavía no se atreve a salir a la Kurfürstendamm.

—¡Buenos días, Sirius! —saluda el librero Friedrich, y se quita el sombrero.

En la Savignyplatz, Sirius se tiende al sol en un banco del parque y sestea. Más tarde trota en dirección a Fasanenstrasse, en el mismo momento en que dos basureros empujan unos traqueteantes contenedores por el asfalto.

—¡A ese lo conocemos! —grita uno de ellos al ver a Sirius—. ¡El perro del judío va a ir a la basura!

Disfrutan metiéndole miedo con sus rostros furiosos y sus gestos amenazadores y lo convierten en cosa de broma.

Sirius es un perro intrépido. Su hirsuto pellejo, manchado de blanco, marrón y negro, le da incluso un aspecto rebelde y peleón.

Parece una alfombra llena de polvo que hubiera servido de muestra para la bandera tricolor de un país desconocido.

Quizá fuera la de Tierra de Nadie.

Berlín, la ciudad gris, se lanza al verano como un preso al que permiten salir por fin de su triste celda y, gracias a Dios, vuelve a ver el cielo azul. Hambriento de sol. Ansioso por salir. Deseoso de aire fresco. Sediento de cerveza.

Unos señores de cierta edad salen alborotados en coche al campo el día del Padre, con los elementos para preparar una barbacoa y anzuelos en el equipaje. ¡Por fin es verano!

Los locales sacan sus mesas al aire libre. La gente lleva poca ropa. Las aceras se convierten en escenario del gran teatro veraniego al aire libre. El fin de semana, las masas se lanzan hacia las playas del Wannsee.

Esa es la atmósfera de Berlín. Incluso en el verano de 1938.

La familia Liliencron ha perdido la costumbre de salir, por causa de fuerza mayor. La vida pública está en gran medida prohibida a los judíos. Hay que conformarse con la felicidad que proporciona el jardín propio. A veces Liliencron saca del garaje el coche, su querido Mercedes 170 V Cabriolet, y los invita a dar una vuelta por Grunewald. Pero las miradas de reprobación echan a perder el goce de la salida.

Georg aprueba la reválida con buena nota. Después del momento solemne en el instituto, toda la familia se congrega junto a la gran mesa de mármol en la terraza del jardín.

Putti está de lo más elegante cuando, en las ocasiones especiales, cambia el blanco delantal de la cocina por un vestido de fi ...