Loading...

SOñAR BAJO EL AGUA

Libby Page  

0


Fragmento

1

 

 

 

 

Salir de la estación de metro de Brixton es sumergirte en un carnaval de tambores metálicos, el ruido blanco del tráfico y la voz del hombre plantado en la esquina que grita: «Dios te ama», incluso a los más antipáticos.

«¡Entradas para el concierto de esta noche en la Brixton Academy!», vocifera un revendedor en la puerta de la estación. «¡Compra y venta! ¡Entradas para la Brixton Academy!». Los transeúntes dirigen un gesto de negación hacia los promotores y los predicadores que intentan meterles un folleto en la mano a la fuerza. Te abres paso entre la muchedumbre y dejas atrás al rastafari que vende palitos de incienso y discos a la puerta de Starbucks. En la acera opuesta está Morley’s, los grandes almacenes que llevan ya un montón de años en esa calle. En el escaparate de TK Maxx destella en luces de neón un cartel donde se lee: «Love Brixton».

En un tenderete, hoy resplandecen en el interior de cubos flores de primavera: narcisos, tulipanes y voluminosas peonías. El florista es un hombre mayor que lleva un delantal de color verde oscuro, luce una cadena de oro en el cuello y tiene las uñas llenas de tierra. Haga frío o calor, vende «lo sientos» y «te quieros» a un precio razonable. Envueltos en papel marrón y sujetos con una cinta.

Al lado de la estación está Electric Avenue: es un hervidero de gente y de puestos donde se vende de todo, desde verduras hasta cargadores de móvil. El ambiente está impregnado de aroma a melón maduro y de un fuerte olor a pescado. El pescado descansa sobre un lecho de hielo que, a lo largo del día, pasa del blanco al rosa y te recuerda que nunca deberías comer nieve rosada.

Los vendedores se arrojan precios de un lado a otro de la calle, lanzan descuentos como si jugaran con un disco volador. Los recogen con rapidez y vuelven a lanzarlos.

—Tres por diez libras, trespordiezlibras.

—No os perdáis esta oferta, tres por cinco libras, TRESPORCINCOLIBRAS.

—¿Tres por cinco libras? ¡Yo doy cinco por cinco libras!

Una joven madre con un bebé tira de un carrito de la compra y sortea las cajas de cartón aplastadas y las hojas de platanera que pueblan el suelo. Camina despacio, deteniéndose de vez en cuando para examinar las verduras, cogiéndolas y observándolas por todos lados igual que un criador de perros estudiaría un cachorro. Intercambia las elegidas por unas cuantas monedas que saca de la cartera. Un hombre, con los ojos fijos en los colores de las verduras que ve a través de la lente de la cámara del teléfono móvil, fotografía uno de los puestos. Y a continuación, da media vuelta y se aleja para comprar comida congelada en Islandia.

En el otro lado de la calle, Kate camina a paso rápido en dirección contraria, de vuelta a casa después de salir de las oficinas del Brixton Chronicle, donde trabaja como periodista. No tiene tiempo para examinar verduras. O tal vez es que no sabría qué buscar. Por mucho que sea primavera, Kate vive bajo una nube. La sigue donde quiera que vaya y, por mucho que lo intente, no consigue dejarla atrás. Serpentea entre el gentío, desesperada por llegar a casa, cerrar la puerta a sus espaldas y meterse en la cama. Cuando no está en el trabajo, es en la cama donde pasa más tiempo. En la calle, intenta bloquear los sonidos que la rodean, intenta impedir que penetren en su interior y la superen. Camina sin levantar la cabeza y con la vista clavada en la acera.

—Perdón —dice, adelantando a una anciana rolliza sin siquiera mirarla.

—Lo siento —contesta Rosemary y deja pasar a Kate.

Se queda mirando la espalda de la joven que prosigue su camino a toda velocidad. Es una chica menuda, con el pelo castaño claro recogido en una cola de caballo que se menea de un lado a otro al ritmo de su paso. Rosemary sonríe y recuerda la sensación de ir acelerada. Ahora, con ochenta y seis años, rara vez va a ningún sitio con prisas. Con su bolsa de la compra, se aleja lentamente del mercado en dirección a su piso, que linda con Brockwell Park. Viste de forma sencilla y pulcra, con pantalón, calzado cómodo y un impermeable de primavera, el cabello gris, ondulado y fino, retirado de la cara mediante un prendedor. Con el tiempo, su cuerpo ha cambiado hasta el punto de que apenas lo reconoce, aunque los ojos siguen siendo los mismos: de color azul intenso y siempre risueños, incluso cuando sus labios no esbozan una sonrisa.

Hoy es el día de la compra para Rosemary. Ha hecho la ronda por sus tiendas y puestos favoritos, ha saludado a Ellis, el hombre de la fruta y las verduras, y ha llenado su bolsa marrón de comida para toda la semana. Ha pasado también por la tienda de libros de segunda mano que gestionan Frank y Jermaine, su pareja. Los tres han estado charlando un rato, con Rosemary compartiendo el asiento que hay junto al escaparate con Sprout, la golden retriever de la pareja, para después repasar las estanterías en busca de alguna novedad o de algo que hubiera omitido la semana pasada. Le gusta pararse allí y respirar el olor a moho y a viejo de centenares de libros.

Al salir de la librería, comparte un trozo de tarta con su amiga Hope en su cafetería favorita de Brixton Village, el edificio del mercado que hay detrás de Electric Avenue. Para Rosemary y Hope sigue siendo Granville Arcade, el viejo mercado y el único lugar donde Hope conseguía encontrar los productos caribeños que tanto echaba de menos cuando se vino a vivir a Brixton con doce años de edad. Ahora está lleno de restaurantes, tiendas y puestos. El cambio sigue resultándoles turbador, pero les gusta la cafetería donde el joven camarero sabe lo que piden habitualmente y empieza a preparárselo en cuanto las ve acercarse a través del escaparate. Y la tarta está deliciosa.

En cuanto Rosemary entra en el Village, la asaltan el olor a especias y el sonido de la gente charlando y comiendo en las mesas de los pasillos, los sonidos y los olores a los que se ha acostumbrado a lo largo de sus visitas semanales. El mercado es un lugar ventilado y hay restaurantes que ofrecen mantas a los clientes para que puedan cubrirse los hombros o las piernas mientras comen. Del techo alto cuelgan tiras de luces y parece un mercado de Navidad incluso en primavera.

Hope y Rosemary beben su café y charlan. Hope habla con orgullo de su nieta Aiesha y de su hija Jamila, que siempre está muy ocupada con su trabajo. Rosemary recuerda con cariño cuando Jamila, su ahijada, superó sus exámenes finales de medicina. Para celebrarlo, le envió un ramo de flores con una tarjeta que decía: «Querida doctora…».

Como cada semana, Hope y Rosemary recuerdan la época en que las dos trabajaban en la biblioteca.

—¿Te acuerdas de cuando Robert se armó de valor para pedirte por primera vez una cita? —dice Rosemary con una sonrisa.

Antes de jubilarse, hace ya unos años, Robert, el marido de Hope, era conductor de autobús y, cuando ambos eran jóvenes, él visitaba la biblioteca con frecuencia al acabar su turno y buscaba ansiosamente con la mirada la figura de reloj de arena de Hope.

—Le llevó su tiempo, la verdad —contesta Hope—. Y siempre me acordaré de cómo desaparecías tú encaramándote a cualquier escalera para guardar libros cuando él se presentaba en la biblioteca para que así se viera obligado a hablar conmigo.

Las dos mujeres ríen a carcajadas y disfrutan de esta parte de la semana. Pero a Rosemary le duelen los pies y tiene ya ganas de volver a casa.

—¿Quedamos la semana que viene a la misma hora? —pregunta Rosemary al despedirse.

Al abrazar a su amiga, se da cuenta de que Hope, con sesenta y ocho años, se ha convertido también en una mujer mayor. La abraza un poco más fuerte. Para Rosemary siempre será la chica alegre que empezó a trabajar en la biblioteca con dieciocho años y que acogió bajo su protección.

—La semana que viene a la misma hora —responde Hope, despidiéndose con la mano y echando a andar para ir a recoger a Aiesha al colegio, su parte favorita del día.

Rosemary pasa por delante de las colas de gente que esperan en las paradas de los autobuses y por el cruce del viejo cine, que está en la esquina, donde los títulos de las películas de la semana destacan en letras blancas sobre el fondo negro del cartel. Enfrente hay una plaza grande, donde los ancianos se sientan en bancos y fuman y los adolescentes hacen cabriolas a su alrededor con monopatines.

A medida que va alejándose de la estación, las tiendas se transforman en casas adosadas y bloques de pisos. Llega finalmente al Hootananny, el viejo y desvencijado pub famoso por sus actuaciones de música en directo. El olor a marihuana flota desde los bancos que hay delante, donde la gente bebe cervezas y fuma. Gira entonces a la izquierda y se incorpora a la calle que rodea el parque y lleva al bloque alto donde ella vive.

El ascensor, que a menudo está estropeado, funciona esta vez y se siente aliviada.

Rosemary lleva prácticamente toda la vida en el piso. Se mudó allí con su marido, George, cuando el bloque estaba recién construido y ellos estaban recién casados. La puerta de entrada da directamente al salón, donde lo más destacado es la librería que cubre la totalidad de la pared de la derecha.

En la cocina adyacente hay una mesa, dos sillas y un televisor colocado encima de la lavadora. Después de descargar la compra, Rosemary cruza el salón, abre las puertas y sale al balcón. El bañador azul marino cuelga del tendedero como una bandera. Tiene plantas: unas cuantas macetas de lavanda, nada excesivamente extravagante, puesto que no encajaría con ella. Desde el balcón, Rosemary domina Brockwell Park, una vista que sirve para alejarla del sonido y el gentío de Electric Avenue.

Recibe antes que nadie historias como ésta