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SOñAR BAJO EL AGUA

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Fragmento

1

 

 

 

 

Salir de la estación de metro de Brixton es sumergirte en un carnaval de tambores metálicos, el ruido blanco del tráfico y la voz del hombre plantado en la esquina que grita: «Dios te ama», incluso a los más antipáticos.

«¡Entradas para el concierto de esta noche en la Brixton Academy!», vocifera un revendedor en la puerta de la estación. «¡Compra y venta! ¡Entradas para la Brixton Academy!». Los transeúntes dirigen un gesto de negación hacia los promotores y los predicadores que intentan meterles un folleto en la mano a la fuerza. Te abres paso entre la muchedumbre y dejas atrás al rastafari que vende palitos de incienso y discos a la puerta de Starbucks. En la acera opuesta está Morley’s, los grandes almacenes que llevan ya un montón de años en esa calle. En el escaparate de TK Maxx destella en luces de neón un cartel donde se lee: «Love Brixton».

Recibe antes que nadie historias como ésta

En un tenderete, hoy resplandecen en el interior de cubos flores de primavera: narcisos, tulipanes y voluminosas peonías. El florista es un hombre mayor que lleva un delantal de color verde oscuro, luce una cadena de oro en el cuello y tiene las uñas llenas de tierra. Haga frío o calor, vende «lo sientos» y «te quieros» a un precio razonable. Envueltos en papel marrón y sujetos con una cinta.

Al lado de la estación está Electric Avenue: es un hervidero de gente y de puestos donde se vende de todo, desde verduras hasta cargadores de móvil. El ambiente está impregnado de aroma a melón maduro y de un fuerte olor a pescado. El pescado descansa sobre un lecho de hielo que, a lo largo del día, pasa del blanco al rosa y te recuerda que nunca deberías comer nieve rosada.

Los vendedores se arrojan precios de un lado a otro de la calle, lanzan descuentos como si jugaran con un disco volador. Los recogen con rapidez y vuelven a lanzarlos.

—Tres por diez libras, trespordiezlibras.

—No os perdáis esta oferta, tres por cinco libras, TRESPORCINCOLIBRAS.

—¿Tres por cinco libras? ¡Yo doy cinco por cinco libras!

Una joven madre con un bebé tira de un carrito de la compra y sortea las cajas de cartón aplastadas y las hojas de platanera que pueblan el suelo. Camina despacio, deteniéndose de vez en cuando para examinar las verduras, cogiéndolas y observándolas por todos lados igual que un criador de perros estudiaría un cachorro. Intercambia las elegidas por unas cuantas monedas que saca de la cartera. Un hombre, con los ojos fijos en los colores de las verduras que ve a través de la lente de la cámara del teléfono móvil, fotografía uno de los puestos. Y a continuación, da media vuelta y se aleja para comprar comida congelada en Islandia.

En el otro lado de la calle, Kate camina a paso rápido en dirección contraria, de vuelta a casa después de salir de las oficinas del Brixton Chronicle, donde trabaja como periodista. No tiene tiempo para examinar verduras. O tal vez es que no sabría qué buscar. Por mucho que sea primavera, Kate vive bajo una nube. La sigue donde quiera que vaya y, por mucho que lo intente, no consigue dejarla atrás. Serpentea entre el gentío, desesperada por llegar a casa, cerrar la puerta a sus espaldas y meterse en la cama. Cuando no está en el trabajo, es en la cama donde pasa más tiempo. En la calle, intenta bloquear los sonidos que la rodean, intenta impedir que penetren en su interior y la superen. Camina sin levantar la cabeza y con la vista clavada en la acera.

—Perdón —dice, adelantando a una anciana rolliza sin siquiera mirarla.

—Lo siento —contesta Rosemary y deja pasar a Kate.

Se queda mirando la espalda de la joven que prosigue su camino a toda velocidad. Es una chica menuda, con el pelo castaño claro recogido en una cola de caballo que se menea de un lado a otro al ritmo de su paso. Rosemary sonríe y recuerda la sensación de ir acelerada. Ahora, con ochenta y seis años, rara vez va a ningún sitio con prisas. Con su bolsa de la compra, se aleja lentamente del mercado en dirección a su piso, que linda con Brockwell Park. Viste de forma sencilla y pulcra, con pantalón, calzado cómodo y un impermeable de primavera, el cabello gris, ondulado y fino, retirado de la cara mediante un prendedor. Con el tiempo, su cuerpo ha cambiado hasta el punto de que apenas lo reconoce, aunque los ojos siguen siendo los mismos: de color azul intenso y siempre risueños, incluso cuando sus labios no esbozan una sonrisa.

Hoy es el día de la compra para Rosemary. Ha hecho la ronda por sus tiendas y puestos favoritos, ha saludado a Ellis, el hombre de la fruta y las verduras, y ha llenado su bolsa marrón de comida para toda la semana. Ha pasado también por la tienda de libros de segunda mano que gestionan Frank y Jermaine, su pareja. Los tres han estado charlando un rato, con Rosemary compartiendo el asiento que hay junto al escaparate con Sprout, la golden retriever de la pareja, para después repasar las estanterías en busca de alguna novedad o de algo que hubiera omitido la semana pasada. Le gusta pararse allí y respirar el olor a moho y a viejo de centenares de libros.

Al salir de la librería, comparte un trozo de tarta con su amiga Hope en su cafetería favorita de Brixton Village, el edificio del mercado que hay detrás de Electric Avenue. Para Rosemary y Hope sigue siendo Granville Arcade, el viejo mercado y el único lugar donde Hope conseguía encontrar los productos caribeños que tanto echaba de menos cuando se vino a vivir a Brixton con doce años de edad. Ahora está lleno de restaurantes, tiendas y puestos. El cambio sigue resultándoles turbador, pero les gusta la cafetería donde el joven camarero sabe lo que piden habitualmente y empieza a preparárselo en cuanto las ve acercarse a través del escaparate. Y la tarta está deliciosa.

En cuanto Rosemary entra en el Village, la asaltan el olor a especias y el sonido de la gente charlando y comiendo en las mesas de los pasillos, los sonidos y los olores a los que se ha acostumbrado a lo largo de sus visitas semanales. El mercado es un lugar ventilado y hay restaurantes que ofrecen mantas a los clientes para que puedan cubrirse los hombros o las piernas mientras comen. Del techo alto cuelgan tiras de luces y parece un mercado de Navidad incluso en primavera.

Hope y Rosemary beben su café y charlan. Hope habla con orgullo de su nieta Aiesha y de su hija Jamila, que siempre está muy ocupada con su trabajo. Rosemary recuerda con cariño cuando Jamila, su ahijada, superó sus exámenes finales de medicina. Para celebrarlo, le envió un ramo de flores con una tarjeta que decía: «Querida doctora…».

Como cada semana, Hope y Rosemary recuerdan la época en que las dos trabajaban en la biblioteca.

—¿Te acuerdas de cuando Robert se armó de valor para pedirte por primera vez una cita? —dice Rosemary con una sonrisa.

Antes de jubilarse, hace ya unos años, Robert, el marido de Hope, era conductor de autobús y, cuando ambos eran jóvenes, él visitaba la biblioteca con frecuencia al acabar su turno y buscaba ansiosamente con la mirada la figura de reloj de arena de Hope.

—Le llevó su tiempo, la verdad —contesta Hope—. Y siempre me acordaré de cómo desaparecías tú encaramándote a cualquier escalera para guardar libros cuando él se presentaba en la biblioteca para que así se viera obligado a hablar conmigo.

Las dos mujeres ríen a carcajadas y disfrutan de esta parte de la semana. Pero a Rosemary le duelen los pies y tiene ya ganas de volver a casa.

—¿Quedamos la semana que viene a la misma hora? —pregunta Rosemary al despedirse.

Al abrazar a su amiga, se da cuenta de que Hope, con sesenta y ocho años, se ha convertido también en una mujer mayor. La abraza un poco más fuerte. Para Rosemary siempre será la chica alegre que empezó a trabajar en la biblioteca con dieciocho años y que acogió bajo su protección.

—La semana que viene a la misma hora —responde Hope, despidiéndose con la mano y echando a andar para ir a recoger a Aiesha al colegio, su parte favorita del día.

Rosemary pasa por delante de las colas de gente que esperan en las paradas de los autobuses y por el cruce del viejo cine, que está en la esquina, donde los títulos de las películas de la semana destacan en letras blancas sobre el fondo negro del cartel. Enfrente hay una plaza grande, donde los ancianos se sientan en bancos y fuman y los adolescentes hacen cabriolas a su alrededor con monopatines.

A medida que va alejándose de la estación, las tiendas se transforman en casas adosadas y bloques de pisos. Llega finalmente al Hootananny, el viejo y desvencijado pub famoso por sus actuaciones de música en directo. El olor a marihuana flota desde los bancos que hay delante, donde la gente bebe cervezas y fuma. Gira entonces a la izquierda y se incorpora a la calle que rodea el parque y lleva al bloque alto donde ella vive.

El ascensor, que a menudo está estropeado, funciona esta vez y se siente aliviada.

Rosemary lleva prácticamente toda la vida en el piso. Se mudó allí con su marido, George, cuando el bloque estaba recién construido y ellos estaban recién casados. La puerta de entrada da directamente al salón, donde lo más destacado es la librería que cubre la totalidad de la pared de la derecha.

En la cocina adyacente hay una mesa, dos sillas y un televisor colocado encima de la lavadora. Después de descargar la compra, Rosemary cruza el salón, abre las puertas y sale al balcón. El bañador azul marino cuelga del tendedero como una bandera. Tiene plantas: unas cuantas macetas de lavanda, nada excesivamente extravagante, puesto que no encajaría con ella. Desde el balcón, Rosemary domina Brockwell Park, una vista que sirve para alejarla del sonido y el gentío de Electric Avenue.

La primavera empieza a florecer y el parque luce una nueva capa de verde. Desde el balcón, Rosemary ve árboles, pistas de tenis, un jardín y una pequeña colina con una edificación antigua que había sido en su día una casa solariega y ahora se utiliza para actos y como punto de venta de helados y chucherías para niños con dedos pegajosos. Alrededor del parque circulan dos vías de tren: la de verdad, que atraviesa el sur de Londres, y una de un tren en miniatura que solo funciona en verano y es para niños pequeños. El sol empieza a ponerse y Rosemary ve gente que pasea a la salida del trabajo y disfruta de que los días van alargándose. La gente practica deporte y sube y baja corriendo la colina. Y en el extremo del parque que queda más próximo a su balcón, un edificio de ladrillo rojo de escasa altura envuelve un rectángulo perfecto de agua azul. Está dividido mediante corcheras que marcan las calles y se ven toallas repartidas por el suelo a su alrededor. Los nadadores flotan en el agua como pétalos. Es un lugar que conoce bien. Es la gran piscina al aire libre, su piscina.

2

 

 

 

 

Cada mañana, cuando va andando al trabajo, Kate se cruza con caras anónimas que esperan el autobús o salen corriendo de sus casas para subir a los coches aparcados en la calle. Pero ve también caras conocidas. Las ve a diario, y sus cambios de vestimenta y de peinado son como los cambios climatológicos y marcan el paso del tiempo.

En la calle principal adelanta a un hombre rubio muy alto con frente despejada que lleva una cazadora de cuero negro sea cual sea la temperatura que haga. Dependiendo de si va con tiempo o va tarde, lo adelanta en distintos puntos de la calle. Si lo adelanta cuando está en un extremo de la vía, sabe que tiene tiempo para pararse a tomar un café; si lo adelanta en el otro extremo, tiene que acelerar el paso y marcar un ritmo similar al de la marcha atlética.

Luego está la chica de pelo oscuro y rostro alegre que mueve la cabeza al ritmo de la música que va escuchando y a veces incluso canta. A menudo la acompaña un chico calzado con Doc Martens. Cuando va con él, la chica se cuelga los auriculares al cuello y charla con el chico enganchada de su brazo. Hoy va sola.

Cuando se cruzan, Kate está a punto de saludarla, pero enseguida se acuerda de que no la conoce de nada. No sabe ni cómo se llama ni hacia dónde se dirige cada mañana en dirección contraria a la de ella. No se conocen, pero su rostro le resulta tan familiar como el H&M de la misma calle, el cine o el mercado. Forma tanta parte de Brixton como los ladrillos de sus edificios.

El cielo primaveral se nubla de repente y empieza a llover. Kate maldice para sus adentros: se ha dejado el paraguas en casa. El chaparrón la empapa rápidamente y llega chorreando a las oficinas del Brixton Chronicle. Se cruza en las escaleras con Jay, el fotógrafo del periódico, cuya boca rodeada por una barba de color rubio rojizo esboza una sonrisa mientras su cabello rizado forma un halo descontrolado alrededor de su cabeza. Es alto y corpulento, aunque de perfiles redondeados, y ocupa prácticamente todo el espacio de paso en la escalera. No han tenido oportunidad de trabajar mucho juntos, pero se saludan sin falta por la mañana y cuando se cruzan casualmente por el Brixton. Jay siempre está sonriente y consigue arrancarle una sonrisa a Kate incluso cuando tiene un mal día y le cuesta mover la boca para esbozarla.

—¡Buenos días! —dice cuando se cruzan dejándose paso a duras penas. Tiene la voz grave y un acento marcado típico del sur de Londres.

—Buenos días. ¿Te vas?

—Sí, tengo un encargo que hacer —señala la bolsa con la cámara que lleva colgada al hombro—, para una reseña. Van a abrir un restaurante nuevo donde antes había un pub. Mi padre me comentó que recuerda haber tomado copas allí cuando tenía mi edad.

—Perfecto, pues hasta luego —responde Kate—. Y no te olvides el…

Antes de terminar la frase, él le muestra el paraguas que lleva colgando de la mochila.

Kate se despide con un gesto y sigue subiendo hacia la oficina.

—¿Vienes de nadar? —le pregunta su director cuando ella cuelga la chaqueta empapada en el respaldo de la silla.

Phil Harris es un hombre cuyo cuerpo no ha sido tratado con mucha benevolencia. Tiene las mejillas eternamente enrojecidas. Del mismo tono que el clarete que engulle cada noche en el pub con su mujer o, según cuentan los rumores, de vez en cuando también con otra que no es su mujer. En su cintura se evidencian los bistecs con patatas, un neumático salvavidas que acabará arrastrándolo a la muerte. No es adinerado —nunca ha conseguido ascender en la escala de un periódico a nivel nacional—; su riqueza se resume en comer y beber.

Kate niega con la cabeza.

—No, me ha pillado la lluvia. No sé nadar.

Es mentira. Sabe nadar. Si por accidente se cayera en una piscina, conseguiría nadar hasta alcanzar las paredes y poder sujetarse. Conoce los principios básicos sobre dónde debes colocar brazos y piernas para que te mantengan a flote. Pero no ha vuelto a nadar desde la adolescencia. En el colegio iban a clases de natación, pero en cuanto pudo tomar la decisión de dejarlas, lo hizo. Fue hacia la pubertad, cuando el cuerpo de las chicas es como una vestimenta incómoda de la que te encantaría liberarte. Recuerda la transformación: un montón de niñas que no paraban de reír convertido de repente en un grupo sumiso al borde del agua, intentando tapar con manos y brazos la vergüenza de unos cuerpos perfectos y a la vez espantosos.

—Pues eso podría ser un problema —dice Phil—. Te hemos encontrado un trabajo en la piscina. Nadar no es esencial, por supuesto, pero te ayudaría a meterte más en la historia, a comprender de qué va todo ese lío…

Kate percibe el sabor del cloro y rememora el miedo a exponerse semidesnuda delante de sus compañeros de clase. Sin más explicaciones, Phil le lanza por encima de la montaña de libros que separa sus mesas un folleto doblado por la mitad. Aterriza sobre el teclado de Kate. En la portada hay una fotografía en blanco y negro de una piscina al aire libre. Se ve un trampolín alto y la imagen de un hombre en pleno salto, con los brazos extendidos como las alas de una golondrina. En el interior hay una imagen en color que Kate supone que es de la piscina en la actualidad: agua azul intensa y niños nadando con los brazos pegados a sus costados y pataleando vigorosamente.

«Salvad nuestra piscina» aparece escrito a mano en letras grandes. Kate lee el texto del interior: «Nuestra piscina, inaugurada en 1937, está amenazada. El ayuntamiento ha anunciado problemas financieros y la oferta de compra del edificio por parte de una promotora inmobiliaria, Paradise Living. Quieren convertir nuestra amada piscina en un gimnasio privado. ¿Piensas permitirlo? Si consideras que puedes colaborar en la campaña, dirígete al personal de la Piscina Brockwell».

El folleto está firmado por «Los nadadores de la Piscina Brockwell». Kate tiene la impresión de que lo han hecho con fotocopiadora y tijeras. Es una suposición exacta.

—¿Quieres que escriba sobre esto? —pregunta Kate.

Kate escribe actualmente reportajes para el Brixton Chronicle sobre mascotas desaparecidas y proyectos urbanísticos y de obras viarias. Artículos que van siempre hacia el final de la publicación, aunque no tan al final como la sección de deportes. Cosas que la gente no lee. No son artículos para enseñar a los profesores que tuvo en el máster de periodismo. Aunque su madre sigue coleccionándolos en un álbum, lo que empeora más si cabe la cosa.

«Cuando seas famosa, te alegrarás de que haya conservado todo esto», dice siempre y Kate se sumerge todo lo posible en el bochorno que la envuelve como un abrigo.

—Sí —responde Phil—. Creo que puede esconder una buena noticia. ¿Sabes que Paradise Living ha construido ya cuatro bloques en Brixton? Están vendiendo los pisos por millones de libras. Y seguro que piensan que tener un gimnasio privado en la Piscina Brockwell les ayudará a vender los pisos aún por más dinero.

Se gira hacia Kate.

—Decías que querías una buena historia —concluye—. Pues aquí tienes tu historia.

Las historias fueron las amigas de Kate antes de que descubriese cómo tratar a la gente. Las buscaba, se escondía entre ellas en la biblioteca y se refugiaba en sus páginas. Se doblaba hasta adquirir la forma de Hermione Granger o de George de Los cinco, o de Catherine Morland de La abadía de Northanger, e intentaba ser ellos por un día. Cuando empezó en el instituto, sus amigos eran los personajes que conocía en las páginas de los libros. Se sentaban en la biblioteca con ella mientras iba dándole mordiscos al bocadillo detrás de los libros para que la bibliotecaria no la viese. (La bibliotecaria la veía, pero fingía que no).

Ahora cuenta las historias de otra gente. A Kate siempre le resulta interesante, aunque se trate simplemente de entrevistar a alguien que ha perdido a su gato. Con frecuencia, la gente se queda sorprendida con las preguntas que Kate formula: «¿Cuál es su primer recuerdo de Smudge?», «¿En qué cosas cree que su vida habría sido distinta de no haber comprado a Milo?», «Si Bailey pudiera hablar, pero solo pudiera decir una frase, ¿qué piensa que diría?».

Normalmente, cuando editan sus entrevistas, las reducen a la información más básica —«Smudge, un gato atigrado de tres años de edad, lleva desaparecido de casa de los Oliver desde el 3 de septiembre. Se ofrece recompensa»—, pero ella conserva las historias en la cabeza y va pasándolas, como las páginas de un libro querido y viejo.

Tiene la sensación de que esta historia es como una pelota que acabara de lanzarle su director, y no piensa soltarla.

3

 

 

 

 

Una piscina sin nadadores parece algo completamente fuera de lugar. Es temprano y el socorrista, adormilado y en silencio, tira del plástico para ir enrollando la cubierta. Desde su atalaya en el balcón, Rosemary observa la neblina que se eleva por encima de la superficie, como si el agua fuera un ser vivo que respira. Por mucho que el cielo esté azul, el ambiente es gélido como un escalofrío. Sujetando el tazón de gachas con ambas manos, ve que el socorrista se estremece en el interior de su suéter de lana y entra de nuevo en el edificio en cuanto termina su trabajo y el agua queda liberada.

Reina el silencio hasta que llega una pareja de ánades reales que se deslizan por la superficie hasta posarse en el agua. Tienen toda la piscina para ellos. A Rosemary le gusta contemplarlos por las mañanas, dos aves que disfrutan de la soledad de la piscina mientras el sol tiembla como confeti sobre el agua.

Llegan los primeros bañistas. Guardan silencio, en parte por el sueño y en parte por respeto a la quietud de los ánades. Conocen bien a los patos y nadan a su alrededor hasta que la pareja decide que ha llegado el momento de irse y corre por el agua para alzar el vuelo por encima de los muros del recinto.

El socorrista controla la piscina desde su silla, como un árbitro de tenis desde lo alto de su trono. Ver a los nadadores recorrer de un lado a otro la piscina es su meditación matutina, y también la de Rosemary. Termina las gachas, entra en casa y coge la bolsa de natación que tiene colgada junto a la puerta.

Rosemary llega cada día a la piscina a las siete en punto de la mañana. Una vez cambiada, empuja la puerta del vestuario y emerge al frío. Correría de poder hacerlo. Pero va caminando hasta el borde y sus pies llegan tres minutos después que su mente. Su cuerpo no es tan fuerte como su voluntad: envejecer la ha obligado a tener paciencia.

Mientras se encamina a la escalerilla, observa a los demás bañistas: una piscina llena de brazos que rompen la superficie. Solo los que practican la braza tienen caras que puedes llegar a reconocer.

Cuando desciende por la escalerilla, Rosemary se siente como un árbol a merced del viento. Sus ramas crujen. Se suelta y el agua la acoge. Deja que su frialdad la envuelva y se acostumbra a la temperatura antes de patear con soltura para alejarse del borde. Empieza a nadar y se adentra en la neblina. No ve el otro extremo, pero sabe que si sigue nadando, acabará alcanzándolo. Rosemary tiene ochenta y seis años, pero en el agua no tiene edad.

Rosemary lleva toda la vida viviendo en Brixton. Durante la guerra, fue una de las pocas niñas que se quedó allí. Exceptuando los momentos en que los bomberos se vieron obligados a extraer el agua de la piscina para apagar los incendios de la ciudad, la instalación permaneció abierta y ella continuó nadando siempre que pudo. Al principio, se sentía culpable por estar en el agua mientras su padre y los padres de sus amigos luchaban en el campo de batalla. Hubo además situaciones de emergencia, como la noche en que cayeron bombas en el parque, justo al lado de los muros de la piscina, y en Dulwich Road, la calle de enfrente. Recuerda que estuvo en el parque el día posterior al ataque y que vio familias enteras caminando a trompicones por falta de sueño, y que los vecinos aunaron fuerzas para salvar cualquier posesión que pudiera quedar en sus casas destruidas.

Pero, a pesar de todo, la piscina siguió allí. Y recuerda que, con el paso de los meses, acabó siendo imposible estar triste a todas horas: era como permanecer sentada mucho tiempo con la ropa de los domingos. Al final, necesitaba moverse, sacarse la blusa de la falda, rasparse los zapatos y volver a ser una adolescente. Durante aquellos años, la piscina fue un lugar silencioso. Prácticamente todos los niños de Brixton fueron evacuados a zonas rurales y, con los hombres en el frente y las mujeres trabajando, era complicado encontrar socorristas. A menudo, tenía las frías aguas azules solo para ella.

Oye un autobús que arranca en la parada que hay al otro lado del muro del recinto. Se oye también el sonido de un tren, una pausa en Herne Hill antes de ponerse de nuevo en marcha y trazar la curva que lo llevará hacia Loughborough Junction. La vida de Rosemary está construida dentro de las paredes de esos nombres. Primero las colinas: Tulse Hill, Brixton Hill, Streatham Hill, Herne Hill[1]. Luego las antiguas villas: Dulwich, West Norwood, Tooting. Son nombres que en su boca saben tan familiares como un dentífrico. Reconoce los números de los autobuses por su forma y los nombres de las calles por su sonido: App-ach, Strad-ella, Dal-keith, Holling-bourne, Tal-ma.

Antes conocía también todos los escaparates, pero cada vez le cuesta más recordarlos. A veces piensa que alguien está haciéndole una jugarreta. Cada vez que algo desconocido sustituye a algo que conoce, tiene que borrar de su mapa mental ese lugar antiguo para sustituirlo por una nueva inmobiliaria o una nueva cafetería. Estar al día es complicado, pero lo intenta. Si no conociera estos lugares, se acabaría perdiendo en una ciudad nueva que ya no es la suya. A veces piensa que le gustaría que toda la información que ha acumulado a lo largo de su vida tuviera algún tipo de reconocimiento. Le gustaría que a cambio de vaciar su cabeza de todos los números, nombres y calles que tiene almacenados en su interior tuviera la posibilidad de aprender algo útil, como otro idioma o tejer. Lo de saber tejer sin duda le iría muy bien en invierno.

Rosemary nada a braza a un ritmo regular, sumerge y saca la cabeza y deja que sus oídos se llenen de agua. Por delante de ella, puede verse los dedos arrugados, aunque no sabe cuánto es consecuencia del agua y cuánto de la edad. Sus arrugas no dejan de sorprenderla. Las chicas jóvenes no tienen arrugas. Y ella es una chica que nada cada mañana bajo la atenta mirada del viejo reloj y del socorrista que juguetea con el silbato que tiene en la mano. Nada antes de ir a trabajar a la biblioteca. Tendrá que cambiarse rápidamente si quiere llegar puntual. Y luego, sabe, el cabello irá goteándole mientras camina arriba y abajo entre las estanterías de libros.

«¿Has cruzado ya a nado el Canal, Rosy?», le dirá George por la tarde, cuando llegue a casa.

«Sigo trabajando en ello».

Pero la biblioteca está cerrada y George ya no está aquí. Se detiene al llegar al lado menos profundo y se apoya un momento contra la pared antes de subir despacio la escalerilla. Se imagina la piscina como un gimnasio privado, solo para residentes, y, a pesar de que está acostumbrada al agua helada, siente un escalofrío. Cuando sale de la piscina, deja de ser joven y cobra dolorosa consciencia de la existencia de sus rodillas. De joven ni siquiera se daba cuenta de que tenía rodillas; como la tarjeta gratuita del autobús, son una parte de su vida que le fastidia. Por eso, por cuestión de principios, sigue pagando siempre su billete de autobús.

4

 

 

 

 

El recorrido a pie desde el trabajo hasta su casa lleva a Kate por los complejos residenciales que rodean la calle principal. De tanto en tanto, cuando pasa por delante de los pisos que flanquean las calles, levanta la vista, observa las ventanas y se imagina las historias que se desarrollan en el interior de los edificios.

Una familia cena en el salón de su casa y el resplandor del televisor ilumina con destellos sus caras y revela expresiones de sorpresa, tristeza y aburrimiento. Una chica ensaya con un violín de segunda mano y del quinto piso de un bloque alto emerge el sorprendente sonido de Bach.

En el balcón del piso de debajo de la violinista, una pareja fuma un porro que va pasándose. Van los dos completamente vestidos, aunque descalzos, y sus pies están tan cerca que casi se tocan, como el resto de su cuerpo. El olor dulzón es lo primero que nota la mujer de la puerta de al lado en cuanto llega a casa del trabajo. Abre la puerta del balcón, deja el abrigo en el sofá y se tumba encima. Une las manos sobre el estómago y respira hondo.

Una pareja de ancianos cena en la cocina de un piso de la planta baja. Están sentados el uno junto al otro y, a través de la ventana, ven un zorro que cruza en ese momento el jardín comunitario. En cuanto acaban de cenar, se dan la mano por debajo de la mesa. La familia que vive en una casa adosada está repartida por sus distintas habitaciones; cada uno de sus miembros vive en su pequeña parcela, aunque bajo una misma bandera. En la casa de al lado, hay dos niñas disfrazándose, una de princesa y la otra de Spiderman. La princesa y Spiderman se dan la mano y empiezan a saltar sobre la cama.

Detrás de algunas ventanas se viven historias tristes; detrás de otras hay risas y amor, algo que tal vez no sea ostentoso ni llamativo, pero que se asienta silenciosamente en las estancias, como una alfombra.

Mientras camina, Kate se imagina que en algún rincón de la ciudad debe de haber alguien como ella, alguien que se siente solo en el salón de su casa y come mantequilla de cacahuete directamente del bote. Se pregunta si alguno de estos desconocidos la entendería si le contase lo que no puede contar a su familia: que hay días en los que no le apetece ni levantarse y que ha olvidado qué es sentirse feliz.

No reconoce ante nadie que está sola, por supuesto. En teoría, con veintitantos años no puedes estar sola. Es una edad en la que haces amistades para toda la vida, tienes novios poco adecuados y disfrutas de vacaciones desmadradas en las que te pones hasta arriba de alcohol y te lo pasas en grande. Kate ve en Facebook que la gente celebra cumpleaños, sale y, aparentemente, se lo pasa genial. Parecen lanzar destellos desde la pantalla de su móvil. Es como si se hubieran repartido el pastel de la vida entre todos y a ella no le hubieran dejado ni las migajas. O, al menos, así lo percibe ella. No le cuenta a nadie que a veces se siente como un osito de peluche triste y apelmazado que ha quedado olvidado debajo de un asiento del metro. Que lo único que desea es que alguien lo recoja y lo lleve a casa.

Kate vive en un piso compartido con cuatro personas más, dos estudiantes y dos que se dedican a algo, aunque no sabe muy bien a qué. Llegan a horas distintas, se encierran en sus habitaciones y de vez en cuando se cruzan de camino al (único) cuarto de baño. Son gente a la que ha oído resoplar en el calor del encuentro sexual (paredes finas) y cuyo vello púbico ha tenido que retirar del tapón de la ducha, pero de la que no sabe dónde estaba antes de llegar al piso ni cuáles son sus películas favoritas. En realidad, no los conoce en absoluto.

Y tampoco ellos la conocen. Aunque, la verdad, ¿qué habría que saber de ella? Hermanos: sí, una hermana mayor, Erin. Padres: madre, padrastro y un padre que vive en Antigua con su novia y que solo la llama por teléfono en las fechas señaladas (cumpleaños, Navidades y graduaciones).

«Feliz cumpleaños, K».

«Gracias, papá. ¿Sigue haciendo sol por ahí?».

«Por supuesto. ¿Y por ahí sigue lloviendo?».

«Por supuesto».

«Te echo de menos».

«Vale. Adiós, papá».

«Adiós, Kate».

 

 

Kate y Erin se criaron en un barrio residencial de Bristol con su madre y su padrastro, Brian. Su madre trabajaba en una agencia de publicidad; vestía con un derroche de colores y le gustaba contar chistes. Brian siempre fue mucho más callado. Era un académico especializado en un periodo concreto de la historia medieval que Kate nunca lograba recordar. Llevaba jerséis gruesos de lana y gafas redondas, y le hacía mucha gracia cuando Erin le contaba que entre sus amigas del colegio gozaban de gran popularidad. Brian había empezado a vivir en su casa cuando Kate tenía siete años y era aún demasiado pequeña para cuestionar nada: por aquel entonces, su vida era algo que le pasaba, no algo en lo que creyese que podía influir. Erin, seis años mayor que ella, se había mostrado más recelosa, como el gato que marca las distancias cuando llega una visita y corre a esconderse bajo el sofá en cuanto hay un movimiento brusco. Pero, con el tiempo, los cuatro habían conseguido relajarse en la comodidad de una familia. Habían definido sus papeles y los representaban correctamente: la madre de Kate las llevaba a las galerías de arte que se inauguraban y les formulaba preguntas sobre qué pensaban de los cuadros y sobre cómo les hacían sentirse; Brian leía el periódico en voz alta, las ayudaba con los deberes y, de vez en cuando, le daba dinero a escondidas a Erin para que pudiera salir con las amigas. Kate y Erin también tenían su papel: Kate era la hermana pequeña tímida que siempre tenía la cabeza inclinada sobre un libro, mientras que Erin era más distante, mandaba sobre Kate y daba muestras de afecto solo ocasionalmente, como si fueran chucherías que das a un perro cuando se porta bien. El primer día de Kate en la escuela de secundaria, su hermana mayor le enseñó a ponerse el uniforme correctamente para que el largo de la falda o el número de rayas de la corbata no evidenciaran la presencia de una «empollona» o una «revoltosa».

Kate decidió quedarse en Bristol para cursar estudios universitarios en parte porque vivir en casa resultaba más barato, pero también porque no se sentía preparada para irse. Cuando se graduó, se fue a vivir a Londres para hacer un máster en periodismo y luego encontró trabajo en un periódico local del barrio de Brixton.

Cuando se mudó a Londres, Kate dio por sentado que conocería mucha gente. Pero lleva en la ciudad más de dos años y sigue sin pasar nada. Lo único que tiene son los compañeros de piso, que dejan que se acumule la ropa sucia en la cocina como si fuera el juego de la torre y piensan que el moho negro es el elemento decorativo perfecto para un cuarto de baño.

Sus amigos de Bristol siguen viviendo allí y nunca quisieron trasladarse a Londres. Decían que les gustaba vivir allí porque conocían a todo el mundo y que, si les apetecía salir de noche, Bristol era más que suficiente. Consideraban que Londres era caro y no le veían la gracia. En lo de que era caro tenían razón, y Kate no podía permitirse seguir yendo de visita a Bristol. Hacía cosa de un año que había dejado de hacerlo. Tenía la impresión de que nadie se había dado siquiera cuenta de ello y no había vuelto a hablar con sus amigos de Bristol desde entonces.

La soledad de Kate es a veces como una indigestión, otras es un leve dolor detrás de los ojos o como un peso que le crea la sensación de que piernas y brazos son demasiada carga para su cuerpo. Cuando tiene que ir en metro, le gusta leer Time Out e imaginarse las cosas que podría estar haciendo, como acudir a algún local de citas rápidas en Shoreditch, o ir a bailar a una discoteca silenciosa que hay en la última planta de un edificio de la City, o aprender a tricotar un cómico pantalón en una coctelería donde también celebran actos retro de todo tipo. Pero entonces recuerda que lo de las citas rápidas solo consiste en repetir cómo te llamas y en qué trabajas a treinta desconocidos, que si vas solo las discotecas silenciosas son de lo más aburrido y que los pantalones cómicos son menos cómicos cuando la única que te ríes de ellos eres tú.

De modo que, cuando sale del trabajo, va siempre directa a casa, a menos que la nevera esté completamente vacía y se vea obligada a realizar una breve parada en el supermercado para comprar su comida preparada favorita y el vino que tengan de oferta. Llega a casa, espera tres minutos a que la comida se caliente en el microondas y, a continuación, cierra a sus espaldas la puerta de la habitación.

El cuarto no es grande, pero sí lo bastante como para dar cabida a una cama de matrimonio y un pequeño escritorio. No tiene estanterías, razón por la cual apila los libros en precario equilibrio contra una de las paredes. En el escritorio tiene un ordenador portátil y una planta escuálida que le compró su madre cuando se vino a vivir a Londres. «Que seas feliz en tu nuevo hogar», reza la tarjeta en forma de abeja que sigue aún pegada en la maceta.

Una vez dentro, abre el vino y se sienta en la cama para ver documentales que llevan por título cosas como El chico que quiere cortarse el brazo. Y llora, porque extrañamente sabe lo que se siente cuando quieres salir de tu propio cuerpo o, si no lo consigues, cuando deseas cortarte una parte y alejarte flotando. O tal vez sea simplemente por el vino. Cada noche bebe una copa de más, puesto que le sirve para tener las ideas algo más confusas, lo cual es mejor que ser consciente del miedo que se asienta sobre sus hombros y de la nube que acecha sobre su cabeza.

Se queda despierta hasta tarde, con la mirada fija en el resplandor de la pantalla del portátil, esperando encontrar allí algún consuelo, sentir una conexión con gente cuya cara esté iluminada también por otras pantallas. Cuando se cansa de buscar, cierra el portátil y lo deja junto a la cama. A veces sigue llorando y la almohada se acaba mojando. Intenta no hacer ruido para que sus compañeros de piso no la oigan, pero hay ocasiones en las que acaba respirando con dificultad, como si estuviera ahogándose. Cuando llora fuerte, como sucede en estos casos, se pregunta si en parte desea que alguien la oiga: que llamen a su puerta, la envuelvan en un abrazo y le digan que todo irá bien. Pero nunca ha entrado nadie. Cuando se queda vacía de lágrimas, permanece acostada a oscuras y con los ojos abiertos, totalmente aturdida. Al final, cae dormida.

5

 

 

 

 

Los niños del club de natación no tienen ningún miedo. Rosemary los ve serpenteando como renacuajos arriba y abajo de las calles. Son lo suficientemente jóvenes como para no mostrarse en absoluto cohibidos mientras esperan en el borde de la piscina para lanzarse al agua. Se empujan entre ellos y se recolocan los coloridos gorros de natación en la cabeza.

Los observa desde la cafetería y detecta a los atletas natos: aquellos con un cuerpo excesivamente largo para lo que son y torsos que se estrechan para adoptar la forma de un cono de helado. Hay niños más pequeños con barriguitas que forman una pequeña montaña debajo del bañador, cuya valentía no deja de sorprenderla cuando ve cómo se lanzan al agua. En el momento en que el monitor hace sonar el silbato, los niños se tiran a la piscina uno tras otro como si fuesen botellas que se van tumbando, confiados en que el agua los recibirá con una sonrisa y que su cuerpo responderá y sabrá qué hacer en cuanto se sumerjan. A Rosemary le gustaría tener esa confianza en su cuerpo, pero no siempre puede fiarse de que haga lo que ella le ordena que haga.

—¿Es usted Rosemary?

Rosemary aparta la vista de la piscina y la dirige a la joven que acaba de aparecer a su lado. Lleva una libreta y un montón de papeles. Da la sensación de que la ropa, en diversas tonalidades de gris y negro, le ha caído encima y lleva el cabello recogido en una cola de caballo despeinada.

—Espero no importunarla —dice la chica—. Me han dicho en recepción que usted sería la persona adecuada para hablar sobre la piscina.

—Soy Rosemary, sí. ¿Qué quiere usted saber sobre la piscina?

—Soy Kate Matthews y trabajo para el periódico local. Estamos interesados en publicar un artículo sobre el posible cierre de la piscina. ¿Fue usted quien creó e ...