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SOBREVIVIENTES

Fernando Monacelli  

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Fragmento

Portada Dedicatoria Capítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capítulo 4 Capítulo 5 Capítulo 6 Capítulo 7 Capítulo 8 Capítulo 9 Capítulo 10 Capítulo 11 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17 Capítulo 18 Capítulo 19 Capítulo 20 Capítulo 21 Capítulo 22 Capítulo 23 Capítulo 24 Capítulo 25 Capítulo 26 Capítulo 27 Capítulo 28 Capítulo 29 Capítulo 30 Capítulo 31 Capítulo 32 Capítulo 33 Capítulo 34 Capítulo 35 Biografía Créditos Grupo Santillana

A mi madre,

sobreviviente y balsa.

Capítulo 1

Una ola polar entumece Buenos Aires, desde hace dos meses, señora. La llaman la invasión antártica. Una corriente de aire helado que cruzó el canal de Beagle, la Patagonia, la provincia de Buenos Aires y vino a cortar en dos la calle Corrientes. Un frío récord, cinco grados bajo cero. Nadie habla de otra cosa. A mí, en cambio, no me afecta. Hasta me parece reparador ver a todos cubiertos hasta los ojos, aislados en sus abrigos e insultando. En mi caso, la ola polar había llegado cinco años antes, cuando Joaquín me dijo que se iría del país y que una vez que se asentara volvería a buscarnos. Aquella tarde llegué del diario, vi su valija en el living y a él jugando con Tomás. ¿Te vas a algún lado?, le pregunté, y entonces me lo dijo. Quedé muda un instante, hasta que le grité si se había vuelto loco, pero no me contestó. Alzó a Tomás, le dio un beso, me lo pasó, levantó la valija y nos abandonó. Me sentí hundida, cayendo a la profundidad de una oscuridad helada. Por las noches temblaba de miedo y apretaba a Tomás para recibir un poco de su calor, pero al rato temía que el frío que me atravesaba en la cama terminara por enfermarlo. Lo pasaba a la suya y volvía a acostarme, con las piernas apretadas contra el pecho, sin poder pegar un ojo hasta la madrugada. A la mañana, todo estaba igual, la misma visión desolada, la sensación de haber dormido a la intemperie, el cuerpo agarrotado de cansancio y aunque lograba levantarme, llevar a Tomás a lo de su abuela y llegar hasta el diario, no podía dejar de verme en esa posición. Le digo, señora, que durante más de un año me sentí como un náufrago a punto de morir congelado; el resto de los seres humanos eran puntos inaccesibles en el horizonte. Podía verlos, desdibujados, muy lejos, como espejismos, pero ellos no me advertían ni yo era capaz de alcanzarlos. Tuve que borrarlos de mi realidad para no tener falsas esperanzas. Pronto fueron desapareciendo, incluso Tomás. Lo dejé con la madre de Joaquín con la excusa de que no podía criarlo por el trabajo. Me aterraba que estuviera conmigo; quedé sola, a la deriva, esperando el final, que no llegó, sino que mi vida entró en un estado de suspensión, una hibernación de nada, hasta que, incluso, dejé de padecer el frío. Y eso se notó. En el diario, señora, me decían que era una cuestión de física: mi temperatura siempre estaba por debajo de la del aire. Los mandaba al carajo. No les importaba. A mí tampoco me importaban ellos, ni nada, así que muy pronto me hice una muy buena periodista.

El día que le digo, señora, llegué a El Federal cerca de las once. Los porteros me avisaron que me esperaba una mujer. Los maldije por no haberla ahuyentado. Nunca hablo con nadie antes de tomar medio litro de café y fumar cinco o seis cigarrillos. Me dijeron que había llegado a las nueve, que le habían dicho que yo me demoraría mucho; ella respondió que esperaría y se sentó en mi camino, en una silla entre los ascensores y yo. Era mayor, llevaba un abrigo bastante gastado y tenía el gesto de no haber dormido en meses. Sobre sus piernas sostenía una bolsa de supermercado y una cartera muy percudida. Decidí que tal vez fuera posible pasarla de largo mirando el suelo, escabullirme hasta el tercer piso, a mi escritorio. Bajé la vista y me lancé por delante de ella, pero antes de que se abrieran las puertas del ascensor la mujer se había parado. ¿Señorita Figueroa? Estaba segura de que los porteros le habían hecho una seña para advertirle que yo era yo. Los insulté en voz baja, puse cara de amabilidad distante, me di vuelta y respondí ¿sí?, pensando en que oyera lo que oyera lo próximo sería anunciarle a esa mujer que estaba a punto de entrar en una reunión y que recién podría atenderla a la tarde o la mañana siguiente o, mejor, que me dejara un número y la llamaría.

Pero la mujer se quedó muda. Se la notaba herida de cansancio. Abrazaba la bolsa de supermercado y la cartera como si se aferrara a un tronco para no hundirse. Rondaría los ochenta y pico, era baja o estaba demasiado doblada y olía a ropero viejo, un poco a humedad. De reojo vi que los porteros me miraban y se reían. Me llaman La Diva y me detestan, aunque le aseguro que a todos les gustaría meterme mano. ¿Sí?, repetí. ¿Señorita Figueroa?, volvió a decir ella, pero sus ojos me habían quitado la atención. Estaba pálida y se derrumbaba tratando de alcanzarme con sus manos, que fueron resbalando por mi tapado. Pude atajarla antes de que terminara en el piso. Dos de los porteros corr

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