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SOMBRAS DEL OCASO

Miranda Kellaway  

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Fragmento

Créditos

1.ª edición: febrero, 2017

© Miranda Kellaway, 2017

© Ediciones B, S. A., 2017

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-620-0

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Nota de la autora

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Recibe antes que nadie historias como ésta

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Agradecimientos

Notas

Dedicatoria

Todo lo que sabemos del amor

es que el amor es todo lo que hay.

EMILY DICKINSON,

El sabueso solo: Poemas de toda una vida

Para Josh y Alyena.

A veces los tesoros tienen nombre propio.

Nota de la autora

Nota de la autora

Querido lector:

Antes de que prosigas tu viaje, me gustaría, en primer lugar, hacerte llegar mi profunda gratitud por aceptar mi ofrecimiento e iniciar esta pequeña aventura conmigo.

Esta novela fue producto de una pura y absoluta casualidad. Dos personajes de mi obra anterior, Veneno en tu piel, decidieron que también querían contar su historia. Que no bastaba con las pinceladas que ya les había dado. Tenían muchas cosas que explicar, secretos que revelar, deudas que saldar. Éste es el resultado de la locura iniciada por ellos, y alimentada por mí.

Y la mágica Irlanda es su escenario. Sus paisajes, sus costumbres, su envolvente historia... todo brilla con luz propia. La Isla Esmeralda se ha ganado mi corazón, y, cuando llegues a la última página, espero que haya hecho lo mismo contigo.

Todos los lugares, pueblos y ciudades que menciono de la geografía irlandesa son reales, incluido el castillo del conde St. Lawrence (conocido también como Castillo de Howth), sobre el que se cuenta una leyenda que realmente existe en el folclore irlandés, aunque ignoro si los sucesos que allí se relatan gozan de alguna veracidad.

Y en cuanto a la situación política de la Irlanda de finales del siglo XIX, te confesaré una pequeña osadía por mi parte: aunque el «brazo radical» de La Hermandad Republicana Irlandesa (llamado “Los invencibles”) existió, históricamente este grupo de fenianos extremistas fue deshecho en 1883, a causa de un horrendo suceso que se relata en la novela. No obstante, me tomé la libertad de reorganizarlo y resucitarlo del olvido para seguir haciendo de las suyas una década más tarde, empero esto, en la realidad, nunca llegó a ocurrir.

Sin más que decirte, te doy la bienvenida al mundo de los personajes de Sombras del ocaso, y te deseo una placentera y satisfactoria travesía.

Fáilte go hÉirinn!!

Con cariño,

MIRANDA KELLAWAY

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Océano Atlántico, mayo de 1893

La fría y agitada masa de agua salada chocaba en violentas y fulgurantes oleadas contra el casco del Bethany sin piedad, embistiendo y zarandeando el humilde barco de pescadores como si este fuera una mísera muñeca de trapo. El capitán y propietario de la nave, Reynold Sharkey, un curtido irlandés de casi dos metros de altura, galopaba por la cubierta de un lado a otro ladrando órdenes a sus hombres, desesperado por mantener su medio de vida y a aquellos desgraciados a flote. Les faltaban solo unas cuantas millas para arribar a tierra firme, y no iba a permitir que, estando tan cerca, el mar enfurecido les engullera y les barriera del mapa.

Uno de los mástiles de la embarcación vaciló, y el corazón se le subió a la garganta. Sam, su hijo mayor, estaba justo debajo recogiendo una gruesa cuerda para pasársela a otro de los marineros. Si el monstruo caía, aplastaría al muchacho y, con toda seguridad, le mataría.

—¡Sam! ¡Apártate de ahí!

Enfrascado en su cometido, Sam ni siquiera le oyó.

—¡Saaaaaam!

Otro trueno retumbó en el firmamento con un rugido ensordecedor. La lluvia abundante les envolvía en un helado y húmedo abrazo mortal, y el cielo ennegrecido por espesos nubarrones parecía reírse de ellos con descaro. Si las potestades celestes no extendían su mano misericordiosa, no saldrían de esa emboscada del destino.

El mástil volvió a bambolearse. Reynold calculó que si corría lo suficientemente rápido, quizá lograría apartar a Samuel para que este no le machacara si acababa cediendo y se precipitaba contra las tablas de madera que conformaban la cubierta, pero se quedó anclado en su sitio sin moverse, paralizado por el miedo. Cuando el descomunal tronco cedió, Sharkey chilló de terror. Sam miró hacia arriba y su rostro blanquecino se tornó aún más pálido. Reynold vio como su vástago cerraba los ojos, preparándose para el fatal desenlace, y deseó ocupar su lugar.

Una sucesión de nítidas imágenes de la infancia de Sam se coló en su atormentada mente durante aquel angustioso interludio, haciéndole arrepentirse por haber aceptado a su pequeño en su tripulación. Las moiras habían diseñado para Sammy un desenlace digno de una tragedia griega, y él, necio hasta decir basta, había contribuido al insistir.

Olympia nunca se lo perdonaría. Su chiquillo era inteligente y bueno con las matemáticas; merecía ganarse una beca en Oxford y terminar siendo profesor o científico, no un pescador maloliente que se pasara semanas, e incluso meses, fuera de casa. No, no debió acceder.

Rezó todas las oraciones que sus padres, irlandeses y católicos devotos, le enseñaron en su niñez. Si Dios existía, tendría que acudir en su ayuda en una circunstancia como esa. Presa de la histeria, comenzó a mezclarlas todas en una perorata ininteligible, balbuciendo:

—Ave María Purísima que estás en los cielos sin pecado inmaculada; santificado sea tu nombre; hágase tu voluntad; el pan nuestro de cada día...

De pronto el mástil se partió por la mitad, abalanzándose como un gigante iracundo sobre la superficie empapada. Reynold gritó otra vez, y Sam le miró con un gesto que se le antojó de despedida. Ninguno de los dos vio venir al sujeto que se desplazó con la rapidez de un leopardo cazador entre ellos, embistiendo a Sam y pegándole un brutal empujón que casi le saca los pulmones por la boca, poniéndole a salvo del peligro y exponiéndose a terminar él mismo chafado como una crépe rellena de mermelada.

Al oír el estruendo producido en la cubierta, varios de los hombres de Sharkey se giraron y contemplaron con asombro y admiración la heroica escena. Benjamin Young, el novato del Bethany, acababa de salvar al cachorro del jefe.

—¿Qué estáis mirando? —gruñó Ben, tirado en el suelo a escasos centímetros del coloso que por poco había segado la vida de Sam y la suya propia, y con el corazón aún palpitándole del susto—. ¡Estamos en medio de una tormenta! ¡A trabajar!

Samuel, despatarrado en un rincón junto a varios barriles de ron, se levantó como pudo para tratar de auxiliar a su compañero. Su padre se le adelantó.

—¿Estás bien, Young?

Ben asintió y escrutó a Reynold con su mirada azul.

—Sí. ¿Y vosotros?

Sharkey emitió una carcajada nerviosa.

—No soy yo quien ha estado a punto de irse al otro barrio.

Benjamin esbozó una sonrisa de autosuficiencia.

—Tendrás que aumentarme el salario por esto, o darme alguna jugosa propina. Y cuando reces, haz el favor de ir al grano y no parlotees como un guacamayo. No te he entendido ni yo, y eso que soy igual de bruto que tú.

Young intentó levantarse, y soltó un improperio al tratar de mover la pierna. El condenado palo le había golpeado de lleno en el muslo. ¿Desde cuándo se mostraba tan solícito por socorrer al prójimo? Se suponía que los marineros y pescadores eran engendros rudos que bebían hasta caerse y gozaban de las prostitutas del puerto cuando tenían oportunidad de pisar tierra, no guardaespaldas de mocosos atontados que se pasaban la mayor parte del tiempo en babia.

—La pierna. No puedo moverla. No me... responde.

—Athair... Eso no tiene buena pinta —señaló Samuel, fijando la mirada en los pantalones manchados de sangre de Ben.

El mar sacudió la nave de nuevo, y Sharkey se tambaleó igual que un borrachín de taberna, elevando los ojos al cielo. Sobre sus cabezas, una espesa nube negra se enroscaba furibunda como una parturienta a punto de alumbrar a su retoño. Reynold hizo señas a otros dos hombres.

—¡Workman! ¡Courtenay! ¡Ayudadme!

Entre los cuatro izaron a Young, que había enrojecido por el dolor causado por el impacto.

—¿Adónde le llevamos, señor?

—A mi camarote.

Ben retorció su fibroso cuerpo bajo la ajada camisa de lino, abierta hasta la cintura.

—¡Y un cuerno! —bramó, irritado—. ¿Os creéis que voy a quedarme tumbado en un catre mientras nos hundimos? ¿Por quién me habéis tomado? ¡Ni se os ocurra tratar de manejarme como a una refinada señorita de ciudad!

—Por la mala sangre que te gastas, en todo caso pasarías por una solterona vieja y coja —acotó Courtenay, riendo.

—Vete al carajo, Gareth.

—Cerrad el pico los dos. Y tú, irlandés testarudo, acatarás mis órdenes sin rechistar. Aquí el capitán soy yo —ordenó Reynold—. Es posible que tengas una fractura, y no nos servirás de nada ahora. No puedo permitirme el lujo de perder a uno de mis mejores trabajadores.

Ignorando los gritos, el tropel de juramentos y la resistencia de Ben, los marineros le introdujeron en el camarote a trompicones y cerraron la puerta. Gareth Courtenay, la mano derecha de Sharkey, no consiguió evitar dejar escapar una risita al escuchar a Young vociferar dentro:

—¡En cuanto salga te vas a enterar, Tiburón!

Reynold se envaró. Aquella bestia humana terca como ella sola tendría que haber sido una mula en otra vida. Seguro.

—Ya hablaremos después y podrás amenazarme todo lo que quieras, pero te vas a quedar ahí.

Y se volvió al resto de sus hombres con gesto guasón, diciendo:

—Andando. Dejemos que la damisela se recupere y vamos a mantener al Bethany a flote, aunque sea lo último que hagamos en nuestra maldita vida.

Apoyado en la cabecera del estrecho camastro donde su patrón dormía cada noche que transcurría en alta mar, Benjamin resopló y se mordió la lengua al sentir un chasquido en la extremidad inferior izquierda, frotándose la herida en una búsqueda impaciente por mitigar el dolor y la hinchazón. Esperaba que no se le hubiera partido el hueso, o tendría que visitar a un médico en la siguiente parada, y no le apetecía ser manoseado por un galeno irlandés. No es que le disgustara la isla, mas siendo inglés de nacimiento, su entorno siempre le enseñó a tenérsela jurada a esos súbditos rebeldes empeñados en sostener una perpetua pugna contra Gran Bretaña, alimentando así la enemistad entre ambas naciones y, consecuentemente, entre sus habitantes. En sus venas moraba un inconfundible linaje celta, pero al diablo con eso. Había roto lazos con Irlanda hacía una eternidad, y procuraba reescribir los renglones torcidos de su vida desde el principio, obviando el detalle de que aquel lugar era parte de él. De sus raíces. De su identidad.

Sus propios aullidos infantiles empaparon la habitación con una congoja visceral, dañina, ruin, haciéndole retroceder en el tiempo y recordar en contra de su voluntad. Su madre cosía. Máire estaba a su lado, y él jugaba con un objeto de latón en el suelo, sobre una alfombra raída. Y de repente se abrieron las puertas y entraron dos desconocidos de rostros impasibles y miradas cargadas de desidia. Se lo llevaron a rastras, mientras él suplicaba, llamando a mamá a gritos. Se orinó encima de miedo, sintiéndose un niño mugriento y cobarde. «Todo irá bien, Ben, todo irá bien...»

Su espíritu regresó al presente, al balanceo del barco, a los chillidos de sus compañeros y a los estruendos de la tormenta que intentaba hacer que el océano se los tragara. Angustia... Solo sentía angustia. Y su pierna lastimada no tenía nada que ver en ello.

Pensó en Sharkey, y reconoció que, a pesar de su nacionalidad y de ese endemoniado carácter belicoso, era un buen tipo. Su tendencia a echar una mano a los demás y su extrema generosidad a la hora de repartir las ganancias entre sus empleados se habían ganado un sitio en sus afectos, y si de algo nadie podía acusar a Ben era de ser un desagradecido.

Echó la cabeza hacia atrás, apartándose el cabello, largo y trigueño, de la cara. Rememoró el día que, hacía ya seis meses, Reynold le contrató tras dos interminables jornadas tratando de convencerle, rogándole por un empleo en el puerto de Londres. Al final, y por puro aburrimiento, Sharkey le acogió en su tripulación con un «de acuerdo, empiezas mañana. Y te quiero aquí a las cinco en punto. Si te retrasas dos minutos, te patearé el trasero y te mandaré de vuelta al asqueroso cuchitril del que has salido, ¿me has entendido?».

Sí, era un buen tipo. Benjamin necesitaba desesperadamente el dinero al quedarse sin un penique tras el pago de sus numerosas deudas, y ese trabajo le salvó de acabar entre rejas. Otra vez.

Se le erizó el vello de la nuca al evocar la cárcel de Newgate, adonde estuvo a punto de ser lanzado como un perro sin dueño en dos ocasiones. No había sido un santo, no obstante jamás hizo nada para que se le privara de ese preciado tesoro llamado «libertad», un don divino con el que todo ser humano venía al mundo civilizado, fuera cual fuera su procedencia, raza o religión. Si no llega a ser por Reynold, estaría ingiriendo polvo encerrado entre esas lamentables cuatro paredes. Los acreedores que le acosaban sin descanso y aquel engendro de Satanás con cuerpo de escándalo y melena escarlata habían construido a base de ultrajes un cadalso con una soga hecha a su medida, y les faltó tiempo para enterrar su honor bajo una colina de fétido estiércol con falacias e injurias.

Se revolvió encima del descolorido edredón que cubría el colchón al rememorar a Natalie y se mesó la barba amarillenta. Desde que se separaron en el verano de 1888, hacía casi cinco años, no la había borrado de su pensamiento ni un segundo. La muy furcia le había tendido una cruel trampa introduciendo en el cuarto en el que dormía pruebas incriminatorias que le señalaban como el asesino apodado Envenenador de Whitechapel, un delincuente al que la policía perseguía con fervor, y aunque lograron atrapar al enfermo que disfrutaba envenenando a fulanas y retiraron los cargos contra él, le quedó el trauma de haber sido acusado de esos crímenes atroces y despiadados, como el poso de desechos que se asienta en el lecho de un arroyo contaminado.

Y todo por celos. Por no ser capaz de comprender que él debía casarse con Virginia para solventar los débitos que le estaban ahogando. ¿Por qué las mujeres eran tan duras de sesera? Si no hubiera sido tan estúpida, él estaría casado, viviendo como un rey y quizás incluso la habría conservado como amante. Porque era muy buena. Vaya si lo era.

La puerta del camarote se abrió de par en par, y Benjamin alzó la vista. Sharkey estaba parado en el umbral.

—¿Te sigue doliendo?

—No me hace la más mínima gracia, Tiburón. ¿Vienes a traerme un té con galletas o a leerme un cuento para dormir?

El capitán mostró su dentadura oscurecida por el tabaco en una sonrisa burlesca. Ben estaba disgustado, y con razón. A ese joven temerario le encantaba el peligro, y él le había impedido enfrentarse a la muerte para demostrar su valía y tesón.

—Deberías agradecérmelo.

—Si no fueras un excelente luchador, te aseguro que te habría dado una paliza por encerrarme como a una doncella que no supiera defenderse.

Sharkey rio. El enfado de Ben no era desmesurado, teniendo en cuenta que aún le llamaba por el apodo por el que era conocido: Tiburón. Un mote que le pusieron siendo aún un mancebo imberbe, en cuanto pescó su primera ballena y sus compatriotas decidieron acortarle el apellido y llamarle Shark a secas. Si el enojo de Young fuera serio, se limitaría a pronunciar un respetuoso y solemne «capitán Sharkey» con el ceño fruncido.

—Gracias —musitó Reynold, aliviado.

—Fue casualidad que me encontrara a su alcance. No es mérito mío. Cualquiera habría hecho lo mismo.

Tiburón se acercó al catre y se sentó en el extremo. El peligro de la tormenta había pasado, y el Bethany navegaba ya tranquilo próximo a costas irlandesas.

—Sam es mi hijo, y tú has evitado que tenga que enterrarlo. Te debo una, Young.

—Olvídalo.

Reynold negó con la cabeza. Ese tipo de cosas no eran fáciles de olvidar. Miró a Ben, cuya piel atezada se hallaba ligeramente pálida.

—Menos mal que hemos cruzado ya el temporal —bromeó Ben, con la intención de cambiar de tema—. Me estaba hartando de oír como tu bote crujía igual que el esqueleto de una vieja artrítica.

—Oye, más respeto por mi reina, ¿eh? —rezongó Reynold, rascándose el vientre—. Este barco tiene sus años, pero está en perfecta forma.

Young le miró de soslayo.

—Lo que tú digas.

Tiburón se puso en pie y palmeó el hombro de su amigo.

—Estamos a punto de llegar a Dublín. ¿Te quedarás con nosotros?

—No tengo ni familia que me espere ni hogar al que regresar. Creo que no existen muchas opciones para este servidor.

—Entonces vendrás conmigo a la campiña y reposarás en mi choza. A Olympia le encantará conocerte, sobre todo cuando le cuente que Sam vuelve a casa gracias a ti. Te preparará un buen plato de colcannon y te pondrá una jarra de cerveza fría en la mesa. ¿Te gusta la idea?

Benjamin se irguió y se frotó la barbilla, meditabundo. Su oferta era muy tentadora, sin embargo no podía aceptarla. No debía entretenerse ni desviarse de su objetivo. Natalie estaba allí, en alguna parte del país, acompañada seguramente de esa rata amiga suya que la había ayudado a hundirlo en el fango.

No había viajado hasta Irlanda para degustar los platos típicos ni hacer nuevas amistades. Encontrar a su adversaria y hacerle pagar por su canallada era su principal meta.

—Lo pensaré.

—Espero que tu negativa no se deba a esa obsesión por dar caza a la mujercita que te traicionó.

Young elevó el mentón y lo escrutó desafiante.

—No me he negado. Solo he dicho que lo pensaré.

Sharkey decidió poner fin a la conversación.

—Bien. Vamos a entrar en la bahía. Entregaré la mercancía en el puerto y os daré vuestra parte del dinero. Recoge tus bártulos y, si ves que puedes andar, reúnete con los demás donde siempre, que terminado el trabajo iremos a celebrarlo a una taberna y a ponernos morados con toda clase de alcohol. Invito yo.

—A ver quién se resiste a semejante tentación.

Benjamin sonrió y, cuando el capitán se hubo marchado, se incorporó en el camastro. Puso la pierna en el suelo, probando su capacidad de aguante. El muslo le dolía como si lo estuviera devorando un banco de pirañas amazónicas, pero soportaría caminar hasta cubierta. No iba a perderse la borrachera por nada del mundo. Beber con los hombres del Bethany y echar unas cuantas partidas de cartas era la mejor parte de trabajar para Tiburón. Y si después del festejo se agenciaba una cama caliente y buena compañía femenina, la noche ya sería redonda.

Cojeando, se arrastró hasta la minúscula ventanita que permitía la entrada de luz solar en el cubículo en el que descansaba su jefe, y suspiró. Necesitaba un baño y un buen afeitado. En aquel momento presentaba el aspecto de un náufrago, y con la cicatriz que conservaba a la altura de la mandíbula, fruto de su último enfrentamiento con un mercader ladrón que trató de estafarles en las costas del norte de Francia, podía pasar perfectamente por el esbirro de un potentado sin escrúpulos.

—Dublín —murmuró, concentrado en el panorama urbano que se extendió ante él al penetrar el barco en la bahía, y ahogado en el odio que llevaba un lustro acumulando—. Me queda poco para encontrarte, melenita roja. Y cuando lo haga, te arrancaré la cabellera igual que un salvaje comanche.

El puerto de Dublín, el más grande y concurrido de toda Irlanda, estaba a rebosar de transeúntes aquella mañana. Ben, desde proa, contemplaba la hilera de casas, negocios y tabernas plantados a la orilla del muelle, mientras el Bethany se deslizaba por el agua como un cuchillo por un bloque de mantequilla derretida.

Los gritos de los mercaderes y pescadores se mezclaban con el graznido de las gaviotas que sobrevolaban la costa en busca de una pesca fácil, lanzándose en picado las ocasiones en las que detectaban un movimiento de sus víctimas en la superficie acuosa, como un proyectil disparado desde una atalaya celeste, realizando así una esbelta demostración de su evidente don para cazar. Un corro importante de personas se congregaba en una zona a la espera de abrazar a los pasajeros de un barco recién atracado proveniente de algún país del norte, y Young divisó a lo lejos a unas cuantas esposas llorosas que se enjugaban lágrimas de bienvenida.

Cuando el Bethany por fin fondeó en la cala junto al embarcadero y los tripulantes se dispusieron a descargar la mercancía, Ben se apartó de su mirador particular y se unió al grupo. Con algo de suerte ese día dormiría en una cama calentita después de atiborrarse de estofado de carne vacuna.

—¡Eh, Young, ayúdame con esto!

Ben acudió raudo a la llamada de Gareth, que portaba un par de cajas con pescado fresco. Él cogió otras dos y descendieron juntos la improvisada plataforma de madera para dejarlas en el suelo y volver a por más.

Hizo una mueca de desagrado al comprobar que varias de ellas estaban abiertas y que el género se había echado a perder, y maldijo para sus adentros. El furioso aguacero que pretendió poner a prueba su capacidad de supervivencia se había llevado por delante parte de su salario.

—Esto es un desastre —murmuró Courtenay a su espalda, secándose las manos en los maltrechos pantalones—. Debería haberme dedicado a buscar oro en Australia. Semanas enteras oliendo a sardinas para llevarme la mitad de lo que iba a cobrar.

—Así serás más prudente con tus gastos —voceó un compañero mientras descendía con la mercadería—. Esta vez nada de rameras, Courtenay.

Gareth le hizo al aludido un enérgico corte de mangas, y Ben soltó una carcajada.

—Lo que haga con mi dinero no es asunto tuyo, Workman —vociferó—. Y mira quién fue a hablar. Al menos yo estoy soltero.

Los demás tomaron sus pertenencias y se reunieron alrededor de Sharkey, que les daba las últimas indicaciones. Ben se mantuvo a la distancia suficiente para escucharle decir:

—Bien, muchachos. Esto es todo. Los compradores están al caer. Nos encontraremos esta noche en la taberna de Aaron, a las ocho. El que no acuda se queda sin su paga.

Cuando todos se dispersaron, Benjamin oteó a su alrededor. Varios puestos que exhibían a unos metros enormes coles, y distintas clases de fruta y verdura le recordaron que tenía que saciar el hambre feroz que le estaba consumiendo el estómago, y se dirigió a una de las tiendas para hacerse con unas cuantas manzanas verdes y hermosas. El último detective que había contratado le había informado de que Natalie se había establecido cerca de Dublín, y que se dedicaba a la repostería. La capital era una ciudad grande, y necesitaría bastante tiempo para localizarla. Si es que lo hacía.

Con el saco donde guardaba sus cosas echado a la espalda, anduvo entre las calles atestadas, molesto por el ensordecedor griterío de los vendedores. Habría que localizar un hostal urgente, darse un baño decente y ponerse ropa limpia, aunque antes se detendría en algún sitio a comer. Más tarde buscaría alojamiento, dormiría una pequeña siesta y se reuniría con la tripulación de Tiburón en El Trébol de Cuatro Hojas, la taberna de Aaron Thacker.

Se internó en un local situado al comienzo del muelle que olía a pan caliente y guisado de ternera, y se acomodó en u ...