Loading...

¡SOMOS THE BEST! (EL CLUB DE LAS ZAPATILLAS ROJAS 4)

Ana Punset  

0


Fragmento

imagen

Ese año Lucía había conseguido sentarse en la misma fila que Frida y Susana. Porque... ¡sí! ¡Se habían deshecho de la Urraca! Y como la tutora era nueva en el colegio, no sabía que las tres eran amigas y que se pasarían las clases charla que te charla. ¡Por el momento, el curso iba viento en popa!

En la semana que llevaban de clase tampoco habían tenido mucho trato con ella, la tutora, pero ya le habían puesto un mote muy acertado. Resultaba de lo más curioso que una mujer con un aspecto tan poco corriente impartiera las clases de educación para la ciudadanía. Morticia llevaba siempre suelta la melena, negra, hasta media espalda, y tenía las cejas más arqueadas que habían visto nunca. Lucía apostaba a que eran tatuadas, pero las demás decían que seguramente solo se las había pintado. No era lo que se dice una profe dicharachera precisamente, más bien lo contrario: recurría a las palabras en contados momentos (prefería hacerles leer el libro de texto directamente), pero solían ser palabras bien elegidas, para dejar muy claritas las cosas.

imagen

El mote se le había ocurrido a Susana el primer día de curso. Todavía tenían la mente fresca del verano, sin todas las asignaturas invadiendo gran parte de sus cerebros, y no necesitaron dedicarle ni un segundo a pensar uno ingenioso. En cuanto Susana la vio entrar por la puerta, exclamó:

imagen

Y como Morticia se quedó. Susana se había pasado muchos veranos con su hermano Aitor en el pueblo, aburridos, viendo películas antiguas. La familia Addams era una de ellas. Frida también la había visto una tarde que la emitieron por la tele, pero sin prestarle mucha atención. Total, que acabaron quedando ese mismo sábado en la buhardilla de la casa de Bea para verla y aprobar el mote sin ninguna duda. Esa buhardilla era el lugar al que las chicas recurrían para reunirse y hacer lo que les apeteciera: grabar vídeos musicales, celebrar cumpleaños...

Estaba acabando ya la primera hora de clase de ese lunes cuando Morticia les advirtió, sin demasiado entusiasmo, que tenía una noticia que darles.

—Por favor, que no empiecen ya los trabajitos —rogó Lucía por lo bajini, apartándose el flequillo con las manos.

—Tranqui, todavía no hemos dado casi temario —la consoló Frida, sentada a su izquierda. A pesar de que estaban sentadas en la última fila, erguida en su silla, Frida sobresalía por encima de las cabezas de toda la zona y parecía poder verlo todo, incluso los pensamientos de Morticia.

—No subestimes el poder de las tutoras... —la aconsejó Susana, con toda su sabiduría, desde la derecha. Se colocó tras la oreja un mechón de pelo, que se acababa de cortar todavía más y ya llevaba casi casi a lo chico.

Morticia les dirigió una mirada de reproche y las tres se callaron en el acto. Mejor no poner a prueba la paciencia de la profe. Morticia se levantó de su trono de profesora y caminó con paso sereno hasta colocarse delante de la pizarra. Su melena negra brillaba con los rayos del sol de la mañana que entraban por la ventana. Cogió una tiza sin prisas y escribió:

imagen

La pregunta que acababa de hacer Lucía se repitió entre los distintos compañeros y resonó cada vez más fuerte entre las cuatro paredes. También entre las Pitiminís que coincidían en esa clase: Sam se encogió de hombros y entrecerró aún más sus ojos, ya achinados, cuando su jefa, Marisa, le preguntó. Aunque Lucía no podía oír la conversación, la reprodujo perfectamente en su cabeza («¿Tú sabes de qué va esto?», preguntaría Marisa; «A ver, déjame pensar... No, creo que no, pero por ti movería cielo y tierra para averiguarlo»). Viendo que su esclava no s

Recibe antes que nadie historias como ésta