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STRANGER THINGS: MENTES PELIGROSAS

Gwenda Bond  

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Fragmento

Prólogo

JULIO DE 1969

Laboratorio Nacional de Hawkins

Hawkins, Indiana

El hombre, que conducía un inmaculado automóvil negro por una carretera llana del estado de Indiana, redujo la velocidad al aproximarse a la puerta de una valla metálica con un letrero que rezaba: ZONA RESTRINGIDA. El guardia apostado allí miró un instante a través de la ventanilla, comprobó la matrícula del coche y le indicó por gestos que siguiera adelante.

Era evidente que en el laboratorio esperaban su llegada. Quizá incluso hubieran seguido las instrucciones y las especificaciones que les había enviado antes de partir sobre cómo debían preparar sus nuevos dominios.

Cuando llegó a la siguiente garita de guardia, bajó la ventanilla para entregar su identificación al soldado que realizaba las funciones de oficial de seguridad. Este examinó la autorización mientras evitaba mirar al hombre a los ojos. La gente acostumbraba a hacerlo.

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Él, en cambio, dedicaba toda su atención a las personas que acababa de conocer, por lo menos al principio. Era una evaluación rauda como el rayo, en la que los catalogaba por completo: sexo, altura, peso, etnia. Y a partir de esos datos estimaba su inteligencia y, lo más importante de todo, su potencial. Casi todo el mundo resultaba menos interesante después de esa evaluación. Pero él nunca se rendía. Observar y valorar era una segunda naturaleza, un elemento crucial de su trabajo. Casi nunca encontraba a nadie con algo que le interesara, pero quienes lo tenían... En fin, por esas personas estaba allí.

El soldado fue fácil de juzgar: varón, metro setenta y poco, ochenta kilos, blanco, inteligencia media, potencial... alcanzado en el asiento de una garita, comprobando identificaciones con una pistola en la cadera que, seguramente, jamás había disparado.

—Bienvenido, señor Martin Brenner —dijo por fin el soldado alternando una mirada de ojos entornados entre el hombre y la tarjeta de plástico.

Era curioso que el carnet incluyera parte de la información que Brenner habría buscado si estuviera mirándose a sí mismo: varón, metro ochenta y cinco, ochenta y ocho kilos, blanco. Pero había otra parte que no figuraba en la tarjeta: coeficiente intelectual de genio, potencial... ilimitado.

—Nos avisaron de que vendría —añadió el soldado.

—Es «doctor Brenner» —lo corrigió él, pero en tono amable.

Aquellos ojos que seguían sin centrarse del todo en Brenner se entornaron aún más, pero se desviaron un instante al asiento trasero, donde la sujeto Ocho, de cinco años, dormía acurrucada contra la puerta. Tenía las manos cerradas en puños bajo su pequeño mentón. Brenner había decidido encargarse en persona de transportarla a las nuevas instalaciones.

—Sí, doctor Brenner —dijo el guardia—. ¿Quién es la niña?, ¿su hija?

El escepticismo del hombre se hizo patente. La piel de Ocho era de un intenso color marrón, en contraste con el tono pálido y lechoso de Brenner, quien podría haberle explicado al guardia que ese hecho no tenía la menor trascendencia. Pero no era asunto de aquel soldado, que, además, tampoco se equivocaba. Brenner no era padre de nadie. Figura paterna, en cambio, sí.

Pero hasta ahí llegaba.

—Seguro que ya están esperándome dentro. —Brenner volvió a estudiar al hombre. Un soldado que había vuelto a casa tras una guerra, una guerra que ya habían ganado. Al contrario que Vietnam. Al contrario que la silenciosa escalada bélica con los soviéticos. Ya se había desatado una guerra por el futuro, pero ese hombre no lo sabía. Brenner mantuvo su tono amistoso—. Yo no haría ninguna pregunta cuando lleguen los otros sujetos. Confidencialidad.

La mandíbula del guardia se tensó, pero no puso objeciones. Sus ojos se desviaron un instante hacia el inmenso complejo de varias plantas al que se dirigía Brenner.

—Sí, están esperándolo dentro. Aparque donde quiera.

Otra cosa que no hacía falta que dijera. Brenner pisó el acelerador.

La construcción y el mantenimiento general de aquellas instalaciones los pagaba una aburrida rama de la burocracia federal, pero su adecuación a las especificaciones de Brenner la financiaban unos departamentos gubernamentales más herméticos. Al fin y al cabo, si la investigación iba a ser de alto secreto, no podía publicitarse. La Agencia comprendía que la grandeza no siempre podía seguir los protocolos operativos habituales. Quizá los laboratorios rusos sí que estaban reconocidos por su gobierno, pero este se encontraba dispuesto a reprimir cualquier voz que se alzara en protesta. En algún lugar, en aquel mismo momento, los científicos de los comunistas estaban llevando a cabo el mismo tipo de experimentos para los que se había construido aquel complejo marrón de cinco plantas con niveles subterráneos. Brenner recordaba este hecho a sus patronos siempre que lo olvidaban, o cuando hacían demasiadas preguntas. Su trabajo seguía siendo de máxima prioridad.

Ocho siguió durmiendo mientras Brenner salía del coche y daba la vuelta hasta la portezuela trasera. La abrió despacio y luego sostuvo la espalda de la niña para que no cayera al suelo del aparcamiento. La había sedado para el viaje, por seguridad. Era un recurso demasiado valioso para confiárselo a otros. Hasta la fecha, las capacidades de los demás sujetos habían resultado... decepcionantes.

—Ocho. —Se acuclilló junto al asiento y le sacudió levemente el hombro.

La niña movió la cabeza pero no abrió los ojos.

—Kali —musitó.

Era su verdadero nombre, que la chiquilla se empecinaba en utilizar. Por lo general, Brenner no se lo permitía, pero aquel era un día especial.

—Kali, despierta —dijo—. Estás en casa.

La niña parpadeó y en sus ojos se iluminó una chispa. Lo había malinterpretado.

—En tu nueva casa —añadió Brenner.

La chispa se apagó.

—Te gustará estar aquí. —La ayudó a incorporarse y la colocó mirando hacia fuera. Extendió la mano—. Ahora papá necesita que entres ahí como una chica mayor, y luego podrás volver a dormirte.

Por fin, la niña extendió el brazo y le cogió la mano.

Mientras caminaban hacia la puerta principal, Brenner compuso la sonrisa más agradable de su arsenal. Esperaba que lo recibiera el administrador en funciones, pero en vez de eso encontró que lo esperaba una larga hilera de hombres y una mujer, todos con batas de laboratorio. Supuso que debían de ser los empleados profesionales de su grupo y todos ellos irradiaban un nerviosismo que rayaba en la náusea.

Un hombre moreno con líneas de expresión en la cara —demasiado tiempo al aire libre— dio un paso adelante y le tendió la mano. Miró a Ocho y luego otra vez al doctor Brenner. Tenía manchadas las gafas con montura.

—Doctor Brenner, soy el doctor Richard Moses, investigador principal en funciones. Estamos muy emocionados de tener aquí a alguien de su categoría. Queríamos que conociera a todo el equipo cuanto antes. Y esta debe de ser...

—Soy Kali —dijo la niña con adormilado esfuerzo.

—Una jovencita muy somnolienta a quien le gustaría ver su nueva habitación. —El doctor Brenner evitó estrechar la mano extendida del hombre—. Si no recuerdo mal, solicité una que estuviera apartada. Y luego me gustaría conocer a los sujetos a quienes han reclutado.

Brenner localizó las puertas de apariencia más sólida y segura que salían del vestíbulo y echó a andar hacia ellas con Ocho cogida de la mano. El silencio lo siguió durante un largo momento. Su sonrisa se volvió casi real antes de desaparecer.

El doctor Moses y sus gafas manchadas corretearon tras él hasta alcanzarlo, seguidos del resto del apurado y ruidoso equipo. Moses lo adelantó casi a la carrera para pulsar un intercomunicador y pronunciar su apellido.

Se alzó un inquieto rumor de conversación entre el resto de los doctores y técnicos de laboratorio que iban tras ellos.

—Los sujetos aún no están preparados, por supuesto —dijo el doctor Moses mientras se abría la puerta doble. No dejaba de mirar a Kali, que estaba cada vez más despierta y observaba su entorno. No había tiempo que perder antes de instalarla.

Había dos soldados armados en posición de firmes justo al otro lado de las puertas, lo cual era un indicador optimista de que, por lo menos, la seguridad no estaba por debajo de lo esperado. Estos comprobaron el distintivo del doctor Moses, que les indicó mediante un gesto que no debían hacer lo mismo con el doctor Brenner.

—Aún no tiene su identificación —les explicó.

Los hombres hicieron ademán de desafiar al doctor Moses, lo que elevó otro poco el nivel de aprobación de Brenner.

—La tendré la próxima vez que pase por aquí —aseguró—. Y les entregaremos copias de los papeles de la sujeto. —Hizo un discreto gesto con la cabeza en dirección a Ocho.

Uno de los soldados inclinó la cabeza y todo el grupo pasó entre ellos.

—Especifiqué que deseaba conocer a los nuevos sujetos en cuanto llegara —dijo el doctor Brenner—. En consecuencia, no debería sorprenderlos mi petición.

—Creíamos que solo querría observarlos —repuso el doctor Moses—. ¿Quiere que establezcamos algunos parámetros? ¿Que los preparemos para su visita? Podría afectar al trabajo que estamos haciendo con ellos. Algunos se vuelven paranoicos con las drogas psicodélicas.

El doctor Brenner levantó la mano que tenía libre.

—No. Si lo hubiera querido así, lo habría dicho en su momento. A ver, ¿adónde vamos?

Del techo del largo pasillo pendían unas lámparas que emitían el pálido brillo que solía iluminar los descubrimientos científicos en aquel mundo sombrío. Por primera vez esa mañana, el doctor Brenner sintió que podía convertir aquel sitio en su hogar.

—Por aquí —dijo el doctor Moses. Buscó a la única mujer del rebaño que formaba el personal profesional y se dirigió a ella—: Doctora Parks, ¿puede encargar a un celador que traiga comida a la niña?

Sus labios se tensaron al ver que la enviaban a hacer el equivalente a un trabajo de mujeres, pero asintió con la cabeza.

Para alivio del doctor Brenner, Ocho se quedó callada y no tardaron en llegar a una habitación pequeña con unas literas de tamaño infantil y una pequeña mesa de dibujo. Brenner había encargado las literas para convencer a Ocho de que estaba buscándole unos compañeros adecuados.

La niña se fijó en ella al instante.

—¿La otra cama es para una amiga?

—Tarde o temprano lo será, sí —respondió él—. Ahora van a traerte comida. ¿Puedes esperar aquí tú sola?

Ocho asintió. La energía que le había dado la emoción de llegar estaba remitiendo ante la fuerte dosis de sedante que Brenner le había administrado y se dejó caer en el borde de la cama.

El doctor Brenner se volvió para marcharse y chocó con un celador y la única profesional femenina del grupo. El doctor Moses enarcó las cejas.

—¿Estará bien ella sola? —preguntó.

—Por ahora —dijo el doctor Brenner. Miró al celador—: Sé que parece una niña normal y corriente, pero cíñase a sus protocolos de seguridad. Podría sorprenderlo.

El celador se removió, inquieto, pero no abrió la boca.

—Lléveme a la primera habitación —ordenó el doctor Brenner—. Los demás pueden ir a esperar con sus sujetos, pero no hace falta que los preparen.

El resto del equipo esperó a que el doctor Moses confirmara la orden y el hombre hizo un sufrido encogimiento de hombros.

—Lo que diga el doctor Brenner.

Se dispersaron. Iban aprendiendo.

La primera habitación albergaba a un sujeto no apto para el reclutamiento por su pie zambo. Tenía la mirada exhausta permanente de alguien que había escogido como método de escapismo la marihuana. Del montón, en todos los aspectos.

—¿Necesita que administremos la dosis al próximo paciente? —preguntó el doctor Moses. Saltaba a la vista que no comprendía los métodos del doctor Brenner.

—Cuando necesite alguna cosa ya le informaré de ello.

El doctor Moses asintió y fueron entrando en otras cinco habitaciones. Era tal y como Brenner había esperado. Dos mujeres, ninguna excepcional en modo alguno, y otros tres hombres, mediocres del todo. Salvo quizá en su carencia absoluta de brillo.

—Reúnan a todo el mundo en una sala para que podamos hablar —dijo después el doctor Brenner.

Lo dejaron esperando en una sala de conferencias, tras una última mirada inquieta del doctor Moses. Al poco tiempo llegó el mismo grupo de antes, que se sentó en torno a la mesa. Dos hombres trataron de entablar conversación para fingir que ninguno de los acontecimientos de aquella mañana se salía de lo normal. El doctor Moses los hizo callar.

—Ya estamos todos —dijo.

El doctor Brenner examinó con más detenimiento a sus empleados. Habría que trabajar en ellos, pero su silenciosa atención mostraba cierto potencial. El miedo y la autoridad iban siempre cogidos de la mano.

—Pueden dejar marchar a todos los sujetos de pruebas a los que he visto esta mañana. Páguenles lo que se les prometiera en su momento y asegúrense de que tienen presentes sus acuerdos de confidencialidad.

La sala absorbió la orden. Uno de los hombres que habían tratado de conversar a su llegada levantó la mano.

—¿Doctor?

—¿Sí?

—Me llamo Chad y soy nuevo, pero... ¿por qué? ¿Cómo vamos a hacer ahora nuestros experimentos?

—La pregunta de «por qué» siempre es una de las que hacen avanzar la ciencia —respondió el doctor Brenner. Chad el novato asintió, y Brenner añadió—: Aunque debería tener cuidado a la hora de formularla a sus superiores. Aun así, le diré por qué. Es importante que todos comprendamos lo que pretendemos hacer aquí. ¿Alguien quiere hacer alguna conjetura?

La forma en que había tratado a Chad los mantuvo callados. Por un momento, Brenner creyó que quizá la mujer iba a decir algo, pero al final se limitó a juntar las manos encima de la mesa.

—Bien —dijo él—. No me gustan las conjeturas. Aquí pretendemos hacer progresar los límites de la capacidad humana. No me interesan los Mus musculus corrientes de nuestra especie. Ninguno de ellos va a proporcionarnos unos resultados extraordinarios. —Paseó la mirada por la sala. Todos estaban concentrados en sus palabras—. Seguro que todos han oído hablar de fracasos en otros centros, y su propia ausencia de resultados es lo que me ha traído hasta aquí. Se han producido fallos vergonzosos, y muchos de ellos proceden de la ausencia de sujetos adecuados. Quienquiera que pensase que los presos y los internos en psiquiátricos iban a revelarnos algo sobre lo que buscamos estaba engañándose a sí mismo. Sucede igual con los desertores y los fumetas. Voy a hacer que trasladen aquí a unos cuantos pacientes jóvenes más para un programa relacionado, pero querría disponer de una cierta gama de edades. Existen muchos motivos para creer que una combinación de sustancias químicas psicodélicas con los incentivos correctos pueden liberar los secretos que buscamos. Piensen solo en la ventaja que obtendríamos en términos de inteligencia militar si pudiéramos convencer a nuestros enemigos de que hablen, si lográramos volverlos sugestionables y ejercer control sobre ellos... Pero será imposible lograr los resultados deseados sin las personas correctas, y punto. Manipular una mente débil es sencillo. Necesitamos a sujetos que muestren potencial.

—Pero... ¿de dónde vamos a sacarlos? —preguntó Chad.

Brenner tomó nota mental de despedir a ese hombre al final de la jornada. Se inclinó hacia delante.

—Estableceré un nuevo protocolo para filtrar a los candidatos e identificar a los mejores que nos ofrezcan nuestras universidades asociadas, y luego seleccionaré en persona a los sujetos que vayamos a emplear de ahora en adelante. Pronto empezará su auténtico trabajo aquí.

Nadie puso objeciones. En efecto, iban aprendiendo.

1

Solo una prueba

JULIO DE 1969

Bloomington, Indiana

1

Terry abrió la mosquitera e hizo una mueca al notar la fragante humareda que había dentro de la casa. Su uniforme de camarera, de color rosa oscuro y delantal blanco, tardaría bien poco en reemplazar el olor de las grasientas salpicaduras y las manchas de café del restaurante por el de la hierba. Añadió hacer la colada a su lista de tareas para el día siguiente. Por lo menos, en la temporada estival había menos trabajos de la universidad que hacer en casa.

—¡Por fin llegas, nena!

Andrew la saludó con la mano mientras le pasaba un porro a la persona que tenía al lado. Su recibimiento entusiasta le valió una sonrisa de Terry. Le había crecido el pelo castaño, que llevaba desgreñado, y le envolvía la mandíbula por ambos lados como unos paréntesis. A ella le gustaba. Le daba un aspecto un poco peligroso.

—¿Me he perdido algo bueno? —preguntó Terry, colándose entre el gentío y recibiendo saludos de sus conocidos.

Su hermana, Becky, estaba sentada en la butaca reclinable, pegada al televisor en blanco y negro de diecinueve pulgadas que Dave, el amigo de Andrew, había recibido como regalo de su padre cuando este se compró un nuevo aparato a color para ver aquel momento tan trascendental. El Apolo 11 había alunizado esa misma tarde.

—¿Estás de coña? —gritó Dave. También había música sonando: de un tocadiscos emanaba Bad Moon Rising, de Creedence Clearwater Revival, que se entremezclaba con la emocionada verborrea de Walter Cronkite en el televisor—. ¡Te lo has perdido todo! ¡Nuestros hombres ya llevan horas en la Luna! ¿Dónde estabas?

—Trabajando —dijo Andrew, y tiró de Terry para sentarla en su regazo. Le alisó el pelo rubio oscuro y le dio un beso en la mejilla—. Siempre está trabajando.

—A algunos, nuestros padres no nos pasan dinero para el alquiler —replicó ella.

Ese era el caso tanto de Andrew como de Dave, motivo por el que tenían una casa tan apañada en vez de una habitación en una residencia de estudiantes.

Becky cruzó la mirada con ella en señal de acuerdo antes de devolver su atención al televisor.

Terry rozó con los labios el cuello de Andrew, que dio un murmullo de aprobación.

Stacey, la compañera de cuarto de Terry, llegó tambaleándose, sin duda con unas cuantas cervezas y porros de más. Su pelo negro rizado estaba recogido en una endeble coleta y llevaba la camisa por fuera con las axilas empapadas de sudor. Había tenido el día libre y, desde luego, lo había disfrutado.

—Hay que ponerte menos sobria —dijo Stacey, clavando un dedo a Terry en el pecho.

—Tiene toda la razón. —Dave hizo ademán de devolver el porro.

Pero Stacey lo interceptó y le dio una larga calada.

—Traedle una cerveza. Terry no fuma.

Antes de que Dave pudiera protestar, Andrew dijo:

—La pone paranoica.

Eso era casi cierto. El primer colocón de Terry había sido la mismísima definición de desagradable. Todos los demás decían que habían sido alucinaciones, pero ella seguía creyendo que había visto un fantasma... o algo parecido.

Sin embargo, no le hacía ninguna gracia que otras personas decidieran por ella.

—Es una ocasión especial, con lo de la Luna y tal. —Extendió el brazo y cogió el porro de entre los dedos de Stacey, le dio una breve calada, consiguió no toser y se lo devolvió—. Ya voy yo a por la cerveza.

Se levantó de un salto y fue a la cocina. En medio del suelo había un baúl para juguetes en el que cada vez quedaban menos hielo y cerveza. Terry sacó una lata de Schlitz y se la frotó contra la mejilla mientras regresaba a la sala de estar. El calor del verano se acrecentaba con todos aquellos cuerpos apelotonados en la casa y poco podía hacer el aparato de aire acondicionado para atenuarlo.

Cuando volvió al sofá, Stacey estaba contando una historia.

Terry volvió a sentarse en el regazo de Andrew para escucharla.

Stacey siguió gesticulando.

—Total, que el empollón de laboratorio me dio quince pavos...

—¿Quince dólares? —La cifra se granjeó toda la atención de Terry—. ¿Por hacer qué?

—El experimento psicológico ese al que me apunté —dijo Stacey mientras se sentaba en el suelo de cara a Terry—. Lo sé, parecía guay, pero luego... —Calló y se estremeció.

—Luego, ¿qué?

Terry se inclinó hacia delante, abrió por fin su lata de cerveza y le dio un sorbo. Andrew le envolvió la cintura con los brazos para que no se cayera.

—Ahora es cuando la cosa se pone rara —dijo Stacey. Echó la mano hacia atrás para alisarse la coleta y, sin querer, terminó de deshacerla. A la luz intermitente del televisor en blanco y negro, su rostro pareció repentinamente turbado mientras seguía hablando, con los rizos apelmazados formando bultos aquí y allá—. Me llevó a una sala oscura donde había una camilla y me hizo tumbarme en ella.

—Oh, oh, creo que ya sé para qué eran los quince pavos —intervino Dave.

Tanto Stacey como Terry le clavaron la mirada, pero Andrew rio. Los chicos, actuando como chicos, se lo tomaron como un comentario descacharrante.

—Sigue —pidió Terry, poniendo los ojos en blanco—. ¿Qué pasó?

—Me tomó las constantes vitales y el pulso, me auscultó y se lo apuntó todo en un cuaderno enorme que tenía. Y entonces... —Stacey negó con la cabeza—. Os va a sonar a locura, pero me puso una inyección y me dio una pastilla de algo que se me disolvió bajo la lengua. Al cabo de un rato, se puso a hacerme un montón de preguntas raras.

—¿Qué clase de preguntas? —Terry estaba fascinada. ¿Por qué iba alguien a dar quince dólares a Stacey a cambio de aquello? ¿Y nada menos que en un laboratorio?

—No me acuerdo. Las contesté, pero lo tengo todo borroso. Supongo que por lo que me dio. Fue como colocarme de golpe con la peor remesa de ácido de la historia. Luego... no me sentí nada bien.

—¿Eso fue el viernes? —preguntó Terry—. ¿Por qué no habías dicho nada hasta ahora?

Stacey volvió la cabeza un momento para mirar a Walter Cronkite, pero enseguida prestó de nuevo atención a Terry.

—Me costó un par de días empezar a entenderlo, supongo. —Se encogió de hombros—. No pienso volver.

—Un momento. —Andrew puso la cabeza junto a la de Terry y se apoyó en su hombro—. ¿Querían que volvieras?

—Son quince pavos por sesión —respondió ella—. Y aun así, no merece la pena.

—¿Para qué te dijeron que era? —preguntó Terry.

—No me contaron nada —dijo Stacey—. Y ahora, nunca lo sabré.

Andrew irradiaba incredulidad.

—Ya voy yo. Por esa pasta no me importa tomarme un tripi chungo. ¡Con eso pagaríamos un mes de alquiler! Suena fácil.

Stacey le hizo una mueca.

—El alquiler ya te lo pagan tus padres, y además, solo buscan mujeres.

—Ya te he dicho para qué eran los quince dólares —dijo Dave.

Stacey cogió un cojín del suelo y se lo arrojó. Dave lo esquivó.

—Lo haré yo —dijo Terry.

—Oh, oh —replicó Andrew—. La «chica con más probabilidades de cambiar el mundo» se presenta al servicio.

—Es solo curiosidad —replicó Terry, y le torció el gesto—. No lo hago por eso.

El pie de foto de aquel anuario del instituto la perseguiría de por vida, al igual que su necesidad de hacer siempre un millón de preguntas sobre cualquier cosa. Su padre le había enseñado a prestar atención siempre y Terry no quería dejar pasar ninguna oportunidad de hacer algo importante. Ya estaba bastante frustrada por vivir tan lejos de San Francisco o Berkeley, donde estaban produciéndose los mayores movimientos sísmicos culturales, donde cuestionar la política gubernamental sobre la guerra era un acto cotidiano y no algo por lo que la mitad de tus vecinos siguieran mirándote raro aunque, en privado, estuvieran de acuerdo contigo.

¿Y qué pasaba si ninguna de sus preguntas había tenido jamás ningún resultado? Quizá esa vez fuese distinto. Y, además, se sacaría quince dólares. Con una paga de ese calibre, Becky no podría oponerse.

—¿Cómo? —Stacey parpadeó.

Terry terminó de decidirse del todo.

—Iré yo en tu lugar y haré el experimento. Eso, si de verdad no quieres volver.

—De verdad que no —dijo Stacey, y se encogió de hombros—. Pero si crees que la hierba te vuelve paranoica...

—Me da igual. El dinero nos vendrá bien. Por eso lo hago.

¿Qué más daba que fuese mentira? Becky asintió en señal de aprobación, como Terry sabía que haría.

Y entonces Dave gritó:

—¡Callaos todos! ¡Apagad la música! ¡Está pasando algo!

Andrew le habló a Terry al oído mientras la música cesaba.

—¿Seguro que quieres ir a ver a ese empollón de laboratorio? Ya sé que te gusta conocer las respuestas de todo, pero...

—Lo que pasa es que tienes mucha envidia por no poder ir tú —dijo ella, llevándose la cerveza a los labios para darle otro sorbo a aquel líquido con sabor a polvo y combustible.

—Cierto, nena, cierto —aceptó él.

Subieron el volumen del televisor y todos miraron mientras Neil Armstrong salía del módulo lunar y descendía por la escalerilla con pasos lentos y vacilantes.

Dave miró un momento hacia atrás.

—Podemos llevar a un hombre a la Luna, pero aún no se les ha ocurrido la forma de salir de Vietnam.

—Exacto —dijo Andrew.

Hubo gruñidos de aprobación a lo largo y ancho de la sala hasta que Dave hizo callar a todo el mundo, a pesar de que él mismo había sido el primero en abrir la boca.

Tras una pausa en la pantalla, Armstrong dijo:

«De acuerdo, voy a bajar del módulo.»

Todos contuvieron el aliento. La sala quedó tan en silencio como en teoría lo estaba el espacio, con una ausencia total de sonido. Pero en esa ausencia había una esperanza cargada de nervios.

Y entonces lo hizo. El astronauta, ataviado con un grueso traje diseñado para protegerlo de la atmósfera y los extraños gérmenes que pudiera encontrar en otro mundo, posó el pie en la árida y hermosa superficie lunar. Armstrong habló de nuevo:

«Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.»

Dave se puso a dar saltos y la sala entera empezó a vitorear. Andrew hizo girar a Terry en el aire dando círculos, durante un momento que fue un fulgor de celebración y maravilla. Walter Cronkite estaba al borde de las lágrimas, al igual que Terry. Le picaban los ojos.

Se tranquilizaron y vieron cómo los astronautas clavaban una bandera estadounidense y luego saltaban adelante y atrás en un cuerpo celestial que pendía del cielo fuera del edificio, llevados hasta allá por una máquina asombrosa que había construido la humanidad. Habían cruzado el cielo volando. Habían sobrevivido y ahora estaban caminando por la Luna.

¡Qué espectáculo para presenciar en vida! ¿Qué cosa no sería posible, después de aquello?

Terry se tomó otra cerveza e imaginó cómo sería conocer al empollón de laboratorio de Stacey.

2

Terry no había entrado nunca en el edificio de psicología para ninguna clase. Lo encontró escondido en una esquina, al fondo del campus. Sus tres pisos estaban a la sombra de los árboles, cuyas ramas se reflejaban en las ventanas. Las copas se mecían bajo un cielo encapotado que prometía lluvia.

Había un reluciente Mercedes-Benz y dos grandes furgonetas negras sin ventanillas estacionadas en la acera junto al edificio, a pesar de que quedaba muchísimo espacio libre en el aparcamiento porque había menos alumnos en el campus durante el verano.

«Son como furgonetas para cometer asesinatos —pensó Terry—. Qué ironía. Quizá por fin estoy a punto de descubrir algo.»

A la luz del día, la idea de que en aquel lugar pudiera estar realizándose algún experimento importante le había resultado... improbable. Pero allí estaba de todos modos. Cuando preguntó a Stacey qué necesitaría saber, ella le había dicho que podía presentarse sin más en la sala de arriba. Después se había despedido de Terry con una frase reconfortante: «Que no te siente muy mal el ponche de ácido lisérgico».

Terry tiró de la puerta de cristal para abrirla y encontró esperando dentro a una mujer con bata de laboratorio y una tablilla sujetapapeles en la mano. Tenía el pelo castaño rizado, la frente alta y un aire de eficiencia.

—Hoy el edificio está cerrado —dijo la mujer—, a menos que esté usted en la lista.

¿Sería una doctora o una estudiante de posgrado? Terry nunca había conocido a ninguna doctora, pero sabía que existían.

—¿La lista? —preguntó Terry.

Otra persona llegó por detrás a toda prisa, topó con ella y estuvo a punto de tirarla al suelo. Terry se enderezó y miró hacia atrás para encontrarse con una chica vestida con un mono bastante mugriento, que sonrió al ver que Terry la miraba de arriba abajo.

—Perdona —dijo la chica, encogiéndose de hombros—. Creía que llegaba tarde.

—No pasa nada.

Terry no pudo evitar devolverle la sonrisa. Puestas una al lado de la otra, las dos mujeres no podían ser más diferentes. Terry iba arreglada, con falda y blusa, y la noche anterior se había rizado el cabello con tiras de tela para que le cayera un poco ondulado. La chica del mono tenía grasa bajo las uñas, un pelo que como mucho podría describirse como peinado y pecas por todas las mejillas. Iba vestida un poco a lo chico. Unos años antes, ni siquiera le habrían permitido entrar en el campus con pantalones.

—Díganme sus nombres —pidió la mujer de la tablilla—. Tengo que comprobar que estábamos esperándolas.

—Alice Johnson —dijo la chica, colándose por delante de Terry—. No estudio aquí. Soy de la ciudad.

La mujer asintió.

—La tengo en la lista.

Fue una sorpresa. Desde luego, Terry no figuraba en aquella lista. Y, que ella supiera, Stacey tampoco.

Pero la mujer y Alice se quedaron mirando a Terry y, de pronto, había llegado el momento de demostrar que tenía un motivo para estar allí.

—¿Y usted? —preguntó la mujer.

—Stacey Sullivan —mintió Terry, que empezó a preguntarse si se habría equivocado de sitio.

La mujer bajó la mirada hacia su lista y luego volvió a alzarla. El pulso de Terry se aceleró.

—Ah, aquí está —dijo la mujer, e hizo una anotación rápida—. Perfecto. Ya había estado antes en este edificio, ¿verdad? Suban al segundo piso y preséntense a mis compañeros.

—¿Qué es todo esto? —Terry vaciló—. Eh... No recuerdo que fuera así la última vez.

—Tenemos un nuevo proceso de reclutamiento —respondió la mujer—. Se lo aclararán todo arriba.

Mientras se adentraban en el edificio, Alice le dijo a Terry:

—Me alegro, porque es la primera vez que vengo.

Terry tuvo que contenerse para no preguntarle a Alice si sabía algo más sobre lo que estaba ocurriendo. Lo consiguió, pero a duras penas. Se detuvo junto a la puerta que daba a la escalera.

—¿Quieres que subamos andando? Los ascensores de estos edificios viejos pueden ser muy lentos.

—¡No! —exclamó Alice, rechazando la sugerencia—. Me encanta subir en ascensores.

—Ah, vale —dijo Terry. Porque ¿qué otra cosa iba a decir?

Alice se relajó y sonrió. Recorrieron la poca distancia que las separaba de los ascensores y esperaron hasta que llegó uno y sus puertas se abrieron despacio, centímetro a centímetro.

—Vaya, sí que es viejo —dijo Alice con tono admirado y emocionado, mientras pasaba la mano por un borde de metal y entraba.

Terry no señaló que la avanzada edad de un ascensor solía hacer que la mayoría de la gente estuviera menos entusiasmada por subir en él. Alice era una tía rara. No era de extrañar que se hubiera presentado a un experimento psicológico. Aun así, a Terry le había caído bien.

—¿Dices que eres de la ciudad? —preguntó Terry—. Yo crecí como a una hora de aquí, en Larrabee.

—Vengo de una familia de mineros —dijo Alice—. Trabajo en el taller de mi tío. Está especializado en maquinaria pesada.

—Ojalá yo fuese mecánica —replicó Terry.

Alice se encogió de hombros.

—Todos somos mecánicos. El cuerpo es solo otro tipo de máquina.

«Pues es verdad.»

—Entonces ¿aquí dentro no hay un corazoncito? —preguntó Terry, bromeando un poco.

—Pues claro. El corazón es la bomba que nos mantiene en marcha —dijo Alice.

Las puertas empezaron a abrirse en el segundo piso y se lo tomaron con tanta parsimonia como habían hecho abajo. Alice se quedó quieta.

—Podría arreglarlo si tuviera las piezas adecuadas, ¿sabes? No está roto, solo un poco desgastado desde su esplendor original.

Eso enseñaría a Terry a juzgar a las personas por la grasa de sus monos. El esplendor original de un ascensor de universidad.

—Esperemos que no nos hayan traído para eso —dijo.

Alice le dedicó una sonrisa.

—Esperemos.

—¿Y dices que no habías venido aquí nunca? —preguntó Terry de sopetón.

—No —dijo Alice—. Mi tío vio un anuncio en el periódico la semana pasada, diciendo que buscaban a mujeres de edad universitaria con habilidades excepcionales. Respondí y me llegó una carta pidiéndome que me presentara aquí.

La mujer había dicho que tenían un nuevo proceso de reclutamiento. ¿Cómo iba a conseguir entrar Terry? ¿Qué se consideraba una «habilidad excepcional»?

Salieron del ascensor después de que Alice le diera una última palmadita amable y llegaron a un pasillo insulso, repleto de puertas y folletos que anunciaban experimentos. Solo había una puerta abierta, por lo que Terry supuso que sería a la que debían dirigirse. El hueco era lo bastante grande para que pasaran ambas a la vez, lo cual fue una suerte porque Alice se negó a entrar delante o detrás de Terry. Como todas las rarezas que había visto en ella hasta el momento, le pareció encantadora.

En la sala esperaba otra persona con bata de laboratorio, en ese caso un hombre con pelo de presentador de noticiario y gafas de montura gruesa. Entregó a cada una un taco de papeles y un bolígrafo.

—Autorizaciones —dijo—. Rellenadlas y esperad a que os llamemos.

«Eres todo cortesía, colega.»

El hombre les indicó una parte de la sala que habían convertido en zona de espera poniendo unas sillas. Allí estaban otras seis mujeres de edad universitaria —aunque, a juzgar por la presencia de Alice, no tenían por qué ser todas alumnas— y un hombre de aproximadamente su misma edad, con el pelo castaño largo, barba a lo Jesucristo y pantalones de campana. Terry y Alice tuvieron que separarse porque las dos únicas sillas libres estaban una enfrente de otra.

Alice se sentó al lado de una joven negra que leía un enorme libro de texto y, si Terry parecía desaliñada en comparación, no digamos ya Alice. Llevaba un impecable traje púrpura, modesto pero a la última moda.

—¿Tú también eres de aquí? —le preguntó Alice.

El pelo rizado de la mujer acentuaba una cara pensativa y hermosa, que volvió hacia Alice.

—Crecí aquí —respondió—. Me llamo Gloria Flow ...