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SU LADO OSCURO (LUZ Y SOMBRAS 1)

Alice Raine  

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Fragmento

Prólogo

En qué demonios estaba pensando?

Era evidente que no pensaba en absoluto. De hecho, en toda su retorcida vida probablemente esa fuese la vez que más cerca había estado de que se le fuera la mano, que se le fuera de verdad.

Sin contar con aquella ocasión, hacía mucho, en que había estado a punto de perderlo todo, se lamentó Nicholas, al tiempo que por fin se levantaba del suelo y, contrariado, se apartaba el pelo oscuro de la sudorosa cara.

Miró con repugnancia de nuevo la cama vacía y trató de volver a ponerse la camisa, pero lo detuvo una extraña sensación en el pecho, como si una banda de acero le oprimiera el tórax, más y más, hasta los pulmones, privándolo de aire, dejándolo boqueando y contemplando desesperado la cama que tenía delante.

Los pañuelos de seda que hasta hacía unos minutos habían sujetado las muñecas de Rebecca mientras él se arrodillaba provocativo sobre ella colgaban ahora laxos a ambos lados del cabecero y, mientras paseaba absorto la mirada por las arrugadas sábanas blancas, detectó en ellas unas manchitas rojas que se extendían por el algodón en diversos sitios.

Sangre.

Joder, nunca hasta ese momento había hecho sangrar a nadie. Cada vez más horrorizado, contó al menos diez manchitas provocadas por la fusta con la que había golpeado el bonito trasero de Rebecca. La preciosa y confiada Rebecca, cuyo único pecado había sido hacerle creer que podía estar enamorándose de ella.

Pero Nicholas no se enamoraba, no podía. Había aprendido la lección en el pasado, y ahora Rebecca se había ido. Para siempre, si tenía una pizca de sensatez.

Había perdido el control por completo, algo impropio de él. ¡Con una fusta! ¿Cómo coño podía haberle parecido buena idea? Los arraigados y oscuros recuerdos de su infancia le habían impedido utilizarla en su perversa vida sexual. Entonces ¿por qué la había usado ese día? Negó con la cabeza, asqueado, y soltó un gruñido; en el fondo, sabía perfectamente por qué había elegido la fusta, pero se negaba a escuchar la vocecilla interior que le decía que lo había hecho a propósito para hacer entender a Rebecca por qué tenía que marcharse.

De pronto, doblado sobre la cama, aferrado al colchón y falto de aire, sintió nauseas al caer en la cuenta de que, en realidad, no quería que ella se fuera. Solo había dudado de sus sentimientos por culpa de su maldito hermano. Dios, iba a vomitar…

Se tragó la bilis caliente que le subía por la garganta, echó la cabeza hacia atrás y clavó la mirada en el techo. Lo único que había pretendido era que Rebecca lo ayudara a librarse del dolor de su pasado, que lo abrazara y le asegurara que su forma de vida era correcta.

Pero no lo era; ella no lo había hecho y se había marchado.

Volvió a negar y, mientras se pasaba las manos bruscamente por el pelo resbaladizo de sudor, recordó la expresión de Rebecca al irse. Hecha un mar de lágrimas y furiosa, al parecer tanto con él y sus actos como consigo misma por creer que podría cambiarlo.

Cerró los ojos. Las aletas de la nariz se le dilataron al pensar de nuevo en el hermoso rostro de ella. Si Rebecca supiera lo mucho que lo había cambiado en los últimos meses, pensó mientras quitaba la sábana de la cama para no verla más. Pero ahora ya era demasiado tarde. Jamás tendría ocasión de decírselo; se había ido y no regresaría, no después del mal rato que le había hecho pasar.

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Tres semanas después

Pasó una semana y luego otra, y de repente tristemente habían pasado tres mientras, como podía, iba superando cada nuevo día después de la ruptura inmersa en una especie de burbuja. Por más que me cueste reconocerlo, la vida sin Nicholas estaba resultándome bastante más difícil de lo que había imaginado. Habíamos estado juntos casi cuatro meses; no era mucho tiempo en realidad, pero habían sido tan intensos y apasionados que me habían parecido más.

Lo que Nicholas me había hecho con la fusta tendría que haberme ayudado a abandonarlo, a alejarme de él sin mirar atrás. Sin embargo, su expresión torturada, casi aterrada, cuando lo dejé aún me perseguía a diario y me atormentaba por las noches hasta que despertaba empapada en sudor y ya no podía volver a conciliar el sueño.

La pasada noche, por supuesto, tampoco había pegado ojo. Otro intento frustrado, como venía siendo habitual. Dado que dedicaba más tiempo a esas fastidiosas pesadillas que a descansar, debí de dormir unas tres horas como mucho, en absoluto suficiente para una marmota como yo, más que nada porque desde la ruptura todas mis noches habían sido así y tres semanas privada de sueño me habían obsequiado con unas impactantes ojeras. Dicho esto, no era de extrañar que me encontrara agotada y saliera de mi minúsculo apartamento antes de lo normal para dirigirme al trabajo. Cualquier cosa era mejor que estar allí sentada sin hacer nada, únicamente pensando en el fracaso de mi relación con Nicholas Jackson. Una vez más.

Inspiré hondo mientras me disponía a salir y me obligué a echar de mi mente a Nicholas por un instante para centrarme en los aspectos positivos de mi vida. «Disfruto de buena salud, tengo una familia que me quiere y un trabajo fijo, así que debería dejar de quejarme. Además, ¿quién necesita una vida amorosa tan movidita?», me dije poniendo los ojos en blanco cuando ya salía de mi piso y cerraba la puerta con más ímpetu del necesario.

El portazo resonó por el pequeño rellano, e hice una mueca de espanto al pensar que probablemente acababa de despertar a mis tres vecinos de planta. Así pues, me esforcé por cerrar con cuidado la segunda puerta y por alejarme con sigilo. Aun así, me pregunté si no habría cerrado de golpe la primera como si, de manera inconsciente, hiciera lo propio con mis recuerdos de Nicholas. Suspiré con tristeza y negué con mi aturdida cabeza. Ojalá fuera tan fácil, encerrar mis recuerdos de ese modo, como el que tapa una caja. Ya me gustaría.

Lo cierto era que mis pensamientos y mi conducta habían sido tan erráticos desde que había roto con Nicholas que había dejado de intentar psicoanalizarme. Dudaba que ni siquiera una sesión de una semana con todo un equipo de expertos psicólogos sirviera para desenredar la maraña de problemas que en esos momentos ocupaban mi mente.

Crucé el descansillo casi de puntillas, bajé de mala gana la escalera y salí a la calle, donde hube de meter las manos en los bolsillos de mi raída cazadora de piel para protegerme del frío. Con todo, la mañana lucía limpia y clara. Hacía un día precioso, y casi sonreí para mis adentros al contemplar las escasas y vaporosas nubes en el radiante cielo azul. Por triste que pudiera parecer, no habían asomado a mis labios demasiadas sonrisas últimamente, otra cosa de la que culpar a Nicholas, me dije ceñuda. Al ver la calle tan animada, procuré erguirme y sentirme agradecida por mi posición en la vida, porque tenía la suerte de vivir en Camden Town, una de las zonas de Londres más cotizadas y de moda.

Si torcía a la derecha al salir de mi portal llegaba a la estación de metro de Chalk Farm en dos minutos, donde cogía el metro hasta la siguiente, la de Camden Town, y en menos de cinco estaba en la librería. Sin embargo, como aún me rondaban la cabeza los sueños turbulentos que había tenido sobre Nicholas esa madrugada, preferí distraerme de la mejor forma posible para mí: caminando un rato.

A cualquier hora del día o de la noche, Camden era un hervidero; siempre había alguien o algo nuevo que ver, y eso, con lo curiosa que soy, era perfecto para mí porque me encanta observar a la gente. De manera que daba ese paseo siempre que tenía tiempo… O si necesitaba una distracción, como aquel día.

Sabía que, desviándome apenas de la calle principal hacia las callejuelas y los patios perpendiculares, podía sumergirme en el bullicio efervescente del mercadillo de Camden y su multitud de puestos coloridos, que era precisamente a donde me dirigía esa mañana. Pese a mi estado de ánimo, había algo cautivador en el ambiente bohemio de la zona que parecía calarme hasta las venas y recargarme las pilas; una distracción perfecta para mí en aquel momento.

A los pocos minutos crucé la avenida, pasé por debajo de un puente ferroviario y enfilé una callejuela que me era familiar hasta The Stables, el primero de los célebres mercadillos que atraían a miles de turistas todos los años. Mientras rozaba apenas con los dedos el suave musgo del muro de piedra a mi izquierda me dejé invadir por las imágenes y los deliciosos aromas que emergían a mi alrededor:

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