Loading...

SU LADO OSCURO (LUZ Y SOMBRAS 1)

Alice Raine  

0


Fragmento

Prólogo

En qué demonios estaba pensando?

Era evidente que no pensaba en absoluto. De hecho, en toda su retorcida vida probablemente esa fuese la vez que más cerca había estado de que se le fuera la mano, que se le fuera de verdad.

Sin contar con aquella ocasión, hacía mucho, en que había estado a punto de perderlo todo, se lamentó Nicholas, al tiempo que por fin se levantaba del suelo y, contrariado, se apartaba el pelo oscuro de la sudorosa cara.

Miró con repugnancia de nuevo la cama vacía y trató de volver a ponerse la camisa, pero lo detuvo una extraña sensación en el pecho, como si una banda de acero le oprimiera el tórax, más y más, hasta los pulmones, privándolo de aire, dejándolo boqueando y contemplando desesperado la cama que tenía delante.

Los pañuelos de seda que hasta hacía unos minutos habían sujetado las muñecas de Rebecca mientras él se arrodillaba provocativo sobre ella colgaban ahora laxos a ambos lados del cabecero y, mientras paseaba absorto la mirada por las arrugadas sábanas blancas, detectó en ellas unas manchitas rojas que se extendían por el algodón en diversos sitios.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sangre.

Joder, nunca hasta ese momento había hecho sangrar a nadie. Cada vez más horrorizado, contó al menos diez manchitas provocadas por la fusta con la que había golpeado el bonito trasero de Rebecca. La preciosa y confiada Rebecca, cuyo único pecado había sido hacerle creer que podía estar enamorándose de ella.

Pero Nicholas no se enamoraba, no podía. Había aprendido la lección en el pasado, y ahora Rebecca se había ido. Para siempre, si tenía una pizca de sensatez.

Había perdido el control por completo, algo impropio de él. ¡Con una fusta! ¿Cómo coño podía haberle parecido buena idea? Los arraigados y oscuros recuerdos de su infancia le habían impedido utilizarla en su perversa vida sexual. Entonces ¿por qué la había usado ese día? Negó con la cabeza, asqueado, y soltó un gruñido; en el fondo, sabía perfectamente por qué había elegido la fusta, pero se negaba a escuchar la vocecilla interior que le decía que lo había hecho a propósito para hacer entender a Rebecca por qué tenía que marcharse.

De pronto, doblado sobre la cama, aferrado al colchón y falto de aire, sintió nauseas al caer en la cuenta de que, en realidad, no quería que ella se fuera. Solo había dudado de sus sentimientos por culpa de su maldito hermano. Dios, iba a vomitar…

Se tragó la bilis caliente que le subía por la garganta, echó la cabeza hacia atrás y clavó la mirada en el techo. Lo único que había pretendido era que Rebecca lo ayudara a librarse del dolor de su pasado, que lo abrazara y le asegurara que su forma de vida era correcta.

Pero no lo era; ella no lo había hecho y se había marchado.

Volvió a negar y, mientras se pasaba las manos bruscamente por el pelo resbaladizo de sudor, recordó la expresión de Rebecca al irse. Hecha un mar de lágrimas y furiosa, al parecer tanto con él y sus actos como consigo misma por creer que podría cambiarlo.

Cerró los ojos. Las aletas de la nariz se le dilataron al pensar de nuevo en el hermoso rostro de ella. Si Rebecca supiera lo mucho que lo había cambiado en los últimos meses, pensó mientras quitaba la sábana de la cama para no verla más. Pero ahora ya era demasiado tarde. Jamás tendría ocasión de decírselo; se había ido y no regresaría, no después del mal rato que le había hecho pasar.

1

Tres semanas después

Pasó una semana y luego otra, y de repente tristemente habían pasado tres mientras, como podía, iba superando cada nuevo día después de la ruptura inmersa en una especie de burbuja. Por más que me cueste reconocerlo, la vida sin Nicholas estaba resultándome bastante más difícil de lo que había imaginado. Habíamos estado juntos casi cuatro meses; no era mucho tiempo en realidad, pero habían sido tan intensos y apasionados que me habían parecido más.

Lo que Nicholas me había hecho con la fusta tendría que haberme ayudado a abandonarlo, a alejarme de él sin mirar atrás. Sin embargo, su expresión torturada, casi aterrada, cuando lo dejé aún me perseguía a diario y me atormentaba por las noches hasta que despertaba empapada en sudor y ya no podía volver a conciliar el sueño.

La pasada noche, por supuesto, tampoco había pegado ojo. Otro intento frustrado, como venía siendo habitual. Dado que dedicaba más tiempo a esas fastidiosas pesadillas que a descansar, debí de dormir unas tres horas como mucho, en absoluto suficiente para una marmota como yo, más que nada porque desde la ruptura todas mis noches habían sido así y tres semanas privada de sueño me habían obsequiado con unas impactantes ojeras. Dicho esto, no era de extrañar que me encontrara agotada y saliera de mi minúsculo apartamento antes de lo normal para dirigirme al trabajo. Cualquier cosa era mejor que estar allí sentada sin hacer nada, únicamente pensando en el fracaso de mi relación con Nicholas Jackson. Una vez más.

Inspiré hondo mientras me disponía a salir y me obligué a echar de mi mente a Nicholas por un instante para centrarme en los aspectos positivos de mi vida. «Disfruto de buena salud, tengo una familia que me quiere y un trabajo fijo, así que debería dejar de quejarme. Además, ¿quién necesita una vida amorosa tan movidita?», me dije poniendo los ojos en blanco cuando ya salía de mi piso y cerraba la puerta con más ímpetu del necesario.

El portazo resonó por el pequeño rellano, e hice una mueca de espanto al pensar que probablemente acababa de despertar a mis tres vecinos de planta. Así pues, me esforcé por cerrar con cuidado la segunda puerta y por alejarme con sigilo. Aun así, me pregunté si no habría cerrado de golpe la primera como si, de manera inconsciente, hiciera lo propio con mis recuerdos de Nicholas. Suspiré con tristeza y negué con mi aturdida cabeza. Ojalá fuera tan fácil, encerrar mis recuerdos de ese modo, como el que tapa una caja. Ya me gustaría.

Lo cierto era que mis pensamientos y mi conducta habían sido tan erráticos desde que había roto con Nicholas que había dejado de intentar psicoanalizarme. Dudaba que ni siquiera una sesión de una semana con todo un equipo de expertos psicólogos sirviera para desenredar la maraña de problemas que en esos momentos ocupaban mi mente.

Crucé el descansillo casi de puntillas, bajé de mala gana la escalera y salí a la calle, donde hube de meter las manos en los bolsillos de mi raída cazadora de piel para protegerme del frío. Con todo, la mañana lucía limpia y clara. Hacía un día precioso, y casi sonreí para mis adentros al contemplar las escasas y vaporosas nubes en el radiante cielo azul. Por triste que pudiera parecer, no habían asomado a mis labios demasiadas sonrisas últimamente, otra cosa de la que culpar a Nicholas, me dije ceñuda. Al ver la calle tan animada, procuré erguirme y sentirme agradecida por mi posición en la vida, porque tenía la suerte de vivir en Camden Town, una de las zonas de Londres más cotizadas y de moda.

Si torcía a la derecha al salir de mi portal llegaba a la estación de metro de Chalk Farm en dos minutos, donde cogía el metro hasta la siguiente, la de Camden Town, y en menos de cinco estaba en la librería. Sin embargo, como aún me rondaban la cabeza los sueños turbulentos que había tenido sobre Nicholas esa madrugada, preferí distraerme de la mejor forma posible para mí: caminando un rato.

A cualquier hora del día o de la noche, Camden era un hervidero; siempre había alguien o algo nuevo que ver, y eso, con lo curiosa que soy, era perfecto para mí porque me encanta observar a la gente. De manera que daba ese paseo siempre que tenía tiempo… O si necesitaba una distracción, como aquel día.

Sabía que, desviándome apenas de la calle principal hacia las callejuelas y los patios perpendiculares, podía sumergirme en el bullicio efervescente del mercadillo de Camden y su multitud de puestos coloridos, que era precisamente a donde me dirigía esa mañana. Pese a mi estado de ánimo, había algo cautivador en el ambiente bohemio de la zona que parecía calarme hasta las venas y recargarme las pilas; una distracción perfecta para mí en aquel momento.

A los pocos minutos crucé la avenida, pasé por debajo de un puente ferroviario y enfilé una callejuela que me era familiar hasta The Stables, el primero de los célebres mercadillos que atraían a miles de turistas todos los años. Mientras rozaba apenas con los dedos el suave musgo del muro de piedra a mi izquierda me dejé invadir por las imágenes y los deliciosos aromas que emergían a mi alrededor: el olor a beicon y café recién hecho tentaban mi olfato, y los puestos repletos de bisutería, camisetas y cuadros atrajeron mi mirada curiosa. Tras unos instantes, incluso tuve la sensación de que los músculos de mi rostro se resentían con lo que era la primera sonrisa auténtica desde hacía semanas. Pese a la soledad de la gran urbe que experimentaba inevitablemente de vez en cuando como londinense, Camden tenía el poder de hacer que sintiera que formaba parte de la enorme metrópolis.

Atajé por debajo de una arcada de ladrillo y subí un pequeño tramo de escalera hasta un puente que se alzaba sobre las vías del tren, pero, cuando estaba a punto de descender al otro lado, un sonido me detuvo en seco. El hombre que iba detrás de mí me hizo a un lado bruscamente con algo que me pareció la punta de un paraguas, aunque iba tan distraída que lo cierto es que no me fijé. Masculló una maldición al tiempo que me obligaba sin miramientos a apartarme para que él y un batallón de otros tipos trajeados pudieran bajar los escalones rumbo a sus importantísimos destinos.

Durante unos instantes fui incapaz de moverme. Me quedé petrificada tratando de identificar el sonido que había hecho que me detuviera. Forcé tanto el oído que la sangre empezó a resonarme en los tímpanos y, justo cuando empezaba a pensar que lo había imaginado, el juguetón sonido regresó para robarme hasta la última molécula de aire de los pulmones.

Música de piano.

Alguien tocaba el piano cerca de allí. Parecía una locura dado que estaba plantada en un puente en medio de un mercadillo al aire libre, pero no había posibilidad de error: eran notas musicales lo que oía. Tuve la sensación de que se me erizaba todo el vello del cuerpo mientras, allí pasmada, me frotaba inútilmente los brazos para aliviar el cosquilleo que me recorría la piel. Se desvanecieron de inmediato los bulliciosos puestos del mercadillo y, en su lugar, imaginé a Nicholas sentado con delicada elegancia a su impresionante piano de cola con una expresión de concentración en su rostro, tremendamente hermoso, al tiempo que paseaba con destreza los dedos por las teclas, produciendo la música más bonita que hubiera oído en mi vida.

Aquel sonido me conmovía tanto porque había sido la exquisita forma de tocar el piano de Nicholas lo que nos había unido. No soy una gran pianista, ni mucho menos, pero me encanta la música y, hacía tres años, había asistido a un concierto de un terceto de jazz compuesto por Nicholas Jackson, Anthony Gurage e Isla Burren.

El recital fue fabuloso, realmente buenísimo. En cuanto a los músicos, el trío era de lo más talentoso que había tenido el placer de escuchar. Como de costumbre, después del concierto escribí una reseña en internet en que manifesté mi admiración por sus aptitudes y expresé mi absoluta convicción de que poseían el potencial necesario para convertirse en una de las mejores bandas de jazz que hubiera visto nuestro país en varias décadas.

No sé cómo ni por qué, un importante productor musical llamado Greggor Marks se topó con mi reseña y, guiado por su buen olfato, localizó a los tres músicos. Por entonces eran prácticamente desconocidos, tocaban en pequeñas salas y en iglesias. Sin embargo, por uno de esos extraños caprichos del destino Marks los contrató enseguida, por mi reseña, aunque también, claro está, por la breve actuación privada que le ofrecieron.

La situación dio un giro inesperado, y Anthony, Isla y Nicholas se convirtieron en estrellas casi de la noche a la mañana, tocaron con formaciones y orquestas de jazz de todo el mundo e incluso participaron en varias grandes producciones de Broadway como asesores musicales. Y eso fue lo que pasó.

Todo gracias a moi.

Bueno, en concreto gracias a mi costumbre de escribir en blogs. Soy una lectora voraz y una aspirante a novelista, y mi obsesión por explicar en internet todo lo que hacía era lo más cerca que había estado nunca de «publicar», indicativo desde luego de la cantidad de tiempo libre que tenía. ¿Vida social? ¡Ja! Apenas. «Y ahora ni siquiera tengo novio», me dije con amargura.

Incluso después de hacer famoso al trío accidentalmente a través de mi blog, no había tenido ocasión de conocer en persona a Anthony, Isla o Nicholas. Los había visto de lejos en aquel concierto de hacía tres años, claro, y había hablado por teléfono con Isla una vez, pero su recién adquirida fama los había endiosado tanto que dar las gracias a la chica que había escrito aquella estupenda reseña sobre ellos probablemente no estaba entre sus prioridades.

Aturdida, me hice a un lado de la escalera, me agarré a la barandilla porque de pronto me temblaban las piernas y dejé vía libre a otros peatones. Incapaz de creer lo mucho que me había afectado el simple sonido de un piano, sacudí la cabeza para ver si conseguía despejar la nebulosa que había envuelto mi mente, ya agotada. No podía creer que la situación hubiera llegado a ese punto, mejor dicho, que yo hubiera llegado a ese punto, que me hubiera convertido en una patética sombra temblorosa de mi antiguo yo, que se ponía en ridículo sufriendo una especie de crisis nerviosa en lo alto de un puente en medio de un bullicioso mercadillo. Madre mía, qué vergüenza.

Inspiré profundamente, me aparté de la cara unos mechones de mi rebelde melena rubia y deseé no haber estado jamás en aquel estúpido concierto ni haber escrito la condenada reseña. En resumen: ojalá no hubiera conocido a Nicholas Jackson. Dicen que más vale haber amado y perdido que no haber amado nunca. Menuda estupidez, en mi opinión; además, en mi caso era del todo falso. No es que yo estuviera enamorada de Nicholas de verdad, me dije frunciendo el ceño. ¿O sí? No lo creía, pero suponía que la fogosidad de nuestros últimos momentos juntos podía haber condicionado la opinión que tenía de él.

Por más que agucé el oído no logré volver a oír aquella melodía al piano. Ceñuda, negué con la cabeza. Quizá mi mente retorcida la había imaginado para tentarme aún más con Nicholas. Aun sin la música, me sentía algo reacia a abandonar el puente, así que subí de nuevo los tres peldaños que había bajado hasta una pequeña cafetería que había arriba y me compré un capuccino para llevar. Tal vez una dosis de cafeína volviera a activar mi cerebro.

Regresé al lugar elevado sobre las vías del tren desde el que veía el mercadillo y estuve observando a los comerciantes que montaban los puestos y charlaban amigablemente unos con otros.

Al dar el primer sorbo al café casi me achicharré las papilas gustativas e hice una mueca de dolor que me deformó la cara entera. Por poco no me lo escupo todo encima y rocío de paso los puestos del mercadillo que tenía debajo. Genial… ¡la lengua abrasada! Otra cosa con la que alegrarme el día.

Retiré la tapa al vaso de café para que se enfriara y me entretuve un rato observando a la gente mientras pensaba en lo mucho que había cambiado mi mundo durante los últimos doce meses. Casi no tenía vida social y, si no contaba mi perverso rollo con Nicholas, mi vida amorosa era, lamentablemente, nula. Aun así, gracias a que había heredado de mi abuelo un buen pellizco, era la dueña de la librería en la que había trabajado durante los últimos siete años.

El señor Garland, el antiguo propietario, había accedido encantado a vendérmela en cuanto se lo propuse y ahora disfrutaba de su merecida jubilación en algún lugar de la soleada costa del sur de España, sin duda con una copa de un buen vino en una mano y una señorita en la otra.

El negocio iba bien, me tenía ocupada, a pesar de que eso significaba dedicar menos tiempo a mis blogs. Me parecía curioso, la verdad, que lo que me había llevado hasta Nicholas se esfumara de mi vida casi al mismo tiempo que él. Aunque, en teoría, había sido yo quien lo había dejado, me recordé tragando saliva con dificultad mientras volvía los ojos, llorosos ahora, hacia el primer autobús de turistas madrugadores que empezaban a pulular bajo mis pies.

Paradójicamente, a la vez que me apoyaba en la fría barandilla metálica para obligarme a relajar el cuerpo, tensa como estaba, dejé que mi mente se retrotrajera a tiempos mejores, a recuerdos que, si bien solo me producían dolor, no lograba quitarme de la cabeza. Eran recuerdos de Nicholas antes de que conociera su lado oscuro, antes de que me enamorara hasta la médula de ese hombre tan poco adecuado para mí que me había dejado el corazón, el ser y el alma hechos pedazos.

Se me escapó un suspiro tembloroso al rememorar los sucesos que me habían conducido hasta mi primer encuentro con Nicholas Jackson, mi ex novio en la actualidad, un hombre dominante y apasionado, y la única persona de la que había pensado en alguna ocasión que podría enamorarme de verdad.

Varios meses atrás había recibido una llamada inesperada de Greggor Marks, el productor musical con el que Nicholas, Isla y Anthony habían firmado hacía ya años, para decirme que el trío tenía entonces menos compromisos, que iban a dar varios conciertos en el Palladium de Londres y que si quería conocerlos. Me había emocionado que Greggor se acordara de mí y enseguida me pregunté si deseaba conocerlos… ¡Maldita sea, sí! Si ese día hubiera estado enferma, si no hubiera respondido a su llamada o quizá hubiera declinado su invitación ahora no estaría haciendo un ridículo espantoso en pleno mercadillo de Camden con el corazón partido. Pero su proposición me había hecho tanta ilusión que, por supuesto, la había aceptado de inmediato.

Cogí el metro y me bajé en Euston, donde hice transbordo a la línea de Victoria; tras unas pocas paradas estaría en Oxford Circus. Iba agarrada a la barra del vagón, pero estaba tan inquieta que no dejaba de moverme mientras el tren avanzaba por los túneles rumbo a su destino. Al tiempo que me alisaba tímidamente la chaqueta observé a mis compañeros de viaje y me alegró que mi elegante atuendo —tacones altos, pantalones negros de vestir y blusón de seda— no llamara la atención entre la variedad de indumentarias de los que me rodeaban. Londres en todo su esplendor impersonal: podías ponerte lo que quisieras, que la gente siempre miraba para otro lado y te ignoraba como si no estuvieses presente. Incluso había frente a mí un tío que iba con pantaloncitos cortos y calentadores de color púrpura y nadie le prestaba la menor atención. ¡Aaah, qué maravilla vivir en una gran ciudad!

Al salir de la estación me abrí paso entre la multitud de viajeros y compradores de última hora que ocupaban las aceras de Oxford Street, resbaladizas por la lluvia, y enfilé una calle lateral hacia la entrada principal del London Palladium. Aquel tramo se había convertido en zona de espera, repleta de personas vestidas para la ocasión como yo que, mientras aguardaban, hablaban emocionadas de la actuación que estaban a punto de presenciar, así que me acerqué discretamente a ellas y empecé a juguetear con el móvil para matar el tiempo.

Dos horas más tarde, tras lo que posiblemente fuera la mejor sesión de jazz en directo a la que había asistido jamás, me encontré de pronto esperando a que me escoltaran hasta los camerinos. Si ya estaba sofocada por el calor del propio teatro, más colorada me puse aún a causa del nerviosismo; en un par de minutos podría conocer al trío al que, sin proponérmelo, había hecho famoso con la reseña que escribí en mi blog: Anthony Gurage, Isla Burren y Nicholas Jackson.

La actuación de esa noche era la presentación de un nuevo musical llamado Keys, inspirado en la evolución de la interpretación del jazz al piano a lo largo de los años. Nicholas había accedido a tocar en la première, cuya recaudación se destinaría a fines benéficos, antes de que otro pianista talentoso llevara de gira el espectáculo con la orquesta por todo el país. Por lo visto estaba demasiado solicitado para comprometerse a hacer una gira completa. De haber sido engreída, me habría atribuido también el mérito de eso, pero, por suerte, tenía el ego bien controlado, de modo que me limité a acariciar mentalmente la idea con una leve sonrisa de indulgencia.

Como estaba previsto, Greggor Marks vino a buscarme a mi butaca en cuanto terminó la actuación. Era la viva imagen del productor superexitoso que me había imaginado: traje elegante, pelo inmaculado y cierto aire de precipitación e impaciencia en todo lo que hacía. Incluso sus andares eran, de algún modo, acelerados, y enseguida me esforcé por darle alcance con mis tacones de vértigo. Parecía un tornado hecho persona, y me disparó aún más los nervios, ya de por sí alterados.

Me condujo a toda velocidad por un laberinto de pasillos hasta los camerinos, pero iba tan concentrada en seguirlo sin tropezar que apenas presté atención a mi alrededor. Mientras me pegaba a sus talones un estridente y molesto timbrazo surgió de su chaqueta e hizo que se llevara la mano al bolsillo con un gruñido de impaciencia. Al llegar a la puerta de uno de los camerinos se excusó señalándose el móvil con un gesto de disculpa y, agitando nervioso la mano, me indicó que pasara.

Genial, ¡tenía que entrar sola! Tragué saliva sin disimulo, me humedecí los labios, me recogí detrás de la oreja unos cuantos mechones sueltos de la melena y procuré recuperar el aplomo. La seguridad en mí misma solía ser uno de mis puntos fuertes, pero esa vez era distinto: aquellos tipos eran famosos de verdad, e iba a conocerlos. Solté todo el aire de los pulmones para calmarme, abrí la puerta…

Y allí estaban.

Bueno, no todos, pero Anthony Gurage e Isla Burren se encontraban a unos tres metros de mí, y al parecer estaban manteniendo una conversación seria y un tanto acalorada. No veía a Nicholas Jackson por ninguna parte, aunque podía deberse a que el camerino era tan grande que continuaba más allá del ángulo del fondo.

Plantada en el umbral de la puerta, hecha un manojo de nervios, me recogí de nuevo algunos mechones rebeldes detrás de la oreja. Vi que Isla miraba con el ceño fruncido a Anthony y que se volvía de pronto hacia mí con una amplia sonrisa. Madre mía, deseé sentirme la mitad de segura de mí misma de lo que ella parecía estar. Isla, que tenía treinta y cinco años —diez más que yo—, era una de las saxofonistas con más talento del mundo. De cerca, por si fuera poco, era mucho más guapa que en las fotos promocionales; de hecho, con su pelo corto cobrizo, sus pómulos prominentes y sus luminosos ojos verdes parecía un hada; en verdad era despampanante.

—Rebecca, ¡qué alegría conocerte por fin! Tendríamos que haber quedado contigo hace tiempo para darte las gracias —dijo Isla ruborizándose.

Anthony, trompetista y seis años mayor que ella, se acercó a estrecharme la mano también. Era alto y ancho de espaldas, tenía una buena mata de pelo rubio alborotado y unos ojos oscuros de mirada cálida. Me resultaba curioso saber tanto de aquellas personas a las que hasta entonces no conocía y que mi reseña hubiera sido, pese a todo, tan exhaustiva. Es increíble lo que puede averiguarse en internet hoy en día.

—Sí, ha sido un fallo por nuestra parte dejar que pasara tanto tiempo. Lamentablemente, Isla acaba de recibir una llamada acerca de un asunto que exige su atención inmediata, así que me temo que tenemos que marcharnos.

¿Ya? Enarqué las cejas sorprendida y sentí una punzada de decepción en el estómago. ¡Si acababa de llegar! De eso debía de tratar la charla seria. Casualmente sabía además que Isla y Anthony estaban saliendo, y di por supuesto que si ella tenía que irse, él también lo haría.

—Ah, no hay problema. Espero que no sea nada grave —murmuré sin mucho entusiasmo.

Al menos la actuación me había salido gratis. Aunque, bien mirado, había metido un fajo de billetes en la hucha de las limosnas, probablemente más de lo que costaba la entrada. Claro que no se puede asistir a un concierto benéfico y no donar nada, ¿no?

Isla y Anthony ya se encaminaban hacia la puerta, y yo seguía allí clavada sin saber muy bien qué hacer. Nicholas no parecía hallarse en el camerino, y como estaba segura de que me perdería en el laberinto de pasillos si intentaba recorrerlos sola decidí que lo más prudente era seguir a Isla y Anthony.

—¡Nicholas, tenemos que irnos! —gritó Isla en dirección a un camerino en apariencia vacío, haciéndome fruncir el ceño—. Buen trabajo el de esta noche. La señorita Langley está aquí esperando para conocerte —concluyó, y se volvió hacia mí—. Siento que tengamos que irnos tan precipitadamente. Pero te quedas en las hábiles manos de Nicholas.

Me sonrió casi apenada mientras salía a toda prisa con Anthony y me dejaba visiblemente incómoda en aquella estancia grande y desconocida.

A juzgar por los comentarios de Isla, Nicholas debía de andar por allí, en alguna parte. Lo de las «hábiles manos» me hizo pensar en su interpretación al piano esa noche. Contuve un momento la respiración y hasta me sonrojé. ¡Uau!, había sido asombrosa. No estaba lo bastante cerca para ver bien el escenario, pero sus dedos fluían sobre el teclado con tal destreza que parecía que el instrumento fuera una prolongación de su cuerpo. Había sido una auténtica maravilla verlo y escucharlo, y me había mantenido en trance durante toda la actuación. De hecho, Nicholas me había fascinado de tal modo que no creía haber dedicado a los otros músicos más que algún vistazo.

—¿Hola? —grité nerviosa. Luego, tras varios segundos de absoluto silencio, avancé con cautela y me asomé por la esquina a un pequeño cubículo iluminado, con sillas y espejos de maquillaje. También vi a Nicholas Jackson.

Estaba de espaldas, inclinado sobre la encimera, haciendo algo con un cubito rojo. Obviamente no tenía prisa por devolverme el saludo, que sin duda había oído. Lo estaba ignorando, nada más. Ignorándome. Qué encanto.

Lo cierto es que Nicholas era al que más me inquietaba conocer. Isla y Anthony tenían fama de ser cordiales y sociables, y contaba con que ellos llevaran la conversación, porque Nicholas Jackson, aun siendo relativamente joven —tenía entonces veintinueve años—, resultaba brusco, intimidatorio y, a diferencia de Isla y Anthony, no especialmente sociable, en el mejor de los casos.

Tuve tiempo de observarlo mientras estaba entretenido. Era alto. Más alto de lo que esperaba, y de espaldas muy anchas. Ver reflejado su estupendo físico en el espejo me dejó sin respiración unos segundos. El aire se me quedó, literalmente, atrapado en los pulmones, y de ahí no salía. Solo con echar un vistazo a su perfil ya pude comprobar que, desde luego, las fotos promocionales tampoco le hacían justicia. Ni mucho menos.

Todavía llevaba los pantalones negros de vestir, la camisa blanca y el chaleco; el frac y la pajarita estaban sobre el respaldo de una silla junto a él. Mmm, el torso que se adivinaba bajo la camisa estaba bastante bien, sin duda mejor de lo que esperaba de un pianista sedentario. Se veía ágil y atlético, con el chaleco ajustado a los músculos al parecer tensos de su vientre. Pero, cuando me disponía a darle otro repaso con la mirada, lo vi reflejado en el espejo de nuevo y supe que me estaba mirando.

Ay, Dios, me observaba como yo a él. Qué vergüenza. No hay tacos suficientes para expresar el bochorno que sentí en ese preciso momento. Se me aceleró el corazón y se me abrasó la piel al verme sorprendida mientras lo contemplaba, y no pude más que confiar en que mi descarado deleite con su cuerpo no se reflejara en la expresión de mi cara. Claro que seguramente sí. Genial.

—¡Hola! —chillé, forzando una sonrisa poco convincente en mi rostro incandescente al tiempo que me alisaba el pelo con mano temblorosa.

—Señorita Langley, por fin nos conocemos —dijo él con sequedad, arqueando apenas una de sus oscuras cejas—. Deme un segundo para que termine con esto.

Al mirarlo vi que se estaba aplicando crema hidratante en sus largos dedos; eso me ayudó a olvidar mis nervios.

—¿Se pone crema en las manos? —espeté sin pensar, sorprendida de que un hombre tan rudo en apariencia como Nicholas Jackson se molestara en hacer algo tan, tan… bueno, tan femenino.

Por fin se volvió y me miró, aún masajeándose las manos con la crema, despacio, suavemente y, la verdad, de forma perturbadora. No tenía ni idea de por qué ver a Nicholas haciendo aquello me hacía sentir tanto vértigo, pero así era; debía de tener fiebre ya, la sangre me corría a toda velocidad por las venas y estaba casi segura de que me temblaban las manos. Alargué el brazo y me apoyé en la pared, confiando en que ese gesto resultara natural y desenfadado y no revelara la flojera de piernas que sentía de pronto.

Mientras seguía mirándole las manos me recorrió un leve escalofrío al pensar en que pudiera hacerme eso a mí. ¿Cómo me sentiría si esos dedos se pasearan por mi piel con provocadores movimientos circulares y largas y sensuales caricias? Probablemente de maravilla. Vagaban así mis pensamientos cuando, sin quererlo, me descubrí tragando saliva de forma escandalosa, y volví a la realidad sobresaltada. Más valía que me contuviera; tenía veinticinco años, ya no era una adolescente con las hormonas alocadas.

Volvió a hablar, interrumpiendo mi ensoñación.

—Lo cierto es que no. —Asomó a sus labios una sonrisa en apariencia burlona—. Es una fórmula magistral que contiene bálsamo de tigre. Después de tocar tanto rato como esta noche, los dedos se me quedan rígidos y con esto se me relajan. Me los calienta, y el cosquilleo que me produce reduce el dolor —me explicó en voz baja, dejando por fin las manos sueltas junto a los costados y dedicándome toda su atención.

A diferencia de Isla y Anthony, que parecían rezumar una tranquilidad natural, Nicholas irradiaba una visible tensión. Todo su cuerpo parecía enroscado como un muelle y su postura emanaba autoridad como jamás la había visto en otra persona. Por alguna extraña razón, el mío parecía querer aproximarse a él, y me obligaba a pegarme a la pared con más fuerza aún y mayor empeño en disimularla. Ahora que ya no contaba con el atractivo hipnótico de sus manos, por fin alcé la mirada hacia su rostro. Por suerte, ya sabía qué aspecto tenía Nicholas y me había preparado para ese momento, porque, aparte de ser un pianista increíble, era un hombre muy guapo.

Arrebatadora, desgarradora y turbadoramente guapo.

Fue casi como si me hipnotizara; tan intensa era su mirada que no pude apartar los ojos de él, el corazón se me aceleró en el pecho y de pronto me vi pestañeando rápidamente, casi al ritmo de sus latidos. Era consciente de estar mirándolo fijamente, pero no podía dejar de hacerlo. El pelo oscuro, corto por detrás y algo más largo por arriba, le caía alborotado como si acabara de pasarse las manos por él. Sus rasgos eran clásicos: mandíbula recia, pómulos bien definidos y unos devastadores ojos azules, intensos, que penetraban los míos. Al menos no era yo la única que miraba con descaro, supongo.

Azorada como estaba, volví a tragar saliva con fuerza y, con un nudo de aprensión en la garganta, caí en la cuenta de que probablemente me habría oído. Maldición, pese a toda mi preparación y mi propósito de mantener la calma y ser profesional, seguía encontrando a Nicholas tan intimidante como todos los periódicos aseguraban.

—Su interpretación de esta noche ha sido soberbia, señor Jackson, hermosísima —observé, tratando de romper el incómodo silencio que se había producido entre nosotros y, aunque pretendía sonar distante, lo dije algo más alto de lo normal, sin duda traicionada por los nervios.

—Gracias —contestó con una breve inclinación de la cabeza.

—Me ha puesto la piel de gallina —añadí con una sonrisa que evocaba el recuerdo, y al instante hice una mueca al caer en la cuenta de la estupidez que acababa de decir.

«Piensa antes de hablar», me recordé irritada. Nicholas no respondió a mi comentario; apenas se limitó a entornar los ojos y a ladear la cabeza para observarme como si fuera una curiosidad recién descubierta.

—¿Toca usted algún instrumento, Rebecca? —me preguntó en un tono dulce y suave que me tensó el estómago, pero, en lugar de deleitarme con su voz y gozar de la peculiar reacción que estaba produciendo en mí, me centré en el hecho de que recordara mi nombre de pila, algo que encontré sorprendente.

—Toco el piano… muy mal. —Puse los ojos en blanco. Lo que yo hacía torpemente con mi teclado en casa no podía compararse en absoluto con las virguerías que Nicholas ejecutaba en su piano de cola—. Y llámame Becky, como todo el mundo.

—¿Te gustaría ver el piano de aquí, Becky? Es un Steinway, uno de los mejores del mundo —murmuró, de nuevo con esa voz suave y seductora, y asentí vivamente porque no quería otra cosa que escapar de aquel cubículo aislado y de la extraña tensión que Nicholas parecía emanar y que se aferraba a mi piel.

—Sígueme —me ordenó sin esperar a ver si iba tras él, y menos mal porque los primeros pasos que di fueron vergonzosamente tambaleantes.

Nicholas caminaba muy deprisa, casi flotaba con su natural elegancia; era evidente que conocía bien el laberinto de pequeños pasillos de la zona de camerinos del Palladium. Un par de minutos después, cuando yo ya jadeaba intentando darle alcance, me vi pasando detrás de él por un enorme y grueso telón de terciopelo rojo y saliendo al escenario. ¡Uau…! Me detuve en seco e inspiré entrecortadamente mientras procuraba asimilar la escena que tenía ante mí: el teatro desde allí arriba parecía gigantesco y aterrador, con las luces generales casi apagadas y el auditorio bañado en sombras. ¿Cómo tocaba nadie allí sin que los nervios lo paralizaran?

—Impresionante, ¿no? —susurró él, pegado a mí. Al mirarlo vi que sus ojos oscuros me contemplaban a mí, no la vista.

La muda intensidad de la mirada de Nicholas me produjo un inesperado vuelco en el estómago y, con el cast ...