Loading...

SU ROSTRO EN EL TIEMPO

Alejandro Parisi  

0


Fragmento

Castellamare del Golfo ocupaba una pequeña porción de tierra entre las montañas y el mar; apiñadas unas encima de otras alrededor de la orilla, las casas formaban un mosaico de blancos y ocres deslucidos. Sobre el promontorio que dominaba el golfo se alzaba un antiguo castillo, construido por los musulmanes en los tiempos en que se apropiaron de la costa, del pueblo y de la isla entera, una isla que a lo largo de veinticinco siglos también había sido invadida por griegos, cartagineses, romanos, normandos, franceses, españoles, saboyanos… Las ruinas de sus imperios ahora yacían desparramadas al sol, olvidadas en esa isla abandonada a su propio olvido.

Entre el castillo y el puerto de Castellamare se extendía una almadraba donde los pescadores faenaban sus botines al sol: en el suelo, los peces brillaban con una agonía de espejos inquietos. Seducidos por aquellos reflejos y por los altos muros del castillo, los marineros que navegaban por primera vez frente a esas costas imaginaban que Castellamare debía guardar enormes riquezas. Sin embargo, al desembarcar sólo encontraban un pueblo de pescadores y campesinos pobres.

En Castellamare todos vivían de cara al mar; para ellos el Mediterráneo era un paño calmo y generoso que hacia el horizonte se fundía con otro paño, aún más sereno, de un azul infranqueable. Por entonces en el pueblo nadie imaginaba que podían descender tantos paracaidistas de ese cielo alto, limpio y resplandeciente.

Junto a la ladera de la montaña, en los márgenes del pueblo, había un pozo de agua y por la mañana las mujeres se reunían en torno a él cargando cubos, botellones y todo tipo de recipientes. Se saludaban a los gritos, rodeadas por enjambres de niños que corrían alrededor de sus piernas. Vestidas de negro, guardaban luto por sus muertos, rezaban por el sufrimiento de los vivos y contemplaban el mar que surgía más abajo, hacia el final de la calle.

Las tardes de verano transcurrían silenciosas en Castellamare, y sólo se oía el sonido de las hojas que se mecían con el viento. El veintiuno de agosto de 1923, día de la Santísima Madonna del Socorro, el calor era agobiante. Por la mañana todos habían caminado en procesión detrás de la estatua de la Madonna desde la orilla del mar hasta la iglesia. Ahora estaban durmiendo bajo los árboles o dentro de las casas: a esa hora en que el sol cegaba la vista, sólo algunos pocos se atrevían a salir y los pájaros permanecían refugiados en la copa de los árboles.

Junto al pozo, sentadas a la sombra de una higuera, tres ancianas guardaban silencio; tenían los ojos cerrados para que no les entrara el polvo y sus ropas vibraban, i

Recibe antes que nadie historias como ésta