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SUITE FRANCESA

Irène Némirovsky  

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Fragmento

Prólogo

En 1929, Bernard Grasset recibió por correo un manuscrito titulado David Golder. Entusiasmado tras su lectura, de inmediato decidió publicarlo, pero el autor, tal vez temiendo un fracaso, no había incluido ni su nombre ni su dirección, tan sólo un apartado de correos. Así pues, Grasset publicó un breve anuncio en los periódicos invitando al misterioso escritor a que se diera a conocer.

Cuando pocos días después Irène Némirovsky se presentó ante él, al editor le costó creer que aquella joven de aspecto alegre y llano que residía en Francia desde hacía sólo diez años fuese la autora de aquel libro brillante, cruel, audaz y que, sobre todo, traslucía un perfecto dominio narrativo. Era la clase de obra que un escritor logra en su madurez. Admirándola ya, pero aún dudoso, la interrogó largo rato para asegurarse de que no se trataba del testaferro de un escritor que deseaba permanecer en la sombra.

Cuando se publicó, la novela David Golder fue unánimemente aplaudida por la crítica, hasta el punto de que Irène Némirovsky se convirtió en una celebridad, adulada por escritores tan dispares como Joseph Kessel, que era judío, y Robert Brasillach, monárquico de extrema derecha y antisemita. Este último alabó la pureza de la prosa de aquella recién llegada a las letras francesas. Aunque nacida en Kiev, Irène Némirovsky había aprendido francés con su aya desde la más tierna infancia. Hablaba asimismo con fluidez ruso, polaco, inglés, vasco y finlandés, y entendía el yidis, cuyas huellas es posible rastrear en Los perros y los lobos, escrita en 1940. No obstante, no permitió que su triunfal debut literario se le subiera a la cabeza. Incluso le sorprendió que se dispensara tanta atención a David Golder, que calificaba sin falsa modestia de «novelita». El 22 de enero de 1930 escribió a una amiga: «¿Cómo se le ocurre suponer que pueda olvidarme de mis viejas amigas a causa de un libro del que se hablará durante quince días y que será olvidado con la misma rapidez, como se olvida todo en París?»

Irène Némirovsky nació el 11 de febrero de 1903 en Kiev, en lo que en la actualidad se conoce como yiddishland. Su padre, Léon Némirovsky (de nombre hebreo Arieh), originario de una familia procedente de la ciudad ucraniana de Nemirov, uno de los centros del movimiento hasídico en el siglo XVIII, había tenido el infortunio de nacer en 1868 en Elisabethgrado, donde en 1881 iba a desencadenarse la gran oleada de pogroms contra los judíos de Rusia, que se prolongó varios años. Léon Némirovsky, cuya familia había prosperado en el comercio de granos, viajó mucho antes de hacer fortuna en las finanzas y convertirse en uno de los banqueros más ricos de Rusia. En su tarjeta de visita se podía leer: «Léon Némirovsky, presidente del Consejo del Banco de Comercio de Voronej, administrador del Banco de la Unión de Moscú, miembro del Consejo de la Banca Privada de Comercio de Petrogrado.» Había adquirido una vasta mansión en la parte alta de la ciudad, en una apacible calle bordeada de jardines y tilos.

Irène, confiada a los buenos cuidados de su aya, recibió las enseñanzas de excelentes preceptores. Como sus padres sentían escaso interés por su hogar, fue una niña extremadamente desdichada y solitaria. Su padre, a quien adoraba y admiraba, pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus negocios, de viaje o jugándose fortunas en el casino. Su madre, que se hacía llamar Fanny (de nombre hebreo Faïga), la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió el nacimiento de su hija como una primera señal del declive de su feminidad, y la abandonó a los cuidados de su nodriza. Fanny Némirovsky (Odessa, 1887-París, 1989) experimentaba una especie de aversión hacia su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y el resto del tiempo fuera de casa, en busca de aventuras extraconyugales. Muy envanecida de su belleza, veía con horror cómo sus rasgos se marchitaban y la convertían en una mujer que pronto tendría que recurrir a gigolós. No obstante, para demostrarse que todavía era joven se negó a ver en Irène, ya adolescente, otra cosa que una niña, y durante mucho tiempo la obligó a vestirse y peinarse como una pequeña colegiala.

Irène, abandonada a su suerte durante las vacaciones de su aya, se refugió en la lectura, empezó a escribir y resistió la desesperación desarrollando a su vez un odio feroz contra su madre. Esta violencia, las relaciones contra natura entre madre e hija, ocupa un lugar capital en su obra. Así, en El vino de la soledad se lee: «En su corazón alimentaba un extraño odio hacia su madre que parecía crecer con ella...» «Jamás decía “mamá” articulando claramente las dos sílabas, que pasaban con dificultad entre sus labios apretados; pronunciaba “má”, una especie de gruñido apresurado que arrancaba de su corazón con esfuerzo y con un sordo y melancólico dolorcillo.» Y también: «El rostro de su madre, crispado de furor, se aproximó al suyo; vio centellear los aborrecidos ojos, dilatados por la cólera y el recelo...» «“La venganza es mía”, dijo el Señor. ¡Ah, pues qué se le va a hacer, no soy una santa, no puedo perdonárselo! ¡Aguarda, aguarda un poco y verás! ¡Te haré llorar como tú me hiciste llorar a mí!... ¡Espera y verás, mujer!»

Dicha venganza se vio cumplida con la publicación de El baile, Jezabel y El vino de la soledad.

Sus obras más fuertes se ambientan en el mundo judío y ruso. En Los perros y los lobos retrata a los burgueses del primer gremio de los mercaderes, que tenían derecho a residir en Kiev, ciudad en principio prohibida a los judíos por orden de Nicolás I.

Irène Némirovsky no renegaba de la cultura judía de Europa Oriental, en cuyo seno habían vivido sus abuelos (Yacov Margulis y Bella Chtchedrovitch) y sus padres, aun cuando se hubieran apartado de ella una vez labrada su fortuna. No obstante, a sus ojos, el manejo del dinero y la acumulación de bienes que éste conlleva estaban mancillados de oprobio, aunque su vida de soltera y de adulta fue la de una gran burguesa.

Al describir la ascensión social de los judíos, hace suyos toda clase de prejuicios antisemitas y les atribuye los estereotipos en boga por entonces. De su pluma surgen retratos de judíos perfilados en los términos más crueles y peyorativos, a los que contempla con una especie de horror fascinado, si bien reconoce que comparte con ellos un destino común. A este respecto, los trágicos acontecimientos venideros acabarían dándole la razón.

¡Qué sentimiento de odio hacia sí misma se descubre bajo su pluma! En un balanceo vertiginoso, al principio adopta la idea de que los judíos pertenecerían a la «raza judía», una raza inferior y de signos distintivos fácilmente reconocibles, pese a que resulta imposible hablar de razas humanas en el sentido que se daba al término en los años treinta, luego generalizado en la Alemania nazi. Veamos algunos rasgos específicos otorgados a los judíos en su obra, ciertas elecciones léxicas utilizadas para caracterizarlos, para conformar un grupo humano a partir de peculiaridades comunes: cabello crespo, nariz ganchuda, mano fofa, dedos afilados, tez morena, amarillenta o aceitunada, ojos juntos, negros y húmedos, cuerpo enclenque, vello espeso y negro, mejillas lívidas, dientes irregulares, narinas inquietas, a lo cual cabe añadir el afán de lucro, la pugnacidad, la histeria, la habilidad atávica para «vender y adquirir baratijas, traficar con divisas, dedicarse a viajante de comercio, a corredor de encajes falsos o de munición de contrabando...».

Lacerando con palabras una y otra vez a esa «chusma judía», escribe en Los perros y los lobos: «Como todos los judíos, él se sentía más vivamente, más dolorosamente escandalizado que un cristiano por defectos específicamente judíos. Y esa energía tenaz, esa necesidad casi salvaje de obtener lo que se deseaba, ese desprecio ciego de lo que otro pueda pensar, todo eso se almacenaba en su mente bajo una única etiqueta: “insolencia judía”.» Paradójicamente, concluye esa novela con una especie de ternura y de fidelidad desesperada: «Ésos son los míos; ésa es mi familia.» Y de pronto, en un nuevo vuelco de perspectiva, hablando en nombre de los judíos escribe: «¡Ah, cómo odio vuestros melindres de europeos! Lo que denomináis éxito, victoria, amor, odio, ¡yo lo llamo dinero! ¡Se trata de otra palabra para designar las mismas cosas!»

Por otra parte, Némirovsky lo ignoraba todo sobre la espiritualidad judía, la riqueza, la diversidad de la cultura judía de Europa Oriental. En una entrevista concedida a L’Univers israélite el 5 de julio de 1935, se proclamaba orgullosa de ser judía, y a aquellos que veían en ella a una enemiga de su pueblo les respondía que en David Golder había descrito no «a los israelitas franceses establecidos en su país desde hace generaciones y en quienes, en efecto, la cuestión de la raza no interviene, sino a muchos judíos cosmopolitas para quienes el amor al dinero ha pasado a ocupar el lugar de cualquier otro sentimiento».

David Golder, novela comenzada en Biarritz en 1925 y concluida en 1929, narra la epopeya de Golder, magnate judío de las finanzas internacionales, originario de Rusia: su ascensión, esplendor y caída tras el crac espectacular de su banco. Gloria, su esposa que empieza a envejecer, notoriamente infiel y que lleva un tren de vida fastuoso, exige cada vez más dinero para mantener a su amante. Arruinado y vencido, el viejo Golder, otrora el terror de la Bolsa, vuelve a ser el pequeño judío de sus días de juventud en Odessa. De pronto, llevado del amor por su ingrata y frívola hija, decide reconstruir su fortuna. Tras haber jugado victoriosamente su última baza, muere de agotamiento mientras balbucea unas palabras en yidis a bordo de un buque de carga durante una formidable tempestad. Un inmigrante judío, embarcado como él en Simferopol con destino a Europa, con la esperanza de una vida mejor, recoge su postrer suspiro. Golder muere, por así decirlo, entre los suyos.

Cuando vivían en Rusia, los Némirovsky disfrutaban de un alto nivel de vida. Todos los veranos abandonaban Ucrania ya fuese con destino a Crimea o a Biarritz, San Juan de Luz y Hendaya, o la Costa Azul. La madre de Irène se instalaba en un palacio, mientras que su hija y su aya se alojaban en una casa de huéspedes.

Tras la muerte de su institutriz francesa, Irène Némirovsky, a la sazón de catorce años de edad, empezó a escribir. Se acomodaba en un sofá con un cuaderno apoyado en las rodillas. Había elaborado una técnica novelesca inspirada en el estilo de Iván Turgueniev. Al comenzar una novela escribía no sólo el relato en sí, sino también las reflexiones que éste le inspiraba, sin supresión ni tachadura algunas. Por añadidura, conocía de forma precisa a todos sus personajes, incluso a los más secundarios. Emborronaba cuadernos enteros para describir su fisonomía, su carácter, su educación, su infancia y las etapas cronológicas de su vida. Cuando todos los personajes habían alcanzado semejante grado de precisión, subrayaba con ayuda de dos lápices, uno rojo y otro azul, los rasgos esenciales que debía conservar; a veces bastaban unas líneas. Pasaba rápidamente a la composición de la novela, la mejoraba, y acto seguido redactaba la versión definitiva.

En el momento en que estalló la Revolución de Octubre, los Némirovsky residían en San Petersburgo desde hacía tres años, en una casa grande y hermosa. «Estaba construida de tal manera que, desde el vestíbulo, la mirada podía alcanzar las estancias del fondo; a través de anchas puertas abiertas se veía una hilera de salones blanco y oro», escribe en El vino de la soledad, una novela en gran parte autobiográfica. San Petersburgo era una ciudad mítica para muchos escritores y poetas rusos. Irène sólo veía en ella una sucesión de calles oscuras, cubiertas de nieve, recorridas por un viento glacial que subía de las nauseabundas aguas de los canales y el Neva.

Léon Némirovsky, a quien sus asuntos llamaban con frecuencia a Moscú, subarrendaba en dicha ciudad un piso amueblado a un oficial de la guardia imperial, por entonces destinado en la embajada rusa en Londres. Creyendo poner a su familia a salvo, Némirovsky instaló a los suyos en Moscú, pero fue precisamente allí donde la revolución alcanzó su apogeo de violencia en octubre de 1918. Mientras el fuego de fusilería causaba estragos, Irène exploraba la biblioteca de Des Esseintes, aquel cultivado oficial. Descubrió a Huysmans, Maupassant, Platón y Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray era su libro preferido.

La casa, invisible desde la calle, se hallaba encastrada en otros edificios y rodeada de un patio, bordeado a su vez de una casa más alta que la precedente. Luego había otro patio circular, y otra casa más. Irène bajaba discretamente a recoger casquillos cuando el lugar se hallaba desierto. Por espacio de cinco días, la familia subsistió en el piso con un saco de patatas, cajas de chocolatinas y sardinas como únicas provisiones. Aprovechando un período de calma, los Némirovsky regresaron a San Petersburgo, y cuando los bolcheviques pusieron precio a la cabeza del padre de Irène, éste se vio obligado a pasar a la clandestinidad. En diciembre de 1918, aprovechando el hecho de que la frontera aún no estaba cerrada, organizó la huida a Finlandia de los suyos, disfrazados de campesinos. Irène pasó un año en un caserío compuesto de tres casas de madera rodeadas de campos nevados. Confiaba en poder volver a Rusia. Durante esa larga espera, su padre regresaba con frecuencia de incógnito a su país para tratar de salvar sus bienes.

Por primera vez, Irène conoció un momento de serenidad y paz. Se convirtió en una mujer y empezó a escribir poemas en prosa, inspirados en Oscar Wilde. Como la situación en Rusia no hacía más que empeorar y los bolcheviques se les acercaban peligrosamente, los Némirovsky alcanzaron Suecia al término de un largo viaje. Pasaron tres meses en Estocolmo. Irène conservó el recuerdo de las lilas malva que crecían en los patios y jardines en primavera.

En julio de 1919, la familia embarcó en un pequeño carguero que los llevaría a Ruán. Navegaron durante diez días, sin escalas, en medio de una espantosa tempestad que habría de inspirar la dramática escena final de David Golder. En París, Léon Némirovsky asumió la dirección de una sucursal de su banco, y de ese modo pudo reconstituir su fortuna.

Irène se matriculó en la Sorbona y obtuvo una licenciatura en Letras con mención. David Golder, su primera novela, no era su primer intento. Había debutado en el mundo editorial enviando lo que denominaba «breves cuentos divertidos» a la revista bimensual ilustrada Fantasio, que aparecía el 1 y el 15 de cada mes, que los publicó y le pagó por cada uno sesenta francos. Luego se lanzó y ofreció un cuento a Le Matin, que también lo publicó. Siguieron un cuento y una novela corta en Les Oeuvres Libres, así como Le Malentendu, una primera novela —redactada en 1923, a la edad de dieciocho años—, y un año más tarde L’Enfant g

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