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SUSURROS EN EL VIENTO

Elizabeth Haran  

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Fragmento

1

Australia, septiembre de 1845

—Lucy, tráeme el parasol ahora mismo, ¿has oído? —gritó con impaciencia la hermosa joven de cabellera morena. Obviamente, estaba padeciendo por su tez blanca y sonrosada.

—Si el sol le arde en la piel, señorita Divine, debería ponerse a la sombra — aconsejó Lucy a su ama con tono amable. Era muy consciente de lo intenso que podía llegar a ser el reflejo del sol en el mar. Ella misma, con su pelo rubio y su cutis claro, se quemaba en cuestión de minutos. Por eso permanecía de pie bajo la marquesina de la cubierta de popa: para guarecerse tanto del viento, que empezaba a arreciar, como de los rayos del sol.

El S.S. Gazelle se balanceaba entre un creciente oleaje. Estaban costeando el sur de Australia rumbo al canal de Backstairs, un estrecho conocido por sus fuertes marejadas que separaba la isla Canguro del continente. Con aquel viento, sin embargo, la tripulación aseguraba que se haría de noche antes de que llegaran a puerto. Estaba a punto de empezar el mes de octubre y el tiempo debería ser templado, pero el aire parecía tan helado como en una madrugada de invierno.

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Apoyada en la barandilla del barco, Amelia Divine miró a su dama de compañía con irritación.

—Este balanceo espantoso me marea, Lucy. Si no me da el viento en la cara, acabaré alimentando a los peces con esas horribles chuletas que hemos tomado en el almuerzo.

Lucy gimió para sus adentros. Amelia no había hecho más que quejarse desde que zarparon, cinco días atrás, de la Tierra de Van Diemen en el vapor Lady Rosalind, y la verdad era que ya la estaba sacando de quicio. Que si hacía demasiado calor, que si hacía demasiado frío. Que si la comida era horrible y los miembros de la tripulación unos groseros. Que si las obligaban a mezclarse con los pasajeros de tercera. Y así dale que dale...

Ni siquiera la breve escala en Melbourne, antes de embarcarse en el vapor Gazelle, había mejorado su humor.

Lucy estaba convencida de que hacía demasiado viento para sujetar un parasol, pero aun así bajó a buscarlo para contentar a su señora. En efecto: apenas se lo hubo dado, el viento se lo arrebató de la mano, y Amelia chilló enfurecida mientras el parasol volaba por encima de la barandilla y desaparecía rápidamente entre la espuma de una ola.

—Tal vez sería sensato protegerse del viento, señorita Divine —le sugirió Lucy. Amelia era tan ligera que Lucy temía que el viento la arrastrase y la hiciera caer por la borda.

—Ya te he dicho que entonces me marearé. Si no tienes alguna sugerencia útil, déjame en paz —dijo Amelia con hosquedad. Se estaba poniendo del mismo color verde que el mar, observó Lucy, y obviamente iba a descargar su malhumor en ella, como había hecho más de una vez en las últimas semanas. Lucy volvió a cobijarse bajo la marquesina, donde la aguardaba otra pasajera, que se había presentado como Sarah Jones.

Sarah había oído la réplica airada de Amelia.

—No sé cómo soporta las quejas y la falta de respeto de su ama —dijo, mirando con odio a Amelia, que se aferraba a la barandilla con una expresión de engreimiento en su hermoso rostro. Ella misma había tenido la desgracia de conocer a muchas Amelias Divine y había recibido el mismo trato insolente. A causa de sus especiales circunstancias, no había tenido más remedio que aceptarlo, pero no entendía por qué Lucy lo soportaba. Estaba a las órdenes de su ama, sí, pero era una persona libre.

Sarah tenía un ojo avezado para identificar a las personas de su misma posición, y Lucy no era una de ellas. Si hubiera estado en su piel, le habría dicho a la señorita Divine lo que pensaba. Lo cual probablemente le habría costado el puesto. Pero solo por la satisfacción, habría valido la pena.

—Necesito el trabajo y el alojamiento —dijo Lucy a modo de explicación—. Llegué a Australia hace dieciocho meses con otras ciento cincuenta y seis jóvenes procedentes de un orfanato londinense. En cuanto cumplimos los dieciséis años, se supone que hemos de abrirnos camino por nuestra cuenta. Yo los cumplí hace solo un mes, pero tuve la suerte de encontrar este puesto de dama de compañía.

—La señorita Divine no debe de ser mucho mayor que usted —dijo Sarah, observando con odio al ama de Lucy—. ¿Dónde están sus padres? —Debían de ser ricos, evidentemente, y sin duda le habían enseñado a mirar con desdén a la clase trabajadora, lo cual no hacía más que aumentar su animadversión.

—Tiene diecinueve. Su vida era envidiable... hasta hace unas semanas, cuando sus padres y su hermano menor fallecieron.

—¿Qué ocurrió?

—Un enorme árbol de caucho cayó sobre su carruaje durante un violento vendaval en Hobart Town. Al parecer, sucumbieron en el acto. Yo he sido contratada para acompañarla a Kingscote, la población de la isla donde viven sus tutores. Amelia no los ha visto desde que tenía once años, pero el mayordomo de la familia me dijo que son personas excelentes, así que estoy segura de que la tratarán muy bien. Rezo para que me mantenga a mí como dama de compañía, porque, a pesar de lo quisquillosa que ha sido, cuidarla no es un trabajo muy arduo. —Lucy tenía un carácter demasiado dulce para sentir rencor por la conducta de Amelia. Su tierna naturaleza se traslucía incluso en sus rasgos delicados y en su cálida sonrisa.

Sarah le dirigió una mirada de escepticismo, como diciendo que preferiría fregar retretes antes que aguantar a aquella niña mimada.

—Si no fuera dama de compañía de Amelia, estaría trabajando en una fábrica o en la limpieza, lo cual no me atrae demasiado —añadió Lucy. Miró la piel agrietada de las manos de Sarah y dedujo que habían pasado mucho tiempo en remojo. Ella también había tenido las manos en esas condiciones mientras vivió en el orfanato.

La antipatía de Sarah hacia la altiva Amelia no se suavizó al enterarse de su desgracia. Estaba segura de que no le faltaba el dinero; y además tenía unos tutores que cuidarían de ella. No cabía duda de que su futuro no sería duro y difícil. Además, era demasiado bella para inspirar compasión. En realidad, Sarah la aborrecía precisamente por ser tan distinta de ella. Aunque tenían rasgos semejantes —el pelo largo y castaño oscuro, la tez blanca, los ojos pardos—, Amelia tenía una cara preciosa, mientras que la suya resultaba más bien insulsa. Aunque ambas se iban a vivir a la isla Canguro, sus nuevos hogares no podían ser más distintos. Y, naturalmente, mientras que Amelia había nacido en una familia adinerada, Sarah procedía de una familia obrera inglesa.

Pese a todo, comprendía el punto de vista de Lucy. Pero aun así le daba rabia que las Amelias Divine de este mundo se creyeran con derecho a tratar como a un esclavo a cualquier ser de clase inferior.

Lucy observó que se estaban acumulando oscuros nubarrones sobre el continente y rezó para que llegaran a su destino antes de que los alcanzase la tormenta.

—Me muero de curiosidad por ver la isla. Uno de los pasajeros me ha dicho que hay playas preciosas de arena blanca y que la pesca es excelente. Amelia se quedó un poco decepcionada al enterarse de que la población era pequeña, porque teme que no haya muchas tiendas donde hacer compras, pero yo tengo muchas ganas de ver las focas y los pingüinos. También me han dicho que el clima es parecido al de la Tierra de Van Diemen, así que no pasaremos muchos días de calor.

Sarah se encogió de hombros. A ella no le importaba cómo fuera la isla. No había tenido la posibilidad de escoger.

—¿Qué tipo de trabajo va a hacer en la isla? —preguntó Lucy.

Era una pregunta del todo inocente, pero Sarah estaba decidida a darle una versión edulcorada de la verdad.

—Voy a vivir en una granja y cuidaré a unos niños que perdieron a su madre hace cosa de un año.

—Ay, Dios. ¿Qué le sucedió?

—Creo que murió al dar a luz a su séptimo hijo.

—¿Eso significa que uno de los niños a su cargo será un recién nacido? —preguntó Lucy. Aunque compadecía a los hijos del granjero por haber perdido a su madre, no pudo ocultar una pizca de excitación. Adoraba a los niños.

—Me dijeron que el bebé también murió —repuso Sarah, pensando (no por primera vez) que la esposa del granjero debería haber rehusado los reclamos amorosos de su marido. De haberlo hecho, sus hijos quizá tendrían madre todavía. Sin embargo, Sarah era lo bastante realista para saber que la pobre mujer no había tenido más remedio que aceptar su destino y ser una esposa obediente. Y había pagado un alto precio por ello.

Lucy aún estaba pensando en el bebé muerto al nacer.

—Entonces va a ser la institutriz de seis niños —dijo. Era una afirmación candorosa que dejaba ver que se estaba acordando de los críos y los bebés a los que había cuidado en el orfanato: las pobres criaturas no deseadas que no tenían a nadie que las quisiera en este mundo. Dejarlas allí había sido una de las decisiones más difíciles de su vida. Aún recordaba el día, hacía solo un mes, en que salió del orfanato. Parecía que hubiera sido ayer. Los bebés berreaban y los críos gimoteaban, pero las monjas no le permitieron quedarse. A ella se le había roto el corazón; aún sentía una culpa tremenda por haberlos abandonado.

Sarah se sintió aliviada al ver cómo interpretaba Lucy su situación. Era mucho mejor que la considerase una institutriz; que no supiese que era, de hecho, una convicta obligada a trabajar: una presa en libertad condicional. Cuando solo tenía catorce, la habían condenado a siete años de reclusión por robar. Había pasado cinco años muy duros en la factoría penitenciaria para mujeres de Cascades, en Degraves Street, al sur de Hobart Town, trabajando en la lavandería. Como en las granjas de Australia faltaba mano de obra, los hombres y las mujeres de los centros penitenciarios que mostraban buena conducta podían terminar de cumplir su pena trabajando en el campo.

Un guardia de la prisión había embarcado a Sarah en el Montebello, en Hobart Town, y la había acompañado a Melbourne, donde la habían subido a bordo del S.S. Gazelle. Debía presentarse en la comisaría en cuanto anclaran en Kingscote. La policía se encargaría de que llegara a la granja de Evan Finnlay, situada en la costa oeste de la isla. Sarah había quedado consternada al saber que Finnlay no iría a recibirla, pues al parecer la granja se encontraba a ciento cincuenta kilómetros del pueblo, pero el hombre había alegado ante las autoridades que no podía dejar solos a los niños y el ganado. A ella, no obstante, le habían asegurado que alguien la llevaría a la granja, que, según afirmaba todo el mundo, se hallaba en una región de la isla particularmente salvaje.

A bordo del Gazelle viajaban ochenta y un pasajeros y veintiocho tripulantes. El cargamento de sus bodegas estaba compuesto de cobre, harina, mercancías y siete caballos; cuatro, de carreras, con destino a Adelaida. Los propietarios eran tres de los pasajeros, los señores Hedgerow, Albertson y Brown, a quienes se les había oído alardear sobre los triunfos de uno de sus animales en las carreras de Flemington, en Melbourne.

Al cabo de una hora, el cielo se había ennegrecido amenazadoramente y el viento había arreciado. Los mástiles y los aparejos del Gazelle gemían a merced del vendaval. Los tripulantes temían que las velas se desplegaran y acabaran hechas jirones, pero no podrían hacer nada mientras las olas siguieran sacudiendo el barco. Cuando se hallaban cinco millas al sur del faro de Cape Willoughby, en la isla Canguro, que no paraba de emitir su señal de peligro, el oleaje derribó a uno de los caballos de carreras en su compartimiento. Mientras ayudaban al animal a incorporarse, el capitán ordenó reducir la velocidad y poner proa hacia el sudoeste, en dirección al embravecido mar abierto.

Pronto aparecieron olas gigantescas y el S.S. Gazelle se vio violentamente zarandeado por la tempestad. El capitán decidió que para llegar al puerto de Kingscote sería más seguro rodear la isla, en vez de volver atrás y cruzar el canal de Backstairs en plena tormenta. Allí aguardarían a que mejorase el tiempo antes de seguir hasta Adelaida.

—¿Cuándo llegaremos a esa isla horrible? —se quejó Amelia por centésima vez. La lluvia la había obligado a refugiarse en el salón de pasajeros, donde empezó a sentirse indispuesta. Los fugaces atisbos de la isla se habían desvanecido por completo entre la creciente oscuridad y la intensa lluvia. Cuando transcurrieron las horas y el barco quedó envuelto en la negrura y la tormenta, Sarah y Lucy empezaron a rezar y a rogar por su salvación, mientras Amelia continuaba protestando.

El capitán Brenner vislumbró el destello de otro faro y dedujo que debían de haberse desviado de su rumbo. Consultó sus mapas. La visibilidad era prácticamente nula y él no había advertido que estaban muy cerca de la isla. Examinó las cartas de navegación por si había arrecifes traicioneros. Su primer oficial se unió a él en el puente de mando.

—Si ese es el faro de Cape du Couedic, señor, y no puede ser otro, deberíamos alejarnos de la isla. —El oficial conocía la zona y sabía de sobra que muchos barcos se habían ido a pique allí.

El capitán Brenner hizo girar el timón a estribor, pero ya era demasiado tarde. Justo cuando un marinero daba la señal de alarma desde proa, una violenta sacudida arrojó al suelo a la mayoría de pasajeros y tripulantes.

—Que Dios se apiade de nuestras almas —musitó el capitán.

El barco había chocado contra un arrecife. El terrorífico chirrido del casco de madera contra la superficie rocosa era algo que uno no olvidaba jamás. El entrepuente se llenó de gritos, los niños se aferraban a sus madres sollozando, los pasajeros se apresuraron a rezar por sus vidas. Una ola alzó el vapor, acercándolo varios metros a las rocas y ensartándolo contra sus bordes afilados. Golpeado por otra violenta ola, el barco se volcó de lado, con la banda de estribor hacia arriba. Mientras el agua inundaba las cubiertas inferiores, los cuerpos rodaban y se amontonaban unos sobre otros entre gritos de terror. Los motores fueron apagados de inmediato para impedir que la hélice se destrozara sobre el arrecife. El estruendo de las olas y los gritos de los pasajeros eran ensordecedores. La tripulación esperó dos minutos angustiosos para saber qué destino les aguardaba.

Cuando pareció que el barco se mantenía estable en su posición, el capitán Brenner dio la orden de subir a los pasajeros a los botes salvavidas. Un momento después, la chimenea del Gazelle se hizo pedazos sobre uno de los botes, separando la proa de la popa. Las cuadernas cedieron bajo la presión y el barco se acabó partiendo en tres trozos. Los camarotes y los salones se sumieron en una completa oscuridad, dejando aterrorizados a los pasajeros. Algunos, así como varios tripulantes y una parte del cargamento, fueron arrastrados por el mar embravecido, que también se llevó varios botes de salvamento. La profundidad en la zona del arrecife donde descansaba la proa y la parte central del barco era mucho mayor que en la zona donde reposaba la popa, prácticamente fuera del agua. Los despavoridos pasajeros de la proa y la parte central intentaron llegar a popa con una cuerda que arrojaron desde su lado y que un marinero se encargó de atar firmemente, pero la mayoría fueron arrastrados por las olas.

Lucy, Amelia y Sarah Jones estaban en el salón de popa. No sabían que la mayoría de los botes salvavidas se habían soltado del barco y se habían alejado flotando, pero aun así estaban todavía paralizadas y abrumadas por el pánico. Lo único que pensaba Amelia era que iba a seguir a la tumba a su familia, y Lucy estaba demasiado conmocionada para tranquilizarla.

Mientras la popa del Gazelle se balanceaba en su precaria posición a merced del oleaje y del viento aullante, los tripulantes trataban frenéticamente de salvar vidas. Los señores Hedgerow, Albertson y Brown ofrecieron a los marineros cien libras si lograban ponerlos a salvo, mientras observaban impotentes cómo tres de sus preciados caballos intentaban salvarse a nado y cómo las olas estrellaban el cuarto contra las rocas. William Smith, un marinero con dos años de experiencia, se quedó horrorizado al escucharlos, y más aún al ver la cara de incredulidad de una madre de cuatro niños pequeños que también lo había oído. Smith les dijo a los tres ricachones que las mujeres y los niños iban primero, pero otros dos miembros de la tripulación tuvieron la tentación de aceptar el trato. Ronan Ross y Tierman Kelly, ambos con un solo año de experiencia, habrían aceptado gustosamente el dinero, aunque en realidad no podían garantizar que nadie, rico o pobre, fuera a salvarse. Todos eran conscientes de que sería un milagro si sobrevivía alguien.

Los tripulantes se concentraron en las medidas de emergencia. Encontraron varios cohetes y los encendieron con la esperanza de llamar la atención del encargado del faro, pero los cohetes estaban demasiado mojados y se apagaban enseguida con un chisporroteo. Tocaron una y otra vez la campana del barco, por si pasaba algún buque, o por si el farero oía la llamada de socorro, pero con el estruendo de la tormenta y el aullido del viento, era más bien improbable.

Un marinero de proa divisó un bote volcado flotando cerca. Uno de los pasajeros, un marino holandés, se ofreció para intentar alcanzarlo a nado con una cuerda atada a la cintura. Milagrosamente, consiguió llegar al bote y cosechó una salva de aplausos, pero la cuerda se soltó bruscamente, dejándolo a la deriva, y en cuestión de segundos fue arrastrado a mar abierto, todavía aferrado al casco del bote.

Los dos tripulantes de popa consiguieron soltar las amarras del único bote disponible y ponerlo en posición correcta. Mientras uno de ellos, provisto de un farol, subía al bote, el otro se las arregló para trepar por la cubierta tremendamente inclinada hasta la puerta del salón y ayudó a los pasajeros a bajar al agua, que en esa parte solo les llegaba a la altura de los muslos. El marinero del bote los fue izando a bordo. Era una operación compleja, pues las olas se abatían sobre ellos constantemente.

Los dos marineros calcularon que había unos treinta y cinco pasajeros en la popa, demasiados para un solo bote, pero estaban decididos a salvar a todos los que pudieran. Primero subieron a los niños con sus madres y luego a algunos ancianos y ancianas. Lucy, Amelia y Sarah estaban al fondo del salón, totalmente a oscuras, mientras los demás pasajeros se agolpaban atemorizados en la entrada. Las familias trataban desesperadamente de mantenerse juntas, pero en medio de la oscuridad reinaba la confusión.

Lucy y Sarah acabaron separadas de Amelia, que todavía se hallaba bajo los efectos del mareo. Aquello era un auténtico pandemónium. La gente forcejeaba, empujaba y gritaba, intentando salir del salón a la desesperada y llegar al bote antes de que toda la popa fuera arrastrada a aguas más profundas por el oleaje incesante.

—¡Lucy! —gritó Amelia al perderla entre la multitud—. ¡Lucy! ¡Lucy! ¿Dónde estás? —La aterraba que la dejaran sola y se abrió paso hasta la entrada. Miró hacia abajo y escrutó el bote por si veía a Lucy, pero entre la lluvia y el débil resplandor del farol no consiguió distinguir a nadie.

—Lo siento, ya no cabe nadie más —gritó el marinero del bote—. Esto está a rebosar.

—¡Lucy! —repitió Amelia cuando creyó distinguir su cabeza entre la gente apretujada en el bote.

Lucy había querido esperar a Amelia, pero el tumulto la había arrastrado hacia la entrada y luego el marinero la había sacado prácticamente en volandas. Sarah también se encontraba en el bote, justo detrás de ella.

Lucy levantó la vista y Amelia la vio entonces claramente.

—¡Lucy, espérame! —gritó.

—Lo siento —dijo el marinero que estaba a su lado—. El bote está lleno, señorita.

—Lucy —insistió Amelia—. No puedes irte sin mí. —Se volvió hacia el marinero que la sujetaba—. Lucy es mi criada. No puede subir al bote si no es conmigo.

—El bote volcará si tiene demasiado peso, y ya está al máximo de su capacidad, señorita.

—Usted no lo entiende. ¡Yo tengo que subir! —bramó Amelia, histérica, zafándose del marinero y cayendo al agua. Al salir a la superficie, se aferró a la borda del bote—. ¡Tengo que ir con Lucy! —chilló, jadeando. No le cabía en la cabeza que fueran a dejarla a bordo del Gazelle, y ciertamente, siendo pasajera de primera, tenía más derecho que los pasajeros de tercera a un lugar en el bote salvavidas.

—Lo siento, solo cabe una de las dos —repitió el marinero, tratando de sacarla del agua. Pero ella se negó y empezó a agitar los brazos como una loca, desatando la histeria entre las personas hacinadas en el bote, que empezaron a temer que lo desequilibrara con sus sacudidas y acabaran todos en el agua.

—¡Tengo que ser yo! —pataleó Amelia, mirando con odio a Lucy, que permanecía acurrucada delante de Sarah.

—Quédate aquí — dijo Sarah a Lucy, sujetándola firmemente del brazo, cuando ella intentó ponerse de pie.

Lucy no sabía qué hacer. Si Amelia hacía volcar el bote, ninguno de los que estaban a bordo se salvaría. Miró las caras de los niños aterrorizados que la rodeaban. ¿Cómo podría perdonárselo jamás si por su culpa no llegaban a ponerse a salvo?

—Por favor, deje subir a la señorita Divine —le suplicó al marinero del bote.

—No podemos —dijo el hombre—. Ya va demasiado cargado.

—¡Lucy! —gritó Amelia—. No puedes irte. No puedes.

Lucy inspiró hondo y se levantó.

—Ya voy —dijo a Amelia, abriéndose paso.

—No, Lucy —suplicó Sarah—. Quédate.

—No puedo —contestó ella. Sabía que no tenía derecho a ocupar un sitio que podía haber ocupado Amelia, así que se zafó de la mano de Sarah y se bajó del bote. El marinero, al mismo tiempo, sacó a Amelia del agua y la izó a bordo.

—Lucy, ven con nosotros —gritó Amelia, frenética. Ni siquiera había entendido que Lucy se acababa de sacrificar por ella, y empezó a patear las tablas del bote. La embarcación se balanceó peligrosamente y todo el mundo gritó aterrorizado.

—Yo la pondré a salvo —gritó el otro tripulante, sujetando a Lucy del brazo e izándola de nuevo hasta la puerta del salón. Abajo, utilizando un remo, el marinero apartó por fin el bote del barco destrozado.

Sarah alzó la vista hacia Lucy, que los miraba desde la entrada del salón. Incluso a la tenue luz del farol, vio su expresión: la de alguien que se ve sentenciado a muerte después de haber creído que iba a salvarse. Sarah estaba tan furiosa que habría deseado abalanzarse sobre Amelia Divine, pero el oleaje los zarandeaba a todos con violencia y ahora tenía otras cosas en que pensar.

El marinero del bote salvavidas intentó virar hacia la costa, pero incluso en la oscuridad distinguió el negro contorno de las rocas dentadas que emergían del agua. Guiar el bote entre las rocas iba a resultar muy difícil, pues el oleaje era imprevisible. Iban a necesitar un milagro, en una noche que no había sido precisamente pródiga en milagros.

No se habían alejado más de cien metros del barco cuando la proa del Gazelle se hizo pedazos y desapareció en las profundidades del océano. Los tripulantes del bote oyeron un crujido de maderos estrellándose contra las rocas, y el ruido extraño e inquietante del aire que salía a chorros de los camarotes y ascendía a la superficie mientras la proa se hundía en su cementerio marino. El viento no les trajo ningún grito de socorro, pues los pobres que habían quedado a bordo no tenían la menor posibilidad. Amelia y los demás tripulantes del bote se sujetaron de la borda y entre sí con todas sus fuerzas. No podían por menos que preguntarse si ellos eran los afortunados o si también estaban condenados a una muerte segura.

Al llegar a las olas rompientes, el bote fue impulsado hacia delante. Solo había una caleta donde desembarcar. En el resto de la costa no había más que acantilados. Cuando parecía que podrían llegar a la orilla cabalgando entre las olas, el bote chocó contra las rocas y salió despedido de lado. Al cabo de unos momentos, recibió el golpetazo de otra ola y volcó.

Amelia dio un grito, que quedó amortiguado por una bocanada de agua salada, y fue arrastrada bajo la espuma y revolcada repetidas veces. Cuando al fin salió a la superficie, se vio lanzada contra algo duro. Estaba aturdida, pero instintivamente extendió los brazos y se aferró a las rocas. Luego, mientras la espuma se retiraba y trataba de arrastrar su cuerpo vapuleado, aspiró para llenar de aire los pulmones, que estaban a punto de estallar. Apenas le dio tiempo a recobrar el aliento cuando otra ola se abatió sobre ella. La cara, los brazos y las piernas le palpitaban de dolor. No veía absolutamente nada porque su largo cabello le tapaba la cara.

Abrazándose a la roca, Amelia resistió con todas sus fuerzas el embate incesante de las olas y la fuerza succionadora que amenazaba con arrastrar su cuerpo extenuado. Los minutos le parecieron horas, pero sus dedos entumecidos se mantuvieron firmes mientras el oleaje la vapuleaba una y otra vez. No tenía ni idea de a qué distancia estaba de la orilla. En un intervalo entre las olas, se apartó el pelo de los ojos y, con las escasas energías que le quedaban, trepó todo lo que pudo sobre las rocas para poder descansar. La mitad inferior de su cuerpo, sin embargo, siguió sumergida bajo el agua.

Perdió la noción del tiempo. Cuando volvió a abrir los ojos, percibió una luz extraña y comprendió que estaba rompiendo el alba. Se hallaba aferrada a un gran afloramiento rocoso cubierto de percebes. Le sangraban los dedos, los brazos, las rodillas y los tobillos, y temblaba con tal violencia que le castañeteaban los dientes. Vio la orilla a cierta distancia. Era en gran parte un acantilado de rocas, pero más allá se veía un pequeño tramo de arena. Procuró enfocar la mirada. Algo se movía en la arena. Siguió mirando. Al fin, fascinada y asustada a la vez, advirtió que era una colonia de leones marinos. En una ocasión le habían dicho que el mar que rodeaba la isla estaba infestado de tiburones. Se estremeció de temor e intentó sacar las piernas del agua, pero no era posible. Levantó la vista hacia el acantilado donde se alzaba el faro, cuya luz todavía parpadeaba. ¿La podría ver el farero? ¿Sabría que el Gazelle se había ido a pique frente a la costa?

Amelia se preguntó si la marea estaría subiendo o bajando. Recordó que, cuando estaba oscuro, apenas tenía la cabeza fuera del agua, mientras que ahora las olas le lamían los pies. Dedujo, pues, que la marea estaba baja, lo cual le daba un poco de tiempo para pensar cómo ponerse a salvo.

Se volvió hacia el mar y sofocó un grito. No había ni rastro de la parte central y la popa del Gazelle; en cambio, a poca distancia, vio flotando en la superficie algunos trozos de madera, un cojín, un zapato, incluso una maleta: morbosos recordatorios de todas las vidas que se habían perdido.

—Oh, Dios. ¿Es que soy la única superviviente? —gritó.

Amelia cerró los ojos y sollozó. Las gaviotas chillaban en lo alto y las olas seguían batiendo contra las rocas. Nunca en su vida se había sentido tan completamente sola. De repente le pareció que había oído algo. Sonaba como un gemido de dolor, pero estaba segura de que debía de ser una alucinación. Se volvió y miró alrededor. «¿Hay alguien ahí?», gritó, con la esperanza de que no estuviera sola después de todo. Al no ver a nadie en el agua, comprendió que el ruido debía de proceder del otro lado del afloramiento rocoso.

—Estoy... estoy aquí —oyó que decía alguien. Una ola se estrelló al mismo tiempo contra las rocas, pero Amelia estaba segura de que era la voz de una mujer lo que había oído.

—¡Lucy! —gritó, con el corazón henchido de esperanza—. ¿Eres tú, Lucy?

—No —dijo Sarah Jones con voz desmayada. Había deducido que debía de ser Amelia Divine la que estaba al otro lado de las rocas, ya que preguntaba por Lucy.

Amelia volvió la cabeza de nuevo hacia el mar, preguntándose si sería posible... rezando para que Lucy hubiera logrado sobrevivir; y sin embargo, en el fondo de su alma, sabía que las posibilidades eran prácticamente nulas. Sus ojos se llenaron de lágrimas saladas. Se preguntó por qué Dios le había salvado la vida, ya no una vez, sino dos. Si Amelia no se hubiera sentido indispuesta el día en que sus padres y su hermano Marcus habían sido aplastados por un árbol, ella habría estado con ellos en el carruaje. Y si no hubiera subido al bote salvavidas, se habría hundido con el Gazelle en el fondo del mar.

Notó que el agua que lamía las rocas empezaba a ascender.

—Está subiendo la marea —gritó, volviéndose hacia la orilla. La sola idea de intentar alcanzarla a nado le daba pánico. No era buena nadadora y la aterrorizaba que la atacara un tiburón.

Repentinamente, asomó una cabeza por el costado de la roca. Amelia sintió un enorme alivio al ver a otra persona; Sarah, en cambio, estaba pensando en Lucy y la miró con odio.

—¿Está sola? ¿Hay más supervivientes? —preguntó Amelia.

—No creo. He visto un cuerpo, me parece que era el marinero —dijo Sarah. El hombre tenía una gran herida en la cabeza y ella dio por supuesto que se había golpeado contra las rocas. Miró el trecho de playa—. ¿Qué hay allí? —preguntó, albergando la esperanza de que hubiera más supervivientes. Distinguía unas siluetas oscuras, algunas moviéndose, pero tenía los ojos llenos de agua y no veía con claridad.

—Son leones marinos —repuso Amelia.

—¿Nos atacarán? —Sarah no era muy instruida.

—No, no lo creo, pero me parece que los tiburones se alimentan de ellos —dijo Amelia, abarcando con la mirada el mar que las rodeaba—. Oh, Dios. Cuando suba la marea, los tiburones nos devorarán. —Empezó a dar gritos.

—¿Quiere callarse? —le espetó Sarah—. No nos servirá de nada ponernos histéricas.

—No me diga que me calle —gimió Amelia.

—Bueno, ¿y de qué sirve gritar? Yo voy a nadar hasta la orilla. ¿Viene conmigo?

—No, no voy. Hay tiburones.

—Como quiera.

—No se le ocurra dejarme sola —dijo Amelia.

Otra vez aquel tono insolente.

—No puede quedarse siempre aferrada a estas rocas. Si pretendemos salvarnos, hemos de llegar a la orilla a nado. —Sarah no estaba muy dispuesta a ayudar a Amelia, especialmente teniendo en cuenta que su salvación había costado la vida a Lucy, pero, por otra parte, tampoco quería quedarse sola.

Amelia echó un vistazo al agua de alrededor de las rocas y bruscamente empezó a chillar otra vez.

—¡Basta! —le gritó Sarah.

—He visto... una aleta. Los tiburones están nadando a nuestro alrededor —comentó con los ojos desorbitados.

Sarah miró en derredor.

—Yo no veo nada —dijo, sin saber si debía creerla o no.

—¡Se ha sumergido! —exclamó Amelia, sacando los pies del agua.

Sarah volvió a mirar hacia la playa y vio que dos leones marinos salían disparados del agua. Tal vez Amelia decía la verdad. En ese caso, era demasiado peligroso intentar nadar hasta la orilla. Pero ¿qué alternativa había?

—La marea está subiendo —dijo—. No podemos quedarnos aquí. Se nos podrían llevar las olas.

Amelia meneó la cabeza, llorando y tiritando de miedo y de frío. El cielo seguía todo cubierto, ocultando cualquier rayo de sol que pudiera darles calor. Y el viento era helado.

Sarah escrutó la superficie del agua, buscando una aleta negra. Si Amelia no hubiera dicho que había visto una aleta de tiburón, habría intentado nadar hasta la orilla.

—A lo mejor el encargado del faro nos ve y viene a rescatarnos —dijo Amelia.

A Sarah la ponía enferma que siempre diera por supuesto que alguien iba a acudir en su ayuda. Cosa que raramente sucedía, según su experiencia.

—Ya habría venido. Hace un buen rato que hay luz.

—Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿Esperar a que nos devore un tiburón? —le espetó Amelia.

Sarah estaba demasiado exhausta para poder pensar, y cerró los ojos. Si podía dormitar unos minutos, se espabilaría y sabría lo que debían hacer.

Amelia levantó la vista de nuevo hacia el faro. Estaba segura de que el farero vendría a buscarlas. Tenía que venir. También ella cerró los ojos, completamente agotada.

A mediodía, la marea había subido considerablemente. Mientras las olas batían las rocas, ellas se acurrucaron bien juntas. Justo cuando se había armado de valor para nadar hasta la orilla, Sarah creyó ver una aleta en el agua.

—¡Ay, Dios, hay un tiburón nadando en círculo! —gritó.

Amelia casi se desmayó de terror. Cerró los ojos y se aferró con fuerza a las rocas, mientras las olas seguían cayendo sobre ella. Aunque habían trepado lo más arriba posible, el agua ya les llegaba a la cintura y tenían las piernas sumergidas.

—Vamos a morir —sollozó Amelia. Habría preferido morir ahogada con los demás. Habría sido una muerte mucho más agradable que ser devorada por un tiburón.

Sarah no dijo nada. Llevaba rato mirando la superficie del agua por si aparecía un pedazo grande de madera que pudieran utilizar como una balsa. Habían visto flotando cerca, casi al alcance de la mano, muchos maderos del barco destrozado, pero ninguno lo bastante grande para soportar el peso de una persona, y menos todavía de dos. Vio un barril a unos cincuenta metros y rezó para que se acercase.

Estaba mirando fijamente el barril, de espaldas a la costa, cuando oyó una salpicadura distinta de la que producían las olas al romper contra las rocas. Se volvió y vio que se acercaba una barca. El hombre que iba a los remos les daba la espalda, pero se dirigía directamente hacia ellas.

—Alguien viene —dijo—. Nos van a salvar.

Amelia alzó la cabeza y se apartó el pelo empapado de la cara. Justo en ese momento la embistió una ola. Empezó a farfullar mientras tragaba agua salada.

—¡Ayúdenos! —gritó Sarah antes de que la ola la cubriera también a ella.

El hombre viró con la barca cuando estaba a unos diez metros de las rocas.

—Voy a lanzarles una cuerda —les dijo—. Sujétenla y las arrastraré hasta aquí.

Amelia cerró los ojos.

—¡Tibu... rones! —chilló. Estaba tan helada y tan muerta de miedo que apenas podía articular palabra.

—Verán cómo lo consiguen —gritó el hombre—. Yo ya no puedo acercarme más por las rocas.

—He visto un tiburón hace un rato —dijo Sarah.

El hombre miró alrededor.

—Debe de haber sido un delfín —mintió—. Hay montones de delfines en esta zona.

—¿Ha oído? —dijo Sarah—. Era un delfín lo que hemos visto. Y los delfines son inofensivos.

—Era un tibu... rón —farfulló Amelia—. Estoy... segura.

A causa del oleaje, el hombre tenía problemas para mantener la barca en la posición adecuada.

—Que una de ustedes coja la cuerda; yo tiraré y la subiré a bordo —dijo, forcejeando con los remos. Cuando tuvo la barca en posición, revoleó la cuerda sobre su cabeza y la lanzó. El cabo aterrizó en las rocas. Sarah intentó agarrarlo, pero llegó antes una ola y lo arrastró lejos. El hombre recogió la cuerda y volvió a situar la barca de lado—. No podré aguantar mucho aquí —dijo, lanzando la cuerda de nuevo.

Esta vez, Sarah la atrapó con la mano. Y cuando la embistió la siguiente ola, se soltó de las rocas y dejó que la arrastrara la corriente. El hombre tiró de ella hacia la barca y consiguió izarla a bordo. Amelia lo había visto todo, pero no sabía cómo iba a reunir el valor para soltarse. Tenía las manos tan heladas y entumecidas que apenas las sentía. No podría separarlas de la roca aunque lo intentara.

Las olas rompían violentamente contra los acantilados y la barca fue arrastrada de lado. El hombre empezó a luchar con los remos para dar la vuelta. Amelia estaba segura de que la acabarían dejando allí. Cerró los ojos, demasiado agotada para luchar contra el destino.

El hombre se dio cuenta de que iba a costarle mucho sacarla de las rocas, así que hizo un lazo. Cuando consiguió acercarse lo suficiente y tuvo la barca en posición, lo arrojó por el aire. Milagrosamente, le cayó a Amelia justo en la cabeza.

—Meta un brazo por dentro del lazo —le gritó el hombre, pues si no lo hacía así, se le cerraría el nudo alrededor del cuello—. ¡Deprisa! —gritó, al ver que se acercaba otra ola enorme.

—No —dijo Amelia, meneando la cabeza.

El hombre tuvo que pensar deprisa.

—En cuestión de una hora vendrán los cangrejos.

Amelia lo miró.

—Cangrejos gigantes —añadió el hombre—. Lamento darle malas noticias, pero se la comerán viva.

Amelia soltó una mano de la roca y movió el brazo entumecido para pasarlo por la cuerda que tenía sobre los hombros, pero en ese momento se desplomó sobre ella una gran ola y perdió su asidero en la roca. Notó que la cuerda se tensaba rápidamente en torno de ella; sintió que la arrastraban por las aguas. La misma ola impulsó la barca más lejos. Amelia forcejeó bajo la espuma. Con la cuerda tensa alrededor del cuello y bajo un brazo, le era imposible nadar; no habría podido aunque tuviera las fuerzas necesarias. Mientras la seguían arrastrando, se quedó desfallecida y el agua empezó a inundarle los pulmones.

Para cuando el hombre logró sacarla del agua, Amelia ya solo era un peso muerto.

—Dios mío —musitó.

En cuanto la tuvo dentro de la barca, la colocó de lado y empezó a palmearle la espalda.

—¡Vamos! —gritó, palmeándola de nuevo.

Amelia escupió entre toses varias bocanadas de agua.

—Ocúpese de ella —dijo a Sarah, volviendo a tomar los remos.

Sarah miró agradecida al joven de pelo oscuro que las había rescatado. Pronto sabría que se llamaba Gabriel Donnelly y que era el farero de Cape du Couedic. Las había visto con un catalejo desde los acantilados, pero había tenido que esperar a que subiera la marea para intentar rescatarlas. Por fortuna, el vendaval había amainado momentáneamente, pero ahora el cielo volvía a llenarse de nubarrones y el viento empezaba a arreciar de nuevo. Aún tenía que subir a las dos jóvenes a lo alto del acantilado, así que debía darse prisa. Si se desataba otra tormenta antes de que pudiera ponerlas a salvo, estarían los tres en un buen aprieto.

2

Cape du Couedic

Como la noche anterior, las ráfagas de viento llegaron bruscamente. Gabriel soltó una maldición entre dientes mientras remaba con todas sus fuerzas, tratando de impedir que la pequeña barca fuese empujada hacia las rocas de la base del acantilado. Para complicar aún más las cosas, el viento batía las crestas de las olas y los rociaba de espuma salada.

Sarah y Amelia se acurrucaron en el fondo de la barca, con las cabezas gachas. Estaban heladas, empapadas, llenas de cortes y magulladuras, y completamente exhaustas. Pero estaban vivas, lo cual constituía en sí mismo un milagro. Su salvador era un hombre de unos treinta años, envuelto en un impermeable. Aún no conocían su nombre. Llevaba en la cabeza un gorro de hule por cuya superficie resbalaba la espuma del mar para caer sobre unos hombros anchos y musculosos. Tenía la piel intensamente bronceada, un signo de que pasaba mucho tiempo a la intemperie. La barba incipiente de su mentón indicaba que no cuidaba demasiado su apariencia. Hablaba poco, pero sus ojos penetrantes, casi del mismo tono que las aguas embravecidas, parecían captarlo todo. Las dos jóvenes no sabían si estaba enojado o solo tercamente decidido a ponerlas a salvo. No se habían parado a pensar que el hombre se había pasado toda la noche en pie, atendiendo el faro y observando impotente con un catalejo cómo se hacía pedazos el Gazelle contra el arrecife, y que él también estaba completamente exhausto. A Sarah se le ocurrió que salir a rescatarlas tal vez fuera una obligación, una de las tareas exigidas en su puesto. En todo caso, ella y Amelia le estaban infinitamente agradecidas. Le debían la vida.

Gabriel se estaba agotando de tanto luchar con los remos, pero se las arregló para sortear el promontorio sobre el que se alzaba el faro y entrar en Weirs Cove, una ensenada donde se agazapaba un embarcadero al pie de un acantilado de noventa metros. Finalmente, amarró la barca y ayudó a las chicas a bajarse. En cuanto pisaron las tablas del embarcadero, ambas alzaron la vista y se quedaron boquiabiertas.

—No podemos subir por ahí —dijo Amelia, con los dientes castañeteando aún. Había unos peldaños excavados en la roca para subir por la pared del acantilado, pero parecían sumamente resbaladizos y la pendiente era casi vertical. Estaba convencida de que incluso un montañero se lo habría pensado dos veces antes de intentar el ascenso.

—Cada tres meses suben por ahí tres toneladas de provisiones, así que no debería resultarles tan difícil —dijo Gabriel, como si se tratara de algo trivial.

A Amelia la comparación con unos sacos de grano le pareció más bien insultante.

—Nosotras no somos provisiones que puedan atarse e izarse; ni tampoco cabras montesas.

El farero la miró entornando los ojos y Amelia tuvo la sensación de que estaba dispuesto a arrojarla otra vez al mar, como si fuese un pez demasiado pequeño. Ella cruzó los brazos y le devolvió la mirada con hostilidad. Le daba igual si parecía grosera. Después de todo lo que había pasado, se merecía que la trataran con delicadeza.

Sarah bajó la cabeza. Por mucho que la irritaran las quejas de Amelia, no podía por menos que darle la razón: la pared del acantilado parecía insuperable.

Gabriel miró a Sarah.

—Ahora subiré yo. Cuando llegue arriba, lanzaré una cuerda con un arnés. Átele el arnés a ella —dijo, señalando a Amelia—. Cuando esté bien atada, yo la izaré con un cabestrante. Y una vez que haya subido, volveré a lanzar el arnés para usted.

Al ver que Sarah lo miraba sin comprender, añadió:

—¿Entiende lo que le estoy diciendo?

Ella asintió, aunque tenía la mente tan entumecida como el resto del cuerpo.

Amelia se dejó llevar por el pánico.

—Tiene que haber otro modo.

—Puede subir los escalones o quedarse aquí. Son las otras dos únicas opciones. ¿Con cuál se queda?

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Estoy helada, por poco me ahogo gracias a usted y me duele todo. Así que le agradecería que dejara de intimidarme.

—¿Olvida que acabo de salvarle la vida?

—Eso no le da derecho a tratarme como un saco... de patatas.

—Mire, señora, llevo toda la noche levantado, ocupándome del faro y mirando el Gazelle con un catalejo. No tengo tiempo ni energía para luchar con un ataque de histeria. Así que obedezca y deje de quejarse.

Su voz se había tornado airada y tensa. Amelia enmudeció, completamente pasmada.

El encargado del faro se encaramó de un salto por el acantilado y empezó a trepar. Las chicas observaron cómo avanzaba. Por dos veces se les subió el corazón a la boca cuando él perdió pie en los resbaladizos escalones, que parecían demasiado estrechos para sus pies. Por suerte, en ambas ocasiones estaba bien sujeto a la roca con sus fuertes manos, lo que impidió que se despeñara.

Solo habían transcurrido en apariencia unos minutos cuando el joven llegó a la cima y desapareció en dirección al faro. Ellas aguardaron bajo el viento helado y, poco después, vieron descender por la pared de roca una cuerda con un arnés adosado. El viento lo agitaba de aquí para allá, y Sarah tardó unos momentos en atraparlo. Tenía las manos heladas, pero examinó el arnés con atención mientras Amelia aguardaba en silencio. Finalmente, cuando entendió cómo funcionaba, se lo colocó a su compañera y aseguró bien las hebillas. Las correas la rodeaban por la cintura y por los hombros, y había un amplio pedazo de cuero para que se sentara.

—No voy a poder —dijo Amelia, alzando la vista con nerviosismo hacia la pared del acantilado—. ¿Por qué no va usted primero?

Sarah la miró con irritación.

—Porque usted ha sido la escogida. Si el farero me hubiera dicho que primero subiera yo, lo habría hecho; y no me habría importado si él la hubiese dejado aquí abajo. Pero obviamente es lo bastante inteligente como para saber que si yo subía primero, usted no sabría cómo atarse el arnés.

Amelia se quedó de piedra ante la irritación de Sarah, pero antes de que pudiera replicar y preguntarle qué había hecho para ofenderla, el farero gritó desde lo alto:

—¿Lista?

—¡Lista! —respondió Sarah.

Amelia dio un grito de sorpresa al verse izada por encima del embarcadero. Aferrándose a la cuerda por encima de su cabeza, vio cómo iba ascendiendo lentamente por la pared de roca. Una vez suspendida por encima del suelo, el viento empezó a balancearla de un lado para otro. Tuvo que soltar la cuerda y extender los brazos para no estamparse contra la roca.

Cuanto más alto subía, más la empujaba el viento, haciéndola oscilar como un péndulo. Gritó en dos ocasiones, al ser lanzada contra el acantilado y golpearse las rodillas. Sarah quería decirle que extendiera los brazos y las piernas para protegerse y no chocar con la roca, pero estaba segura de que no la oiría.

Cuando ya casi estaba en la cumbre, Amelia empezó a balancearse violentamente. A cierta altura, osciló sobre el vacío, giró sobre sí misma y regresó disparada hacia el acantilado, golpeándose en la parte posterior de la cabeza. Sarah vio que su cuerpo se aflojaba de golpe y dedujo que el impacto la había dejado inconsciente. Por fortuna, ya estaba casi en lo alto del acantilado y se hallaba firmemente sujeta por el arnés. Vio que el farero se asomaba al borde del precipicio y que la izaba del todo. Al cabo de un par de minutos, la cuerda y el arnés descendieron de nuevo.

Una vez que se ajustó las correas, Sarah agitó el brazo para indicar que ya estaba lista. En cuanto se elevó por encima del suelo, también ella empezó a bambolearse bajo el viento, pero procuró mantenerse de cara al acantilado y usó las piernas para no chocar contra la roca. El sistema dio resultado y al llegar arriba sin contratiempos se sintió orgullosa de sí misma. Cuando el farero la apartó del borde del precipicio, Sarah vio que Amelia estaba tendida en el suelo, inmóvil.

—¿Está bien? —le preguntó al joven mientras se quitaba el arnés.

—Creía que se había desmayado, pero tiene sangre en la nuca. Debe de haber chocado contra la roca.

—Sí —le dijo Sarah—, yo he visto cómo se golpeaba la cabeza cuando casi estaba arriba de todo.

El farero cogió el cuerpo fláccido de Amelia y lo llevó en brazos hasta su casa, que se hallaba junto al faro, a unos cien metros. Mientras lo seguía, Sarah inspiró hondo y miró alrededor. El panorama del océano desde la cumbre del acantilado resultaba espectacular, pero lo último que deseaba mirar ahora era el mar, así que se volvió y observó la casita del farero: una pequeña construcción encalada con un techo de paja. La fachada más bien insulsa presentaba solo una ventana a cada lado de la puerta negra. El almacén, de donde él había sacado el arnés, tenía un aspecto muy parecido, pero era mucho más grande. Ella no podía saberlo, pero allí cabía otra familia, además de los suministros y provisiones. De pronto, una fuerte ráfaga de viento estuvo a punto de derribarla y la dejó helada hasta los huesos. Parecía que iba a ponerse a llover otra vez.

Ya en la casa, el farero depositó a Amelia en un diván de la sala de estar. Sarah observó que había una puerta al otro lado y supuso que daría a su habitación. Él le preguntó si creía que había más supervivientes.

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