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SUSURROS EN EL VIENTO

Elizabeth Haran  

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Fragmento

1

Australia, septiembre de 1845

—Lucy, tráeme el parasol ahora mismo, ¿has oído? —gritó con impaciencia la hermosa joven de cabellera morena. Obviamente, estaba padeciendo por su tez blanca y sonrosada.

—Si el sol le arde en la piel, señorita Divine, debería ponerse a la sombra — aconsejó Lucy a su ama con tono amable. Era muy consciente de lo intenso que podía llegar a ser el reflejo del sol en el mar. Ella misma, con su pelo rubio y su cutis claro, se quemaba en cuestión de minutos. Por eso permanecía de pie bajo la marquesina de la cubierta de popa: para guarecerse tanto del viento, que empezaba a arreciar, como de los rayos del sol.

El S.S. Gazelle se balanceaba entre un creciente oleaje. Estaban costeando el sur de Australia rumbo al canal de Backstairs, un estrecho conocido por sus fuertes marejadas que separaba la isla Canguro del continente. Con aquel viento, sin embargo, la tripulación aseguraba que se haría de noche antes de que llegaran a puerto. Estaba a punto de empezar el mes de octubre y el tiempo debería ser templado, pero el aire parecía tan helado como en una madrugada de invierno.

Apoyada en la barandilla del barco, Amelia Divine miró a su dama de compañía con irritación.

—Este balanceo espantoso me marea, Lucy. Si no me da el viento en la cara, acabaré alimentando a los peces con esas horribles chuletas que hemos tomado en el almuerzo.

Lucy gimió para sus adentros. Amelia no había hecho más que quejarse desde que zarparon, cinco días atrás, de la Tierra de Van Diemen en el vapor Lady Rosalind, y la verdad era que ya la estaba sacando de quicio. Que si hacía demasiado calor, que si hacía demasiado frío. Que si la comida era horrible y los miembros de la tripulación unos groseros. Que si las obligaban a mezclarse con los pasajeros de tercera. Y así dale que dale...

Ni siquiera la breve escala en Melbourne, antes de embarcarse en el vapor Gazelle, había mejorado su humor.

Lucy estaba convencida de que hacía demasiado viento para sujetar un parasol, pero aun así bajó a buscarlo para contentar a su señora. En efecto: apenas se lo hubo dado, el viento se lo arrebató de la mano, y Amelia chilló enfurecida mientras el parasol volaba por encima de la barandilla y desaparecía rápidamente entre la espuma de una ola.

—Tal vez sería sensato protegerse del viento, señorita Divine —le sugirió Lucy. Amelia era tan ligera que Lucy temía que el viento la arrastrase y la hiciera caer por la borda.

—Ya te he dicho que entonces me marearé. Si no tienes alguna sugerencia útil, déjame en paz —dijo Amelia con hosquedad. Se estaba poniendo del mismo color verde que el mar, observó Lucy, y obviamente iba a descargar su malhumor en ella, como había hecho más de una vez en las últimas semanas. Lucy volvió a cobijarse bajo la marquesina, donde la aguardaba otra pasajera, que se había presentado como Sarah Jones.

Sarah había oído la réplica airada de Amelia.

—No sé cómo soporta las quejas y la falta de respeto de su ama —dijo, mirando con odio a Amelia, que se aferraba a la barandilla con una expresión de engreimiento en su hermoso rostro. Ella misma había tenido la desgracia de conocer a muchas Amelias Divine y había recibido el mismo trato insolente. A causa de sus especiales circunstancias, no había tenido más remedio que aceptarlo, pero no entendía por qué Lucy lo soportaba. Estaba a las órdenes de su ama, sí, pero era una persona libre.

Sarah tenía un ojo avezado para identificar a las personas de su misma posición, y Lucy no era una de ellas. Si hubiera estado en su piel, le habría dicho a la señorita Divine lo que pensaba. Lo cual probablemente le habría costado el puesto. Pero solo por la satisfacción, habría valido la pena.

—Necesito el trabajo y el alojamiento —dijo Lucy a modo de explicación—. Llegué a Australia hace dieciocho meses con otras ciento cincuenta y seis jóvenes procedentes de un orfanato londinense. En cuanto cumplimos los dieciséis años, se supone que hemos de abrirnos camino por nuestra cuenta. Yo los cumplí hace solo un mes, pero tuve la suerte de encontrar este puesto de dama de compañía.

—La señorita Divine no debe de ser mucho mayor que usted —dijo Sarah, observando con odio al ama de Lucy—. ¿Dónde están sus padres? —Debían de ser ricos, evidentemente, y sin duda le habían enseñado a mirar con desdén a la clase trabajadora, lo cual no hacía más que aumentar su animadversión.

—Tiene diecinueve. Su vida era envidiable... hasta hace unas semanas, cuando sus padres y su hermano menor fallecieron.

—¿Qué ocurrió?

—Un enorme árbol de caucho cayó sobre su carruaje durante un violento vendaval en Hobart Town. Al parecer, sucumbieron en el acto. Yo he sido contratada para acompañarla a Kingscote, la población de la isla donde viven sus tutores. Amelia no los ha visto desde que tenía once años, pero el mayordomo de la familia me dijo que son personas excelentes, así que estoy segura de que la tratarán muy bien. Rezo para que me mantenga a mí como dama de compañía, porque, a pesar de lo quisquillosa que ha sido, cuidarla no es un trabajo muy arduo. —Lucy tenía un carácter demasiado dulce para sentir rencor por la conducta de Amelia. Su tierna naturaleza se traslucía incluso en sus rasgos delicados y en su cálida sonrisa.

Sarah le dirigió una mirada de escepticismo, como diciendo que preferiría fregar retretes antes que aguantar a aquella niña mimada.

—Si no fuera dama de compañía de Amelia, estaría trabajando en una fábrica o en la limpieza, lo cual no me atrae demasiado —añadió Lucy. Miró la piel agrietada de las manos de Sarah y dedujo que habían pasado mucho tiempo en remojo. Ella también había tenido las manos en esas condiciones mientras vivió en el orfanato.

La antipatía de Sarah hacia la altiva Amelia no se suavizó al enterarse de su desgracia. Estaba segura de que no le faltaba el dinero; y además tenía unos tutores que cuidarían de ella. No cabía duda de que su futuro no sería duro y difícil. Además, era demasiado bella para inspirar compasión. En realidad, Sarah la aborrecía precisamente por ser tan distinta de ella. Aunque tenían rasgos semejantes —el pelo largo y castaño oscuro, la tez blanca, los ojos pardos—, Amelia tenía una cara preciosa, mientras que la suya resultaba más bien insulsa. Aunque ambas se iban a vivir a la isla Canguro, sus nuevos hogares no podían ser más distintos. Y, naturalmente, mientras que Amelia había nacido en una familia adinerada, Sarah procedía de una familia obrera inglesa.

Pese a todo, comprendía el punto de vista de Lucy. Pero aun así le daba rabia que las Amelias Divine de este mundo se creyeran con derecho a tratar como a un esclavo a cualquier ser de clase inferior.

Lucy observó que se estaban acumulando oscuros nubarrones sobre el continente y rezó para que llegaran a su destino antes de que los alcanzase la tormenta.

—Me muero de curiosidad por ver la isla. Uno de los pasajeros me ha dicho que hay playas preciosas de arena blanca y que la pesca es excelente. Amelia se quedó un poco decepcionada al enterarse de que la población era pequeña, porque teme que no haya muchas tiendas donde hacer compras, pero yo tengo muchas ganas de ver las focas y los pingüinos. También me han dicho que el clima es parecido al de la Tierra de Van Diemen, así que no pasaremos muchos días de calor.

Sarah se encogió de hombros. A ella no le importaba cómo fuera la isla. No había tenido la posibilidad de escoger.

—¿Qué tipo de trabajo va a hacer en la isla? —preguntó Lucy.

Era una pregunta del todo inocente, pero Sarah estaba decidida a darle una versión edulcorada de la verdad.

—Voy a vivir en una granja y cuidaré a unos niños que perdieron a su madre hace cosa de un año.

—Ay, Dios. ¿Qué le sucedió?

—Creo que murió al dar a luz a su séptimo hijo.

—¿Eso significa que uno de los niños a su cargo será un recién nacido? —preguntó Lucy. Aunque compadecía a los hijos del granjero por haber perdido a su madre, no pudo ocultar una pizca de excitación. Adoraba a los niños.

—Me dijeron que el bebé también murió —repuso Sarah, pensando (no por primera vez) que la esposa del granjero debería haber rehusado los reclamos amorosos de su marido. De haberlo hecho, sus hijos quizá tendrían madre todavía. Sin embargo, Sarah era lo bastante realista para saber que la pobre mujer no había tenido más remedio que aceptar su destino y ser una esposa obediente. Y había pagado un alto precio por ello.

Lucy aún estaba pensando en el bebé muerto al nacer.

—Entonces va a ser la institutriz de seis niños —dijo. Era una afirmación candorosa que dejaba ver que se estaba acordando de los críos y los bebés a los que había cuidado en el orfanato: las pobres criaturas no deseadas que no tenían a nadie que las quisiera en este mundo. Dejarlas allí había sido una de las decisiones más difíciles de su vida. Aún recordaba el día, hacía solo un mes, en que salió del orfanato. Parecía que hubiera sido ayer. Los bebés berreaban y los críos gimoteaban, pero las monjas no le permitieron quedarse. A ella se le había roto el corazón; aún sentía una culpa tremenda por haberlos abandonado.

Sarah se sintió aliviada al ver cómo interpretaba Lucy su situación. Era mucho mejor que la considerase una institutriz; que no supiese que era, de hecho, una convicta obligada a trabajar: una presa en libertad condicional. Cuando solo tenía catorce, la habían condenado a siete años de reclusión por robar. Había pasado cinco años muy duros en la factoría penitenciaria para mujeres de Cascades, en Degraves Street, al sur de Hobart Town, trabajando en la lavandería. Como en las granjas de Australia faltaba mano de obra, los hombres y las mujeres de los centros penitenciarios que mostraban buena conducta podían terminar de cumplir su pena trabajando en el campo.

Un guardia de la prisión había embarcado a Sarah en el Montebello, en Hobart Town, y la había acompañado a Melbourne, donde la habían subido a bordo del S.S. Gazelle. Debía presentarse en la comisaría en cuanto anclaran en Kingscote. La policía se encargaría de que llegara a la granja de Evan Finnlay, situada en la costa oeste de la isla. Sarah había quedado consternada al saber que Finnlay no iría a recibirla, pues al parecer la granja se encontraba a ciento cincuenta kilómetros del pueblo, pero el hombre había alegado ante las autoridades que no podía dejar solos a los niños y el ganado. A ella, no obstante, le habían asegurado que alguien la llevaría a la granja, que, según afirmaba todo el mundo, se hallaba en una región de la isla particularmente salvaje.

A bordo del Gazelle viajaban ochenta y un pasajeros y veintiocho tripulantes. El cargamento de sus bodegas estaba compuesto de cobre, harina, mercancías y siete caballos; cuatro, de carreras, con destino a Adelaida. Los propietarios eran tres de los pasajeros, los señores Hedgerow, Albertson y Brown, a quienes se les había oído alardear sobre los triunfos de uno de sus animales en las carreras de Flemington, en Melbourne.

Al cabo de una hora, el cielo se había ennegrecido amenazadoramente y el viento había arreciado. Los mástiles y los aparejos del Gazelle gemían a merced del vendaval. Los tripulantes temían que las velas se desplegaran y acabaran hechas jirones, pero no podrían hacer nada mientras las olas siguieran sacudiendo el barco. Cuando se hallaban cinco millas al sur del faro de Cape Willoughby, en la isla Canguro, que no paraba de emitir su señal de peligro, el oleaje derribó a uno de los caballos de carreras en su compartimiento. Mientras ayudaban al animal a incorporarse, el capitán ordenó reducir la velocidad y poner proa hacia el sudoeste, en dirección al embravecido mar abierto.

Pronto aparecieron olas gigantescas y el S.S. Gazelle se vio violentamente zarandeado por la tempestad. El capitán decidió que para llegar al puerto de Kingscote sería más seguro rodear la isla, en vez de volver atrás y cruzar el canal de Backstairs en

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