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TAMARINDO

Carlos Mateo Balmelli  

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Fragmento

1. MONTAÑA

Esta es la historia de Salvador Monte de Oca, la que nos demostrará que cuando la realidad no nos asombra, nos engaña la imaginación.

El estrépito del reloj indicó que ya eran las cinco de la tarde. Salvador Monte de Oca, mejor conocido como Montaña, interrumpió su jornada de estudio y reflexión. Debía prepararse para salir hacia su programa de radio “Sin pelos en la lengua”, el de mayor audiencia en todo el dial de Villana, capital de la República de O, la ciudad de los olvidosos, fieles oyentes que todos los días encendían la radio, ya fuera en sus autos, en sus casas, en sus locales comerciales, para no perderse la emisión cotidiana del programa de Montaña.

Consciente de lo que implicaba el sonido de la alarma de las cinco de la tarde, dejó a medio hacer la tarea de fijar en la memoria las fechas, cifras y citas con las cuales daba profundidad y veracidad a sus intervenciones radiales. Almacenaba sus conocimientos como si fueran víveres para el periodo de vacas flacas. Había decidido consagrarse al estudio sesudo de las cosas como si hubiese hecho un voto monástico.

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Esa tarde, como todas las tardes, ordenó los papeles y libros que estaban sobre la mesa. Abandonó el sitio en donde elucubraba sus sarcasmos y planificaba sus próximas querellas. En el archivador de papeles situado enfrente de su mesa de escribir anotó los temas de indagación y análisis para el día siguiente. Las ideas centrales, que constituían el libreto de cada programa, las traspasaba a un cuaderno en el que, de puño y letra, escribía aquellas que le parecían lúcidas.

Provocador nato, desafiaba con la intención de triunfar en sus contiendas dialécticas. Se podía estar o no de acuerdo con él pero de lo que nadie dudaba era de que sus acusaciones no podían ser objetadas ni con el mayor rigor socrático. Censuraba a sus víctimas de una manera orgullosa y arrogante.

Cuando se trataba de acusar con la verdad no remediaba en los peligros que sus palabras acarreaban y, de igual modo, su implacabilidad le impedía ejercer el vicio de la piedad con quienes pensaban con los pies. Incluso los destinatarios de sus críticas reconocían que los ataques de Salvador Monte de Oca tenían una dosis de veneno y mortificaban la vida a cualquiera.

Al hablar ante el micrófono se apasionaba, levantaba y bajaba el tono de su voz. Ecualizaba el sonido de su vocabulario para que se apreciase que las palabras no solo visten pensamientos, sino también sentimientos. Espoleaba la ansiedad de los radioyentes pausando su hablar. Estaba obsesionado con la idea de plasmar en la realidad su ideal de pureza y buenas costumbres.

Montaña llevaba una vida crepuscular y de benedictina frugalidad. Cada tarde antes de ir a la radio tenía la costumbre de ducharse y ataviarse con las vestimentas que colgaban del perchero, las que había escogido, meticuloso como pocos, a la mañana temprano, después de su desayuno.

El color de sus camisas era opaco y sus pantalones eran oscuros. Sus trajes y corbatas eran sobrios y estaban hechos a medida. Antes de vestirse controlaba por última vez que la camisa estuviera bien planchada y que la línea del pantalón estuviera recta desde la cintura hasta la bocamanga. No se conocía ocasión en la que se lo hubiera visto desaliñado. Estaba lejos de ser un dandi. Su refinamiento era, pues, el de un hombre austero. Odiaba por igual la dejadez de las personas vulgares como el amaneramiento de los que hacían ostentación de ir a la última moda.

Salvo en el hablar, en todo lo demás huía del exceso. Vivía atrincherado en un frío formalismo y pensaba que con la abundancia la hipocresía desnudaba su insinceridad. Jamás se perfumaba pues los perfumes y desodorantes le provocaban una alergia que le irritaba las axilas en una forma única de inflamación.

A pesar de estas incomodidades sobresalía por su aspecto desinfectado y su vestimenta demodé.

En todos los años que concurrió a sus programas radiales desodoraba, por lo menos tres veces, el estudio de trasmisión. Nunca nadie se burló de él por haber dejado malos olores al abandonar el estudio. Al finiquitar la emisión del programa dejaba tras de sí un aire frío e inodoro y abundantes imputaciones que sembraban la zozobra en el ambiente político. Durante todo el año realizaba su programa con el aire acondicionado funcionando con baja temperatura.

Salvador Monte de Oca descendía de una familia de notables e ilustres personalidades venida a menos. La historia de su familia está moldeada por la impronta de intelectuales y hombres extraordinarios que brillaron por su talento y su honestidad. En su árbol genealógico resaltaba la figura de su abuelo, que ejerció la presidencia de la República de O, de la cual Villana era su capital.

Montaña dijo en “Sin pelos en la lengua”

Quizás he combatido con poco éxito. Será mejor que la historia juzgue mis actuaciones. En toda mi longeva existencia he procurado que mi discurso sirva a la verdad y que mi conducta esté atenta para contrarrestar las desviaciones de los villaneros. Villana y quienes la habitan se comportan como si esta fuese la sede de lo apócrifo y de la apostasía. Lo que en otras partes del planeta se considera vileza, porquería y obscenidad, aquí, en la República de O, se considera distinguido y ­original. La fanfarronería domina la conducta de los gobernantes y la desvergüenza de impunidad instala el sentimiento de que nunca habrá castigo para los que delinquen. Los que manejan los resortes del poder consideran que el paso del tiempo es un anestésico que caló hondo en la misantropía institucional. Ostentan, sin sonrojarse, sus títulos académicos comprados o falsificados. Cuando doctorean se les hace agua la boca y utilizan anglicismos para demostrar que se pusieron a tono con la globalización. La impavidez ciudadana y la rapacidad alevosa de los gobernantes hicieron posible que florezca la impudicia. Los que nos gobiernan se sienten libres de ataduras y no le temen a la ley. Ni acatan ni cumplen el recetario institucional. Estos caraduras rumian sus tragadas sin temor a padecer un cólico estomacal. Lo que más me irrita de todo lo que les estoy relatando es la circunstancia de que no seamos capaces de reaccionar. Nos hemos acostumbrado al peor de todos los servilismos, nos comportamos con el escepticismo de los que tuvieron fe y dejaron de creer. Somos los descreídos que abandonamos nuestro credo para no asimilar otra fe. La ausencia de fe nos transformó en villaneros y olvidosos. El fariseísmo eclipsa el deseo de que sean atendidos nuestros derechos de ciudadanía.

2. LOS HOMBRES MONTE DE OCA

Policarpo Monte de Oca, abuelo de Montaña, fue un hombre de mediana estatura, hombros anchos y amplia caja torácica. Al discursear, tenía un aire de hombre recio e irreductible, su presencia se imponía sin mayores esfuerzos trasmitiendo la sensación de ser de esas personas inconmovibles en sus ideales. Practicaba la filantropía porque le salía del corazón, no lo hacía buscando un rédito político sino porque creía en la pedagogía del ejemplo y en el predicamento de que el ser humano era perfectible.

A Policarpo le cupo ejercer la presidencia del Estado en tiempos revueltos y empapados de sangre. El país se hallaba en la etapa más sanguinaria y despiadada de su última guerra civil. Fue él quien sosegó e hizo deponer las armas a los beligerantes. Refundó el orden republicano atando las instituciones republicanas a la conducta austera, honrada y legalista de los gobernantes y gobernados. Sin apelar a métodos truculentos, estableció un armisticio, impuso su autoridad y fijó el marco institucional del nuevo orden político, sin embargo, no se le pasó por la cabeza suprimir las libertades públicas.

Lideró un proceso que apuntaló la pacificación nacional y la restitución de los derechos políticos a todos los connacionales. En una oportunidad un grupo de seguidores le insinuaron enmendar la Constitución para insertar la figura de la reelección, pero Policarpo se negó rotundamente y aclaró que nunca abonaría las posturas que enflaquecerían los postulados constitucionales.

Su figura está asentada en los libros de historia como la de un guía que supo responder en tiempo y forma a las exigencias de la época. Integraba el grupo de esos políticos excepcionales que cuando son emplazados por la necesidad no se rinden al mandato de esta. Se lo consideraba un político culto, sagaz y decidido.

El día que le dieron sepultura no hubo quien no destacase su honorabilidad y su vocación de tribuno republicano. Fue sepultado con los honores de un padre de la patria. De la estirpe Monte de Oca fue el que dio más brillo al apellido.

El padre de Salvador tenía el nombre pero no la bravura del océano Pacífico. Era el penúltimo de nueve hermanos y poseía una personalidad taciturna y ausente. De Policarpo heredó el amor por los libros y un sentido renacentista de la cultura. Fue educado en la escuela del respeto y admiración hacia las personas que leían en exceso. Su escuálida y esquelética figura no pasaba desapercibida por su altura y su calvicie. Desgarbado y de piel mortecina, proyectaba la semblanza de hombre opacado y triste. La sonrisa enigmática y su aspecto vaporoso lo anatemizaban. Su formalidad se evidenciaba en sus frías manos, en su forma seca e inexpresiva de saludar y en su inmodificable y añeja costumbre de estar trajeado fuera y dentro de su casa. En su rostro chupado sobresalían su frente ancha, sus ojos hundidos, su pronunciado mentón y sus labios finos alrededor de los cuales aleteaban sus nervios que externaban su turbación.

Pacífico creció a la sombra de un gran hombre, lo que supuso, en lo social e intelectual, encumbrarse por encima de sus contemporáneos y, al mismo tiempo, subsistir aplastado bajo la sombra de su padre. Probó suerte en la política sin tener éxito y ninguna trascendencia. Estimo que ni los manuales de historia registran su paso por la política. Era carenciado en la sabiduría del mando y temía ser el primero en dar a conocer sus opiniones. Cobró notoriedad por ser un pésimo orador y se lo consideraba la antípoda de su padre.

Policarpo contaba con una voz estentórea mientras que a Pacífico le tomaban el pelo por su voz aflautada de hermafrodita. Titubeaba y obedecía como un segundón. Las relaciones sociales frecuentes o intensas le daban alergia y a pesar de que por dentro convulsionaban sus traumas, por fuera no se entreveían secuelas de estas convulsiones.

Con su inseguridad enfermiza pagó el precio de haber nacido bajo la seguridad del poder. Desalentado por el fracaso en su carrera política, este se incorporó a la cátedra universitaria y desde el púlpito académico sostuvo polémicas bizantinas sobre arte y filosofía.

Como su padre, Pacífico vivió despreocupado de los bienes materiales y pensaba que ganar dinero era una actividad adocenada y ruin que distraía la energía puesta al servicio de la sublime búsqueda de la paz interior. Pacífico representaba el ­arquetipo del náufrago de agua dulce. Murió en un silencio ­pasmoso, sin que nadie lo notara, como mueren los que le temen al vivir.

3. MANDATO FAMILIAR

La madre de Salvador fue bautizada con el patronímico Leonor y se apellidaba Prada. Era hija de una familia de destacados profesionales médicos que tuvieron la posibilidad de acceder en aquella época a cursos de especialización en el extranjero.

Leonor Prada y Pacífico Monte de Oca contrajeron nupcias cuando ambos se acercaban a los cuarenta años. Los chismes de la época afirmaban que fue un matrimonio por conveniencia, pues la unión tenía la ambición lícita de procrear un varón que perpetuase el apellido. Como se trataba de padres en edad riesgosa, los médicos recomendaron que tuvieran solamente un hijo.

Este nació por cesárea para evitar que la madre corriese algún riesgo. Antes de nacer, el hijo fue laureado con un destino histórico y cuando le daban el biberón le susurraban al oído cánticos que alababan su futuro promisorio.

No en balde lo bautizaron Salvador. Lo llamaron Salvador para que hiciera hincapié en el valor de la justicia y defendiera las causas grandes y nobles.

Luego del embarazo, Leonor no volvió a recuperar su peso normal. Vale recordar que ella siempre fue de constitución gruesa y rústica. Después del parto y del periodo de lactancia, comenzaron a acentuarse los rasgos más llamativos de su cuerpo. Lo que era chico se hizo grande y lo que era grande se hizo más grande. Por ejemplo, sobresalían sus tobillos elefantiásicos, sus piernas anchas, sus nalgas cuadradas y flojas, las grasas que colgaban de sus brazos, el collar adiposo que rodeaba la mandíbula y el tejido graso bajo las pestañas. Su rostro ovalado se ovaló más con los cachetes que se le formaron en las mejillas. Se le engruesaron las manos y los pies. La panza se le redondeó con el uso de fajas untuosas que le impedían, en una posición vertical, alcanzar con la vista sus piernas y las extremidades. Su cabellera se tiñó de un color grisáceo y sus cejas anchas y pobladas se encanecieron. Sus labios y mentón se encarnecieron y su mirada fija y amenazante y sus ojos azules grisáceos, redondos y ­saltones, comenzaron a dibujar el contorno de una personalidad autoritaria.

La vellosidad facial empeoraba el afeamiento de su rostro y se mostraba negligente a la hora de cortarse los pelos que le crecían en los orificios nasales y en las cavidades de los oídos. Tampoco se depilaba un tenue bigote que se le formaba sobre los labios.

Está claro que Leonor era la mariscala y que Pacífico no tenía los huevos bien puestos. Ella decidía sobre todo lo concerniente a la administración de la casa como así también a la educación del hijo. No dejaba pasar el detalle más insignificante.

Así, ella decidía cuándo tomaba la leche, comía un puré de papas, de remolacha, de zanahoria o el arroz hervido con pollo a la plancha. Su vocación de mando llegó al colmo que incluso se propuso decidir a qué hora el hijo debía ir de cuerpo. Le insistía que debía disciplinar sus funciones fisiológicas y que el formalismo protocolar obligaba a internalizar que ir al baño a mear no era una facultad comprendida en el ejercicio del libre albedrío. Leonor subrayaba que pasar al wáter durante la realización de actos de exaltación colectiva demostraba el miedo a la muchedumbre. En cierto sentido, se da por hecho que la idea de un líder cagando mermaría, sin duda, su autoridad moral.

El caudillo debe ser un enigma indescifrable para sus adeptos, de una forma determinada tiene que evacuar sus apremios estomacales o de vejiga en la soledad del poder. Un líder que defeca bajo la supervisión de sus fanáticos atenúa la adulación de la que él se cree merecedor.

Pacífico y Leonor personificaban dos polos opuestos en lo referente a la elocuencia. El primero hablaba a cuentagotas y la segunda tenía una enjundia barroca que utilizaba para amplificar y espesar las cosas que quería exponer. Si tomamos una radiografía de Salvador, es obvio que encontraremos en su psicología el legado de sus tres ascendientes. Del abuelo heredó el germen de la obstinación y la valentía, de su padre la vida crepuscular y unidimensional, y de su madre el habla recargado y fulgurante.

En la intimidad también estaban lejanos. Para ella su dormitorio marcaba un radio de acción en donde estaba prohibida la injerencia de su cónyuge, Pacífico. Ambos compartieron la cama hasta el nacimiento de Salvador. Luego separaron los cuartos y sus vidas. Los dos se abstuvieron de cualquier actividad sexual. Ni siquiera tuvieron sueños libidinosos que los tentasen a imaginar alguna acción prohibida, sencillamente en ellos caducó la sexualidad y la sensualidad. A decir verdad, la tesis de que caducó el deseo sexual es refutable por inverosímil, en su círculo de amigos corría la voz de que Leonor y Pacífico eran asexuales y que llegaron vírgenes al matrimonio y que fue allí donde perdieron la castidad. Figurarse que no tuvieron intensa convivencia carnal no contradice la idea que la imagen que ellos trasmitía. De alguna manera, no sería una idea alocada presumir que quizás la única o una de las pocas veces que hicieron el amor fue la vez que ella quedó embarazada. Jamás se les escuchó a ninguno de los dos emitir un comentario sobre un tema vinculado con la sexualidad, ni siquiera una anécdota o un comentario ­frívolo que suelen ser utilizados con el objetivo de aclarar coyunturas oscuras y contradictorias. En definitiva, la existencia de los progenitores no estuvo atravesada por la libido. La inapetencia sexual de Salvador reverbera el legado sexual de sus padres.

Montaña dijo en “Sin pelos en la lengua”

Desde que acaeció el fallecimiento del prohombre Policarpo Monte de Oca ha declinado el vigor de nuestra democracia. El Estado democrático de derecho ha cedido terreno al Estado de la merdocracia. En la época en la que don Policarpo ejercía su liderazgo, el derecho y la política se compenetraban. Con carisma y con mano dura imponía su autoridad y hacía que se respetasen las instituciones. Durante toda su vida pública fue el más estricto de los celadores de la República de O. Internamente endurecía su defensa a la ley, en su gobierno no se colaban los ladrones. Con rigor y austeridad aceraba la verdad antes de que esta sea tocada por el tiempo. De igual manera, amurallaba las fronteras para impedir que se contrabandee la droga y la pornografía. Mientras él vivía las cosas discurrían por su cauce normal. Con su obra de gobierno el presidente Policarpo Monte de Oca escribió el último renglón de gloria de nuestra democracia republicana. Recuerdo como si fuese ayer el día que lo enterramos. Era una tarde de otoño y de hojas descoloridas. El color grisáceo encapotó el cielo como queriendo anunciar que la infamia, lo falso y lo mendaz llegaban para quedarse. Parecía que los saboteadores de la democracia estaban esperando que sucediera el hecho luctuoso para poner en marcha sus planes de acción turbios y sórdidos. No tuvimos que esperar, pronto se notó la actitud decadente de los olvidosos. En Villana, la capital de la ­República de O, se sustituyeron las virtudes de la discreción y la sencillez por las de la insinceridad y el boato. La razón del espectáculo se impuso a la razón de la política y la indecencia al decoro. Hemos sido conquistados por personajes ruines que se regodean en el cloacal de la política y el estelionato. Algunos de estos ruines salieron de nuestras entrañas y otros entraron por las fronteras. Lastimosamente a todos les hemos otorgado el estatus de ciudadanos dilectos. Daría la impresión que los habitantes de la República de O somos incapaces de reaccionar. Parece que la sensación de desprotección divina del mundo nos aterrara el alma.

Don Policarpo es el ejemplo de mi vida. Imponía su autoridad sin necesidad de amenazas. Cuando actuaba con rudeza explicaba por qué se debía apelar a la fuerza para imponer el orden. Él encarnaba el concepto de republicanismo ideal. Era portador de ideales que parapetaban a los ciudadanos con el escudo institucional. Hoy, so pretexto de demacrar y envilecer las instituciones democráticas, se han apoderado del poder los corruptos e inescrupulosos a los que les importa un comino el bienestar del pueblo. Se gobierna metiendo la mano en los bolsillos de los contribuyentes y dilapidando los recursos públicos en gastos fútiles. En mi desesperación renegué del pasado y empecé a poner todas mis esperanzas en la savia nueva. He cifrado mi esperanza en políticos jóvenes que pensaba que no estaban contaminados con el virus de la corrupción. Todas las ilusiones puestas en la sangre nueva quedaron en agua de borrajas. Estos jóvenes que ostentan sus títulos obtenidos en universidades extranjeras y que se jactan de ser políglotas han sucumbido a la tentación del dinero fácil y rápido. Sin miramientos y prescindiendo de los resquemores ideológicos están ansiosos por recibir la invitación de cualquier gobierno. Tienen la perpetua sagacidad de caer siempre parados.

4. LA CRIANZA DE MONTAÑA

Tan pronto tomó conciencia de su misión histórica, como parte de su destino, él debía cargar sobre su espalda la responsabilidad de limpiar la política de impurezas y la de acabar con el acabose de la decadencia nacional, en la adolescencia, comenzó a sentir el yugo asfixiante de su madre. Esto produjo un cambio en la personalidad del hijo que en los últimos meses de vida de la madre se transformó en una persona huraña y displicente con ella.

Leonor lo subyugó con su voz de superioridad y su fealdad física. El hijo tuvo que enfrentarse con el aspecto materno, se avergonzaba de la edad y la presencia física de su progenitora y la comparaba con otras madres esbeltas, arregladas y femeninas. Cuando Salvador comenzó a discernir sobre estas cuestiones y tuvo uso de razón, ella era ya una mujer de más cuatro décadas.

El descendiente no soportaba enfrentarse a un careo con su madre, para él era insufrible apuntar la mirada hacia el rostro afeado de Leonor. Por lo demás, la única vergüenza que sufría Salvador sucedía cuando Leonor debía recogerlo del colegio.

Con el correr del tiempo, Salvador adquirió la costumbre de no mirar a la cara de su interlocutor. Esto hizo que los que no lo conocían valuasen erróneamente ese gesto como una señal de hipocresía y de vaguedad. Pensaban que el hecho de no intercambiar miradas era una actitud que comulgaba con la ­personalidad de los fariseos indotados para vivir con la verdad. Como después se revelará, nada más lejos de la realidad.

Salvador se hizo mayor en un hogar en donde se reverenciaba a los ancestros familiares. Creció y vivió convencido de que descendía de una aristocracia conformada por patriotas probos que no claudicaban en la custodia de los intereses permanentes de la patria. La aristocracia leal a sus orígenes era aquella que no degeneraba en plutocracia, de ahí que las clases superiores para poseer virtudes superlativas deben extirpar de su seno las rutinas venales y el parasitismo social.

Desde pequeño se afianzaron en el carácter de Salvador ciertos rasgos que resultaron imperecederos. Así verbigracia, el trato formal entre los miembros de la familia no era una pose adulterada que canalizaba un deseo de acartonamiento. En la intimidad familiar la sociabilidad era formal y sobria. Entre ellos nunca existió el voseo y en los diálogos interpersonales tampoco se renunció al uso del usted. El usted era el arma castradora de cualquier intento de espontaneidad. De alguna manera, cuando un coloquio rozaba la superficie de un tema que implicaba vicisitudes afectivas, los dialogantes se sobrecogían y como por un acto de magia enmudecían.

El tuteo no era usado ni siquiera en las conversaciones intrafamiliares. Entre el hijo y el padre jamás existió camaradería o complicidad. Solo se atrevían a intercambiar pareceres sobre las obras clásicas del pensamiento filosófico y la literatura. No se tiene registrada una escena de cariño entre ambos. De modo similar, el contacto entre madre e hijo no difería en mucho de la relación del hijo con el padre. La madre fue autoritaria y protectora.

Le trasmitió la voz imperativa en el hablar y con frecuencia lo aguijoneó para que reaccionase con mordacidad y acritud cuando alguien en su clase desafiase su liderazgo intelectual. Definitivamente, fue Leonor la que le insufló valor a Salvador. De no ser por ella nuestro personaje no hubiera salido del cascarón. La madre tenía in mente hilvanar el destino de su descendiente con la estirpe patricia de los Monte de Oca y con el legado científico de su padre y tíos. Ella visionaba otro Monte de Oca en la presidencia y estaba obsesionada con el temor de que Pacífico le trasmitiese a su descendiente la idea de que el servicio público era una servidumbre ingrata y mal remunerada.

Recelaba de que si su hijo copiaba la inoperancia del padre iba a terminar sus días siendo un mequetrefe como Pacífico. Ella se propuso inculcarle a su retoño que por culpa de su padre el apellido Monte de Oca estaba en deuda con la historia y que él estaba convocado a subsanar ese error. La madre tomó a pecho la obligatoriedad de hacer de su hijo un varón y un individuo con la capacidad de desequilibrar el tablero político.

Presagiaba que si no sustituía a Pacífico en el rol de educador, Salvador sería arrastrado por el torrente de pusilanimidad que arruinó la vida de su marido. Pensaba que para acicatear en el alma de su hijo el fervor y la insensatez por el poder, había que cultivar la vanidad perseverante.

A Leonor no le faltó ahínco y cuando fue necesario aplicó medidas disciplinarias extremas. El hijo tenía prohibido jugar con otros niños. Su educación estuvo marcada por la mutilación sentimental. Si Salvador perdía la concentración en los estudios, cometía algunas faltas de ortografía en los dictados, dejaba de recordar una fecha histórica u olvidaba un escritor emblemático, la furia de la madre no se hacía esperar. Y con el lema en los labios de que la letra con sangre entra emprendía castigos físicos y acosos psicológicos. Las secuelas del matriarcado perduraron toda la vida. De hecho, Salvador no pudo librarse de ellas ni aun fallecidos su madre y su padre, quienes murieron cuando el hijo era tan solo un adolescente y, una vez ocurrido este episodio luctuoso, Salvador tuvo que habérselas solo y remar contra viento y marea en la vida.

Sin respaldo patrimonial tuvo que hacer malabarismos para sobrevivir, y muy pronto comprendió que el prestigio intelectual y los apellidos ilustres en política sirven únicamente para alimentar con margaritas a los chanchos.

Pacífico falleció de un infarto y en aquel entonces se rumoreaba, medio en serio y medio en broma, que ella lo había envenenado. La viuda pereció dos años después a consecuencia de una enfermedad que la aquejaba desde hacía dos décadas. Para graficar el temperamento indomable y empecinado de Leonor, debemos sacar a relucir una referencia no menor en su vida.

En su velatorio tomó cuerpo el comentario de que había estado aquejada por años de una dolencia que la llevaba por la calle de la amargura. A pesar de que fue miembro de una insigne familia de galenos, nadie se atrevió a testimoniar que hubiese apelado al consejo médico. Era tan testaruda y orgullosa que no se recuerda una oportunidad en la que se hubiera quejado o hubiese lloriqueado por alguna dolencia y menos aún que hubiese consultado a un médico. Fue la única no galena en una familia en donde el padre y sus cinco hermanos y los descendientes de sus hermanos abrazaron el juramento hipocrático. Merece la pena recordar que Leonor expiró habiendo tomado la ­extremaunción y sin asistencia forense. El deceso acaeció en la casa donde siempre vivió y de la cual salía esporádicamente. Contó la sirvienta de la casa que la encontró empotrada en el lecho matrimonial con los ojos abiertos y con una expresión de sorpresa. El cuerpo yacía en el camastro y trasmitía la impresión de fastidio, ese fastidio que se produce cuando se juzga que la muerte es prematura.

5. CONTINUADOR DE UN LINAJE

El ascetismo moldeó la sensualidad aletargada y flemática de los Monte de Oca Prada. La pareja de los padres de Salvador fue modélica en el sentido de que no había entre ambos fricciones. La indolencia era la norma en la relación. El marido vivió mirando a las musarañas y la esposa con la ciega y tenaz esperanza de presenciar el día en que con bombos y platillos le diesen la bienvenida política al continuador del linaje.

Según opiniones vertidas por gente con las que solía compartir la hora del té, Leonor no escatimó esfuerzos en forjar el temperamento aguerrido de su heredero. Procuraba todo el santo día imprimirle carácter y le hincaba con la espada de la escoliasta. Salvador debía convertirse en el faro que disipase la sombra de la ignorancia.

Un pueblo sumido en el oscurantismo necesitaba más que un libertador, un iluminador; más que un músculo, una palabra sencilla; más que una ambición, una vocación de servicio y más que una adulación complaciente, una crítica mordaz y feroz.

Para acorralar a sus contrincantes dialécticos necesitaba parafrasear y popularizar a un gran pensador. Debido a la imposibilidad de fijar en la memoria el pensamiento de tantos pensadores, era conveniente declararse adherente de un pensador y convertirse en genuino propiciador de su escuela.

El hijo se declaró acérrimo admirador de Michel ­Montaigne, un propiciador de la tolerancia, la libertad y el humanismo. Ahora bien, Salvador proclamaba a los cuatros vientos que él no pecaría de candidez y que estaba preparado para devolver todos los golpes que le propinasen. Decía que sus contrincantes lo golpeaban y atacaban al mismo tiempo por todos los lados. De ahí partía entonces la convicción de que cualquiera que fuera el daño que se le hiciera al enemigo en tiempo de guerra, aquel estaba por encima de toda justicia. La experiencia de vida de Salvador ilustra que los sueños que nunca ponen sus pies en la tierra son los que no sincronizan con la vitalidad de una época.

Montaña dijo en “Sin pelos en la lengua”

Una honda pesadez me agobia cuando pienso que la República de O no tiene arreglo. Cuando la pasión y la distancia se equilibran me siento impotente, la impotencia me desvanece. Por los alcantarillados de la sociedad discurren los bandidajes. A través de mis dudas se infiltra el cansancio. Mi voz pleiteante se pausa y se aquieta. El escepticismo del que soy víctima permea mi voluntad y, por instantes, aminora mis ansias luchadoras. Quiero desterrar las ideas de mi cabeza y dejar que las lleven las manos invisibles del albur de turno. Recobro el coraje y la ilusión al leer en la historia las innumerables ocasiones en las que un ­individuo salvó al mundo del fracaso. No he perseguido las condecoraciones o los reconocimientos que infatúan y alienan el ­cerebro humano. La única gloria que pretendo es la de vivir tranquilamente, no tranquilo según los otros, sino con arreglo a mí mismo. Me acuesto y me levanto con la misma conciencia y con el mismo calzoncillo.

6. GENEALOGÍA, PASADO, TRAUMAS PERMANENTES

Rastrear los orígenes de una estirpe familiar es faena reservada a los historiadores alérgicos a la historia escrita con mayúscula. La historia escrita con minúscula se ocupa de los hechos aparentemente irrelevantes, prosaicos y repetitivos. Es la intrahistoria que investiga la vida de personajes de la calle, del ciudadano de a pie, del sujeto anónimo y descolorido. La intrahistoria adensa y agolpa en la memoria hechos y personajes aparentemente veleidosos. Sin Juan Pueblo no hay efemérides ni héroes relevantes. En cierto modo, a la historia en mayúsculas le está vedada tomar a préstamo la intrahistoria de la literatura.

La investigación microscópica de los grupos familiares no se detiene en la poda del árbol genealógico ni en la realización del listado de los nombres que pueblan sus ramas. No se comienza talando el tronco y tampoco se zanjan las dificultades con la confección de una guía telefónica. Interiorizarse en los asuntos de familia exige meter la nariz donde huele mal y acudir donde no se nos ha llamado. El peligro que se corre si se husmea más de la cuenta es que la indagación acabe cuando se quiten todos los trapos sucios al sol y se descubra que en los núcleos familiares pueden pasar cosas inconcebibles. El observador puede quedar atónito y desorbitado ante tanta realidad insospechada. Por otra parte, el estudio de la dinámica familiar demanda cautela y rigor metodológico o, de lo contrario, se corre el riesgo de sucumbir ante la tentación del chismerío. En el ser humano, la morbosidad espolea y acicatea más que la razón. Debido a esa simple razón es que somos más curiosos que capaces. Por los porqués recién expuestos, pasaremos a describir y analizar las taras, la jactancia de abolengo y las aspiraciones dinásticas de los que no asimilan que desde el génesis la vida ha sido siempre incompleta. De ahí que indagar en la intrahistoria nos permite escribir a partir de los que sobrellevan y no de los que hacen la historia. Nuestra visión integral dilucida rasgos psicológicos que desde otras ópticas analíticas no serían atendidos.

El narrador, que no se tiene a sí mismo por un psicólogo, psicoanalista o enfermero del alma, considera imprescindible desnudar, de una forma breve y llana, sus puntos de vistas sobre la durabilidad de los traumas adquiridos en los primeros años de existencia. En tal sentido se asegura que las experiencias dolorosas de ese periodo se insertan en el corazón como resacas que no fueron desecadas por la vida. Basta que una aflicción inédita active los mecanismos de neurosis depresiva para que la persona sienta trastornos emocionales. Esta situación revierte el equilibrio psicológico hacia estadios de angustia, ansiedad y apatía.

7. INFIERNO FAMILIAR

El abordaje de la vida de Lluïsa sería incompleto e indescifrable si no se conociesen sus antecedentes familiares, y son las ramas de ese árbol genealógico las que recorreremos ahora.

Las crónicas familiares de Lluïsa Busquets dan cuenta de un entorno familiar en el que los problemas de convivencia eran irresolubles. José Antonio Busquets —así se llamaba su padre— era de constitución fornida y de estatura media. Nacido en la posguerra civil, tenía un aire de hombre sencillo. Persona de poco hablar, José Antonio Busquets integraba las denominadas Jons (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, habitualmente conocida como Falange española), se enorgullecía con frecuencia de que su padre luchó por la unidad de España y de que él militó, en el albor de su juventud, en el Movimiento Nacional.

Manuela Navarro —la madre de Lluïsa— pertenecía a una familia murciana que emigró a Barcelona a comienzos de los años cuarenta. Su origen proletario no fue impedimento para que Manuela se transformase en una mujer desinhibida y culta. La Falange, Franco y la unidad de España la tenían sin cuidado. Combatía en contra de las convenciones sociales y fue una precursora de la emancipación femenina. Reclamaba la destrucción de los tabúes que reprobaban la práctica del sexo prenupcial, reivindicaba la igualdad entre el hombre y la mujer y que la gente abriese su mente a favor de nuevas costumbres.

La sacaba de quicio la mujer mojigata y el hecho de que un hombre saludase a una mujer con un beso en la mano. Obtuvo el título universitario de ingeniera. Dotada de un físico excepcional, fue una de las primeras en llevar minifalda y lucir unas piernas largas y delgadas. Era de esas mujeres mediterráneas que se hacían más hermosas con la luz del sol.

Todo brillaba en ella, brillaba su cabellera rubia, sus ojos azules, su dentadura blanca y su piel dorada. Era una mujer deslumbradora que no necesitaba de actitudes postizas para llamar la atención. Y al igual que su marido ella también poseía temperamento agresivo, pero honesto y confiado.

Cuando se casaron en España no existía ley de divorcio. El matrimonio se consagró con las formalidades jurídicas y religiosas que le daban perpetuidad a la institución familiar. José Antonio y Manuela se casaron a pesar de la resistencia que ella opuso. Para él Manuela fue un flechazo. José Antonio tambaleaba y reblandecía de amor por ella. En cambio, el sí de ella fue reticente y lo pronunció fingiendo una sonrisa, a regañadientes. Manuela se casó sin estar enamorada y no tuvo que pasar mucho tiempo para ver que las cosas entre ambos no saldrían bien. La vida conyugal duró lo suficiente como para dejar secuelas imborrables. Al inicio surgieron desavenencias que pudieron subsanarse con dar el brazo a torcer, pero luego se transformaron en problemas derivados del desapego emocional.

El período de vida marital fue un infierno, las disputas comenzaban con un asunto trivial y terminaban a bofetadas limpias. Ella le reprochaba que por la cobardía de él estuviesen casados y que si de ella hubiera dependido no se hubieran casado jamás. No se perdonaba haberle abierto las piernas a un hombre tosco y machista que lo único que veía en ella era la futura madre de una decena de críos.

Manuela se reprochaba su candidez, y maldecía la hora en la que le comunicó a José Antonio que no le venía la regla. Y desde que confirmó su suposición ella procuró abortar, recurriendo a su ingenio y seducción para convencer a su novio de que la preñez no garantizaba la felicidad ni la fidelidad matrimonial. José Antonio no retrocedió en su decisión, llegando a amarla de una manera posesiva.

De pura casualidad se topó con ella en un encuentro de amigos y desde el mismísimo instante que la vio hermanó el amor con los celos. Celó de todo lo que a ella la rodeaba, de lo que sus ojos miraran y ni qué decir de su pasado. Los celos permanentes de José Antonio constituyeron un rasgo nuevo en su personalidad y, prisionero de estos, se transformó en una persona seca y porfiada. Manuela contrajo matrimonio con la certeza de que la unión no duraría más de la cuenta, en cambio, para él, el matrimonio suponía un nudo que nadie podía desunir.

José Antonio era hijo de una familia catalana burguesa que dedicaba su vida al trabajo y a la expansión industrial del grupo familiar. Era un conservador que creía en un orden jerárquico y en el valor de la palabra. Educado en la tradición católica, pensaba que la realización personal y la salvación de las almas eran posibles dentro del núcleo familiar. Desde finales de su pubertad, su mamá había estado sugiriéndole que fuera buscándose una madre para sus nietos.

En un comienzo, cuando solo pensaba en estudiar y trabajar, José Antonio hacia oídos sordos al pedido de su madre, especialmente en aquellas ocasiones en las que esta lo hostigaba con su deseo de tener una nuera de moral intachable y que fuera hacendosa en las faenas del hogar. Con tal de que la pretendida esposa reuniese estos requisitos se daría por satisfecha porque, en verdad, a la suegra le importaba un rábano que su nuera aportase una dote o el blasón de un apellido ilustre.

El padre, a pesar de los años, mantenía una cabellera tupida y aclarada por un blanco platino. Alto, delgado y de rostro enjuto despedía un aire de escepticismo amable. Ella era delgada y distinguida. Su personalidad era quieta y reflexiva. Llevaba el cabello corto y sus ojos verdes parecían que estaban permanentemente abiertos. Los amigos de la pareja afirmaban que ella era la que mandaba en los asuntos familiares y que a la par de inculcar los valores católicos con un leve sesgo liberal era la que pregonaba mirar el futuro sin los ojos del pasado. Eulalia apuntaba que había veces que era mejor un empate decoroso que una victoria pírrica. Este tipo de reflexión era, para la época, considerada el estadio anterior del libertinaje.

Más allá de sus aires modernistas, la madre seguía siendo una conservadora que logró inocular en la mente de José Antonio la idea de la monogamia y la sumisión femenina. Ella tenía una visión tradicional de la familia según la cual la mujer estaba hecha para parir, obedecer al marido y educar a los hijos. Para que el matrimonio funcionase el marido debía traer el alimento a la casa y la esposa debía cuidar de la prole.

Cuando a los padres de José Antonio se les informó de la preñez de Manuela, estos reaccionaron con pragmatismo. No lo tomaron como si fuera el fin del mundo. Se preocuparon más por los preparativos de la boda que por el embarazo prenupcial. Se propusieron no perder energías en dilemas morales y le pusieron buena cara al mal tiempo. No querían que la gente empezase con las patrañas y que la familia terminase siendo considerada como el hazmerreír del barrio.

El embarazo y las presiones familiares impidieron que Manuela postergase la decisión de vestirse de blanco y de presentarse ante el altar como una jovencita virginal y enamorada. En un día nublado, con en el aire enrarecido y un cielo de bochorno, Manuela y José Antonio contrajeron nupcias en la catedral de la Santa Creu i Santa Eulàlia. La pesadez del cielo plomizo presagió el final de la relación.

Los desacuerdos no tardaron en llegar y muy pronto se extinguió el periodo en el cual las agresiones se saldaban con un silencio indiferente. Manuela se quejaba de la vida tediosa y del hartazgo que sentía por estar metida en la casa y no saber qué pasaba en las calles. El contorno hogareño la oprimía y la hacía sentirse recluida en una jaula de oro.

Cambiar pañales, calentar biberones, poner la mesa, preparar la comida y hacer el amor cuando él lo requería, constituía para ella una vejación tras otra.

Buscó el consuelo de una amiga que le recomendó que se divorciase cuanto antes o de no hacerlo así se buscase un amante. Las relaciones extramatrimonial ...