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TAXI

Carolina Ortega  

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Fragmento

Imprimía unas páginas con argumentos contra una ley cuando llegó el mensaje de texto de mi tío. Esa noche, la Cámara de Diputados estaba animada: el poder ejecutivo había enviado una serie de medidas que afectarían al poder judicial y todos los diputados, a favor y en contra, querían lucirse. Las calles de los alrededores estaban desiertas, lo que hacía que resaltaran aún más las luces de los camiones de exteriores que transmitían en vivo cada detalle para los principales canales de noticias.

Esa noche era una más de la mayor parte de las noches de sesión que pasábamos en el Congreso, donde se monta una escenografía y se representa una obra que se ha escrito de antemano en la semana. Porque en los pasillos diurnos es donde se trabajan y se discuten las leyes en serio; las noches de sesión son solo el desenlace con pompa y circunstancia. En esa suerte de teatro trabajaba como asesora desde hacía más de cuatro años.

Estaba terminando de cerrar unas líneas para sumar a los discursos de los diputados para los que trabajaba, cuando llegó el “a tu mamá la asaltaron” desde el teléfono celular de mi tío Amílcar, hermano de mamá.

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Hacía más de quince de años que había dejado la casa familiar en el conurbano bonaerense para vivir en Capital Federal. No era de sentirme en casa en esa casa, salvo las tardes de sábado en las que el sol se filtraba por entre las cortinas de lino teñidas con té, y bañaban todo de un tono amable.

Atiné a contestar “voy” y me paralicé por segundos. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? Ya me había olvidado de la última vez que había tenido un novio a quien llamar, mi tío Amílcar cuidaba de mi abuela viuda, mis amigos vivían lejos. Carlos, uno de los abogados que trabaja conmigo en la oficina, me dijo: “Andá, Caro, yo aviso acá”. Ese fue el empujón que me faltaba para asumir que, una vez más, estaba sola para decidir y hacer.

Bajé los siete pisos que me separaban de la calle revisando la cartera. Tenía las llaves de la casa de mi mamá pero nada de dinero. Calculé que no solo debería pagar un remís que me llevara sino también un cerrajero y algunos medicamentos, ya que mi mamá aparentemente estaba golpeada y esperaba en lo de una vecina que la había socorrido.

Llegué al banco de la esquina donde el cajero automático denegó mi tarjeta. “No funciona, ya le pasó a varios”, me dijo el linyera que se protegía de la noche entre las máquinas. Salí y miré para los cuatro lados, no había nadie en la calle. Respiré profundo y recordé que en mi departamento tenía algo de efectivo guardado. Por Callao vi asomarse una luz roja. Un taxi. Estiré el brazo y me subí, indicándole las coordenadas.

El habitáculo cerrado y el silencio del conductor me ayudaron a concentrarme. “Hacé foco”, me repetía, mientras me tragaba la angustia. Busqué en la memoria del celular y llamé a la comisaría del barrio. Me atendieron rápido. Comenté lo que había pasado, le di la dirección de mi mamá al operador y le pedí que enviara un patrullero. “La asaltaron al entrar, se llevaron las llaves y está con su vecina, las dos son solas, están asustadas”, imploré.

Corté. Los reflejos azulados de las torres de Retiro indicaban que ya llegaba a mi casa. El taxista habló por primera vez. “Conozco el barrio para el que va, ¿quiere que la lleve?”. La voz no me dijo nada, sonó operativa, justo lo que necesitaba. Pensé un instante: ¿Conseguir un auto que quiera encarar a esta hora de la noche un viaje a provincia? “Espéreme acá que subo a buscar algunas cosas y vamos”, le contesté. Agarré una remera, un pantalón y el dinero que guardaba en una bota al fondo del placard. Empujé todo dentro de la misma cartera que traía, le di un beso a la figura de Ganesha que tengo sobre la mesa del recibidor y salí.

A pesar del otoño, aún el aire olía a la madreselva de la terraza vecina mezclada con hollín. El taxi esperaba donde lo había dejado. Subí, me ajusté el cinturón y tomamos la 9 de Julio directo al sur, nos esperaban unos cuarenta y cinco minutos de viaje. En twitter tipeé un comentario deseándole un lento dolor de huevos al asaltante. El teléfono comenzó a sonar: algunos de los diputados con los que trabajaba, un amigo, mi hermana que recién se enteraba, mi tío Amílcar. Repetí la historia del robo mil veces siempre con tono eficiente y casi distante pero estaba muerta de miedo y angustia. Si le hubiese pasado algo más grave… no podía dejar de pensarlo.

Pasaron unos veinticinco minutos, los llamados cesaron y se me ocurrió mirar alrededor. El dispensario de Temperley en el que trabajaba la mamá de mi primer novio se asomaba por la ventanilla, estábamos a minutos de mi jardín natal. Entonces miré hacia adelante y me choqué con el rostro del taxista en el espejo retrovisor. No podía creerlo. Cerré los ojos y apreté fuerte los párpados, abrí y volví a mirar. Tenemos los mismos ojos, no había dudas.

Miré de nuevo hacia afuera, se me dio por observar el cielo, no había luna ni una estrella. Respiré hondo y escribí un mensaje de texto a Aki, mi mejor amigo. “No sabés lo que está pasando: el que maneja el taxi que me lleva a casa es mi viejo”.

Treinta años después de la última vez que lo había visto, una tarde de sábado en la puerta de la misma casa a la que ahora volvíamos, me reencontraba con mi papá.

Hay tantas historias como protagonistas con ganas de encontrarlas y encontrarse. Pueden estar ahí, al subir a cualquier taxi. La cuestión es animarse.

En la serie de televisión Lost hizo falta un avión estrellado, osos polares en plena selva tropical y un humo negro que hacía aparecer y desaparecer gente para obligar a un grupo de desconocidos a enfrentarse a sus peores temores, a amigarse con su lado más oscuro, a poder morir en paz. A veces los humanos somos así de duros de pelar.

No escapo a la regla: a los siete años comencé a esperar que llegara mi avión estrellado sentada en la barra de una confitería en Plaza Constitución, la estación de trenes que hace de punto límite entre la Capital Federal y el sur del conurbano bonaerense.

Me sentaba contra la ventana mientras mi viejo leía el diario y cada cinco minutos relojeaba si el nivel de la taza de café con leche que me había pedido bajaba. Yo seguía atenta al árbol de la vereda de enfrente.

Esta rutina llevaba dos meses, desde que mi viejo había sepultado la lengua más que de costumbre y mi mamá salía de la cama a puro llanto, se secaba, y volvía a llorar.

Los sábados, a eso de las ocho de la mañana, salíamos los tres: mi viejo, mi hermana Gimena y yo. Mamá dormía. Desde hacía poco, había empezado a hacer changas los viernes por la noche en el guardarropas de un salón de fiestas. Volvía de madrugada, con los pies hinchados y los dedos marcados por los alfileres que usaban para identificar los sacos con los números de orden que entregaban a sus dueños.

Mi viejo siempre “tenía cosas que hacer” los sábados. Entonces íbamos al encuentro de Abuela Chicha y Abuelo Aníbal. Caminábamos hasta la puerta de la panadería donde trabajaba la abuela y ahí dejábamos a Gimena. Nosotros encarábamos para la estación y tomábamos el tren. Llegábamos a Co ...