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TE BUSCARé MIENTRAS VIVA

Paco Lobatón  

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Fragmento

Ser agradecidos

A mi entender, el agradecimiento es el gesto por el que devolvemos parte de la fortuna con que nos obsequia el destino. Esa es, al menos, la filosofía que he tratado de aplicarme a mí mismo a raíz de la experiencia de notoriedad a gran escala generada por mi trabajo profesional en televisión, primero en los telediarios de mediados de los ochenta y luego por el programa QSD de los noventa. Gracias probablemente a que esa inusitada sobredosis de fama me pilló ya con un cierto grado de madurez personal no sufrí el espejismo que consiste en confundir la magnitud de tamaña notoriedad con las propias capacidades, menos aún con supuestas virtudes innatas. La notoriedad televisiva es ante todo una consecuencia del impacto masivo del medio, una suerte de virtud electrónica. La fama, en el sentido más noble y clásico de buen nombre, es otra cosa: el resultado de una actitud sincera, continuada y coherente en la tarea de comunicar, entendida como un oficio al servicio de la gente. Y es la gente quien otorga los créditos, es decir, la credibilidad. Ese es el bien más preciado, sobre todo desde que el concepto de fama o de famoso se ha banalizado hasta extremos irritantes.

Vivo mi dedicación a la causa de las personas desaparecidas como una manera de devolver a la sociedad el grandioso crédito que me fue otorgado por mi trabajo periodístico, especialmente el desarrollado en televisión.

A la hora de expresar este agradecimiento general siento que debería incluir miles de nombres propios, precisamente esos que tan a menudo se reducen a meras cifras de audiencia. Entre ellos hay personas que un buen día dejaron de ser espectadores de éste o aquel programa de televisión para convertirse en los protagonistas de una historia de desaparición. Y aunque no haya conocido a todas esas personas por razones obvias —son más de cien mil las que pasaron por ese trance tan solo en los últimos seis años[1]— quisiera que estuvieran representadas en las familias cuyos testimonios dan vida a este libro.

Se trata de catorce historias. Son parte de la realidad de las desapariciones tal como se han producido durante las tres últimas décadas en España, aunque hay muchas más que merecerían ser contadas, porque cada desaparición es absolutamente singular. Para este libro fueron 14 las familias que, durante el verano de 2017, me abrieron sus casas —y a la vez sus corazones—, confirmando su deseo de seguir buscando a sus seres queridos, de no abandonar la lucha. De Galicia a Andalucía, de Cataluña a Castilla y León y a Canarias, fui llamando a sus casas, con una grabadora digital y una libreta de notas como únicas armas. A casi todos los conocía desde tiempo atrás, como cuento a pie de relato, pero todos, sin excepción, me han permitido descubrir aspectos nuevos, algunos de ellos verdaderamente sorprendentes, no solo con respecto a la desaparición de sus seres queridos sino también en relación a la batalla interminable por saber qué fue de ellos, por liberarse de la incertidumbre y llegar a un final. Siempre pensé que eran sus voces el mejor antídoto contra el olvido: por eso están aquí como núcleo del relato esencial de Te buscaré mientras viva componiendo una suerte de autobiografía colectiva de los desaparecidos. Se trata de las voces de:

Mari Carmen y María, hermana y madre de Isidre y Dolors Orrit Pires

Juan y Luisa, padres de Cristina Bergüa Vera

Antonio, hermano de Angelines Zurera Cañadilas

Carmen, hermana de Juan Antonio Gómez Alarcón

Antonia y Héctor, madre y hermano de David Guerrero Guevara

Isidro y Rosa, padres de Paco Molina Sánchez

Jesusa y Carmen, hermanas de María Sánchez Moya

Antonio y Teresa, padres de María Teresa Fernández

Ithaisa, Pepe y Herminia, madre y abuelos de Yéremi Vargas Suárez

Nieves, Lupe y Patricia, madre, tía y prima de Sara Morales Hernández

Ana María, madre de Borja Lázaro Herrero

Carmen, hermana de Sonia Iglesias Eirin

Juan Vicente e Isabel y Teresa, padres y abuela de Caroline del Valle Movilla

Mercedes, Sandra y Tamara, esposa e hijas de Elías Carrera

La idea de este libro es muy distinta a la que inspiró A corazón abierto (Temas de hoy, 1997) una primera reflexión sobre la experiencia vivida en Quién Sabe Dónde. A diferencia de aquel, en esta ocasión, las historias están contadas en primera persona por los allegados más directos a los verdaderos protagonistas, las personas desaparecidas. La otra gran diferencia es que en esta ocasión el libro forma parte del trabajo emprendido con la creación de la Fundación Europea por las Personas Desaparecidas QSDglobal, a la que se destinarán íntegramente los fondos que se obtengan por su venta.

A la directora de la Fundación, Anabel Carrillo Lafuente, debo una gratitud principal por ser alma y cuerpo de iniciativas constantes, por su entrega incondicional a la causa y por su generosidad sin límites. Pero también y en relación a la elaboración de este libro, por haber sido paciente lectora de los borradores, y, a la vez, estímulo y conciencia crítica de su contenido.

Amalia Vílchez, profesora de literatura y escritora, me ayudó a poner sobre el papel los primeros esbozos narrativos de horas y horas de grabaciones, cuidadosamente transcritas por Tamara Morillo, Asunción Ariza y Alejandra R. Campomanes. Gracias también a Manuel Alcázar, siempre tan discreto como eficaz en su afán de que los números cuadren.

De mis inseguridades de escribidor se ocuparon con oficio y afecto más que notables mis editores, Gonzalo Albert y Laura Ferrero. Y no hubiera llegado a ellos de no mediar Luisgé Martín, a quien ya admiraba como novelista antes de conocer sus buenos oficios como agente literario.

Gracias también a ti querido lector, querida lectora, por haber elegido este libro. Gracias doblemente si lo has hecho como un gesto de compromiso y de complicidad porque ya tienes noticia de la realidad que aquí se relata; si no fuera así, te aseguro que las voces que te dispones a escuchar no te dejarán indiferente.

Prólogo

Como estrellas de mar

La diferencia entre vivir y simplemente existir es tener una causa. La mía es la de las personas desaparecidas. No fui yo a buscarla. Vino ella a mi encuentro en un quiebro inesperado del destino que me llevó de la radio a la televisión para contar historias, hasta entonces desconocidas para mí, de ciudadanos desconsolados en busca de seres queridos desaparecidos, ausentes sin motivo conocido. Hace veinticinco años de eso. Me acuerdo bien porque yo entonces rondaba los cuarenta y ahora acabo de rebasar los sesenta y cinco. Kapuściński decía que hay solo dos causas en el periodismo que justifican la militancia: la de los refugiados y la de las desapariciones de personas. El mismo admirado reportero polaco escribió que este no es un oficio para cínicos. Es cinismo conocer el sufrimiento de otros y ser ajeno a él o no intentar hacer todo lo que esté en tus manos para paliarlo. Lo opuesto al cinismo es un compromiso activo en el sentido de militancia, recordado por Kapuściński, o en el definido por José Saramago como un deber implícito, escrito en el reverso de los derechos humanos básicos. Algunos siglos antes Sócrates había sentenciado: «Cuando estoy ante alguien que ha sufrido, me siento ante un ser sagrado».

Pues bien, si algo percibí desde mis primeros contactos con personas que estaban intentando afrontar la desaparición de uno de los suyos, fue la hondura insondable de su sufrimiento. Por eso he seguido y sigo vinculado a la causa. Primero, a través del propio programa durante los seis años ininterrumpidos que estuvo en antena; luego, en forma de colaboración con asociaciones de familiares de desaparecidos, como Inter-SOS, y, desde 2015, con la creación de la Fundación Europea por las Personas Desaparecidas QSDglobal. Este libro, sin ir más lejos, forma parte de las tareas de la fundación destinadas a ampliar todo lo posible la conciencia social sobre la realidad de las desapariciones. A ese mismo objetivo responde otro empeño de comunicación a gran escala, como está llamado a ser el programa Desaparecidos en TVE. Con él se pone fin a un paréntesis de diecinueve años de ausencia de este tema en su parrilla principal. Han transcurrido casi dos décadas en las que no he dejado de llamar a la puerta de la radiotelevisión pública con diversas propuestas para un Quién Sabe Dónde actualizado; la mayoría de las veces lo hice con una renuncia expresa a seguir siendo la imagen principal del programa, a fin de hacer patente la renovación del formato y de que nadie pudiera reportar a la cadena falta de ideas nuevas. Lo importante para mí siempre fue y sigue siendo salvaguardar sus contenidos esenciales y hacerlos participativos para la audiencia. La crónica de esas tentativas daría para un largo capítulo, puede que muy ilustrativo de los cambios que han tenido lugar en la manera de entender y de hacer televisión en nuestro país, en general, y, en particular, en el ámbito de la radiotelevisión pública estatal. No descarto contarlo algún día, pero creo que no es este el lugar ni tampoco el momento. Ahora manda el presente, en el que se ha recuperado un espacio digno y en el horario en el que puede aspirarse a conquistar grandes audiencias con las que ayudar a

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