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TE CONOZCO, MENDIZáBAL

Eduardo Sacheri  

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Fragmento

Cubierta Portada Dedicatoria
Te conozco, Mendizábal Nunca tuve suerte con las mujeres El hombre Decí que el Carozo es un tipo de recursos La última visita de Edmundo Sánchez Matar el tiempo Acabo de mirar el reloj Ahí viene caminando Andrés Confesión de amor en la parada del 93 El castigo Estimado doctor Cruzar el puente Las precauciones necesarias Encuentros clandestinos 9 de diciembre de 1824 Mi abuelo sabía mucho de fútbol Mi mujer es una persona sumamente discreta El piloto de combate Biografía Otros títulos del autor Créditos Grupo Santillana

A mi madre, Nilda,

por la ternura y el abrigo.

A mi padre, Héctor,

por la aventura y por la magia.

A los dos, por la

niñez que me dieron.

Te conozco, Mendizábal

Te conozco, Mendizábal. Te conozco tanto, mirá vos. No te miento si te digo que puedo contarte todo lo que hiciste desde que te escapaste, fijate. Todo este tiempo, estos años... Te puedo decir qué hiciste cada día, cada hora, atendeme, desde que te borraste del mapa.

No, no me pongas cara de compungido, Mendizábal. Esa cara no te la cree nadie. Ni vos te la creés. Quedate ahí sentado, y dejame mirarte un poco, che. Estás igualito, mirá vos lo que son las cosas. Igualito, igualito, me cacho. Y yo con esta panza, y estas canas. Si parece que fuera treinta, ¡qué digo!, cuarenta años más grande que vos. Y nada que ver che, porque, ¿qué te llevo? Quince, o veinte a lo sumo, ¿no?

Ah, ¿eso quiere decir que sí? ¿Así que ahora se te dio por contestar con gestos? No me digás que hasta de hablar te olvidaste, Mendizábal. Bueno, también..., todo este tiempo tan solo, tan alejado de todo el mundo, se ve que se te olvidó. Y mirá que te gustaba hablar, ¿eh? Mirá que antes eras un disco, meta y meta charla. Y ni te digo cuando tenías algún vinito encima. Pucha digo, no había quien te parara, Mendizábal: chiste va, chimento viene, hilvanando una con otra, una con otra... Y ahora nada, fijate. Desde que entré te me quedaste mirando con esa cara medio de puchero, medio de opa. Miraste a todos lados, eso sí, a espaldas mías. Y paraste la oreja tratando de oír qué pasaba en el pasillo. Trataste de ver si venía solo, o había traído a alguien para ayudarme, ¿no?

Si no hay caso, Mendizábal, sos el mismo de siempre. Pero siempre fuiste medio chambón, sabés. Medio atolondrado. ¿Cómo vas a dejar el caño en la mesa de luz, con lo que tardás en sacarlo? No, mi amigo: el caño, debajo de la almohada. Ley de fierro. Punto y aparte. Y más en una pensión de mala muerte como ésta, no sé si me explico. Mirá si se descuelga un perejil para afanarte, o algún mamado se te equivoca de pieza. A lo mejor conmigo pensaste eso, ¿no, Mendizábal?

O a lo mejor es que te has reblandecido con el tiempo. Ha de ser eso. Porque dejarte madrugar así, fijate un poco. Y mirá que yo solito, ¿eh? Porque afuera no hay nadie, te lo garanto. A lo mejor te extraña que haya venido solo. Y si te descuidás tenés razón, mirá vos, en extrañarte. ¿Sabés qué pasa? Que si le decía a alguno de los muchachos: “Che, pibe, acompañame que me pasaron el dato de dónde está acovachado Mendizábal; y deciles a dos muchachos más”, seguro que venían, ¿viste? Pero andá a saber cómo reaccionan al verte. Figurate, Mendizábal, con la bronca que se morfaron con

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