Loading...

TEMPORADA ALTA

Nacho Figueras  

4


Fragmento

Querido lector:

Aprendí a montar a caballo a los cuatro años, y empecé a jugar al polo a los nueve. Tango se llamaba la yegua con la que aprendí a jugar, y fue mi primer amor. Me enamoré de la belleza de los caballos, e idolatré la fuerza y la bravura de los mejores jugadores. En mi Argentina natal todos tienen la posibilidad de asistir a un partido de polo y ver lo apasionante que es. Siempre tuve el sueño de compartir el deporte que amo, el juego que me ha dado tanto —como persona y como atleta— con el resto del mundo. Por algo Lauren lo eligió. Hay algo muy sexy en un hombre que monta a caballo, en la velocidad y la adrenalina. Es muy atractivo para las mujeres. Es un hecho.

Conocí a mi esposa en un partido de polo. Yo estaba en la tribuna y ella subía las escaleras, y yo la miré y ella me miró, y los dos nos miramos. Yo conocía a su primo. Fui a buscarlo y le dije: “¿Podrías presentarnos?”. Y el primo me respondió: “Qué gracioso; ella acaba de pedirme lo mismo”. El primo nos presentó y conversamos un rato. Eso era a comienzos del verano, y después no nos vimos durante dos o tres meses. Cuando terminaron las vacaciones volvimos a encontrarnos y empezamos a salir, y estamos juntos desde entonces...

Me entusiasma muchísimo presentar la serie Temporada de Polo, que combina mi deporte preferido con un poco de romance. Espero que, ya sean fanáticos del polo o totalmente novatos en el juego, puedan disfrutar de estos personajes y sus aventuras.

CAPÍTULO 1

“¡No!”, respondió Georgia, riéndose. “Tengo cero interés en el polo.”

“Eso es porque nunca viste un partido”, dijo Billy. “Es algo verdaderamente asombroso. Cómo pelean cuerpo a cuerpo en el campo, todos enredados, chocándose, un entrevero sudoroso y peligroso de pechos jadeantes y piernas firmes…”

Georgia hizo un gesto negativo con la cabeza al rostro bello y provocador de Billy en la pantalla de Skype. “No sé si estás describiendo a los caballos o a los jugadores.”

Billy enarcó una ceja. “Bueno... a decir verdad, a ambos. Como sea, Peaches, por favor. Hazlo por mí. Una semana en Wellington. ¡Será muy divertido! Lo pasaremos como nunca. Está bien, me rindo, diré toda la verdad y nada más que la verdad: conocí a alguien y necesito desesperadamente tu opinión al respecto.”

“Por supuesto que necesitas mi opinión”, dijo Georgia. Desde que se habían conocido en Cornell, había habido una interminable serie de hombres inadecuados sobre los que Billy necesitaba desesperadamente su opinión. “¿Cómo se llama este?”

“Beau.”

“No. ¿En serio?”

“Ya lo sé. Es algo típico de Virginia. Caza zorros con sabuesos. ¿No te encanta cómo suena? Creo que puede ser El Elegido.”

Georgia no pudo contener la risa. “¿Porque caza zorros con sabuesos?”

“No, porque es guapo, y dulce, y un poco rico, y hace esa cosita con la lengua que me vuelve looo...”

Georgia alzó las manos. “Okay, okay, ahórrame los detalles.”

“Hablo en serio, Georgie, no quiero que vengas sólo por mí. Este lugar te encantaría. Puro sol y alta moda, playas perfectas, gente hermosa, caballos de un millón de dólares, ah, ¡y las fiestas más locas y decadentes que te puedas imaginar!”

“Sí, bueno, en cuanto al sol... me quemo con sólo mirarlo”, dijo Georgia, “y respecto de la moda, creo que alguna vez tuviste la gentileza de decirme que visto igual que esas mujeres que viven en la calle. La sola idea de una fiesta en Palm Beach me da urticaria y además —miró por la ventana la finca cubierta de nieve e iluminada por la luna en el norte del estado de Nueva York— aquí hay caballos que me necesitan.”

Desde que se había graduado en medicina veterinaria, Georgia ayudaba a su padre en la finca y atendía en el hospital veterinario del pueblo. No era precisamente un desafío —básicamente prescribía remedios para eliminar las garrapatas y erradicaba gusanos y otras pestes, más alguna visita ocasional a un establo en caso de falsa alarma de cólico—, pero sabía que tenía suerte por haber encontrado un trabajo que le permitía estar allí donde la necesitaban.

La finca en cuestión estaba compuesta por un derruido chalet de piedra y un establo destartalado circundados por cuatro hectáreas de pradera al pie de las Catskills. La construcción era tan antigua que sufría los embates de los cuatro vientos y costaba una fortuna calentarla. Georgia sabía que, de no contar con su ayuda, su padre vendería la propiedad... y no soportaba la idea de perder su hogar.

Más de una vez se preguntaba si no habría renunciado a todas sus ambiciones cuando decidió regresar a su casa, pero su padre se había endeudado para financiar sus estudios y ayudarlo ahora era una manera justa de compensar sus esfuerzos. Por eso, cuando se descubría soñando despierta con las oportunidades perdidas o con otras formas de vida quizá más afortunadas, de inmediato pensaba en otra cosa. Georgia amaba la finca y amaba a su padre, y ambos la necesitaban. Con eso alcanzaba.

Presa de la frustración, Billy elevó al cielo sus ojos marrones oscuros y tuvo que morderse los labios para reprimir un comentario ácido sobre la triste y, a su entender, desperdiciada vida de su amiga. “Georgia. Con todo respeto. Pero hay caballos y caballos. El equipo que está con Beau ahora figura, digamos, entre los diez mejores jugadores de polo del mundo.”

“¿Entonces hay por lo menos diez personas que lo juegan?”

Billy suspiró exasperado. “Hay decenas de miles, probablemente. Y, para serte sincero, te fuiste por las ramas. Es un juego sexy y salvaje y te aseguro que te fascinará. Además, marca tendencia.”

“Por supuesto”, dijo Georgia. “Entre el uno por ciento de la población mundial.”

“No tienes derecho a ponerte sarcástica sólo porque estás encerrada en un páramo cubierto de nieve sin nada que te entretenga. Por favor, Peaches. Este tipo me gusta de verdad. Y creo que yo le gusto. Pero sabes que soy muy malo para estas cosas. Cada vez que me enamoro de alguien, termina acostándose con mi primo o dejando en rojo mi cuenta bancaria…”

“O robándote el auto”, bostezó Georgia.

“Ay, Dios, no puedo creer que eso me haya pasado dos veces”, rezongó Billy. “¡Pero date cuenta! Eso es precisamente lo que quiero decir. Necesito tu opinión imparcial. Eres la única persona en el mundo en quien puedo confiar.”

“Billy, lo siento mucho, pero no puedo.”

“Georgia, ¿quién estuvo a tu lado cuando ese hípster macilento al que llamabas novio se acostaba en secreto con esa camarera tan pechugona que parecía tener un mostrador en vez de escote?”

Georgia elevó los ojos al cielo y suspiró. “Tú.”

“¿Y quién pasó toda la noche despierto contigo bebiendo vino barato y mirando Downton Abbey hasta que te sentiste mejor?”

Georgia se revolvió en la silla, cada vez más incómoda. “Tú.”

“¿Y entonces quién vendrá a Florida para asegurarse de que su mejor amigo no cometa otro colosal error romántico?”

Georgia lanzó un bufido de derrota. “Está bien”, dijo. “Cuatro días. Ni un minuto más.”

“¡Sííí!”, festejó Billy. “¡Te encantará! Cócteles. Escándalos. Vestidos sin espalda. Confía en mí. Tendrás todo lo que necesitas. Te enviaré los detalles por mensaje de texto.”

Georgia cerró su laptop de un golpe y alimentó el hogar a le

Recibe antes que nadie historias como ésta