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TEMPORADA ALTA

Nacho Figueras  

4


Fragmento

Querido lector:

Aprendí a montar a caballo a los cuatro años, y empecé a jugar al polo a los nueve. Tango se llamaba la yegua con la que aprendí a jugar, y fue mi primer amor. Me enamoré de la belleza de los caballos, e idolatré la fuerza y la bravura de los mejores jugadores. En mi Argentina natal todos tienen la posibilidad de asistir a un partido de polo y ver lo apasionante que es. Siempre tuve el sueño de compartir el deporte que amo, el juego que me ha dado tanto —como persona y como atleta— con el resto del mundo. Por algo Lauren lo eligió. Hay algo muy sexy en un hombre que monta a caballo, en la velocidad y la adrenalina. Es muy atractivo para las mujeres. Es un hecho.

Conocí a mi esposa en un partido de polo. Yo estaba en la tribuna y ella subía las escaleras, y yo la miré y ella me miró, y los dos nos miramos. Yo conocía a su primo. Fui a buscarlo y le dije: “¿Podrías presentarnos?”. Y el primo me respondió: “Qué gracioso; ella acaba de pedirme lo mismo”. El primo nos presentó y conversamos un rato. Eso era a comienzos del verano, y después no nos vimos durante dos o tres meses. Cuando terminaron las vacaciones volvimos a encontrarnos y empezamos a salir, y estamos juntos desde entonces...

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Me entusiasma muchísimo presentar la serie Temporada de Polo, que combina mi deporte preferido con un poco de romance. Espero que, ya sean fanáticos del polo o totalmente novatos en el juego, puedan disfrutar de estos personajes y sus aventuras.

CAPÍTULO 1

“¡No!”, respondió Georgia, riéndose. “Tengo cero interés en el polo.”

“Eso es porque nunca viste un partido”, dijo Billy. “Es algo verdaderamente asombroso. Cómo pelean cuerpo a cuerpo en el campo, todos enredados, chocándose, un entrevero sudoroso y peligroso de pechos jadeantes y piernas firmes…”

Georgia hizo un gesto negativo con la cabeza al rostro bello y provocador de Billy en la pantalla de Skype. “No sé si estás describiendo a los caballos o a los jugadores.”

Billy enarcó una ceja. “Bueno... a decir verdad, a ambos. Como sea, Peaches, por favor. Hazlo por mí. Una semana en Wellington. ¡Será muy divertido! Lo pasaremos como nunca. Está bien, me rindo, diré toda la verdad y nada más que la verdad: conocí a alguien y necesito desesperadamente tu opinión al respecto.”

“Por supuesto que necesitas mi opinión”, dijo Georgia. Desde que se habían conocido en Cornell, había habido una interminable serie de hombres inadecuados sobre los que Billy necesitaba desesperadamente su opinión. “¿Cómo se llama este?”

“Beau.”

“No. ¿En serio?”

“Ya lo sé. Es algo típico de Virginia. Caza zorros con sabuesos. ¿No te encanta cómo suena? Creo que puede ser El Elegido.”

Georgia no pudo contener la risa. “¿Porque caza zorros con sabuesos?”

“No, porque es guapo, y dulce, y un poco rico, y hace esa cosita con la lengua que me vuelve looo...”

Georgia alzó las manos. “Okay, okay, ahórrame los detalles.”

“Hablo en serio, Georgie, no quiero que vengas sólo por mí. Este lugar te encantaría. Puro sol y alta moda, playas perfectas, gente hermosa, caballos de un millón de dólares, ah, ¡y las fiestas más locas y decadentes que te puedas imaginar!”

“Sí, bueno, en cuanto al sol... me quemo con sólo mirarlo”, dijo Georgia, “y respecto de la moda, creo que alguna vez tuviste la gentileza de decirme que visto igual que esas mujeres que viven en la calle. La sola idea de una fiesta en Palm Beach me da urticaria y además —miró por la ventana la finca cubierta de nieve e iluminada por la luna en el norte del estado de Nueva York— aquí hay caballos que me necesitan.”

Desde que se había graduado en medicina veterinaria, Georgia ayudaba a su padre en la finca y atendía en el hospital veterinario del pueblo. No era precisamente un desafío —básicamente prescribía remedios para eliminar las garrapatas y erradicaba gusanos y otras pestes, más alguna visita ocasional a un establo en caso de falsa alarma de cólico—, pero sabía que tenía suerte por haber encontrado un trabajo que le permitía estar allí donde la necesitaban.

La finca en cuestión estaba compuesta por un derruido chalet de piedra y un establo destartalado circundados por cuatro hectáreas de pradera al pie de las Catskills. La construcción era tan antigua que sufría los embates de los cuatro vientos y costaba una fortuna calentarla. Georgia sabía que, de no contar con su ayuda, su padre vendería la propiedad... y no soportaba la idea de perder su hogar.

Más de una vez se preguntaba si no habría renunciado a todas sus ambiciones cuando decidió regresar a su casa, pero su padre se había endeudado para financiar sus estudios y ayudarlo ahora era una manera justa de compensar sus esfuerzos. Por eso, cuando se descubría soñando despierta con las oportunidades perdidas o con otras formas de vida quizá más afortunadas, de inmediato pensaba en otra cosa. Georgia amaba la finca y amaba a su padre, y ambos la necesitaban. Con eso alcanzaba.

Presa de la frustración, Billy elevó al cielo sus ojos marrones oscuros y tuvo que morderse los labios para reprimir un comentario ácido sobre la triste y, a su entender, desperdiciada vida de su amiga. “Georgia. Con todo respeto. Pero hay caballos y caballos. El equipo que está con Beau ahora figura, digamos, entre los diez mejores jugadores de polo del mundo.”

“¿Entonces hay por lo menos diez personas que lo juegan?”

Billy suspiró exasperado. “Hay decenas de miles, probablemente. Y, para serte sincero, te fuiste por las ramas. Es un juego sexy y salvaje y te aseguro que te fascinará. Además, marca tendencia.”

“Por supuesto”, dijo Georgia. “Entre el uno por ciento de la población mundial.”

“No tienes derecho a ponerte sarcástica sólo porque estás encerrada en un páramo cubierto de nieve sin nada que te entretenga. Por favor, Peaches. Este tipo me gusta de verdad. Y creo que yo le gusto. Pero sabes que soy muy malo para estas cosas. Cada vez que me enamoro de alguien, termina acostándose con mi primo o dejando en rojo mi cuenta bancaria…”

“O robándote el auto”, bostezó Georgia.

“Ay, Dios, no puedo creer que eso me haya pasado dos veces”, rezongó Billy. “¡Pero date cuenta! Eso es precisamente lo que quiero decir. Necesito tu opinión imparcial. Eres la única persona en el mundo en quien puedo confiar.”

“Billy, lo siento mucho, pero no puedo.”

“Georgia, ¿quién estuvo a tu lado cuando ese hípster macilento al que llamabas novio se acostaba en secreto con esa camarera tan pechugona que parecía tener un mostrador en vez de escote?”

Georgia elevó los ojos al cielo y suspiró. “Tú.”

“¿Y quién pasó toda la noche despierto contigo bebiendo vino barato y mirando Downton Abbey hasta que te sentiste mejor?”

Georgia se revolvió en la silla, cada vez más incómoda. “Tú.”

“¿Y entonces quién vendrá a Florida para asegurarse de que su mejor amigo no cometa otro colosal error romántico?”

Georgia lanzó un bufido de derrota. “Está bien”, dijo. “Cuatro días. Ni un minuto más.”

“¡Sííí!”, festejó Billy. “¡Te encantará! Cócteles. Escándalos. Vestidos sin espalda. Confía en mí. Tendrás todo lo que necesitas. Te enviaré los detalles por mensaje de texto.”

Georgia cerró su laptop de un golpe y alimentó el hogar a leña. Cuando subía la escalera para acostarse, el resplandor del fuego iluminó su sombra.

Se desvistió temblando frente a la ventana mientras contemplaba el cielo índigo estrellado y la luna maravillosamente llena. Se deslizó bajo las cobijas y se envolvió con sus brazos para esperar que se calentara la cama. Empezó a pensar en todo lo que debía hacer antes de marcharse, en lo que necesitaba empacar... Esa era una de las cosas más molestas de viajar: la inquietud que le causaba. En cuanto aparecía un plan, mirara hacia donde mirase, siempre había que hacer algo.

Cerró los ojos y trató de no pensar. Mientras intentaba relajarse se preguntó por qué ese viaje tan corto parecía mucho más largo, una especie de terremoto. La cama se iba calentando de a poco, pero Georgia no conseguía relajarse. Permaneció inmóvil en la oscuridad. Los pensamientos titilaban en su mente como luciérnagas en una oscura noche de verano, fatalmente decididas a mantenerla despierta e inquieta.

CAPÍTULO 2

La yegua soltó un relincho y Alejandro maldijo entre dientes. Lo último que quería era despertar al haras en pleno. Le puso el cabestro a MacKenzie, la preferida de su actual serie de petisos, y la condujo fuera del establo. La luna brillaba en el cielo cuando se deslizó sobre el lomo desnudo de la yegua. Con un bufido, MacKenzie se echó a trotar.

Al llegar a la casilla de vigilancia, Alejandro le hizo un gesto de asentimiento al guardia. No quería parecer furtivo montando su propia yegua con su propio equipo. Pero, a pesar de su discreción profesional, el guardia no pudo disimular la sorpresa al verlo sacar un petiso del establo en plena noche y sin montura. El equipo de la familia Del Campo, La Victoria, tenía partido al día siguiente y, dado que todo indicaba que no saldrían bien parados, Alejandro era perfectamente consciente de que a esa hora debía estar en su casa, metido en la cama, en vez de cansar a su mejor petiso con una cabalgata nocturna extenuadora.

Pero no podía dormir. Todavía no. Esta era una de esas noches en que la oscuridad pesaba y su mente se disparaba. Estaba como enjaulado en Wellington. Un paisaje domesticado hasta el último milímetro. A pesar del lujo, se sentía atrapado en ese barrio cerrado —con sus guardias y su staff y sus ejércitos de petiseros— cuando lo que en realidad necesitaba era una cabalgata solitaria en la inmensidad salvaje. Por eso montaba de noche y se exponía a afrontar los peligros ocultos en los senderos apenas iluminados —la posibilidad de un pozo disimulado por las sombras donde pudiera encajarse un casco, algún animal nocturno que surgiera veloz e imprevisto y asustara a la yegua— a cambio de tener todo el camino para él. Necesitaba galopar, piel contra piel, aunque sólo fuera por un breve tramo; anhelaba perderse en la potencia y la velocidad de su cabalgadura. Llegar a ese instante elevado, de fusión, que se parecía más a volar que a cabalgar, cuando caballo y hombre se fundían hasta transformarse en una única bestia indiferenciada.

Alejandro enfiló hacia el camino que bordeaba el canal, echó el cuerpo hacia adelante y apretó los muslos... Chasqueando la lengua, murmuró unas palabras al oído de la yegua hasta estabilizar la marcha en un galope fluido.

MacKenzie levantaba velocidad en respuesta a los movimientos de Alejandro, como si pudiera leerle la mente. Alejandro sonrió. A esa yegua le encantaba correr. Era uno de los pocos petisos de polo capaces de sostener semejante ritmo y estar perfectamente en forma a la mañana siguiente. MacKenzie era tan aguerrida que parecía adquirir más fuerza, más garra, con cada paso que daba. Le encontraría un puesto en el partido de mañana. Ella necesitaba el juego tanto como él.

Apretó más fuerte las piernas y la yegua aumentó la velocidad; estaba decidido a aquietar su mente zumbona y extenuar su cuerpo hasta derrumbarse exhausto. Esto era prácticamente lo único que lo ayudaba a dormir en esos días.

Antes no era tan difícil, pensó, disminuyendo el ímpetu a un medio galope. Siempre había dormido como un bebé después de ganar un juego, pero sólo Dios sabía por qué los triunfos escaseaban tanto en los últimos tiempos. Unas pocas copas de vino también ayudaban, pero Alejandro había dejado de beber como parte de su entrenamiento porque sabía que, si bien el alcohol lo aliviaba al principio, unas horas después estaría completamente despierto, los ojos clavados en el cielo raso, los fantasmas y las sombras disputándose el dominio de su mente…

Sacudió la cabeza pensando que ojalá pudiera encontrar otras maneras de extenuarse.

Una sucesión de imágenes invadió su mente. La dulce y sedosa curva de la cara interna de un muslo. Ese hueco invitador entre la cintura y la cadera. Una sonrisa seductora por encima de un hombro desnudo, invitándolo a tomar lo que deseara…

Maldijo para sus adentros y cabalgó con más fuerza para dar un cierre violento a ese tren de pensamiento y reemplazarlo por la simple convicción que lo sostenía desde la muerte de su esposa: tenía que ganar. Y, en particular, tenía que clasificar y ganar el juego más importante de la temporada: la próxima Carlos del Campo Memorial Cup, llamada así en homenaje a su difunto padre.

Concentrado en perseguir esa meta, Alejandro había cultivado la más absoluta abstinencia durante el último año, en todos los sentidos de la palabra. Había abandonado la mayoría de los placeres terrenales —bebida, mujeres, sociabilidad innecesaria, cualquier cosa que pudiera distraerlo del juego— y canalizado en el entrenamiento los perturbadores sentimientos de pesar y enojo que tanto lo atormentaban. Pasaba todos sus momentos libres arriba de un caballo, pretendía que su cuerpo —ya magníficamente firme y atlético— se acercara lo más posible a la perfección, cabalgaba hasta que casi no podía caminar. Y no obstante, a pesar de su concentración absoluta en el deporte, La Victoria ya había perdido más partidos de los que había ganado en esa temporada, deshonrando su nombre.

Alejandro sentía unas ganas locas de echarles la culpa a sus compañeros de equipo. Si se entrenaran más, si prestaran más atención, si estuvieran más dispuestos a sacrificarse. Su hermano menor, Sebastián, por ejemplo, ni se molestaba en practicar la mayor parte de los días; tenía mucho más interés en sacar partido del interminable desfile de groupies a su entera disposición. Rory, el otro joven profesional de la cancha, era talentoso pero sugestionable, y estaba más que dispuesto a seguir los pasos de Sebas. Lord Henderson, el patrón, había sido un atleta formidable en el pasado no tan lejano, pero una vida de juego duro costaba cara y últimamente, como muchos patrones, tenía más talento para financiar la mitad de los gastos del equipo que para asegurarse un lugar en la cancha. A decir verdad, si lo pensaba un poco, era un milagro que hubieran ganado algún juego.

Pero en el fondo sabía que, como capitán del equipo, la responsabilidad por las derrotas recaía sobre sus hombros. Y eso, a pesar de su concentración absoluta y su incansable búsqueda de la Copa, en cierto sentido era como fallarles a todos.

Alejandro azuzó a la yegua para sacudirse esos sentimientos de incertidumbre y pérdida y esparcirlos como si fueran escamas a su paso. El sonido contundente de los cascos de MacKenzie, el golpe sordo de los latidos de su propio corazón, todo reverberaba al unísono. A sus espaldas, la arena que levantaban los cascos de MacKenzie danzaba breve y veloz bajo la luz de la luna dejando un brillante rastro plateado.

Alejandro cabalgó hasta sentir el cuerpo pesado como el plomo; le dolían los músculos y el aire sofocante de Florida le había empapado la remera hasta adherirla al torso. Ya de regreso sintió que la cama lo llamaba y supo que por fin descansaría y obtendría al menos unas pocas horas de sueño antes de levantarse para mostrar, una vez más, su rostro de polista al mundo.

CAPÍTULO 3

La luna había brillado toda la noche y perturbado con su luz los pensamientos decididos de Georgia, hasta que por fin cayó en un sueño poco profundo. Despertó demasiado pronto al escuchar el áspero arañazo de la pala de nieve y apagó la alarma del reloj antes de que sonara.

Cuando rodó de la cama bajo la tenue luz gris, descubrió que ni siquiera podía vestirse sin pensar qué diablos iba a ponerse en Wellington. Georgia estaba convencida de que había nacido sin el gen fashionista y normalmente no le importaba; pero sabía que, si acompañaba a Billy, tendría que subir las apuestas. Su amigo siempre estaba impecablemente vestido y a la última moda y Georgia no podía presentarse como si recién hubiera salido de la caja de saldos de Old Navy.

Bajó la escalera y arrojó al pasar un par de leños a los rescoldos todavía brillantes. Al llegar a la puerta se puso su abrigo, desenrolló un par de guantes que tenía en el bolsillo y metió los pies en las botas. Melvin, un viejo ovejero australiano de ojos dulces, suspiró en son de protesta antes de levantarse entumecido de su cucha junto a la estufa y la acompañó afuera.

Las nubes se habían tragado las colinas y transformado la impactante vista de las Catskills en una masa blanca y amorfa. La pala de nieve yacía abandonada junto a la puerta del porche y no había señales de su padre. Georgia resbaló y derrapó por el camino desparramando nieve a su paso y entró de un salto en el aire caliente del establo, donde fue recibida con un relincho ronco por un viejo mesteño llamado Ben. Le pasó la mano a lo largo del carrillo y sostuvo su boca aterciopelada que masticaba una manzana. Le ajustó las mantas y, después de romper el disco de hielo que se había formado en la superficie del barril durante la noche, rellenó su cubo de agua hasta el borde. Pobres caballos, pensó Georgia. Le daba pena no poder llevárselos a Florida. Les vendría muy bien un poco de sol invernal.

Mientras trabajaba, Georgia pensaba cómo contarle el plan de Billy a su padre. Miró el establo y detectó sin dificultad varios lugares donde invertir el dinero de un pasaje a Florida. Parecía que en los quince años transcurridos desde que su madre se había marchado el lugar se había quedado, de a poco, sin combustible. Una enorme lona azul en el techo era el mayor emblema de la vergüenza, había una pila de madera podrida bajo una bolsa Tyvek que supuestamente iban a utilizar para construir el nuevo establo, y el agua se había congelado en las canaletas resquebrajadas.

Georgia pensó que, en cierto sentido, el invierno le hacía un favor al lugar; cubría el patio ruinoso de un blanco prístino y cegador y daba al pequeño chalet de piedra el aspecto de una casa de pan de jengibre enmarcada en hielo. Pero si uno miraba por segunda vez el festivo porche comenzaba a oscurecerse y la pintura resquebrajada de las volutas de madera se veía gris contra la nieve; Georgia sabía que, si no lo arreglaban pronto, los rigores del clima comenzarían a filtrarse por allí.

Empezó a limpiar los boxes, paleando barro en una carretilla. Jenny, la burra tuerta, le lamía el cabello mientras los gatos del establo desfilaban junto a ella y se restregaban en sus tobillos, ansiosos porque los alimentara.

Georgia empujaba suavemente a los gatos con la pierna mientras les llenaba los platos. Jamás había podido rechazar a un animal callejero —perro, gato, caballo, lo que fuera—, y cuando su madre se marchó su padre perdió del todo la capacidad de negarse. Sin darse cuenta, al poco tiempo ya tenían un zoológico demasiado grande de bocas para alimentar. A Georgia no dejaba de asombrarle la expansión del amor y el hecho de que siempre hubiera lugar para un animal nuevo.

Mientras su madre vivía con ellos, la finca se mantenía sola; Susan Fellowes tenía dinero familiar y astucia innata, y sabía lo suficiente de criar y entrenar caballos como para no perder solvencia. Pero en cuanto Susan y sus purasangre se marcharon, el río de dinero se redujo a un goteo y la familia jamás pudo salir de pobre. El padre de Georgia, Joe, se había tomado el trabajo de mantenerlo en secreto. Y así Georgia pudo pasar su adolescencia dichosamente ajena a los problemas de dinero. De niña se había sentido cómoda en aquella casa pequeña y ruinosa; pero luego fue a la universidad y, al regresar y ver su casa tal como era, comprendió cuánto habían cambiado las cosas para mal.

Mientras terminaba de palear el barro de los boxes pensó que sería buenísimo tomarse unas breves vacaciones, pero si vivía allí era para ayudar a su padre y brindarle el alivio que tanto necesitaba desde hacía años. Georgia se sentía egoísta por dejarlo... aunque sólo fuera por cuatro días.

Terminó con Ben y las cabras y las gallinas, recogió una brazada de leños para la estufa, y regresó a la casa dando grandes zancadas con Melvin pisándole los talones. Su padre hablaba por teléfono por cuestiones de trabajo. Georgia encendió la cocina y le hizo un gesto con la pava para preguntarle si quería un té. Su padre asintió.

En ese momento vibró su celular. Era un mensaje de texto de Billy donde le anunciaba que tenía un boleto de avión a su nombre. ¡No te olvides la bikini! Durante una milésima de segundo su generosidad inesperada hizo aflorar lágrimas en los ojos de Georgia.

Le sirvió una taza de té bien caliente a su padre y le arrojó una galletita a Melvin. Luego, viendo que Joe no soltaría el teléfono hasta quién sabía cuándo, subió a su cuarto a desenterrar algo de ropa para el viaje.

CAPÍTULO 4

Mirando su ropero Georgia llegó a la triste conclusión de que, en materia de vestuario, tenía todo lo necesario para pintar una casa. La mayoría de sus remeras estaban rotas o estiradas. Todos sus jeans preferidos estaban gastados en los bajos. Los pulóveres tenían agujeros en los codos. Prácticamente todo estaba cubierto de pelo de caballo.

Sacó un vestido color claro, cortado al bies, que había usado el día de su graduación y recordó que le habían volcado un refresco encima. Sostuvo la prenda bajo la luz y confirmó que las manchas todavía estaban ahí, pero apenas se notaban. Se encogió de hombros. Era el único vestido que tenía. Lo extendió sobre la cama.

Revolviendo encontró un par de sandalias gastadas y unos shorts de jean andrajosos y se detuvo a evaluar el estado de una bikini con tanga vintage. La idea de exponer la piel en enero le resultaba aterradora: no quería pensar lo blanca que estaba bajo sus calzoncillos largos.

Pero... al mal tiempo buena cara: junto con la bikini recuperó la pinza de depilar, la maquinita de afeitar y un viejo esmalte de uñas que estaba bajo la pileta del baño y los arrojó sobre la cama. Como esa noche debía trabajar el último turno en la clínica de prevención de la rabia, llegó a la conclusión de que sería mejor esperar a llegar a Florida para retirar las infinitas capas de esmalte y reparar los daños.

¿Qué había que ponerse para mirar un partido de polo? Georgia pensó en Pretty Woman y en un revuelo de seda vaporosa mientras la multitud hacía lo que fuera que hiciere en el entretiempo. Negó con la cabeza. ¿Ella se acordaba mal... o Richard Gere se había puesto sombrero y guantes blancos para impresionar a Julia? Georgia empezaba a irritarse. Era el efecto típico de Billy: se veía siempre tan perfecto, en todos los sentidos, que su sola presencia le generaba ansiedad y pánico.

Miró al cielo en busca de inspiración y casi soltó una carcajada al encontrarla. Recordó que en el desván había varias bolsas plásticas envasadas al vacío con ropa vieja de su madre.

Susan Fellowes había sido hermosa. Probablemente todavía lo fuera. Cuando Georgia era pequeña su madre le parecía de un glamour rayano en lo imposible: pasaba de un atuendo elegante y apropiado a otro con la misma facilidad despreocupada con que la mayoría de las personas se lavan los dientes. No era que la ropa fuera cara (aunque Georgia sabía que probablemente lo fuera): era que sabía llevarla mejor que el resto de los mortales. Georgia, por su parte, agradecía secretamente tener su uniforme de veterinaria como coartada para lo que, a su entender, era una falta absoluta de estilo.

Mientras subía al desván le resultaba difícil no tomar conciencia de cuánto y cómo se había deteriorado la casa desde que su madre se había marchado. El cielo raso estaba lleno de manchas de goteras, la humedad había inflado el empapelado y las barandas de la escalera esperaban pacientemente desde hacía años que alguien las arreglara. Georgia alejó la creciente marea de angustia, esa misma angustia que tanto la había atormentado cuando cursaba la facultad. Ahora tenía un título, recordó. Tenía un empleo. Tenía todo lo que necesitaba para recompensar el esfuerzo de su padre y renovar la casa y la finca.

Revisó un ropero polvoriento en un rincón del ático, del que extrajo una valija particularmente abultada y prometedora. Al abrir el cierre, vio que el plástico se inflaba y se achataba como si estuviera vivo. Había vestidos y enaguas y pantalones de bocamanga ancha. Incluso encontró la liga que su madre debía haber usado en su boda. Al sacudir un solero arrugado para alisarlo la acometió el recuerdo de su madre con esa ropa: los hombros suaves y bronceados, el cuello largo, el cabello corto y chic como un casquete. Susan había combinado el vestido con sandalias de tacos altos con tiras y una serie de esclavas de oro que repicaban como campanas cada vez que se movía.

El vestido aún olía ligeramente al perfume de su madre —clavo de olor y rosas— y el aroma evocó el imborrable recuerdo de sus labios frescos al besar su mejilla. Debía ser el día después del cumpleaños número nueve de Georgia. Su madre se iba otra vez. Fue entonces cuando Georgia se dio cuenta de que los deseos de cumpleaños no siempre se cumplen.

Susan Fellowes vivía para el salto ecuestre, y cuando no estaba entrenando participaba en un circuito de competencias que parecía expandirse constantemente hasta abarcar el año entero. Siempre estaba a punto de partir o recién llegando; tenía un aspecto exultante, pero todo el tiempo hablaba de lo exhausta que se sentía. A su hija siempre le había parecido un magnífico ejemplar purasangre que trabajaba la cuerda haciendo círculos cada vez más amplios, hasta que un día, poco antes de que Georgia cumpliera catorce años, desapareció de su vista para siempre.

Georgia intentó sacudirse la tristeza. Cautivada por la acuciante sensación de tener derecho a hacerlo, se deslizó dentro del vestido rojo. Subió el cierre y se alisó el cabello frente al enorme espejo apoyado contra la pared del ático. Cuando la gente le decía que se parecía a su madre, Georgia sentía calor y claustrofobia. Era innegable que compartían algunos rasgos: el cabello castaño dorado (el de Georgia casi siempre atado o desordenadamente sujeto en la coronilla, el de Susan invariablemente peinado a la perfección) y los mismos ojos color avellana bajo el pronunciado arco de las cejas oscuras. Pero ella había heredado la piel pálida y pecosa de su padre y ni una pizca de la elegancia despreocupada de su madre, pensó con resentimiento. Con sus pechos turgentes y sus curvas pronunciadas —buenas caderas para parir, le había dicho un ex—, Georgia se sentía un fornido pony de las islas Shetland en comparación con ese caballo árabe de altas crines que había sido su madre.

Tironeó del escote del vestido, incómoda. Parecía una niña que jugaba a vestirse con la ropa de su madre, pensó. Y ella nunca había sido esa clase de niña.

Recordó uno de los últimos momentos que había pasado con su madre, mientras la miraba armar la valija entre los barrotes de la baranda. Georgia no sabía que se iba para siempre, pero nunca le había gustado ver cómo se preparaba para partir, y probablemente tendría una expresión resentida y acusadora... y habría juzgado a su madre como sólo una hija puede hacerlo. Su madre le había devuelto la mirada, directo a los ojos.

“Tú no eres tan diferente de mí, hija. Ya lo verás.” Las palabras sonaron como una maldición a los oídos de Georgia. Todavía sonaban. Sacudió la cabeza frente al espejo, lista para quitarse el vestido embrujado, cuando el crujido de una suela la hizo saltar. Su padre apareció junto a ella en el espejo, enfundada en ese vestido rojo, y la miró con un mundo de dolor en los ojos. Sin darle tiempo a dar explicaciones, Joe dio media vuelta y bajó la escalera con pasos pesados.

CAPÍTULO 5

Georgia habló con su jefe, el doctor Jackson, y arregló para trabajar doble turno en la clínica para compensar el tiempo que se tomaría en Florida. Se lavó las manos para atender al último paciente del día y, calzándose los guantes de látex, se puso a revisar las cataratas de un viejo pug.

Su trabajo le gustaba. Y también le agradaban sus colegas y sus clientes. Además de ser buena en lo que hacía, siempre estaba dispuesta a hacerse un tiempo para escuchar las historias que los dueños de las mascotas necesitaban contar. Lo cual significaba que invariablemente se le hacía tarde, pero la celeridad importa muchísimo menos que la compasión en este mundo.

Georgia le sonrió al perrito de ojos saltones y le hizo cosquillas detrás de la oreja. “Parece que no vas a quedarte ciego, Franklin.” Las cataratas no estaban tan avanzadas como había temido en un principio. Un caso ejemplar para terminar el día: no había nada como decirle al dueño de una mascota que su amado amigo de cuatro patas estaba a salvo.

Esa noche Georgia encontró a su padre leyendo el diario con los pies apoyados sobre la mesa ratona. Ordenó las compras del mercado y se puso a preparar la cena. Era raro... su padre había hecho absolutamente todos los quehaceres por los dos durante muchísimo tiempo, pero desde que ella había vuelto a casa le hacía notar, de todas las maneras posibles, que estaba muy contento de que ella se hiciera cargo. Mientras ponía la mesa, Joe le dijo que era agradable notar la presencia de una mano femenina en la casa. Después suspiró y dijo que sabía que no duraría para siempre.

“Son sólo cuatro días”, dijo Georgia. “No vas a perderme en Florida.”

Su padre masculló algo en voz baja, escéptico.

“Sabes que no tengo ningún interés en Palm Beach ni en esos ambientes.”

“¿Cómo harás para llegar?”, preguntó su padre. “Billy paga el pasaje”, respondió rápidamente Georgia. “No me refe ...