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TEXTOS RECOBRADOS 2 (1935 - 1955) (BIBLIOTECA JORGE LUIS BORGES)

Jorge Luis Borges  

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Fragmento

INSCRIPCIONES

I

Escribo, acaso para mi propia elucidación, esta noticia de una pantomima casual que me fue dado sorprender hace algunos años, en los fondos del Cementerio. La considero un símbolo de inocente y antigua zafaduría, pero le ocurre lo que a todos los símbolos: el trabajo que le encargan es lo de menos.

En otoño o en invierno debió ocurrir, una noche de luna. Yo caminaba por la calle Vicente López hacia Junín, orillando el paredón de la Recoleta, con su corona de aspavientos de mármol. La esquina de Uriburu, quién no la sabe, es de las tradicionales del Norte: dos altos y hondos conventillos, un almacén decrépito y una hilera retacona de casas bajas, con una pared casi blanca. Aquella noche, esa larga blancura servía para perfilar un negro espectral, ya quebradizo de alto, que tenía un pobre chamberguito rabón requintado sobre los ojos, y el encanecido y ralo bigote requintado sobre la jeta. Pero también —tercera línea oblicua hacia abajo— orinaba con cierta majestad hacia el vigilante. Éste ocupaba su lugar natural en medio de la calle, mientras el otro, desde su pedestal, al cordón, lo señalaba sin reserva y sin prisa. La gestión era copiada por otro negro [,] un iniciado prematuro o acólito, de pocos y malévolos años, pero que a la sombra del padre, parecía el mismo negro magistral divisado de lejos. Menos extraña que ellos, la mucha luna de esa noche los definía o tal vez un farol.

La música (dicen que escribió Hanslick) es un idioma que entendemos y hablamos, pero que somos incapaces de traducir.

II

La blasfemia contra el Espíritu, la blasfemia sin remisión en el venidero mundo y en éste, es la que se agazapa en la queja la prosa de la vida, tan suspirada por imbéciles y canallas —gremios que se equivalen al fin. Su corolario es que los estados poéticos no son una frecuente reacción en este negro y opulento universo, sino un pequeño lujo sentimental que se reparte con los cigarros de hoja y con el café, en la glorieta de una quinta de noche, las canalladas necesarias del día una vez evacuadas. Lo cual es la verdad, para los que emiten la queja. Es la blasfemia que reverenciamos en el Quijote, cuya “realidad” se compone de incomodidades, de proverbios, de dolencias de vientre, de analfabetos, de hambre y de golpes, y la “poesía” de otra convención aún más pobre, hecha de frío amor, de rápidas sanciones legales, de golpes y de brujos. La derrota persistente y final de la segunda de esas deplorables ficciones, es considerada no sé por qué, un importante símbolo de la historia universal de nuestra esperanza.

1931

* Destiempo, Buenos Aires, Año I, Nº 3, diciembre de 1937.1

WALLY ZENNER

ENCUENTRO EN EL ALLÁ SEGURO

PREFACIO

Estas intensas páginas, corresponden con orgánica precisión a la especie elegíaca. No por voluntario remedo de los prototipos clásicos de esa forma, sino por identidad de emoción, cumple este libro —realizado en el habitual dialecto poético de estos años— con los más tenues requisitos del género. La brevedad, la pensativa queja, la lágrima, están en su decurso, y también esta práctica esencial, de repetición asombrosa: la reticencia o abstención de lo novelesco, de lo biográfico. Es tema de los que merecen examen.

El epitafio —desde las inscripciones monumentales de la Antología Griega hasta ciertos espléndidos ejercicios de Edgar Lee Masters— es biográfico esencialmente: su materia es la personalidad del que falleció, no las emociones generadas por su muerte; su procedimiento, el aporte de fechas y de nombres propios, típico de la novela también. La elegía, en cambio —sin otra memorable infracción que las varoniles coplas de Manrique—, interroga el puro hecho fúnebre, su operación de maravilla y de perplejidad en los supervivientes. El individuo cuyo fin se deplora, queda subordinado por ella al misterio fundamental de que haya un morir. Se recuerdan así, en la literatura inglesa elegíaca, el ejemplo de Donne, que ni siquiera conoció la blanca mujer muerta que lamentó en sus dos Anniversaries, y los ulteriores de Milton y de Shelley, que deploraron el deceso de amigos íntimos, sin permitirse ninguna confidencia biográfica. Esa difícil abstención debe ser compensada con la mayor dignidad del intento lírico: la general dicción de la muerte. Ese propósito infinito es el de Wally.

La muerte, nuestra más vasta posesión y la más ignorada, echa su sombra planetaria sobre estos versos, que parecen fluctuar entre mortalistas e inmortalistas. Postulan más de una vez la perduración; otras con lágrima y silencio la niegan. Ese vaivén, esa confesada zozobra, cumple con nuestras dos realidades: la especulativa y la emocional. Su declaración es otra de las naturales sabidurías de este volumen. Creo realmente que la mortalidad es de suposición más dramática que la inmortalidad, ya que esta última, aunque más favorable a nuestra general esperanza, parece disminuir la muerte a una ocultación, a un indecoroso escamoteo provisional, y le resta sentido. Creo asimismo que la aniquilación póstuma del recuerdo, sería menos terrible que una memoria infinitesimal, incesante…

Pienso en la persona de plenitud que se revela aquí. La seriedad y la importancia de su belleza, la persuasión patética de su voz, la orgullosa hospitalidad de su trato, parecen altivecer aún más las atenciones trágicas de este libro. Niña de intensidad y de pasión, meditando la inabarcable muerte; no sé de una oportunidad mejor de poesía.

9 de mayo de 1931

* Wally Zenner, Encuentro en el allá seguro, Buenos Aires, Viau y Zona, 1931.

CÉSAR TIEMPO

LIBRO PARA LA PAUSA DEL SÁBADO,

Gleizer, 1930

No sé hasta dónde podrá dictaminar en materia hebrea un mero, incircunciso argentino, pero sospecho que este judaizante y no judaico libro de Zeitlin, padece una discordia. ¿Qué pensaríamos de un discípulo de Dostoievski que se expresara solamente en acrósticos, o de un caníbal vegetariano, o de un ferviente adorador de Picasso que dilapidara todas sus rentas en la continua adquisición de croquis de Sirio? Una no menos milagrosa incongruencia me acecha y me incomoda en este perseverado volumen. El tema es Israel, la larga sangre de Israel, sus emigraciones, sus días; el estilo movilizado con ese eterno fin, es un dialecto literario de la lengua española, practicado por unos pocos muchachos del distrito central de la prescindible ciudad sudamericana de Buenos Aires, indescifrable en Tehuantepec o en Saavedra. ¿Necesitaré recordar a César —Israel Zeitlin— Tiempo, tan abundoso de eruditos epígrafes y de guturales cursivas, que hay un estilo hebreo, una como respiración natural de la poesía judaica? Esa respiración, ese modo, es el de los más incompatibles homb

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