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THE CRUELTY

Scott Bergstrom  

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Fragmento

1

Los chicos están esperando la decapitación. Están sentados, cautivados, como chacales impacientes, a la espera de que caiga la cuchilla. Aunque si se hubieran molestado en leer el libro, sabrían que eso no va a suceder. El libro está a punto de terminar. Como una película con la bobina quemada justo antes de la última escena. O como la vida misma, a decir verdad. Casi nunca ves la cuchilla caer, esa que acaba contigo.

Nuestro profesor, el señor Lawrence, lee con parsimonia, mientras se mesa esa horrible barba de tres pelos que le nace en el labio inferior, al tiempo que camina de un lado para otro. El tenue taconeo de sus pisadas sobre el suelo de linóleo —talón-punta, talón-punta— produce la sensación de que estuviera persiguiendo las palabras para atacarlas por la espalda.

—Como si esa furia cegadora me hubiera dejado limpio, me hubiera despojado de esperanza; por primera vez, en esa noche vívida de señales y estrellas, estaba tumbado con el corazón abierto a la benigna indiferencia del mundo.

Las pisadas se detienen cuando el señor Lawrence llega al pupitre de Luke Bontemp y estampa el lomo del libro sobre la cabeza del chaval. Luke está enviando un mensaje con el móvil e intentando ocultar el teléfono bajo la chaqueta.

—Guárdelo o se lo quito —dice el señor Lawrence.

El móvil desaparece en el bolsillo de Luke.

—¿De qué cree que habla Camus en este fragmento?

Luke esboza esa sonrisa que lo ha sacado de todos los líos en la vida. «Pobre Luke —pienso—. Guapo, inútil, estúpido Luke.» Me enteré de que su tatarabuelo había hecho una fortuna vendiendo petróleo a los alemanes y acero a los ingleses durante la Primera Guerra Mundial, y ningún miembro de su familia había tenido que trabajar desde entonces. Él tampoco tendrá que hacerlo, así que ¿de qué le va a servir leer a Camus?

—«La benigna indiferencia del mundo» —repite el señor Lawrence—. ¿Qué cree que es?

Luke toma una buena bocanada de aire. Casi puedo oír el giro de la rueda de hámster que tiene por cerebro, por debajo de su perfecta cabellera.

—Benigno... —contesta Luke—. Un tumor puede ser benigno. A lo mejor Camus está diciendo, bueno, ya sabe, que el mundo es un tumor.

Veintiocho de los veintinueve alumnos de la clase ríen, incluido Luke. Yo soy la única que no ríe. Leí ese libro, El extranjero, cuando tenía catorce años. Pero lo leí en su versión original en francés, y cuando el señor Lawrence escogió una traducción al inglés para nuestra clase de literaturas del mundo no me apeteció volver a leerlo. Trata de un tipo llamado Meursault cuya madre muere. Luego mata a un árabe y lo condenan a pena de muerte, a ser decapitado en público. Y fin. Camus no llega a describir la decapitación.

Me vuelvo hacia la ventana, donde todavía repiquetea la lluvia, y su cadencia nos sume a todos los presentes en el aula en una especie de trance somnoliento. Del otro lado de la ventana distingo la silueta de los edificios de la calle Sesenta y tres, con los contornos borrosos y ondulantes por el agua que va cayendo por el cristal, y los veo más como el recuerdo de esos edificios que como las auténticas construcciones.

Aunque estamos comentando la última parte de El extranjero, siempre han sido las frases iniciales del libro las que me han impactado. Aujourd’hui, maman est morte. Ou peut-être hier, je ne sais pas. Quiere decir: «Mi madre ha muerto hoy. O a lo mejor fue ayer, no lo sé».

Pero yo sí lo sé. Sé perfectamente cuándo murió mi madre. Hoy hará diez años. Yo solo tenía siete, y estaba presente cuando ocurrió. Evoco ese recuerdo y luego únicamente veo esbozos y fragmentos, momentos por separado. Pocas veces repaso todo el recuerdo de principio a fin. El psicólogo al que iba me decía que eso era normal, que sería más fácil con el tiempo. Pero no ha sido así.

—¿Qué opina usted, Gwendolyn? —pregunta el señor Lawrence.

Oigo su voz. Incluso entiendo la pregunta. Pero mi mente está demasiado lejos para responder. Estoy en la parte trasera del viejo Honda, con los ojos casi cerrados, con la cabeza apoyada sobre el frío cristal de la ventanilla. El ritmo del coche que avanza dando botes por la pista de tierra de las afueras de Argel hace que me duerma. Entonces oigo el sonido de las ruedas al frenar en seco sobre el camino y a mi madre soltar un suspiro ahogado. Abro los ojos y veo fuego al mirar por el parabrisas delantero.

—¡Gwendolyn Bloom! ¡Llamando a Gwendolyn Bloom!

Regreso de golpe al presente y me vuelvo hacia el señor Lawrence. Veo que tiene las manos haciendo bocina a ambos lados de la boca, como si tuviera un megáfono.

—¡Llamando a Gwendolyn Bloom! —repite—. ¿Puede decirnos qué quiere decir Camus con «benigna indiferencia del mundo»?

Aunque una parte de mi mente todavía sigue en los asientos traseros del Honda, empiezo a hablar. Es una respuesta larga y creo que adecuada. Sin embargo, el señor Lawrence se queda mirándome con una leve sonrisa socarrona. Cuando ya llevo unos veinte segundos hablando, oigo que todos los demás están riéndose.

—En inglés, por favor —dice el señor Lawrence, y enarca una ceja al mirar al resto de mis compañeros.

—Lo siento —me disculpo en voz baja, jugueteando con la falda de mi uniforme y colocándome un mechón de mi pelo rojo, rojo camión de bomberos, por detrás de la oreja—. ¿Qué?

—Estaba usted hablando en francés, Gwendolyn —señala el señor Lawrence.

—Lo siento. Debía de estar... Pensando en otras cosas.

—Se supone que debería estar pensando en la benigna indiferencia del mundo —replica él.

Una de las chicas que tengo detrás exclama:

—Por el amor de Dios, ¡qué esnob tan pretenciosa! —suelta esas palabras y las subraya poniendo los ojos en blanco.

Me vuelvo y veo que se trata de Astrid Foogle. Ella también tiene diecisiete años, pero aparenta al menos veintiuno. Su padre es dueño de una compañía aérea.

—Ya está bien, Astrid —le advierte el señor Lawrence.

Pero yo estoy mirándola, fulminándola con la mirada. ¿Astrid Foogle —cuyos pendientes cuestan más que todo lo que hay en mi piso— está llamándome «esnob pretenciosa»?

Astrid prosigue:

—O sea, aparece aquí no se sabe muy bien de dónde y se cree superior a todos, y ahora, ¡oh, sorpresa!, se pone a hablar en francés, no como nosotros, los tontos estadounidenses. Mirad qué sofisticada es. La reina del aparcamiento de caravanas...

El señor Lawrence la interrumpe de golpe.

—Pare ya, Astrid. Ahora mismo.

Unos cuantos chavales asienten en silencio dando la razón a Astrid; otros tantos están riendo. Noto que estoy temblando y siento la cara muy caliente. Todas las sinapsis de mi cerebro están intentando paralizar esa reacción, pero no lo consigo. ¿Por qué tiene que parecerse tanto la rabia a la humillación?

El chico sentado junto a Astrid, Connor Monroe, se echa hacia atrás en la silla y sonríe de oreja a oreja.

—Mirad. Está llorando.

Lo que no es cierto, pero ahora que lo ha dicho, es una verdad como un templo en la mente de los demás. «LOL, gwenny bloom ha perdido los nervios y se ha puesto a llorar como loca #esnobpretenciosa #justiciaYA.»

El timbre del colegio suena en el pasillo y, como una campana de Pavlov, hace que todo el mundo salga disparado hacia la puerta. El señor Lawrence levanta su libro en el aire con un patético intento de mantener el orden y grita:

—¡Volveremos a empezar mañana por la misma parte! —Luego se vuelve hacia mí—. Y usted será la primera, Bloom. Tiene toda la noche para meditar sobre la benigna indiferencia del mundo; más vale que piense algo bueno. Y, en inglés, por favor.

Asiento en silencio y recojo todas mis cosas. Ya fuera de clase, Astrid Foogle está delante de su taquilla, rodeada, como siempre, por sus discípulas. Está imitándome, recitando un monólogo en su falso francés, con los hombros caídos y la nariz respingona, levantándosela con el dedo índice apoyado en la punta.

Yo bajo la vista como suelen hacer los sujetos beta por deferencia. Paso junto a ella y sus amigas de camino a mi propia taquilla. Pero Astrid me ve; lo sé porque ella y sus amigas se quedan calladas, y oigo los tacones de sus zapatos —«Son sandalias de tacón de Prada, paleta de pueblo»— acercándose hacia mí, y a sus amigas caminando un paso por detrás de ella.

—Oye, Gwenny —empieza a decir—. Una pregunta de traducción para ti. ¿Cómo se dice en francés «El suicidio nunca es la solución»?

La ignoro y sigo caminando con la esperanza de que alguna de las dos sufra un ataque de algo mortal, o ella o yo, me da igual. El calor irradia de mi cara, el enfado se convierte en rabia y la rabia en lo que sea más fuerte que ella. Cruzo los brazos temblorosos sobre el pecho.

—De verdad —sigue Astrid—. Porque alguien como tú tiene que pensar en el suicidio de vez en cuando. O sea, es lo lógico, ¿no? Así qu

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