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TIERRA EN SOMBRAS

Camucha Escobar  

5


Fragmento

CAPÍTULO I
Oscuridad

Buenos Aires
Fines de 1837

Se despertó sobresaltada por un grito desgarrador. Mientras abría los ojos espantada se dio cuenta de que era su garganta la que emitía ese sonido. Su cuerpo frágil y delgado se sacudía con un temblor, un miedo visceral le nacía en lo profundo de sus entrañas y se esparcía desde el cuero cabelludo hasta los pies.

—Nana, nanaaa! —gritó María de la Cruz, con el rostro desencajado por la angustia—. ¡Nana, por favor, no me dejes sola! —seguía gritando.

—¡Estoy aquí, mi niña, estoy aquí! —contestó la negra mientras se sentaba a su lado—. Solamente fui por un poquito de agüita, no me he tardado nada, mi querida.

—¡Otra vez la misma pesadilla! ¡No puedo más, nana, no puedo! —sollozaba la joven, mientras se refugiaba en el pecho de la negra, quien, a duras penas, sacaba fuerzas de donde no tenía para consolarla.

—¡Claro que podés! Vamos, tomá esta agua de azahares, que te va a tranquilizar —sugirió, angustiada, mientras le acercó el vaso.

—Es que todo vino a mi mente tan real, tan horrible… Estaba soñando con padre, él me llevaba a dar vueltas en el petiso por el parque, ¿recuerdas el petiso, nana? Santiago iba al lado del caballo haciéndome bromas y de pronto se apareció madre, bañada en sangre. Me miraba y se sonreía, quería acariciarme, pero yo me escapaba, y corría, corría… —los sollozos le impidieron seguir hablando.

—Pensá en algo bonito y calmate, mi querida —le decía la negra—. Fue sólo una pesadilla. Ahora dormite que yo de aquí no me muevo, como cuando eras chiquita —murmuraba mientras acariciaba suavemente la cabeza de la joven—. ¿Queré que llame a tu tía? De seguro no ha escuchado nada, pues ya se hubiera dado una güelta.

—No, nana, por favor no la molestes, ya se me va a pasar.

María de la Cruz se recostó sobre las almohadas y cerró esos ojos tan azules y tan hermosos que miraban sin ver.

Poco a poco su respiración se hizo más calma, hasta que un ritmo acompasado le indicó a la negra que su niña ya se había dormido.

Graciana se acomodó en la mecedora, bien cerca de la cama, y comenzó a desgranar las cuentas del rosario de semillas que estaba gastado de tanto uso. Había sido un regalo de doña Sofía, la abuela de Cruz, cuando había cumplido los siete años. La negra Graciana había nacido en la familia de los Vicente Lago. El esposo de doña Sofía, don Gervasio, había comprado más de sesenta esclavos, entre los cuales se encontraban los padres de Graciana, y éstos siempre consideraron una bendición servir a su abuelo, ya que era famoso por no separar a las familias y por el trato justo que dispensaba, nada de látigos ni rebencazos.

Mientras la nana continuaba con sus rezos, imágenes del pasado invadían sus pensamientos y sus ojos se llenaban de lágrimas. Los últimos acontecimientos desgraciados habían dejado a María de la Cruz totalmente devastada. A partir de esa tragedia, todo había cambiado en la vida de su pequeña. Presa de una conmoción indescriptible, había caído en un letargo y se temió por su vida. Apenas enterada de los sucesos nefastos, había llegado Matilde, hermana de su difunta madre y tía de la joven, para llevar las riendas de la casa.

El médico de la familia no hallaba cura para la enfermedad de Cruz. Luego de días sin reaccionar, despertó ciega y sumida en una gran tristeza. A pesar de que se había repuesto satisfactoriamente, los médicos no se explicaban la falta de visión. Su tristeza iría desapareciendo, decían, pero lo cierto es que no se reponía: prácticamente no se alimentaba y se pasaba las horas en su cama, sin ánimos para hablar o hacer chistes con Santiago, su compañero de juegos de toda la vida.

Doña Matilde sabía que la situación se le estaba escapando de las manos y temía por la salud mental de su sobrina ya que ni su tristeza, ni sus pesadillas, ni su falta de interés, mermaban.

—Sufre de una extraña enfermedad llamada melancolía —le decía el doctor Cáceres, famoso médico de la época, que atendía personalmente a la familia Montalvo—. Se están haciendo unos experimentos en Inglaterra, pero no hay nada seguro —le comentaba a Matilde en una de las tantas visitas a la enferma.

Al darse cuenta de que la situación no tenía muchas salidas, Graciana habló con quien ahora era su ama:

—Mire, seño, que mi niña se nos está yendo —lagrimeaba la negra—, lo siento acá, adentrito en el pecho, y me lo dice la Cande que de eso sabe mucho.

—No digas esas cosas, mujer, que me espantas —se enojaba Matilde.

—Vamos a buscar a la bruja, para que le saque el diablo del cuerpo —suplicaba desesperadamente.

—No me parece prudente, no sabemos qué medicinas utiliza o si usa la magia negra. El padre Carlos Horacio nos va a prohibir la comunión si la llamamos. Mejor esperemos —pero las dudas atormentaban a Matilde.

Por consejo del cura Lacho, como le llamaban los más allegados, se hicieron varias consultas a otros especialistas, pero las respuestas eran similares.

Incluso, el señor gobernador don Juan Manuel de Rosas había mandado a su médico personal para que la examinase, ya que apreciaba mucho a la familia Montalvo y estaba profundamente conmovido por la tragedia.

A pesar del optimismo nato de Matilde, le resultaba difícil mantener la esperanza. Ver a su sobrina desmejorar cada día la hacía temer un desenlace fatal.

—Tienes que tener más fe, Matilde —le decía Lacho—, el tiempo es el mejor remedio para cicatrizar las heridas del alma.

—Ya lo sé, padrecito, y no sabe cuánto me entristece no ser más devota —le decía la pobre mujer.

—Siempre has sido una excelente cristiana, hija, pronto el Señor iluminará tu alma.

Aunque Matilde se lo impedía, Graciana decidió utilizar sus influencias y buscar a la hechicera sin decirle nada a la doña. Mandó a Santiago por ella. El muchacho estaba espantado:

—Está usté chiflada, Graciana, yo allí no voy ni, ni, ni muerto —tartamudeaba lleno de pavor.

—¿No te das cuenta, desalmado, que la Crucita se nos va, que su alma anda por no sé qué mundos? —le decía acongojada—, el dotor ese habla y habla, pero no la cura y mi niña está sufriendo, lo siento acá mesmo, en mis huesos viejos.

El pobre Santiago se debatía entre el amor a su amiga y el terror que le inspiraba “la bruja de la puerta verde”. Recordaba que al poco tiempo de llegar de México, Cruz lo había llevado hasta allí contándole un montón de historias tenebrosas y advirtiéndole que nunca cruzara esa puerta. Es cierto que Santiago sabía que María de la Cruz exageró bastante aquella vez, con la intención de asustarlo; eso era algo que ella disfrutaba mucho. A pesar del miedo que le hacía recordar cada detalle que le había contado su amiga, salió rápidamente en busca de la hechicera, mientras mascullaba el Padre

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