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TIERRA EN SOMBRAS

Camucha Escobar  

5


Fragmento

CAPÍTULO I
Oscuridad

Buenos Aires
Fines de 1837

Se despertó sobresaltada por un grito desgarrador. Mientras abría los ojos espantada se dio cuenta de que era su garganta la que emitía ese sonido. Su cuerpo frágil y delgado se sacudía con un temblor, un miedo visceral le nacía en lo profundo de sus entrañas y se esparcía desde el cuero cabelludo hasta los pies.

—Nana, nanaaa! —gritó María de la Cruz, con el rostro desencajado por la angustia—. ¡Nana, por favor, no me dejes sola! —seguía gritando.

—¡Estoy aquí, mi niña, estoy aquí! —contestó la negra mientras se sentaba a su lado—. Solamente fui por un poquito de agüita, no me he tardado nada, mi querida.

—¡Otra vez la misma pesadilla! ¡No puedo más, nana, no puedo! —sollozaba la joven, mientras se refugiaba en el pecho de la negra, quien, a duras penas, sacaba fuerzas de donde no tenía para consolarla.

—¡Claro que podés! Vamos, tomá esta agua de azahares, que te va a tranquilizar —sugirió, angustiada, mientras le acercó el vaso.

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—Es que todo vino a mi mente tan real, tan horrible… Estaba soñando con padre, él me llevaba a dar vueltas en el petiso por el parque, ¿recuerdas el petiso, nana? Santiago iba al lado del caballo haciéndome bromas y de pronto se apareció madre, bañada en sangre. Me miraba y se sonreía, quería acariciarme, pero yo me escapaba, y corría, corría… —los sollozos le impidieron seguir hablando.

—Pensá en algo bonito y calmate, mi querida —le decía la negra—. Fue sólo una pesadilla. Ahora dormite que yo de aquí no me muevo, como cuando eras chiquita —murmuraba mientras acariciaba suavemente la cabeza de la joven—. ¿Queré que llame a tu tía? De seguro no ha escuchado nada, pues ya se hubiera dado una güelta.

—No, nana, por favor no la molestes, ya se me va a pasar.

María de la Cruz se recostó sobre las almohadas y cerró esos ojos tan azules y tan hermosos que miraban sin ver.

Poco a poco su respiración se hizo más calma, hasta que un ritmo acompasado le indicó a la negra que su niña ya se había dormido.

Graciana se acomodó en la mecedora, bien cerca de la cama, y comenzó a desgranar las cuentas del rosario de semillas que estaba gastado de tanto uso. Había sido un regalo de doña Sofía, la abuela de Cruz, cuando había cumplido los siete años. La negra Graciana había nacido en la familia de los Vicente Lago. El esposo de doña Sofía, don Gervasio, había comprado más de sesenta esclavos, entre los cuales se encontraban los padres de Graciana, y éstos siempre consideraron una bendición servir a su abuelo, ya que era famoso por no separar a las familias y por el trato justo que dispensaba, nada de látigos ni rebencazos.

Mientras la nana continuaba con sus rezos, imágenes del pasado invadían sus pensamientos y sus ojos se llenaban de lágrimas. Los últimos acontecimientos desgraciados habían dejado a María de la Cruz totalmente devastada. A partir de esa tragedia, todo había cambiado en la vida de su pequeña. Presa de una conmoción indescriptible, había caído en un letargo y se temió por su vida. Apenas enterada de los sucesos nefastos, había llegado Matilde, hermana de su difunta madre y tía de la joven, para llevar las riendas de la casa.

El médico de la familia no hallaba cura para la enfermedad de Cruz. Luego de días sin reaccionar, despertó ciega y sumida en una gran tristeza. A pesar de que se había repuesto satisfactoriamente, los médicos no se explicaban la falta de visión. Su tristeza iría desapareciendo, decían, pero lo cierto es que no se reponía: prácticamente no se alimentaba y se pasaba las horas en su cama, sin ánimos para hablar o hacer chistes con Santiago, su compañero de juegos de toda la vida.

Doña Matilde sabía que la situación se le estaba escapando de las manos y temía por la salud mental de su sobrina ya que ni su tristeza, ni sus pesadillas, ni su falta de interés, mermaban.

—Sufre de una extraña enfermedad llamada melancolía —le decía el doctor Cáceres, famoso médico de la época, que atendía personalmente a la familia Montalvo—. Se están haciendo unos experimentos en Inglaterra, pero no hay nada seguro —le comentaba a Matilde en una de las tantas visitas a la enferma.

Al darse cuenta de que la situación no tenía muchas salidas, Graciana habló con quien ahora era su ama:

—Mire, seño, que mi niña se nos está yendo —lagrimeaba la negra—, lo siento acá, adentrito en el pecho, y me lo dice la Cande que de eso sabe mucho.

—No digas esas cosas, mujer, que me espantas —se enojaba Matilde.

—Vamos a buscar a la bruja, para que le saque el diablo del cuerpo —suplicaba desesperadamente.

—No me parece prudente, no sabemos qué medicinas utiliza o si usa la magia negra. El padre Carlos Horacio nos va a prohibir la comunión si la llamamos. Mejor esperemos —pero las dudas atormentaban a Matilde.

Por consejo del cura Lacho, como le llamaban los más allegados, se hicieron varias consultas a otros especialistas, pero las respuestas eran similares.

Incluso, el señor gobernador don Juan Manuel de Rosas había mandado a su médico personal para que la examinase, ya que apreciaba mucho a la familia Montalvo y estaba profundamente conmovido por la tragedia.

A pesar del optimismo nato de Matilde, le resultaba difícil mantener la esperanza. Ver a su sobrina desmejorar cada día la hacía temer un desenlace fatal.

—Tienes que tener más fe, Matilde —le decía Lacho—, el tiempo es el mejor remedio para cicatrizar las heridas del alma.

—Ya lo sé, padrecito, y no sabe cuánto me entristece no ser más devota —le decía la pobre mujer.

—Siempre has sido una excelente cristiana, hija, pronto el Señor iluminará tu alma.

Aunque Matilde se lo impedía, Graciana decidió utilizar sus influencias y buscar a la hechicera sin decirle nada a la doña. Mandó a Santiago por ella. El muchacho estaba espantado:

—Está usté chiflada, Graciana, yo allí no voy ni, ni, ni muerto —tartamudeaba lleno de pavor.

—¿No te das cuenta, desalmado, que la Crucita se nos va, que su alma anda por no sé qué mundos? —le decía acongojada—, el dotor ese habla y habla, pero no la cura y mi niña está sufriendo, lo siento acá mesmo, en mis huesos viejos.

El pobre Santiago se debatía entre el amor a su amiga y el terror que le inspiraba “la bruja de la puerta verde”. Recordaba que al poco tiempo de llegar de México, Cruz lo había llevado hasta allí contándole un montón de historias tenebrosas y advirtiéndole que nunca cruzara esa puerta. Es cierto que Santiago sabía que María de la Cruz exageró bastante aquella vez, con la intención de asustarlo; eso era algo que ella disfrutaba mucho. A pesar del miedo que le hacía recordar cada detalle que le había contado su amiga, salió rápidamente en busca de la hechicera, mientras mascullaba el Padrenuestro y el Ave María para que los ángeles lo protegiesen del demonio.

Se decían muchas cosas de la bruja: que tenía un pacto con el diablo, que era la amante del mismo Lucifer, ya que era de una belleza nunca vista. A pesar de su edad, parecía que el tiempo no pasaba para ella: su hermosura no se desvanecía, estaba siempre igual, intacta, sin una arruga, sin un mechón blanco que afeara la negrura de su espesa cabellera. Se la oía decir que sus ojos color humo reflejaban las cenizas de sus antepasados, también hechiceros.

Cuando llegó frente a la puerta verde se santiguó antes de golpear; apenas bajó su mano, la puerta se abrió y una espléndida mujer con su capa puesta lo saludó con una inclinación de cabeza y sólo le dijo “Guíame hasta allí”.

Llegaron a la casona bien pasada la medianoche. Santiago hizo pasar a Celia, así se llamaba la bruja, por el portón trasero para que nadie la viera. Solamente la Cande, una criada joven, estaba al tanto de su llegada.

Apenas puso un pie en el patio, un halo de misterio envolvió toda la casa. El silencio pareció más profundo. Sólo se escuchó el grito de un pájaro a lo lejos, como si un alma en pena vagase solitaria.

La condujeron hasta las habitaciones de Cruz. La mujer la observó un instante y luego pidió quedarse a solas con ella. A pesar de la fe que le tenía a Celia, Graciana sintió mucho miedo de no estar presente, sabía que si algo le pasaba a su niña nunca se lo iba a perdonar. Salió de la habitación y esperó cerca de tres horas con la oreja pegada detrás de la puerta. Comenzó a escuchar susurros y una voz sibilante en un idioma que no entendía, mientras advertía que la respiración de María de la Cruz se agitaba más y más. Muchas veces estuvo a punto de irrumpir en el cuarto y dar por terminada la visita, pero el temor a que algo saliera mal si ella entraba sin permiso se lo impedía. Luego, escuchó un ruido como de semillas batiéndose y campanas ahogadas por un canto incomprensible y un olor almizclado muy penetrante. Debajo de la puerta podía ver sombras que se movían y, de pronto, la oscuridad y un silencio absoluto, como si el mundo se hubiera quedado en suspenso. El corazón de Graciana le dio un vuelco y se quedó petrificada. No supo cuánto tiempo permaneció ese extraño silencio, pero al rato, como si esto no hubiera tenido lugar, todo volvió a la normalidad. Escuchó un carraspeo de María de la Cruz y casi simultáneamente la puerta se abrió.

—Es un caso muy difícil. María de la Cruz no tiene deseos de seguir viviendo. Ahora está descansando y me gustaría que nadie la molestara en absoluto. No creo que recobre la vista, al menos de aquí a unos meses. Esa ceguera es una especie de deuda, una especie de intercambio.

—¿Cómo un intercambio? ¿Cómo no tiene ganas de vivir? —preguntó Graciana llevándose a la boca el rosario que empuñaba en su mano.

—Me ha sido dicho que no es de tristeza la ceguera, ni de alguna enfermedad, es todo lo que comprendí... será de Dios.

—¿Tendrá ganas de vivir?

—Ya veremos. Mientras tanto, hágale una tisana con esto —le indicó, mientras sacaba de una pequeña bolsita que llevaba colgada de un cinto varias clases de yuyos y de flores secas—. Es importante que se lo dé antes de que despunte el sol.

—¿Cuántos días, ña Celia?

—Hasta el día que sonría.

Graciana tomó las manos de la hechicera y con lágrimas en los ojos se las besó, luego le dio tres monedas de oro.

—No, no, guárdelas. Esto es personal, estaba esperando que vinieran por mí para ayudar a esta joven.

Y, sin más, Celia se retiró con Santiago que la esperaba en el patio para llevarla en el coche.

A la mañana siguiente, inmediatamente después de que Graciana le diera la tisana, Matilde irrumpió en la habitación y le pidió que saliera con ella. Al cerrar tras de sí la puerta, increpó a la negra:

—¿Qué has hecho, mujer? ¡Por los clavos de Cristo! Vamos a arder en el infierno.

—Pues no importa, amita. Primero se nos cura la niña; dispués, ardemos.

Lo que la nana se guardó de decirle fue que debía darle todos los días una infusión con quién sabe qué yuyos.

Sin embargo, luego de la visita de la bruja María de la Cruz lentamente fue recobrando la salud. A veces deliraba, otras, se quedaba en silencio durante algunas horas, pero no recobraba la visión. El médico aseguraba que el problema tenía índole emocional, que no había ningún nervio dañado. En cualquier momento podría volver a ver, o tal vez nunca lo hiciese.

La joven aprendió a vivir en la oscuridad perpetua. Los espacios, los tiempos, las tareas cotidianas adquirieron otras dimensiones. Se esforzaba cuanto podía, su carácter dócil la ayudaba a sobreponerse a su impedimento, pero era evidente que su tristeza era infinita y que cualquier cosa, por más simple que fuera, le significaba un gran esfuerzo.

Físicamente su aspecto se había deteriorado. Donde antes se veía un cutis lozano y fresco, ahora aparecía una palidez enfermiza. Sus ojos también habían perdido el fulgor del pasado.

Llevaba su larga y abundante cabellera oscura peinada con una trenza que, como una soga opaca y sin vida, le llegaba más allá de la cintura.

Adelgazaba, a pesar de las comidas preparadas por Graciana. Le cocinaba sus dulces favoritos: pastelitos de batata, alfajor de dulce de leche, buñuelos de manzana; pero apenas si probaba un bocado de uno o de lo otro. Muchas veces le ofrecía las tortillas mexicanas que tuvo que aprender a hacer porque a Cruz le encantaban cuando las probó al llegar a la ciudad de México. Se las había enseñado la vieja criada oriunda de Oaxaca. Para ello Graciana había traído un comal a instancias de María de la Cruz, que no concebía dejar de comerlas, aun estando en Buenos Aires. Era preciso moler en el mortero durante un buen rato una buena cantidad de granos de maíz, luego debía hervirlos con una base de cal. Cuando la mezcla estuviera tierna, debía escurrirla dentro de un lienzo y esperar a que se enfriara. Al rato, debía amasar la mezcla con un poco de agua fresca hasta lograr una masa suave y fina e ir formando los panes con forma redonda y muy delgada. Rápidamente tenía que poner sobre la leña el comal (una especie de plancha de arcilla) donde colocaba las tortillas de a dos o tres, las daba vuelta, las retiraba del fuego y las ponía dentro del tazcal (una canasta destinada para tal fin) y así hasta terminar la mezcla. La niña apreciaba especialmente las quesadillas. Así que Graciana les ponía dentro un queso suave, doblaba en dos las tortillas y las ubicaba otra vez en el comal para que el queso de derritiera. Sin embargo, Cruz sólo comía dos o tres bocados para complacer a su nana que se había tomado ese trabajo sólo para hacerla sentir bien.

Con su carácter voluntarioso, Matilde se hizo cargo de la situación y trató de llenar con ternura los vacíos que habitaban el alma atormentada de su sobrina. Le leía, le contaba cuanto chisme se enteraba, relevaba a Santiago de sus tareas para que la entretuviese.

Eso sí, prohibió todo tipo de visitas a la casa, no sólo por la salud de la joven sino también por el luto que guardaban. Solamente las visitaban Inés y Mercedes Urrutia, amigas de la infancia de Cruz.

Matilde era una mujer de mediana edad. Su personalidad recordaba a las amazonas valientes de los mitos, temperamental, alegre y siempre en movimiento. Montaba a caballo espléndidamente y se mostraba bien dispuesta a ayudar a quienes lo necesitaran. No se había casado, no por falta de pretendientes, sino por un amor inapropiado.

Desde muy niña, se había inclinado por ayudar en forma desinteresada a los más desvalidos. No toleraba los castigos corporales hacia los criados o esclavos y, menos aún, la ignorancia. Pensaba que esas cosas hacían que una persona no fuera independiente, y la independencia era su valor más estimado.

A pesar de estar conmocionada por la tragedia de su hermana, Matilde, como mujer de acción que era, tomó rápidamente las riendas de la situación. Era respetada por la servidumbre y sus decisiones nunca se discutían.

La casa se revistió de un riguroso luto: las ventanas y los espejos fueron cubiertos con terciopelo negro, se airearon los trajes adecuados para ese momento y toda la servidumbre se vistió de acuerdo con las costumbres de la época.

—Apenas pueda, mando todo el negro al demonio —pensaba Matilde, mientras se arreglaba su vestido—. Detesto este color. Para negro, ya tiene uno el alma. En fin, no quiero dar que hablar más de la cuenta, suficiente con lo que ha pasado —suspiraba entristecida por el futuro de su sobrina—. Cumpliremos con los ritos religiosos necesarios, y lo más pronto posible me la llevo de este infierno.

Cruz congenió de inmediato con su tía. A pesar de no haber tenido contacto en el pasado, se entendieron a las mil maravillas. Le fascinaba cuando le contaba historias de su juventud, cuando vivía con sus hermanos en el campo, pero lo que más le gustaba escuchar eran las historias sobre Facundo, su ahijado, a quien la mujer amaba profundamente. Cuando hablaban de él, se le llenaban los ojos de lágrimas. La madre de Facundo había sido muy amiga suya; por eso, cuando murió en el parto y no había nadie disponible para darle una mano, el padre del niño le pidió su ayuda para criarlo. Matilde se trasladó con su fiel Prudencio a la estancia de los Godoy en el Pergamino y allí pasó la mayor parte de su tiempo.

Cruz esperaba ansiosa a que su tía le contara esas historias una y otra vez, hasta que llegó un momento en el cual Facundo pasó a formar parte de su vida. Le parecía que lo conocía perfectamente.

A pesar del interés que tenía la joven por volver a la normalidad, su aspecto físico no mejoraba; así que Matilde decidió que un cambio de aires le iba a sentar y no dudó en escribirle a su ahijado para pasar una temporada en La Firmeza. Pronto iba a llegar la Navidad y era mejor festejarla en familia.

El padre de Cruz era don Vicente Montalvo, que había llegado de México a comercializar sus productos en la Argentina y se murmuraba que también quería conseguir esposa. Provenía de una acaudalada familia dedicada al tequila, que había decidido expandir sus negocios a nuevas tierras.

Apenas llegado, el joven mexicano atrajo la atención de más de una madre con hijas casaderas. Venía bien recomendado: cartas de sacerdotes ilustres y cierta conexión con la masonería le abrieron las puertas de la sociedad criolla, algo que no ocurría con frecuencia.

El hombre cautivaba con su figura azteca: alto, de hombros anchos, caderas finas y piernas largas, caminaba con un paso seguro que demostraba su ascendencia pura. Sus ojos negros se perdían bajo unas cejas espesas y pobladas, su dentadura bien blanca resaltaba en su tez oscura. Su porte masculino quitó el sueño a más de una joven y —por qué no decirlo— a más de una mujer casada.

A pesar de tener amoríos clandestinos con cuanta belleza se le cruzara, había dejado bien claro que estaba buscando esposa.

Cuando conoció a Consuelo Vicente Lago, ya no tuvo ojos para otra. La muchacha provenía de una familia cuyas riquezas se habían ido esfumando con el paso del tiempo. Malas inversiones, despilfarros y un ritmo de vida desenfrenado habían dejado vacías las arcas de la familia.

La casa de Buenos Aires tuvo que ser vendida junto con muebles, coches, cuadros y platería traídos de Europa por los célebres antepasados.

Se mudaron al campo, sigilosamente, como si fueran ladrones. Doña Sofía pidió salir al alba para que sus amistades no los vieran.

El campo estaba situado en los pagos del Arrecifes. Era una estancia, imponente, a pesar del descuido que sufría. Doña Sofía jamás pudo perdonar a su esposo el destino al cual los sometía, acusándolo de sus infortunios y olvidando su propia culpa en la caída. La mujer se lamentaba en silencio y, en poco tiempo, se convirtió en la sombra de lo que había sido. Casi no hablaba, se desentendió por completo del manejo de la casa, dejándolo en manos de sus hijas.

Para Matilde, en cambio, la mudanza le había transformado la vida. Estaba encantada con sus nuevas tareas. Para Consuelo, sus pesadillas habían sido mejores que su nueva realidad: no se resignaba a vivir en la austeridad, privada de los figurines traídos de París especialmente para ellas. La vida de campo no necesitaba de las exigencias de los afeites para lucir bella ni de un guardarropa a la moda.

Los hermanos mayores ayudaban al padre en las tareas del campo y, poco a poco, la estancia fue recuperando parte de su antiguo esplendor.

Pero, a pesar del evidente bienestar que ahora tenían, Consuelo se había prometido a sí misma no resignarse a ese destino y se juró que a la primera oportunidad regresaría a Buenos Aires para descollar en la vida de sociedad.

Matilde disfrutaba sobremanera de sus tareas. Enseñó a leer y escribir a los criados y peones, también a los esclavos que se habían mudado con ellos.

Así aprendieron Graciana, Candelaria, el negro Tomás, que en sus tiempos había sido el cochero, y muchos otros. Pero su mayor alegría fue cuando el hijo del capataz pudo escribir su nombre completo: Prudencio García. Matilde y él se amaban a pesar de las clases sociales que los separaban, y eran felices a su manera.

En más de una ocasión Matilde le había pedido que se fugaran, pero Prudencio se había negado rotundamente. No iba a permitir que su amada sufriera penurias y el escarnio de la sociedad si se escapaba con un peón.

Sin embargo, un descuido sufrido por parte de los amantes fue la causa de un gran dolor.

El calor era agobiante durante las siestas. Cada vez que podía, Matilde se escabullía al granero donde se encontraba con Prudencio. Se amaban apasionadamente todas las tardes, entre las parvas de pasto y los trastos viejos. Pero una de esas veces, se descuidaron y quedaron dormidos desnudos.

Un grito de sorpresa mezclado con asco los despertó, y a partir de ese momento Matilde estuvo supeditada a las extorsiones de su hermana.

Consuelo no pudo disimular la alegría cuando su padre les habló de la invitación que les hacía la tía Mercedes. La mujer las invitaba a pasar con ella la temporada de bailes de invierno que comenzaría en un mes, y aprovecharía para presentar a sus dos hermosas sobrinas en sociedad. Mercedes no tenía hijos y, por fin, había llegado el momento que tantos años había esperado: ser la chaperona de las jóvenes. La decisión la tuvo que tomar el padre, ya que su esposa quedó confinada en sus habitaciones, rezando o vociferando insultos y fumando opio cuando se lo conseguían, pues en ella habitaban dos personas totalmente opuestas: una sumisa devota de la Virgen María o un demonio incontrolable. Se pasaba todo el día entre sus sábanas sucias, ya que no permitía que se las cambiasen. Con alguno que otro engaño, la sacaban cada tanto de la habitación para limpiarla y airearla. El opio lograba que permaneciera adormilada gran parte del día, con lo que se evitaba escuchar sus gritos y palabrotas en contra de su marido.

Pero la alegría que sentía Consuelo no fue de ninguna manera compartida por su hermana Matilde. Aborrecía dejar a su amado Prudencio y marchar a Buenos Aires. Sin embargo, Consuelo sabía muy bien cómo extorsionarla:

—Si no vas, te delato con nuestro padre.

—No te atreverías —decía orgullosamente Matilde, aunque secretamente sí la creía muy capaz.

—Ponme a prueba y veremos dónde termina tu asqueroso amante.

Sabía que su hermana no se detendría para conseguir sus propósitos, así que no tuvo más remedio que acceder.

—Te odio, te odio con todas mis fuerzas. ¡Ojalá que te casen con un viejo feo!

—¡Ja! ¡Ja! Ni loca, me oyes, ni loca.

Matilde no pudo evitar llorar encerrada en sus habitaciones al saber que la iban a separar de Prudencio. Cuántos meses sin verlo, cuántos meses sin poder acariciarlo y besarlo. ¿Cómo podría, su hermana, llamarlo “asqueroso amante” a él, tan apuesto, tan fuerte, tan viril? Su amor había sido una bendición ya que Matilde nunca había deseado estar al frente de una casa y cumplir con las tareas de una esposa sin un momento de libertad ni de soledad y también de amor compartido. Secretamente sabía que su amor por Prudencio era muy conveniente para su forma de ser: era una mujer amada, sí, pero también independiente.

Con los años, Consuelo y Matilde fueron convirtiéndose en dos auténticas bellezas. El aire de campo las había favorecido notablemente. No tenían esa languidez de las mujeres de la ciudad, sino que exudaban vitalidad por donde se las mirase.

La tía Mercedes les mandó confeccionar un guardarropas completo a cada una y les propuso cortarse el largo cabello a la moda francesa. Consuelo aceptó encantada, pero Matilde se negó a cortar su trenza.

—Antes muerta a que me corten una mecha —amenazaba la joven, acentuando aún más su porte desafiante.

—Yo sí me lo voy a cortar, no quiero parecer una campesina —acotaba su hermana, feliz con el giro inesperado que había tomado su vida. No quería hacer el ridículo frente a sus amistades, deseaba descollar con su elegancia, aunque tuviera que sacrificar su larga cabellera.

Consuelo lucía hermosa en su primer baile, y se destacó entre los presentes. Su vestido era de seda lila ceñido en la cintura y con grandes mangas abombadas. Sobre su dobladillo, volantes de encajes ricamente bordados por las monjas del convento de Santo Domingo que se repetían en sus mangas y en el escote. Su cabello oscuro fue rizado para acentuar su rostro, empolvado con los mejores y más actuales colores: suave pálido en las mejillas y un sutil brillo carmín en sus labios. Al entrar al salón rápidamente sintió sobre sí la intensa mirada de un hombre alto vestido con una hermosa chaqueta de brocado ajustada en la cintura y pantalones ceñidos, al estilo de un dandi inglés. El hombre se quedó deslumbrado ante su belleza. Enseguida utilizó sus influencias para que se la presentaran. Y así, bailó con el mexicano durante toda la noche, rechazando a cualquier otro joven que ansiaba bailar un minué con ella.

Mientras la muchacha se exponía a los chismes malintencionados de los invitados, la envidia carcomía a más de una familia que quería contar en sus haberes con la fortuna de los Montalvo.

No faltó quien le advirtiera al mexicano que los Vicente Lago no tenían dónde caerse muertos, a lo que el hombre respondía con cierto desparpajo:

—Dinero es lo que sobra, mis hijos, nietos y bisnietos van a vivir lujosamente con lo que les deje.

Matilde, mientras tanto, conversaba con las familias conocidas y se escabullía distraídamente si algún joven se dirigía a ella con intenciones de invitarla a bailar. Su tarjeta de baile estaba vacía y así seguiría durante todas las veladas que se presentasen. Observaba a su hermana tan radiante con su pretendiente y deseaba que Consuelo se enamorara de Montalvo y no se casara sólo por el dinero, ya que intuía que, de todos modos, diría sí a la propuesta de casamiento que seguramente no tardaría en llegar.

A Montalvo se lo veía fascinado con Consuelo y no iba a desistir hasta desposarla. Se hizo invitar a cuanto baile o tertulia hubiese hasta que, harto de la situación, decidió hablar con los tíos de la joven.

Consuelo estaba radiante. Si bien hubiera preferido a alguien más joven, rubio y de tez blanca, el mexicano era dueño de una gran fortuna y la adoraba.

Sin embargo, Matilde le aconsejaba que no se casara, puesto que no amaba a Montalvo. Presentía futuras desgracias si lo hacía por dinero y sin amor.

—¡Cállate de una vez, mujer! ¿No te das cuenta de que aborrezco la vida de campesinos que llevamos, el olor asqueroso de los animales, el aburrimiento continuo, el ver a nuestra madre convertida en una loca? No voy a terminar así. ¡Nunca!, ¿me oyes?, ¡Nunca! —gritaba, totalmente decidida a cambiar su vida y su suerte—. ¿No te preguntas cuál va a ser tu destino, perdida en esas tierras de nadie, sin futuro, sin posibilidades de formar una familia decente, de conocer a un buen marido?

Ante tanto resentimiento y tanta resolución, Matilde decidió callar y no contradecir los deseos de su hermana, mientras esperaba la ocasión para regresar al campo.

El mismo Montalvo viajó a la estancia de Arrecifes a pedir la mano de la joven.

Don Gervasio no puso objeciones si contaba con la anuencia de su hija mayor, en quien confiaba plenamente. Doña Sofía ya no estaba en sus cabales como para tomar ninguna decisión.

Pasaron unos pocos meses y se anunció el casamiento. Se publicaron las amonestaciones en la iglesia del Socorro.

Montalvo organizó una boda fastuosa. El banquete fue preparado por cocineros franceses. Había todo tipo de platos exóticos y también se preparó comida mexicana. El traje de novia de encaje con incrustaciones de perlas fue traí ...