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TIMOLEON VIETA VUELVE A CASA

Dan Rhodes  

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Fragmento

Timoleon Vieta

Timoleon Vieta era un perro de la mejor raza. Era un perro mestizo.

El envanecimiento, los aires de superioridad, las neurosis innatas del pedigrí no iban con él. Su estirpe era sin duda tan enmarañada que cualquier intento de desenredarla estaba abocado al fracaso. Con todo, de tan misterioso, su linaje había avivado más de una lánguida conversación cuando la gente lo examinaba y le veía un pelaje de beauceron, una traza de vallhund sueco en las desmesuradas orejas, algo nórdico en el leve torcimiento del rabo, un toque pinscher en sus andares o sloth en la forma que tenía de estar tumbado, ya fuera en el suelo, ya en el sillón que había hecho suyo. Pero en realidad poca cosa había que decir, y nada puro que fuera salvable.

Nadie sabía tampoco qué edad podía tener, pero Cockroft le calculó unos dos años el día en que apareció en la cocina, en plena tormenta, con el rabo entre las patas y el costillar transparentándose patético bajo la piel empapada. Eso había ocurrido hacía cinco años, de modo que ahora tendría siete.

De lejos, Timoleon Vieta no se distinguía de los otros mestizos de Umbría. Era negro con alguna que otra mancha de blanco y canela, y de tamaño mediano, o un poco más pequeño. Pero visto de cerca sí tenía algo que lo diferenciaba de los otros. Para empezar, se lo veía muy bien cuidado, por no decir mimado. No estaba en absoluto tan flaco como los perros vagabundos de Perugia, su hocico brillaba húmedo, y su manto, aunque de longitudes que parecían responder al más puro capricho, era satinado y limpio.

Y había otra cosa que destacaba en él, algo que lo hacía particularmente especial, distinto incluso de otros perros vagabundos que habían acabado encontrando un buen hogar. Pues aunque Timoleon Vieta era mestizo, tenía los ojos tan bonitos como una niña.

Cockroft

Hacía tiempo que Cockroft no hablaba más que con Timoleon Vieta. Nadie había ido a verle, nadie le había llamado. Su última conversación digna de ese nombre había sido por teléfono con su contable en Inglaterra, seis días antes. Habían empezado hablando de la pequeña pensión que él cobraba desde hacía poco tiempo y que le hacía sentirse increíblemente viejo, y habían terminado con una acalorada discusión sobre un aria, y un auricular colgado violentamente. Aquel día Cockroft estaba borracho, y no conseguía recordar si había sido ella o él quien había machacado el auricular, ni qué aria fue la que uno de los dos había considerado demasiado estridente, pero poco importaba. En épocas más felices habían sido amigos y contertulios, habían pasado alegres veladas atacando y defendiendo la obra de numerosos músicos, compositores y directores de orquesta en compañía de varias botellas de vino. Pero ya no. Ahora se sacaban de quicio el uno al otro, y ella había pasado a ser sólo la persona que administraba sus menguados intereses económicos. La pensión le bastaba para mantenerlo a él con vida y al tejado sin agujeros, y los royalties que le caían de vez en cuando por antiguas composiciones o arreglos le servían para comprar diésel, vino, cigarros y pagarse algún que otro fin de semana fuera, y le daban también para la manutención del mestizo.

Timoleon Vieta era el cuarto perro que Cockroft había tenido en los quince años que llevaba viviendo en la vieja alquería de piedra. A los otros tres los había perdido. El primero, un setter irlandés, había reaccionado mal a unas píldoras y había muerto en sus brazos de una trombosis a los diecisiete meses de edad. Al segundo, un dálmata, lo había matado en un ataque de furia. Su novio de entonces, un austriaco de mediana edad, crítico musical cuyo nombre había olvidado aunque no así su gran bigote gris ni sus fieros ojos de párpados caídos, había anunciado que esa noche dormiría en el cuarto sobrante y que Cockroft se la podía chupar él solito. Había sido el clímax de varias horas de discusiones, y Cockroft había lanzado un grueso cenicero de cristal a la otra punta de la habitación. No había sido su intención lastimar a Jurgen, o Fritz, o como diablos se llamara el austriaco, sino sencillamente poner de manifiesto su ira. A fin de cuentas, aquél era el cenicero favorito del austriaco, y su destrucción habría significado para éste u

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